Las aventuras del capitán Hatteras. El desierto de hielo

CAPÍTULO XII

LA CÁRCEL DE HIELO

L día siguiente, se trató de organizar una cacería, en la cual debían tomar parte Hatteras, Altamont y el carpintero.

Las huellas alarmantes no se habían renovado, y los osos habían renunciado decididamente a su proyecto de ataque, ya fuese por miedo a sus enemigos desconocidos, ya por no haberles revelado nada nuevo la presencia de seres animados debajo de aquella mole de nieve.

Durante la ausencia de los tres cazadores, el doctor debía llegar hasta la isla Johnson, para reconocer el estado de los hielos, y hacer algunas observaciones hidrográficas. El frío era muy intenso, pero los invernadores lo soportaban bien, habiéndose acostumbrado ya su epidermis a temperaturas exageradas.

El contramaestre debía permanecer en la Casa del Doctor.

Los tres cazadores hicieron sus preparativos de marcha. Todos llevaban escopetas de dos tiros, de cañón rayado y balas cónicas; tomaron una cantidad de pemmican, para el caso de que la noche les sorprendiese antes de concluir su excursión, y se armaron además con el inseparable cuchillo de nieve, que es el utensilio más indispensable en aquellas regiones, y con una hacha puesta en la cintura encima de un chaquetón de piel de gamo.

Así equipados, vestidos y armados, podían ir lejos, y, diestros y audaces como eran, podían regresar con abundante provisión de carne fresca.

Estuvieron dispuestos a las ocho de la mañana, y partieron. Duck les precedía retozando;

se encaramaron por la colina del Este, doblaron el cerro del faro, y se hundieron en las llanuras del Sur limitadas por el monte Bell.

El doctor, por su parte, después de haber convenido con Johnson acerca de la señal de alarma que debían darse en caso de peligro, descendió hacia la playa para llegar a los témpanos multiformes de que se hallaba erizada la bahía Victoria.

El contramaestre se quedó solo en Fuerte Providencia, pero no mano sobre mano. Empezó por soltar los perros groenlandeses, que se impacientaban en el Palacio de los Perros. Apenas se vieron libres, se revolcaron por la nieve.

Johnson se ocupó luego de los complicados pormenores caseros. Tenía qué renovar el combustible y las provisiones, poner en orden los almacenes, recomponer algunos utensilios rotos, reparar las mantas, que se hallaban en mal estado, y remendar el calzado con objeto de tenerlo listo para las largas excursiones del verano.Trabajo no faltaba, y el contramaestre desplegaba en él la habilidad del marino para quien no hay ningún oficio que le sea desconocido.Entre tanto, reflexionaba sobre la conversación de la víspera. Pensaba en el capitán, y sobre todo en su obstinación, muy heroica y honrosa, que no le permitía tolerar que un americano y una lancha americana alcanzasen antes que él o con él el polo del mundo.

«Me parece difícil, sin embargo –se decía–, pasar el Océano sin buque, y si tenemos delante el mar libre, fuerza será someterse a la necesidad de navegar. Ni el mejor inglés de la tierra puede cruzar a nado 300 millas. El patriotismo tiene sus límites. En fin, veremos. Aún nos queda tiempo para pensarlo todo; el señor Clawbonny no ha dicho aún sobre la cuestión su última palabra; él sabe dónde le aprieta el zapato y es muy capaz de hacer desistir al capitán de su idea. Seguro estoy de que, recorriendo hoy la costa de la isla, dedicará una ojeada a los restos del Porpoise, y sabrá qué partido puede sacarse de ellos.»

En este punto se hallaba Johnson de sus reflexiones, y hacía ya más de una hora que los cazadores habían salido del fuerte, cuando a 2 ó 3 millas a sotavento se oyó un estampido fuerte y claro.

«¡Bueno! –se dijo el viejo marino–. Ya han hallado algo, sin necesidad de ir muy lejos, puesto que se les oye distintamente. ¡Está, además, la atmósfera tan pura!»

El segundo tiro y después otro se repitieron casi sin intervalo.

«Veo –pensó Johnson– que han llegado a buen sitio.»

Sonaron otros tres tiros más cercanos.

«¡Seis tiros! –dijo Johnson–. Ahora tienen las armas descargadas. La refriega ha sido dura. ¿Si por acaso...?»

A la idea que se le ocurrió, Johnson se puso pálido, salió rápidamente de la casa de nieve, y en pocos instantes se encaramó por la cuesta hasta la cúspide del cerro.

Lo que vio le hizo estremecerse.

Los tres cazadores, seguidos de Duck, venían corriendo a todo correr, perseguidos por cinco animales gigantescos, a quienes no pudieron derribar sus seis balas. Los osos les acosaban de cerca; Hatteras, que era el más rezagado, no consiguió aumentar la distancia que le separaba de los animales, sino echándoles sucesivamente su gorra, su hacha y hasta su escopeta. Los osos se detenían, según tienen por costumbre, para olfatear el objeto echado a su curiosidad, y perdían algo de terreno. Su marcha era tan veloz que hubieran dejado atrás al caballo más ligero.

Hatteras, Altamont y Bell, jadeantes y sufridos, llegaron junto a Johnson y desde lo alto de la escarpa se deslizaron con él hasta la casa de nieve.

Los cinco osos les tocaban, y el capitán tuvo que parar con un cuchillo la violenta zarpada de uno de ellos.

En un abrir y cerrar de ojos, Hatteras y sus compañeros quedaron encerrados en la casa.

Los animales se detuvieron en la meseta superior formada por el cono truncado.

– ¡En fin –exclamó Hatteras–, podremos defendernos con menos desventaja siendo cinco contra cinco!

– ¿Dónde están los cinco? –exclamó Johnson aterrorizado

– ¿Cómo? –exclamó Hatteras.

– ¡El doctor! –respondió Johnson, mostrando el salón vacío.

-¿Y qué?

– ¡Se ha ido por el lado de la isla!

– ¡Desgraciado! –exclamó Bell.

– No podemos abandonarle –gritó Altamont.

– ¡Corramos! –dijo Hatteras.

Abrió rápidamente la puerta, pero apenas tuvo tiempo de volverla a cerrar; poco le faltó para que un oso le rompiese el cráneo de una zarpada.

– ¡Aquí están! –exclamó.

– ¿Todos? –preguntó Bell.

– ¡Todos! –respondió Hatteras.

Altamont se precipitó hacia las ventanas, cuyos huecos colmó con pedazos de hielo arrancados de las paredes de la casa. Sus compañeros le imitaron sin decir una palabra, interrumpiendo únicamente el silencio los sordos ladridos de Duele.

Pero, justo es decirlo, aquellos cuatro hombres no tenían más que un solo pensamiento, y acordándose del doctor olvidaban su propio peligro. Pensaban en el doctor y no en sí mismos. ¡Pobre Clawbonny! ¡Tan bueno! ¡Tan afable! ¡Él era el alma de aquella pequeña colonia!

Por primera vez se hallaba lejos de sus compañeros. Peligros extremos, una muerte espantosa le aguardaba tal vez, porque, terminada su excursión, regresaría tranquilamente al Fuerte Providencia, y se hallaría en presencia de aquellos feroces animales.

– ¿Y no habría medio de avisarle?

– Sin embargo –dijo Johnson–, o mucho me engaño, o el doctor está prevenido. Vuestros tiros le habrán puesto en guardia, y no puede dejar de creer en algún acontecimiento extraordinario.

– Pero, ¿y si entonces estaba lejos? – respondió Altamont–. ¿Y si no ha comprendido nada de lo que pasaba? ¡Lo más probable es que vuelva inadvertidamente, sin pensar en ningún peligro! ¡Los osos están abrigados por la escarpa del fuerte, y no puede percibirlos!

– Es, pues, necesario desembarazarse de los osos antes de que él vuelva –respondió Hatteras. –Pero ¿cómo? –preguntó Bell.

La respuesta era difícil. Una salida parecía imposible. Habíase obstruido el corredor con una barricada, pero los osos podían fácilmente echar abajo aquellos obstáculos si se les ocurría esta idea, pues sabían a qué atenerse respecto del número y la fuerza de sus adversarios, y les era fácil llegar hasta ellos.

Los prisioneros se habían distribuido por todas las estancias de la Casa del Doctor, a fin de vigilar cualquier tentativa de invasión, y oían ir y venir a los osos, gruñir sordamente, y rascar las paredes de nieve con sus enormes patas.

Era menester tomar una determinación pronta, porque el tiempo apremiaba. Altamont resolvió practicar una aspillera para hacer fuego a los sitiadores, y en pocos minutos abrió una especie de agujero en la pared de hielo, y por él introdujo su escopeta; pero apenas el cañón salió fuera, se la arrancó de las manos un poder irresistible, sin darle tiempo de dispararla.

– ¡Diablos! –exclamó–. Son más fuertes que nosotros.

Y volvió a tapar la aspillera.

Esta situación duraba hacía ya más de una hora, y nada dejaba prever su término. Se discutieron entonces las probabilidades de éxito de una salida, y se vio que eran muy escasas, pues los osos no podían ser combatidos separadamente. Sin embargo, Hatteras y sus compañeros, deseosos de acabar de una vez, y avergonzados de verse presos por unos cuantos animales, iban a intentar un ataque directo, cuando el capitán ideó un nuevo sistema de defensa.

Cogió el poker (8) que servía a Johnson para descargar sus hornillas, y lo puso encima de las ascuas de la estufa, practicó luego una abertura en la pared de nieve, pero sin prolongarla hasta 8 Barra de hierro para atizar el fuego de los hornillos.

el exterior, de suerte que conservase hacia la pared de afuera una ligera capa de hielo.

Sus compañeros estaban mirando lo que hacía. Cuando el poker se puso rojo, Hatteras tomó la palabra y dijo:

– Esta barra candente va a servirme para rechazar a los osos, que no podrán cogerla, y nos será fácil por la aspillera hacer contra ellos un fuego nutrido, sin que puedan arrancarnos las armas.

– ¡Bien pensado! –exclamó Bell, apostándose cerca de Altamont.

Entonces Hatteras, sacando el poker de las ascuas, lo hundió rápidamente en la pared. La nieve, evaporándose a su contacto, silbó estrepitosamente. Dos osos acudieron, cogieron la barra enrojecida, y lanzaron un terrible aullido, al mismo tiempo que sonaron cuatro disparos.

– ¡Heridos! –exclamó el americano.

– ¡Heridos! –repitió Bell.

– Repitamos la operación –dijo Hatteras, volviendo a tapar momentáneamente la abertura. Se puso otra vez el poker encima de las ascuas, y a los pocos minutos estaba rojo.

Altamont y Bell volvieron a su puesto después de cargar las armas. Hatteras restableció la aspillera, e introdujo por ella de nuevo el poker candente.

Pero una superficie impenetrable le detuvo. –¡Maldición! –exclamó el americano.

– ¿Qué sucede? –preguntó Johnson.

– ¡Que esos malditos animales hacinan témpanos sobre témpanos; nos tapian dentro de nuestra casa, nos entierran vivos!

– ¡Es imposible!

– ¡Ya lo veis, el poker no puede pasar! ¡La cosa empieza ya a ser ridícula!

Más que ridícula era alarmante. La situación empeoraba. Los osos, animales dotados de un instinto sumamente desarrollado, empleaban aquel medio para ahogar su presa. Amontonaban los témpanos de modo que imposibilitaban la fuga de los sitiados.

– ¡Es triste cosa! –dijo el viejo Johnson herido en su amor propio–. Que otros hombres nos traten así, pase; ¡pero osos!

Después de esta reflexión, transcurrieron dos horas sin que se modificase sensiblemente la situación de los encarcelados. El proyecto de salir era ya impracticable, y las gruesas paredes no permitían pasar ningún ruido exterior. Altamont se paseaba con la agitación de un hombre audaz que se exasperaba delante de un peligro superior a su denuedo. Hatteras pensaba con espanto en el doctor, y en el gravísimo peligro que le amenazaba a su regreso.

– ¡Ah! –exclamó Johnson–. ¡Si el señor Clawbonny estuviese aquí!

– ¿Y qué haría? –respondió Altamont.

– ¡Oh! ¡Él nos sacaría de apuros!

– ¡No sé cómo! –respondió de muy mal humor el americano.

– Ni yo tampoco –replicó Johnson–. Si lo supiera, no tendría de él necesidad. Sin embargo, creo adivinar el consejo que nos daría en este momento.

– ¿Cuál?

– ¡El de tomar un bocado! Eso no puede perjudicarnos. Todo lo contrario. ¿No os parece lo mismo, señor Altamont?

– Comamos, si tenéis apetito –respondió el americano–; aunque la situación es bien tonta, por no decir humillante.

– Estoy seguro –dijo Johnson– de que después de comer, encontraremos un medio cualquiera para salir del apuro.

Nadie respondió al contramaestre, y se sentaron todos a la mesa.

Johnson, educado en la escuela del doctor, trató de ser filósofo en el peligro, pero no lo consiguió y sus chanzas se le atravesaban en la garganta. Además, los sitiados empezaban a sentir cierta desazón; el aire se condensaba en aquella morada herméticamente cerrada; la atmósfera no podía renovarse por el tubo de la chimenea, y era fácil prever que, dentro de muy poco tiempo, el fuego se apagaría. Absorbido el oxígeno por los pulmones y por la lumbre, muy pronto no quedaría en aquel limitado ambiente más que ácido carbónico, cuya mortal influencia es bien conocida.

Hatteras fue el primero que se apercibió de este nuevo peligro, y no lo quiso ocultar a sus compañeros.

– Entonces –respondió Altamont– es preciso salir a toda costa.

– ¡Sí! –repuso Hatteras–. Pero aguardemos la noche; haremos un agujero en la bóveda para renovar nuestra provisión de aire, y uno de nosotros, apostándose en él, hará fuego a los osos.–No hay más partido que tomar –replicó el americano.

Convinieron todos en el plan. se aguardó el momento de correr la aventura, y durante las horas sucesivas, Altamont no escatimó sus imprecaciones contra un estado de cosas en el cual, decía él, «dado un número de osos y otro de hombres, no son estos últimos los que desempeñan el mejor papel».

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