Las aventuras del capitán Hatteras. El desierto de hielo

CAPÍTULO XIX

MARCHA AL NORTE

L día siguiente, al rayar el alba, Hatte- A ras dio la señal de marcha. Los perros fueron enganchados al trineo. Bien alimentados y descansados, después de un invierno pasado en muy buenas condiciones, no tenían ninguna razón para no prestar grandes servicios durante el verano. No se hicieron, pues, de rogar para ponerse sus arneses de viaje.

Eran aquellos perros groenlandeses muy honrados animales. Su salvaje naturaleza se había modificado poco a poco; perdían cada día más la semejanza que tenían con el lobo, para irse pareciendo a Duck, el más acabado modelo de la raza canina; en una palabra, se civilizaban.

Duck podía indudablemente reclamar una parte en su educación, él les había dado lecciones de compañerismo y predicaba con el ejemplo; en su cualidad de inglés, muy puntilloso en cuestiones de urbanidad, tardó mucho tiempo en familiarizarse con perros «que no le habían sido presentados en debida forma», y al principio no les dirigió la palabra; pero a fuerza de participar en los mismos peligros, de las mismas privaciones y de la misma fortuna, contrajo poco a poco relaciones íntimas con animales de raza tan diferente. Duck, que tenía buen corazón, dio los primeros pasos, y toda la gente de cuatro patas formó luego una sola familia.

El doctor acariciaba a los groenlandeses, y Duck no tenía envidia a aquellas caricias distribuidas entre sus congéneres.

No se hallaban los hombres en peor estado que los animales, y si éstos debían tirar mucho, aquéllos se habían propuesto no andar menos.

Se partió a las seis de la mañana estando el tiempo hermoso. Después de haber dado vuelta a la bahía y doblado el cabo de Washington, Hatteras trazó directamente el camino hacia el Norte, y a las siete los viajeros perdían de vista en el Sur el cono del faro y el Fuerte Providencia.

El viaje se presentaba bien, y sobre todo mucho mejor que la expedición en busca de carbón emprendida en pleno invierno. Hatteras dejaba entonces en pos, a bordo de su buque, la revuelta y la desesperación, sin estar seguro de la existencia del objeto hacia el cual se dirigía, abandonaba una tripulación medio muerta de frío; partía con compañeros debilitados por las miserias de un invierno ártico, y él, el hombre del Norte, volvía hacia el Sur. Ahora, al contrario, rodeado de amigos vigorosos y sanos, sostenido, alentado, empujado, marchaba al Polo, al sueño dorado de toda su vida. Nunca hombre alguno había estado tan próximo a adquirir esta gloria inmensa para su país y para sí mismo. ¿Pensaba en todas estas cosas tan naturalmente inspiradas por la situación presente? El doctor se complacía en suponerlo, y de ello no podía dudar viéndole tan afanoso. El buen Clawbonny gozaba pensando en lo que gozaba su amigo, y desde la reconciliación de los dos capitanes, de sus dos amigos, se consideraba el más feliz de los hombres, él, la mejor de las criaturas, incapaz de concebir una idea de odio, envidia o competencia. ¿Cuál sería el resultado de aquel viaje? Lo ignoraba, pero empezaba bien y esto era ya mucho.

En el Oeste la costa occidental de la Nueva América se prolongaba más allá del cabo Washington, formando sucesivas bahías. Los viajeros, para evitar aquella inmensa curva, después de haber salvado las primeras pendientes del monte Bell, se dirigieron hacia el Norte por las mesetas superiores. Así se economizaba mucho camino. Hatteras quería, a no ser que a ello se opusiesen obstáculos imprevistos de estrecho o de montañas, trazar una línea recta de trescientas cincuenta millas desde Fuerte Providencia hasta el Polo.

El viaje se hacía cómodamente. Las llanuras alteradas ofrecían vastos tapices blancos, sobre los cuales el trineo, con los aros debidamente azufrados, se deslizaba con facilidad, y los hombres, calzados con sus snow-shoes, andaban con paso seguro y rápido.

El termómetro indicaba 37° (+3° centígrados). El tiempo no era absolutamente fijo, pues tan pronto se presentaba claro como nebuloso;

pero ni el frío, ni los torbellinos hubieran detenido a viajeros tan decididos a seguir adelante.

El camino con el compás náutico se trazaba fácilmente. Alejándose del Polo magnético, la aguja se volvía menos perezosa, y ya no oscilaba. Verdad es que, dejando atrás el punto magnético, la aguja se volvía hacia él, y marcaba, si así puede decirse, el Sur a gentes que marchaban hacia el Norte, pero esta indicación inversa no complicaba ni dificultaba ningún cálculo.

Además, el doctor inventó un sistema de miras de alineación muy sencillo, que evitaba recurrir incesantemente a la brújula. Una vez establecida la posición, los viajeros en los días claros se fijaban en un objeto exactamente colocado al Norte y situado a dos o tres millas de donde ellos se hallaban. Entonces marchaban hacia él hasta que lo habían alcanzado, después escogían otro siguiendo la misma dirección, y así sucesivamente.

Durante los primeros días del viaje, anduvieron a razón de veinte millas por doce horas.

El resto del tiempo se invertía en comer y descansar, bastando la tienda para preservar del frío durante las horas del sueño.

La temperatura tendía a elevarse. La nieve se licuaba enteramente en algunos puntos expuestos al sol, al paso que otros conservaban su blancura inmaculada. Charcos de agua y hasta verdaderos estanques, que podían casi pasar por lagos, se formaban en distintas direcciones, hundiéndose a veces en ellos hasta media pierna los viajeros, lo que les hacía reír mucho; sobre todo al doctor, a quien hacían feliz aquellos baños inesperados.

– El agua –decía– no tiene en este país permiso para mojarnos. Es un elemento que aquí sólo tiene derecho al estado sólido y al estado gaseoso. En cuanto al estado líquido, es un abuso. Hielo o vapor, conforme ; pero agua, nunca.

Durante la marcha, no se había olvidado la caza para procurarse una alimentación fresca.

Altamont y Bell, sin separarse demasiado, recorrían los barrancos próximos, y mataban ptarmigans, gansos y algunas liebres grises; pero no tardaron los animales en volverse tímidos y ariscos, y huían desde muy lejos. Sin Duck, los cazadores algunos días hubieran hecho muy poco negocio.

Hatteras les recomendaba que no se alejasen más allá de una milla, porque no quería perder un día, ni una hora, y no podían contar más que con tres meses de buen tiempo.

Era, además, preciso que ocupasen todos su puesto junto al trineo cuando se llegaba a algún punto difícil, a alguna garganta estrecha, a algunas cuestas muy pendientes que tenían que pasarse. Entonces todos tiraban del vehículo y lo empujaban o sostenían j más de una vez hubo necesidad de descargarlo de todo, lo que no era aún suficiente para prevenir choques, y por consiguiente averías, que Bell reparaba del mejor modo posible.

El tercer día, miércoles 26 de junio, los viajeros encontraron un lago que tenía bastante extensión, y se hallaba aún enteramente helado a consecuencia de su orientación al abrigo del sol, siendo su hielo bastante duro para soportar el peso de los viajeros y del trineo. Aquel hielo procedía, al parecer, de muchos inviernos, pues el lago, atendida su posición, no debía deshelarse nunca. Era un espejo compacto contra el cual nada podían los veranos árticos, y esta observación se hallaba confirmada por sus orillas rodeadas de una nieve seca, cuyas capas inferiores pertenecían sin duda a años precedentes.

Desde aquel momento el país se deprimió sensiblemente, de lo que el doctor dedujo que no podía tener mucha extensión hacia el Norte, siendo además muy verosímil que la Nueva América no fuese más que una isla y no se desenvolviese hasta el mismo Polo. El terreno poco a poco se iba haciendo llano, y sólo hacia el Oeste se levantaban algunas humildes colinas niveladas por el alejamiento y envueltas en una bruma azulada.

Hasta entonces la expedición se hizo sin fatiga. Lo único que molestaba a los viajeros era la reverberación de la nieve de los rayos solares. Aquella reflexión intensa podía acarrearles snow-blindness (10) que era imposible evitar. Pa-ra eludir este inconveniente, en cualquier otro tiempo hubieran viajado de noche, pero entonces no había noche. Afortunadamente, la nieve tendía a derretirse, con gran alegría de los caminantes, y perdía mucho de su brillo cuando estaba próxima a convertirse en agua.

El 28 de junio la temperatura se elevó a 45° sobre cero (+7° centígrados). Esta subida termométrica se presentó acompañada de una lluvia abundante, que los viajeros recibieron estoicamente, y hasta con gusto, porque aceleraba la descomposición de las nieves. Fue menester ponerse el calzado de piel de gamo, y variar el sistema de deslizamiento del trineo. La marcha sufrió algún retraso, pero como no 10 Enfermedad ocasionada en la vista por la reverberación de las nieves.

había obstáculos serios, se avanzaba más o menos.Algunas veces el doctor cogía en el camino piedras redondeadas o chatas, a la manera de los guijarros gastados por el movimiento de las olas, y entonces se creía muy cerca del mar polar. Sin embargo, la llanura se extendía sin cesar a cuanto alcanzaba la vista.

La llanura no ofrecía ningún vestigio de habitación, ni chozas, ni cairns, ni escondrijos de esquimales. Nuestros viajeros eran evidentemente los primeros que pisaban aquella nueva comarca. Los groenlandeses, cuyas tribus pueblan las tierras árticas, no llegaban nunca tan lejos, y, sin embargo, en aquel país la caza hubiera sido fructuosa para aquellos desgraciados siempre hambrientos. Se veían de cuando en cuando algunos osos a sotavento que seguían a la pequeña caravana, sin manifestar intención de atacarla. A lo lejos aparecían toros almizclados formando numerosas manadas. Se veían también renos, de los que el doctor hubiera querido apoderarse para reforzar el tiro del trineo, pero se manifestaban muy recelosos y era imposible coger ninguno vivo.

El día 29 Bell mató una zorra, y Altamont tuvo la fortuna de derribar un toro almizclado de regular tamaño, después de haber dado a sus compañeros una alta idea de su destreza y sangre fría. Era verdaderamente un cazador maravilloso, y el doctor, que sabía lo que era cazar, le admiraba mucho. El toro fue hecho pedazos, y suministró un alimento fresco y abundante.

Aquellas casuales comidas, sanas y suculentas, eran siempre bien recibidas. Los menos glotones no podían abstenerse de dirigir miradas de satisfacción a las tajadas de carne fresca.

El doctor se reía de sí mismo, cuando se sorprendía en éxtasis delante de ellas.

– No nos hagamos los desganados –decía–, la comida es una cosa importante en las expediciones polares.

– Sobre todo –respondió Johnson– cuando depende de un tiro más o menos certero.

– Tenéis razón, estimado Johnson – replicaba el doctor–; y se piensa menos en comer cuando se sabe que están los pucheros cociendo con regularidad en los hornillos de la cocina.

El 30, el país, contra todas las previsiones, se presentó muy accidentado, como si lo hubiese sacudido una conmoción volcánica. Los conos y los picachos agudos se multiplicaban hasta lo infinito, y algunos eran gigantescos.

Empezó a soplar con violencia una brisa del Sudeste que degeneró pronto en un verdadero huracán. Mugía por entre los peñascos coronados de nieve y los montañas de hielo, las cuales, no obstante hallarse en tierra firme, afectaban formas de humos y de icebergs. Su presencia en aquellas elevadas mesetas era inexplicable hasta para el doctor, que sabía explicarlo todo.

Sucedió a la tempestad un tiempo caliente y húmedo, que produjo un general deshielo.

Resonaban en todas direcciones los chasquidos de los témpanos mezclados con el estrépito más imponente de los aludes.

Los viajeros evitaban cuidadosamente el paso por las laderas de las colinas, y hasta se abstenían de hablar alto, porque el ruido de la voz podía, agitando el aire, determinar catástrofes. Eran testigos de derrumbamientos frecuentes y terribles que no habrían tenido tiempo de prever, porque el carácter principal de los aludes polares es su espantosa instantaneidad, en lo que se diferencia de los de Suiza y Noruega, donde se forma una bola, poco considerable en un principio, que creciendo por la yuxtaposición o asimilación de las nieves y de las rocas que encuentra al paso, cae con una rapidez progresiva, devasta los bosques, derriba las aldeas, pero emplea en precipitarse un tiempo susceptible de ser apreciado. No sucede lo mismo en las comarcas atacadas por el frío ártico. La dislocación de la mole de hielo es en ellas inesperada, fulminante. Parte y cae instantáneamente, y el que la viese oscilar en su línea de proyección sería inevitablemente aplastado por ella. No es más rápida la bala de cañón, no es más pronto el rayo. Desprenderse, caer y aplastar es todo una sola cosa para el alud de las tierras boreales, el cual rueda con el formidable retumbar de los truenos, encontrando repercusiones extrañas de ecos más plañideros que ruidosos.

Así, pues, delante de los espectadores atónitos, se producían algunas veces verdaderas transformaciones que podían seguir la vista. El país se metamorfoseaba, la montaña se convertía en llanura bajo la atracción de un deshielo repentino; cuando el agua del cielo, infiltrada en las hendiduras de las grandes moles, se solidificaba por el frío de una sola noche, rompía entonces todo obstáculo por su irresistible expansión, más poderosa aún pasando al estado de hielo que pasando al estado de vapor, y el fenómeno se cumplía con una espontaneidad espantosa.

Afortunadamente, ninguna catástrofe sobrevino al trineo ni a sus conductores. Se tomaron precauciones y se evitó todo peligro. Además, aquel país erizado de crestas, de picos, de lomas y de icebergs, no tenía una gran extensión, y tres días después, el 3 de julio, los viajeros se encontraron en llanuras más fáciles.

Pero entonces un nuevo fenómeno sorprendió sus miradas, un fenómeno que por espacio de mucho tiempo excitó las pacientes investigaciones de los sabios de los dos mundos. La pequeña caravana seguía una cordillera de colinas que tendría unos cincuenta pies de extensión, la cual cordillera se extendía a muchas millas, pero de una nieve enteramente roja.Se concibe la sorpresa que experimentaron todos. Se conciben sus exclamaciones, y hasta el primer efecto algo aterrador de aquella larga cortina carmesí. El doctor se apresuró, ya que no a tranquilizar, al menos a instruir a sus compañeros; conocía aquella particularidad de las nieves rojas, y los trabajos de análisis químico hechos sobre el particular por Wollaston,

Candolle y Baüer. Dijo, pues, que aquella nieve se encuentra, no sólo en las comarcas árticas, sino también en Suiza, en medio de los Alpes.

De Saussure recogió una gran cantidad de ella en el Breven, en 1760, y después los capitanes Ross, Sabine y otros navegantes, la recogieron en abundancia en sus expediciones boreales.

Altamont interrogó al doctor sobre la naturaleza de aquella sustancia extraordinaria, y el doctor le dijo que aquel color procedía únicamente de la presencia de corpúsculos orgánicos. Durante mucho tiempo los químicos se preguntaron si aquellos corpúsculos eran de naturaleza animal o vegetal; pero reconocieron al fin que pertenecían a la familia de los hongos microscópicos del género Uredo, llamado por Baüer Uredo nivalis.

Entonces el doctor, hundiendo en la nieve su bastón con punta de hierro, hizo ver a sus compañeros que la capa de color escarlata medía 9 pies de profundidad, y les dio a entender el número que en un espacio de muchas millas podía haber de aquellos hongos, de los cuales los sabios contaron 43.000 en un centímetro cuadrado.

Aquel color, según la disposición de la vertiente, debía remontarse a un tiempo muy remoto, porque aquellos hongos no se descomponen por la evaporación ni por la licuación de las nieves, y su color no se altera.

El fenómeno, aun después de explicado, no pareció menos extraño a los compañeros del doctor. El color rojo se halla poco esparcido en dilatadas extensiones en la naturaleza. La reverberación de los rayos del sol en aquel tapiz de púrpura producía efectos extraños, dando a los objetos circundantes, a las rocas, a los hombres y a los animales, un matiz de fuego, como si estuviesen alumbrados por una antorcha interior, y cuando aquella nieve se licuaba, parecía que arroyos de sangre corrían debajo de los pies de los viajeros.

El doctor, que no había podido examinar aquella sustancia, cuando la vio, en los picos carmesíes del mar de Baffin, teniéndola entonces a discreción, cogió no poco y la embotelló cuidadosamente.

Aquel terreno rojo, aquel «Campo de sangre», como él lo llamó, no se dejó atrás sino después de tres horas de marcha, y el país recobró su habitual aspecto.

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