Las aventuras del capitán Hatteras. El desierto de hielo

CAPÍTULO X

LAS DELICIAS DE LA INVERNADA

A vida en el Polo es uniformemente triste.

L El hombre se encuentra enteramente sometido a los caprichos de la atmósfera, que ofrece sus tempestades y sus fríos intensos con una monotonía que desespera. La mayor parte del tiempo hay imposibilidad de salir al aire libre, y es menester permanecer encerrado en las casas de hielo. Así se pasan largos meses, haciendo durante las invernadas una verdadera vida de topo.

Al día siguiente el termómetro bajó algunos grados, y el aire se plagó de torbellinos de nieve que absorbían toda la claridad del día. El doctor se vio, pues, encerrado en casa y se cruzó de brazos, no teniendo otra cosa más que desobstruir de cuando en cuando el colgadizo que podía cerrarse y enlucir de nuevo las paredes de hielo que volvía húmedas el calor interior; pero la snow-house estaba construida con mucha solidez, y la nieve, engrosando sus paredes, acababa de reforzarla.

Los almacenes se conservaban también perfectamente. Todos los objetos sacados del buque habían sido colocados con el mayor orden en aquellos «docks de mercancías», como les llamaba el doctor. Pero si bien aquellos almacenes estaban situados a menos de 60 pasos de la casa, en ciertos días de drift era imposible llegarse a ellos, por lo que para el consumo diario tenía que conservarse siempre en la coci-na cierta cantidad de provisiones.

La precaución de descargar el Porpoise había sido oportuna. El buque experimentaba una presión insensible y lenta, pero irresistible, que le aplastaba poco a poco, y era evidente que de nada servían sus restos. Sin embargo, el doctor esperaba poder sacar de ellos una lancha para regresar a Inglaterra; pero no había llegado aún el momento de proceder a su construcción.Así, pues, la mayor parte del tiempo, los cinco invernadores permanecían mano sobre mano. Hatteras estaba pensativo, echado en su coy; Altamont bebía y comía, y el doctor procuraba no sacarles de su modorra, porque temía siempre algún altercado peligroso. Los dos capitanes se dirigían muy rara vez la palabra.

Durante las comidas, el prudente Clawbonny procuraba ser siempre él quien guiase la conversación para dirigirla de modo que no se hiriese ningún amor propio; pero le costaba mucho trabajo paralizar las susceptibilidades sobreexcitadas. Tendía, en lo posible, a instruir, a distraer, a interesar a sus compañeros. Cuando no ponía en orden sus notas de viaje, se ocupaba en voz alta de objetos de historia, de geografía o de meteorología que salían de la situación misma; presentaba las cosas de una manera agradable y filosófica, sacando de los más pequeños incidentes una enseñanza saludable. Su inagotable memoria no le abandonaba nunca, hacía aplicación de sus doctrinas a las personas presentes, a quienes recordaba tal o cual hecho que se había producido en tal o cual circunstancia, y completaba sus teorías con la fuerza de los argumentos personales.

Puede decirse que aquel digno hombre era el alma de aquella pequeña sociedad, un alma de la que brotaban los sentimientos de franqueza y de justicia. Sus compañeros tenían en él una confianza absoluta, y causaba cierto respeto hasta al capitán Hatteras, el cual, por otra parte, le amaba cordialmente. Con sus palabras, con sus maneras, con sus costumbres, hacía que la existencia de aquellos cinco hombres abandonados a 6° del Polo pareciese enteramente natural; cuando el doctor hablaba, se creía estarle oyendo en un gabinete de Liverpool.

Y, sin embargo, ¡cuan diferente era aquella situación de la de los náufragos echados a las islas del Océano Pacífico, de la de aquellos Robinsones cuya agradable historia causa casi siempre envidia a los lectores! Allí, en efecto, una tierra pródiga, una naturaleza opulenta, ofrecía mil recursos variados, bastando en aquellos privilegiados países un poco de imaginación y de trabajo para procurarse el bienestar material. Allí la naturaleza ayudaba al hombre, se le ofrecía espontáneamente; la caza y la pesca bastaban para cubrir todas las necesidades; los árboles le brindaban sus frutos, las cavernas se abrían para darle abrigo, los arroyos corrían para apagar su sed; magníficas sombras le defendían contra el calor del sol, y nunca el terrible frío le amenazaba en sus apacibles inviernos; un grano echado de cualquier modo en aquel suelo fecundo, se convertía en una cosecha al cabo de algunos meses. Aquello era la felicidad completa fuera de la sociedad. Y, además, aquellas islas encantadas, aquellas tierras caritativas, se encontraban al paso de los buques, y el náufrago, que podía siempre esperar ser recogido, aguardaba pacientemente que le arrancasen de su feliz existencia.

Pero en la costa de Nueva América, ¡qué diferencia! El doctor hacía algunas veces esta comparación, pero la guardaba para sí, y sólo echaba pestes contra su ociosidad forzosa.

Deseaba con ardor que llegase el deshielo para volver a sus excursiones, y, sin embargo, no veía sin miedo acercarse aquel momento, porque preveía entre Hatteras y Altamont escenas graves. Si se llegaba al Polo, ¿a qué extremos conduciría la rivalidad de aquellos dos hombres?

Era preciso estar preparado para cuando el caso llegase, y entre tanto hacer todo lo posible para poner en buena inteligencia a los dos rivales e inducirles a adoptar una franca comunión de ideas. ¡Pero qué misión tan difícil era reconciliar a un americano y un inglés, dos hombres a quienes su común origen volvía aún más enemigos, el uno penetrado de toda la aversión insular y el otro dotado del espíritu especulativo, audaz y brutal de su nación poco aficionada a fórmulas!

Cuando el doctor reflexionaba sobre la implacable antipatía de los hombres y la rivalidad de las nacionalidades, no se encogía de hombros, como hacen muchos, sino que no podía dejar de lamentar amargamente las debilidades humanas.

Con frecuencia conversaba con Johnson acerca del particular, y estaban los dos enteramente conformes. Se preguntaban qué partido sería menester tomar, por qué camino llegarían a su objeto, y entrevieron para el porvenir muchas complicaciones.

El mal tiempo continuaba, y no había que pensar en salir, ni siquiera una hora, del Fuerte Providencia. Era preciso permanecer día y noche en la casa de nieve. Todos se sentían aburridos, a excepción del doctor, que hallaba siempre medios de ocuparse en algo.

– ¿No hay, pues, ninguna posibilidad de distraerse? –dijo una noche Altamont–. No es vivir como vivimos, a la manera de reptiles metidos en sus madrigueras durante todo el invierno.

– En efecto –respondió el doctor–. Desgraciadamente, no somos bastantes para organizar un sistema cualquiera de distracción.

– ¡Cómo! –repuso el americano–. ¿Creéis que mataríamos mejor el tiempo si estuviésemos reunidos en mayor número?

– Sin duda, y cuando tripulaciones completas han pasado el invierno en las regiones boreales, han hallado medios para no aburrirse.

– En verdad –dijo Altamont–, quisiera saber cómo lo harían, pues se necesita verdadero ingenio para encontrar algún recreo en una situación como la nuestra. Supongo que no pasarían el tiempo descifrando jeroglíficos.

– No –respondió el doctor–. Pero introdujeron en estos países hiperbóreos dos grandes elementos de distracción: la prensa y el teatro.

– ¿Cómo? ¿Tenían un periódico? –dijo el americano.

– ¿Representaban comedias? –exclamó Bell.

– Sin duda, y se divertían en grande. Durante su invernada en la isla de Melville, el comandante Parry propuso a los tripulantes estas dos diversiones, y la proposición fue acogida con general entusiasmo.

– Confieso –respondió Johnson– que yo hubiera querido encontrarme allí. Es una cosa curiosa.

– Curiosa y recreativa, querido Johnson. El teniente Beechey fue nombrado director del teatro, y el capitán Sabine director y redactor principal de la Crónica de invierno o Gaceta de la Georgia del Norte.

– Buenos títulos –dijo Altamont.

– El periódico salió todos los lunes, desde el 1 de noviembre de 1819 hasta el 20 de marzo de 1820. Refería todos los incidentes de la invernada, las cacerías, los hechos diversos, los sucesos imprevistos, la meteorología, la temperatura. Contenía crónicas más o menos divertidas.

No estaba redactado con la chispeante gracia de Sterne, ni eran tan encantadores sus artículos como los del Daily Telegraph, pero era lo suficiente para distraerse, y como sus lectores no eran difíciles de contentar, el oficio de periodista se ejercía de una manera muy agradable.

– A fe mía –dijo Altamont–, quisiera conocer, mi querido doctor, algunos extractos de la tal Gaceta, cuyos artículos debían estar helados desde la primera palabra hasta la última.

– No tanto –respondió el doctor–. De todos modos, lo que tal vez hubiera parecido trivial a la Sociedad Filosófica de Liverpool o al Instituto Literario de Londres, era suficiente para aquellas tripulaciones sepultadas bajo la nieve.

¿Queréis juzgarlo vos mismo?

– ¡ Cómo! ¿Los retenéis en vuestra memoria? –No; pero vos tenéis a bordo del Porpoise los Viajes de Parry, y bastará que os lea sus propias narraciones.

– ¡Leedlas! –exclamaron los compañeros del doctor Clawbonny.

– Con mucho gusto.

El doctor fue a buscar en el armario del salón la obra indicada, y apenas empezó a hojearla halló lo que buscaba.

– He aquí –dijo– algunos extractos de la Ga- ceta de la Georgia del Norte. Es una carta dirigida al redactor en jefe.

«Con una verdadera satisfacción, hemos acogido vuestras proposiciones para la publicación de un periódico, el cual, bajo vuestra inteligente dirección, nos procurará muchas diversiones y aligerará no poco el peso de nuestros cien días de tinieblas.

»El interés que me inspira vuestra publicación me ha hecho examinar el efecto que ha producido su anuncio en nuestra soledad, y puedo aseguraros, para servirme de las frases de que se vale la prensa de Londres, que la sensación que ha causado en el público ha sido profunda.

»Al día siguiente de la aparición de vuestro prospecto, ha habido a bordo una demanda de tinta enteramente insólita y sin precedentes. El tapete verde de nuestras mesas se ha cubierto súbitamente de plumas, con gran perjuicio de uno de los asistentes que, al limpiar el polvo se clavó una en un dedo, entre carne y uña.

»En fin, sé de buena tinta que el sargento Martin ha tenido que afilar nada menos que nueve cortaplumas.

«Todas nuestras mesas rechinan sin cesar bajo el peso de los pupitres a que no están acostumbradas. Hasta se dice que las profundidades de la sentina han sido cuidadosamente registradas para buscar resmas de papel que no esperaban empezar a funcionar tan pronto.

»No puedo dejar de deciros que tengo algunas sospechas de que se trata de introducir fraudulentamente en vuestras cajas algunos artículos que, careciendo del carácter de absoluta originalidad y no siendo completamente inéditos, no pueden conveniros en manera alguna. Puedo afirmar que ayer mismo por la noche se vio a un "autor" inclinado sobre su pupitre, con un volumen del Spectateur en su mano, mientras que con la otra procuraba que la llama de la lámpara desliese su tinta helada.

Inútil es recomendaros que os pongáis en guardia ante semejantes perfidias. Es preciso que no veamos reproducido en la Crónica de invierno, lo que nuestros abuelos leían almorzando, hace ya más de un siglo.»

– Bien, muy bien –dijo Altamont, cuando el lector hubo concluido–. Hay en lo que habéis leído verdadero buen humor, y bien se conoce que el autor de la carta era un mozo listo.

– Sin duda –respondió el doctor–. Ved ahora un anuncio que no carece de gracia: «Se desea encontrar una mujer de mediana edad y buena reputación para ayudar a vestirse a las actrices de la compañía del Teatro Real de la Georgia septentrional. Se le dará un buen sueldo, y tendrá té y cerveza a discreción. Dirigirse al comité del teatro. – N. B. Será preferida una viuda.»

– No me parece que nuestros compatriotas estuviesen muy afligidos –dijo Johnson.

– ¿Y se encontró la viuda? –preguntó Bell.

– Así parece –respondió el doctor–, a juzgar por la siguiente respuesta dirigida a la dirección del teatro.

«Señores, yo soy viuda; tengo veintiséis años, y hay personas respetables que podrán responder de mi aptitud y buenas costumbres.

Pero antes de encargarme del tocado de las actrices de vuestro teatro, deseo saber si tienen intención de conservar sus pantalones, y si se me proporcionará el auxilio de algunos marineros vigorosos para apretar convenientemente sus corsés. Siendo así, señores, podéis contar con vuestra servidora,

A.B.» «P. D. En lugar de cerveza, ¿no podríais dar aguardiente?»

– ¡Bravo! –exclamó Altamont–. Me parece que estoy viendo doncellas apretando la cintura de las actrices con un cabrestante. La verdad es que estaban alegres los compañeros del capitán. –Como todos los que han alcanzado su objetivo –respondió Hatteras.

Hatteras dejó caer estas palabras en medio de la conversación y se abismó de nuevo en su silencio acostumbrado. El doctor, no queriendo seguir el giro que parecía querer dar el capitán a la cuestión, volvió a su lectura.

– He aquí ahora –dijo– un cuadro de las tripulaciones árticas, que se podría variar hasta lo infinito; pero algunas de las observaciones son bastante justas. Juzgadlas: «Salir por la mañana para tomar el aire, y, al poner el pie fuera del buque, caer en un pozo que surte al cocinero, y tomar un baño completo, aunque involuntario.

«Partir a una cacería, acercarse a un soberbio reno, apuntarle a boca jarro, querer hacer fuego, y no salir el tiro por haberse humedecido el pistón.

«Ponerse en marcha con un pedazo de pan tierno en el bolsillo, y cuando el hambre apremia, hallarlo endurecido de tal modo por la helada, que él puede romper los dientes, pero no ser roto por ellos.

«Levantarse precipitadamente de la mesa sabiendo que pasa un lobo junto al buque, y a la vuelta hallar la comida devorada por el gato.

«Volver de paseo entregándose a profundas y útiles meditaciones, y verse de repente arrancado de ellas por los abrazos de un oso.»

– Ya veis, amigos –añadió el doctor–, no nos costaría a nosotros mucho imaginar algunos otros percances polares; pero desde el momento en que es menester sufrirlos, sentía un verdadero placer al consignarlos.

– A fe mía –respondió Altamont–, que es un periódico divertido la tal Crónica de invierno, y es sensible que no podamos nosotros sucribirnos a ella.

– ¿Por qué no fundamos un periódico nosotros? –dijo Johnson.

– ¡Nosotros cinco! –respondió Clawbonny–.

Nosotros formaríamos la redacción, y no quedarían lectores en número suficiente.

– Ni espectadores, si se nos metiese en la cabeza representar comedias –añadió Altamont.

– Al grano, señor Clawbonny –dijo Johnson–. Contadnos algo del teatro del capitán Parry. ¿Se representaban en él piezas nuevas?

– ¡Vaya si se representaban! En un principio hicieron todo el gasto dos volúmenes embarcados a bordo del Hecla, y había representaciones cada quince días; pero se apuró el repertorio, y entonces autores improvisados tomaron la pluma, y el mismo Parry compuso para las fiestas de Navidad una comedia de circunstancias titulada El Paso del Noroeste o el término del viaje, que alcanzó un éxito inmenso.

– El título es soberbio –respondió Altamont–, pero confieso que si yo tuviera que desarrollar semejante argumento, me daría mucho que hacer el desenlace.

– Tenéis razón –dijo Bell–. Porque, ¿quién sabe cómo concluirá nuestro drama?

– ¿Por qué –exclamó el doctor– pensar en el último acto? Hasta ahora los primeros no salen del todo mal. Dejemos hacer a la Providencia, amigos; desempeñemos nuestro papel lo mejor que podamos, y, puesto que el desenlace pertenece al Autor de todas las cosas, tengamos confianza en su sabiduría. Él sabrá sacarnos de apuros.

– Vámonos, pues, a soñar con todo lo que se ha dicho –respondió Johnson–. Es tarde, y, puesto que es ya hora de dormir, durmamos.

– Mucha prisa tenéis, amigo mío –dijo el doctor.

– ¿Qué queréis, señor Clawbonny? ¡Me encuentro tan perfectamente entre mantas! Además, yo he adquirido la costumbre de tener buenos sueños. ¡Sueño con países calientes, de lo que resulta que paso la mitad de mi vida bajo el Ecuador, y la otra mitad en el Polo!

– ¡Diablo! –dijo Altamont–. Poseéis una organización envidiable.

– Excelente –respondió el contramaestre.

– Pues bien –repuso el doctor–, sería una crueldad hacer permanecer más tiempo en el Polo al buen Johnson. Su sol de los trópicos le aguarda. Vamos a acostarnos.

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