El pueblo aéreo

Capítulo XII

Bajo los árboles

Al día siguiente, tres hombres yacían junto a una hoguera cuyos últimos carbones acababan de consumirse. Vencidos por la fatiga, incapaces de resistir al sueño, después de haberse puesto de nuevo la ropa secada ante aquel fuego, se habían dormido.

¿Qué hora era, y aun, era de día o de noche? Ninguno de ellos habría podido decirlo. Sin embargo, calculando el tiempo transcurrido desde la víspera, parecía que el sol debía de hallarse sobre el horizonte. Pero ¿en qué dirección quedaba el este? Esta pregunta, de haber sido formulada, habría quedado sin respuesta.

¿Estaban aquellos tres hombres, pues, en el fondo de una caverna, en un lugar impenetrable a la luz del día?

No: a su alrededor se apretaban árboles en tal número que detenían la vista a la distancia de unos pocos metros. Incluso con la hoguera encendida, entre los enormes troncos y las lianas que se tendían de uno a otro, habría sido imposible reconocer un sendero practicable para peatones. La rama más baja formaba un techo a apenas quince metros del suelo. Por encima, tan denso era el follaje, hasta la extrema cima, que ni la claridad de las estrellas ni los rayos del sol pasaban a su través. Una prisión no habría sido más oscura, sus muros no habrían sido más infranqueables, y sin embargo no era más que uno de los sotobosques de la gran selva.

En aquellos tres hombres se habría reconocido a John Cort, Max Huber y Khamis.

¿Por qué encadenamiento de circunstancias se encontraban en aquel lugar? Lo ignoraban. Tras la destrucción de la balsa contra la barrera, sin haber podido aferrarse a las rocas, habían sido precipitados en las aguas del rápido, y no sabían nada de lo que había seguido a aquella catástrofe. ¿A quién debían su salvación el foreloper y sus compañeros? ¿Quién los había transportado hasta aquel espeso macizo antes de que hubieran recobrado el conocimiento?

Por desgracia, no todos habían escapado a aquel desastre. Uno de ellos faltaba: el hijo adoptivo de John Cort y Max Huber, el pobre Llanga, y también el pequeño ser que había salvado una primera vez... ¿Y quién sabe si no fue al querer salvarlo por segunda vez cuando pereció con él?

Ahora, Khamis, John Cort y Max Huber no poseían ni municiones ni armas, ningún utensilio, salvo sus navajas de bolsillo y la hachuela que el foreloper llevaba al cinto. Se acabó la balsa, y, por otra parte, ¿hacia qué lado se habrían dirigido para encontrar el curso del río Johausen?

¿Y la cuestión de la comida, cómo resolverla? Los productos de la caza iban a faltar... ¿Quedarían reducidos Khamis, John Cort y Max Huber a las raíces, a los frutos silvestres, recursos insuficientes y muy problemáticos? ¿No era acaso la perspectiva de morir de hambre a breve plazo?

Un plazo de dos o tres días, no obstante, pues la alimentación estaría al menos asegurada durante ese lapso de tiempo. Lo que quedaba del búfalo había sido depositado en aquel lugar. Tras repartirse las pocas tajadas ya cocidas, se habían dormido alrededor de aquel fuego a punto de extinguirse.

John Cort se despertó el primero en medio de una oscuridad que la noche no habría hecho más profunda. Acostumbrándose sus ojos a aquellas tinieblas, divisó vagamente a Max Huber y a Khamis acostados al pie de los árboles. Antes de sacarlos de su sueño, fue a reavivar la hoguera acercando las puntas de los tizones que ardían bajo la ceniza. Luego recogió una brazada de leña muerta y hierbas secas, y pronto una llama crepitante arrojó sus resplandores sobre el campamento.

– Ahora —dijo John Cort— veamos cómo salir de aquí, pero ¿cómo?

El crepitar de la hoguera no tardó en despertar a Max Huber y a Khamis. Se incorporaron casi al mismo tiempo. El sentimiento de la situación les volvió, e hicieron lo que había que hacer: celebraron consejo.

– ¿Dónde estamos? —preguntó Max Huber.

– Donde nos han transportado —respondió John Cort—, y con eso quiero decir que no sabemos nada de lo que ha ocurrido desde...

– Desde una noche y un día quizá... —añadió Max Huber—. ¿Fue ayer cuando nuestra balsa se estrelló contra la barrera? Khamis, ¿tiene usted alguna idea al respecto?

Por toda respuesta, el foreloper se limitó a sacudir la cabeza. Imposible determinar la cuenta del tiempo transcurrido, ni decir en qué condiciones se había efectuado el rescate.

– ¿Y Llanga? —preguntó John Cort—. Ha perecido con toda seguridad, ¡puesto que no está con nosotros! Quienes nos salvaron no pudieron sacarlo del rápido...

– ¡Pobre niño! —suspiró Max Huber—. ¡Sentía por nosotros un afecto tan vivo! Lo queríamos... le habríamos dado una existencia tan feliz... Haberlo arrancado de las manos de aquellos denkas, y ahora... ¡Pobre niño!

Los dos amigos no habrían dudado en arriesgar la vida por Llanga... Pero ellos también habían estado a punto de perecer en el torbellino, e ignoraban a quién debían su salvación...

Inútil añadir que ya no pensaban en la singular criatura recogida por el joven indígena, y que se había ahogado con él, sin duda. Bien otras cuestiones los preocupaban a aquella hora, cuestiones mucho más graves que aquel problema de antropología relativo a un tipo mitad hombre y mitad simio.

John Cort prosiguió:

– Cuando hago memoria, no recuerdo nada de los hechos que siguieron a la colisión contra la barrera... Un poco antes, me pareció ver a Khamis de pie, lanzando las armas y los utensilios sobre las rocas...

– Sí —dijo Khamis—, y con bastante acierto para que esos objetos no cayeran al río... Después...

– Después —declaró Max Huber—, en el momento en que fuimos engullidos, creí... sí... creí ver hombres...

– Hombres... en efecto... —respondió vivamente John Cort—, indígenas que, gesticulando, gritando, se precipitaron hacia la barrera...

– ¿Vieron ustedes indígenas? —preguntó el foreloper, muy sorprendido.

– Una docena aproximadamente —afirmó Max Huber—, y son ellos, según toda probabilidad, quienes nos sacaron del río...

– Luego —añadió John Cort—, sin que hubiésemos recobrado el conocimiento, nos transportaron a este lugar... con estos restos de provisiones... Finalmente, después de encender este fuego, se apresuraron a desaparecer...

– Y han desaparecido incluso tan bien —añadió Max Huber— que no encontramos ni rastro de ellos. Lo que demuestra que les importaba poco nuestra gratitud...

– Paciencia, querido Max —replicó John Cort—, es posible que estén alrededor de este campamento... ¿Cómo admitir que nos hubiesen traído aquí para abandonarnos después?

– ¡Y en qué lugar! —exclamó Max Huber—. Que haya en esta selva del Ubangui espesuras tan densas, ¡eso supera la imaginación! Estamos en plena oscuridad...

– De acuerdo... pero ¿es de día? —observó John Cort.

Esta cuestión no tardó en resolverse afirmativamente. Por opaco que fuese el follaje, se percibía por encima de las copas de los árboles, de treinta a cincuenta metros de altura, los vagos resplandores del espacio. No parecía dudoso que el sol, en aquel momento, iluminase el horizonte. Los relojes de John Cort y de Max Huber, empapados por las aguas del río, ya no podían indicar la hora. Habría que fiarse, pues, de la posición del disco solar, y aun eso solo sería posible si sus rayos penetraban a través de las ramas.

Mientras los dos amigos intercambiaban estas diversas preguntas a las que no sabían cómo responder, Khamis los escuchaba sin pronunciar palabra. Se había puesto en pie, recorría el estrecho espacio que aquellos enormes árboles dejaban libre, rodeado por una barrera de lianas y zízifos espinosos. Al mismo tiempo, buscaba descubrir un rincón de cielo en el intervalo de las ramas; intentaba reencontrar en sí aquel sentido de la orientación que nunca tendría mejor ocasión de ejercerse. Si ya había atravesado los bosques del Congo o del Camerún, no se había adentrado por regiones tan impenetrables. Aquella parte de la gran selva no podía compararse a la que sus compañeros y él habían recorrido desde la linde hasta el río Johausen. A partir de aquel punto, se habían dirigido generalmente hacia el suroeste. Pero ¿dónde quedaba ahora el suroeste, y el instinto de Khamis lo orientaría a este respecto?

En el momento en que John Cort, adivinando su vacilación, iba a interrogarlo, fue Khamis quien preguntó:

– Señor Max, ¿está usted seguro de haber avistado indígenas cerca de la barrera?

– Muy seguro, Khamis, en el momento en que la balsa se estrellaba contra las rocas.

– ¿Y en qué orilla?

– En la orilla izquierda.

– ¿Dice usted la orilla izquierda?

– Sí... la orilla izquierda.

– ¿Estaríamos entonces al este del río?

– Sin duda, y, por consiguiente —añadió John Cort—, en la parte más profunda de la selva... Pero ¿a qué distancia del río Johausen?

– Esa distancia no puede ser considerable —declaró Max Huber—. Estimarla en unos pocos kilómetros sería exagerar. Es inadmisible que nuestros salvadores, fuesen quienes fuesen, nos hayan transportado lejos...

– Soy de esa opinión —afirmó Khamis—, el río no puede estar alejado... así que nos conviene alcanzarlo y luego reanudar nuestra navegación aguas abajo de la barrera, en cuanto hayamos construido una balsa...

– ¿Y cómo vivir hasta entonces, y luego durante el descenso hacia el Ubangui? —objetó Max Huber—. Ya no tenemos los recursos de la caza...

– Además —hizo observar John Cort—, ¿hacia qué lado buscar el río Johausen? Que desembarcamos en la orilla izquierda, lo acepto... Pero, con la imposibilidad de orientarse, ¿se puede afirmar que el río esté en una dirección antes que en otra?

– Y para empezar —preguntó Max Huber—, ¿por dónde, si me hacen el favor, salir de este matorral?

– Por ahí —respondió el foreloper.

Y señalaba un desgarrón en la cortina de lianas a través del cual sus compañeros y él debían de haber sido introducidos en aquel lugar. Más allá se dibujaba una senda oscura y sinuosa que parecía practicable.

¿Adónde conducía aquella senda? ¿Era al río? Nada menos seguro... ¿No se cruzaba con otras? ¿No se corría el riesgo de perderse en aquel laberinto? Además, antes de cuarenta y ocho horas, lo que quedaba del búfalo habría sido devorado... ¿Y después? En cuanto a aplacar la sed, las lluvias eran lo bastante frecuentes para apartar todo temor a ese respecto.

– En cualquier caso —observó John Cort—, no es echando raíces aquí como saldremos del apuro, y hay que abandonar este lugar cuanto antes...

– Comamos primero —dijo Max Huber.

Aproximadamente un kilogramo de carne fue repartido en tres partes, ¡y cada cual tuvo que contentarse con aquella magra comida!

– Y pensar —prosiguió Max Huber— que ni siquiera sabemos si es un almuerzo o una cena...

– ¡Qué más da! —replicó John Cort—. Al estómago no le importan esas distinciones...

– Sea, pero necesita beber, el estómago, ¡y unas gotas del río Johausen las recibiría como el mejor caldo de los vinos de Francia!

Mientras comían, habían vuelto a quedar en silencio. De aquella oscuridad se desprendía una vaga impresión de inquietud y malestar. La atmósfera, impregnada de los olores húmedos del suelo, se espesaba bajo aquel dosel de follaje. En aquel medio, que parecía incluso impropio para el vuelo de las aves, ni un grito, ni un canto, ni un aleteo. A veces el chasquido seco de una rama muerta cuya caída se amortiguaba al contacto con la alfombra de musgos esponjosos extendida de un tronco a otro. Por instantes, también, un silbido agudo, luego el frufrú entre las hojas secas de una de esas culebrillas de la maleza, de cincuenta a sesenta centímetros de largo, afortunadamente inofensivas. En cuanto a los insectos, zumbaban como de costumbre y no habían escatimado sus picaduras.

Terminada la comida, los tres se levantaron.

Tras recoger el trozo de búfalo, Khamis se dirigió hacia el paso que dejaban entre sí las lianas.

En aquel instante, varias veces y con voz fuerte, Max Huber lanzó esta llamada:

– ¡Llanga!... ¡Llanga!... ¡Llanga!...

Fue en vano, y ningún eco devolvió el nombre del joven indígena.

– Partamos —dijo el foreloper.

Y tomó la delantera.

Apenas había puesto el pie en la senda cuando exclamó:

– ¡Una luz!

Max Huber y John Cort se adelantaron vivamente.

– ¿Los indígenas? —dijo uno.

– ¡Esperemos! —respondió el otro.

La luz —muy probablemente una antorcha encendida— aparecía en dirección de la senda, a algunos centenares de pasos. No iluminaba la profundidad del bosque más que en un débil radio, lanzando vivos destellos sobre el envés de las altas ramas.

¿Hacia dónde se dirigía quien portaba aquella antorcha? ¿Iba solo? ¿Había motivos para temer un ataque, o era un socorro que llegaba?

Khamis y los dos amigos vacilaban en adentrarse más en la selva.

Transcurrieron dos o tres minutos.

La antorcha no se había desplazado.

En cuanto a suponer que aquella luz fuese la de un fuego fatuo, no, desde luego, dada su fijeza.

– ¿Qué hacemos? —preguntó John Cort.

– Caminar hacia esa luz, puesto que ella no viene a nosotros —respondió Max Huber.

– Vamos —dijo Khamis.

El foreloper remontó la senda unos pasos. Al instante, la antorcha se alejó. ¿Se había percatado, pues, el portador de que aquellos tres extraños acababan de ponerse en movimiento? ¿Pretendía iluminar su marcha bajo aquellos oscuros macizos de la selva, guiarlos de vuelta hacia el río Johausen o cualquier otro curso de agua tributario del Ubangui?

No era momento de contemporizar. Había que seguir aquella luz primero, e intentar luego retomar la ruta hacia el suroeste.

Y helos ahí siguiendo el estrecho sendero, sobre un suelo cuyas hierbas estaban aplastadas desde hacía tiempo, las lianas rotas, la maleza apartada por el paso de hombres o animales.

Sin contar los árboles que Khamis y sus compañeros ya habían encontrado, había otros de especie más rara, como el gura crepitans de frutos explosivos, que hasta entonces solo se había hallado en América en la familia de las euforbiáceas, cuya corteza tierna encierra una sustancia lechosa y cuya nuez estalla con gran estrépito lanzando lejos su semilla; como el tsofar, el árbol silbador, entre cuyas ramas el viento silbaba como a través de una rendija, y que solo había sido señalado en las selvas de Nubia.

John Cort, Max Huber y Khamis caminaron así durante unas tres horas, y, cuando hicieron alto tras aquella primera etapa, la luz se detuvo en el mismo instante...

– Decididamente, es un guía —declaró Max Huber—, ¡un guía de una complacencia perfecta! Si al menos supiéramos adónde nos lleva...

– Que nos saque de este laberinto —respondió John Cort—, ¡y no le pido más! Y bien, Max, todo esto, ¿es bastante extraordinario?

– Bastante... en efecto...

– ¡Con tal de que no lo sea demasiado, querido amigo! —añadió John Cort.

Durante la tarde, el sinuoso sendero no dejó de discurrir bajo frondas cada vez más opacas. Khamis iba en cabeza, sus compañeros detrás, en fila india, pues solo había paso para una persona. Si a veces apretaban el paso para acercarse a su guía, este, apretando igualmente el suyo, mantenía invariablemente su distancia.

Hacia las seis de la tarde, según la estima, de cinco a seis leguas debían de haber sido cubiertas desde la partida. Sin embargo, la intención de Khamis, a pesar de la fatiga, era seguir la luz mientras se mostrase, y se disponía a reanudar la marcha cuando esta se apagó de pronto.

– Hagamos alto —dijo John Cort—. Es evidentemente una indicación que se nos da...

– O más bien una orden —observó Max Huber.

– Obedezcamos, pues —replicó el foreloper—, y pasemos la noche en este lugar.

– Pero mañana —añadió John Cort—, ¿va a reaparecer la luz?

Era la cuestión.

Los tres se tendieron al pie de un árbol. Se repartieron un trozo de búfalo y, afortunadamente, fue posible saciar la sed en un hilillo de agua que serpenteaba bajo las hierbas. Aunque las lluvias eran frecuentes en aquella región forestal, no había caído una sola gota de agua en cuarenta y ocho horas.

– Quién sabe incluso —observó John Cort— si nuestro guía no ha elegido precisamente este lugar porque encontraríamos aquí con qué desalterar la sed...

– Delicada atención —reconoció Max Huber, recogiendo un poco de aquella agua fresca con una hoja enrollada en forma de cucurucho.

Por inquietante que fuese la situación, el cansancio pudo más y el sueño no se hizo esperar. Pero John Cort y Max Huber no se durmieron sin haber hablado de Llanga... ¡Pobre niño! ¿Se habría ahogado en el rápido? Si había sido salvado, ¿por qué no lo habían vuelto a ver? ¿Por qué no se había reunido con sus dos amigos, John y Max?

Cuando los durmientes despertaron, una débil claridad, filtrándose entre las ramas, indicó que era de día. Khamis creyó poder concluir que habían seguido la dirección del este. Por desgracia, era ir en la mala dirección... En todo caso, no había más que reemprender la marcha.

– ¿Y la luz? —dijo John Cort.

– Aquí reaparece —respondió Khamis.

– A fe mía —exclamó Max Huber—, ¡es la estrella de los Reyes Magos! Sin embargo, no nos conduce hacia el occidente, ¿y cuándo llegaremos a Belén?

Ninguna aventura marcó aquella jornada del 22 de marzo. La antorcha luminosa no dejó de guiar a la pequeña tropa, siempre en dirección al este.

A cada lado de la senda, la arboleda parecía impenetrable: troncos apretados unos contra otros, un inextricable entrelazamiento de maleza. Era como si el foreloper y sus compañeros estuviesen metidos en un interminable túnel de verdor. En varios puntos, sin embargo, algunos senderos, no menos estrechos, cortaban aquel que elegía el guía, y, sin él, Khamis no habría sabido cuál tomar.

No se avistó un solo rumiante, ¿y cómo se habrían aventurado animales de gran tamaño hasta allí? Se acabaron aquellas trochas de las que el foreloper había sacado partido antes de alcanzar las orillas del río Johausen.

Así pues, aun cuando los dos cazadores hubieran tenido sus fusiles, ¡de qué poco habrían servido, puesto que no se presentaba ni una sola pieza de caza!

Era, pues, con una aprensión muy justificada como John Cort, Max Huber y el foreloper veían su comida casi enteramente agotada. Una comida más y no quedaría nada. Y si al día siguiente no habían llegado a su destino, es decir, al término de aquella extraordinaria caminata siguiendo aquella misteriosa luz, ¿qué sería de ellos?

Como la víspera, la antorcha se apagó al caer la noche, y, como la anterior, aquella noche transcurrió sin sobresaltos.

Cuando John Cort se incorporó el primero, despertó a sus compañeros exclamando:

– ¡Han venido aquí mientras dormíamos!

En efecto, un fuego estaba encendido, algunos carbones ardientes formaban brasa, y un trozo de antílope colgaba de la rama baja de una acacia por encima de un arroyuelo.

Esta vez, Max Huber no hizo siquiera oír una exclamación de sorpresa.

Ni sus compañeros ni él querían discutir las extrañezas de aquella situación, aquel guía desconocido que los conducía hacia un destino no menos desconocido, aquel genio de la gran selva cuyas huellas seguían desde la antevíspera...

Haciéndose sentir vivamente el hambre, Khamis asó el trozo de antílope, que bastaría para las dos comidas de mediodía y de la noche.

En aquel momento, la antorcha dio de nuevo la señal de partida.

Se reanudó la marcha en las mismas condiciones. No obstante, por la tarde se pudo constatar que el espesor de la arboleda disminuía poco a poco. La luz del día penetraba más, al menos a través de las copas. Sin embargo, fue todavía imposible distinguir al ser, fuese cual fuese, que caminaba por delante.

Al igual que la víspera, de cinco a seis leguas, siempre según la estima, fueron cubiertas durante aquella jornada. Desde el río Johausen, el recorrido podía ser de unos sesenta kilómetros.

Aquella noche, en el instante en que se apagó la antorcha, Khamis, John Cort y Max Huber se detuvieron. Era de noche, sin duda, pues una oscuridad profunda envolvía aquel macizo. Muy fatigados por aquellas largas etapas, tras acabar el trozo de antílope, tras haberse desalterado con agua fresca, los tres se tendieron al pie de un árbol y se durmieron...

Y —en sueños, seguramente— ¿no creyó Max Huber oír el sonido de un instrumento que tocaba sobre su cabeza el vals tan conocido del Freischütz de Weber?

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