XV
LA ESPERA EN FELSENHEIM - INQUIETUD - PARTIDA PARA EBERFURT - MR. WOLSTON Y ERNEST - LO QUE HABÍA ACONTECIDO - EN PERSECUCIÓN DE LOS ELEFANTES - PROPOSICIÓN DE MR. WOLSTON - VIENTOS CONTRARIOS - ¡JACK!
La noche de aquel mismo día, monsieur Zermatt y su mujer, mistress Wolston y su hija estaban reunidos en la biblioteca, después de un día de trabajo.
Hablaban junto a la ventana que se abría sobre la orilla derecha del arroyo de los Chacales; ¿y de qué habían de hablar sino de los ausentes que habían partido tres días antes? Por estar en el principio de la estación, el calor no era aún muy intenso, y tenían, por lo menos, la seguridad de que el tiempo había favorecido a los expedicionarios.
– ¿Dónde estarán ahora? —preguntó Betsie.
– En mi opinión, deben de haber llegado a la cúspide de la cordillera —respondió monsieur Zermatt—. Si no han experimentado ningún retraso, tres días les habrán bastado para llegar a la base, y el cuarto lo habrán empleado en la ascensión.
– Quizás a costa de grandes fatigas y hasta peligros… —dijo Annah.
– Peligros no, querida niña —respondió monsieur Zermatt—. ¡En cuanto a la fatiga, vuestro padre está aún en la fuerza de su edad, y mis hijos han soportado otras semejantes!
– Ernest no tiene la resistencia de su hermano —no pudo por menos de decir la joven.
– Es cierto —respondió madame Zermatt—, y siempre ha preferido el estudio a los ejercicios corporales.
– Bien… bien, Betsie —dijo monsieur Zermatt—. No hagas de tu hijo una señorita ni un hombrecillo. Si su cabeza ha trabajado, también trabajaron sus brazos y sus piernas. A mi juicio, esta excursión sólo habrá sido un paseo de turistas; y a no ser por el temor de dejaros solas, también yo, a pesar de mis cuarenta y siete años, hubiera formado parte de la expedición.
– Esperemos a mañana —dijo mistress Wolston—. Tal vez la paloma mensajera que se llevó Ernest volverá por la mañana con una carta dirigida a nosotros.
– Y ¿por qué no esta noche? —interrumpió Annah—. La paloma sabrá encontrar su palomar aun de noche… ¿no es cierto, monsieur Zermatt?
– Cierto es, Annah. La velocidad de estas aves es tal —veinte leguas por hora, según se dice—, que la distancia que nos separa de las montañas podría ser recorrida por ella en cuarenta o cincuenta minutos.
– ¡Sí, yo aguardaré su vuelta hasta mañana! —propuso la joven.
– ¡Vamos! —dijo madame Zermatt—; nuestra querida hija tiene grandes deseos de recibir noticias de su padre.
– Y también de vuestros dos hijos —añadió Annah besando a madame Zermatt.
– Es de lamentar —dijo mistress Wolston— que la cordillera no sea en absoluto visible desde lo alto de Felsenheim. Tal vez con un buen catalejo hubiéramos ya podido asegurarnos de si el pabellón flota en el extremo del pico…
– De lamentar es, en efecto, mistress Wolston —respondió monsieur Zermatt—. En fin, si la paloma no ha llegado mañana por la mañana, ensillaré a Leichtfuss e iré a Eberfurt, desde donde se ve el pico que domina la cordillera.
– Conforme, amigo mío —dijo madame Zermatt—; pero no formemos proyectos prematuros; y puesto que es la hora de comer, vamos a la mesa… ¿Quién sabe si antes de que dejemos el lecho habrá vuelto la paloma con alguna carta de Ernest?
– No sería la primera vez que recibimos noticias por tal conducto —respondió monsieur Zermatt—; pues recordarás, Betsie, que hace ya bastante tiempo, nuestro hijo nos envió nuevas suyas desde Waldegg, Prospect-Hill y Zuckertop…; verdad que fueron malas nuevas, como los destrozos de los malditos monos y otras bestias por el estilo… Espero que esta vez serán mejores.
– ¡Hela aquí! —exclamó Annah, que se levantó de un salto y corrió a la ventana.
– ¿La has visto? —preguntó su madre.
– No; pero la he oído entrar en el palomar —respondió la joven.
Efectivamente; un ruido seco acababa de atraer su atención. Era el producido por la trampilla que se cerraba bajo el palomar, sobre la biblioteca.
Monsieur Zermatt salió en seguida seguido por Annah, madame Zermatt y mistress Wolston. Llegó al pie del palomar y colocó una escala contra la roca, subiendo luego por los escalones para inspeccionar el interior.
– ¡Ha vuelto! —dijo.
– ¡Traedla…! ¡Traedla, monsieur Zermatt! —repitió Annah impaciente.
Cuando tuvo la paloma entre sus manos, la joven besó su azulada cabeza, y después de desatar la carta que el animal traía, la besó de nuevo. Libre el ave, volvió al palomar, donde le esperaba un puñado de grano.
Annah leyó la carta de Ernest en voz alta. Las pocas líneas que contenía eran para tranquilizar a todos por la suerte de los ausentes y anunciaba el buen éxito de la expedición. Todos encontraban en ella algo afectuoso, y como se sabe, Annah llevaba en esto la mejor parte.
Con la idea de que el regreso se efectuaría dentro de dos días, monsieur y madame Zermatt, mistress Wolston y su hija se retiraron a sus habitaciones. Se había recibido el mensaje; las noticias eran excelentes; diéronse gracias a Dios, y todos se durmieron con tranquilo sueño hasta el amanecer.
El siguiente día fue empleado en los trabajos del interior de la casa. Claro es que, gracias a la llegada de la paloma mensajera, monsieur Zermatt había renunciado a su proyecto de encaminarse a las alturas del desfiladero de Cluse. Admitiendo que un buen catalejo permitiera percibir el pabellón que flotaba en la punta del pico, nada nuevo se hubiera sabido. No había por qué dudar de que los tres excursionistas estaban ya en camino para Felsenheim.
El siguiente día fue de gran trabajo. Una bandada de salmones apareció en la desembocadura del arroyo de los Chacales, cuyo curso acostumbraban a remontar estos peces en aquella época. Hubo lugar para lamentarse de la falta de los ausentes, y la pesca no produjo lo que de estar ellos hubiera producido.
Por la tarde, monsieur y madame Zermatt, mistress Wolston y Annah abandonaron su trabajo y atravesaron el puente de la Familia en dirección a Eberfurt.
Mister Wolston, Ernest y Jack debían de haber llegado al desfiladero de Cluse, y en dos horas a lo más podían franquear la distancia que separaba la granja de Felsenheim.
Sin embargo, avanzaba el día y nada indicaba la aproximación de los ausentes, ni el ladrido de los perros que hubiesen conocido a sus amos, ni los disparos que Jack no dejaría de hacer para anunciar su regreso.
A las seis la comida estaba dispuesta, comida copiosa y suculenta, propia para satisfacer el más formidable apetito. Se esperaba a los excursionistas, y como éstos no llegaban, nadie pensó en sentarse a la mesa.
Una vez más monsieur y madame Zermatt, mistress Wolston y Annah avanzaron un cuarto de legua por el camino más arriba del arroyo de los Chacales. Turco y Braun, que les acompañaban, permanecieron mudos y tranquilos, y bien sabe Dios que no hubieran economizado ni ladridos ni saltos, de estar los dos hermanos a algunos centenares de pasos.
Volvieron a Felsenheim, no sin alguna inquietud, pensando que el retraso no podía prolongarse. Pusiéronse a la mesa tristemente, con el oído atento a los ruidos de afuera, y apenas sí tocaron los platos, de los que seguramente nada habrían dejado los excursionistas.
– Vamos… un poco de calma —acabó por decir monsieur Zermatt—. Es preciso no exagerar las cosas. Si han sido precisos tres días para llegar a la base de la montaña, ¿por qué no han de haberlo sido para volver?
– Tenéis razón, monsieur Zermatt —respondió Annah—. Pero la carta de Ernest, ¿no indicaba que bastarían dos días?
– Convengo en ello —dijo monsieur Zermatt—. Pero ese bravo mozo tendría tantos deseos de volver a vernos, que puede haber exagerado… En suma: no había formal motivo para atormentarse. Monsieur Zermatt lo afirmaba, pero aquella noche ninguno de los huéspedes de Felsenheim encontró el tranquilo sueño de la noche precedente. La zozobra se convirtió en verdadera angustia en la noche del día siguiente, 3 de octubre. Ni mister Wolston, ni Ernest, ni Jack habían aparecido. El retraso era inexplicable tratándose de tan robustos e infatigables andarines. Lógico era que de la tardanza se dedujera algún accidente, pues obstáculos no debían de haber encontrado por tratarse de camino de vuelta, ya conocido, a no ser que hubieran seguido otro diferente más difícil o más largo.
– ¡No! ¡No! —decía Annah—. De haber tomado otro camino, no hubiera Ernest anunciado que estarían aquí pasados dos días desde que escribió la carta. ¿Qué responder a esto? Betsie y mistress Wolston empezaron a desesperarse. Annah no contenía sus lágrimas y monsieur Zermatt no encontraba palabras para consolar a las tres mujeres. Convínose entonces que si los ausentes no habían regresado a Felsenheim el segundo día, se iría a Eberfurt, pues el regreso de ellos debía necesariamente efectuarse por el desfiladero de Cluse. De este modo podrían abrazarles dos horas antes. Pasó la tarde… Transcurrió la noche, ¡y ninguna noticia de los excursionistas! Nada podía detener en Felsenheim a los que les esperaban entre mortales angustias, que nadie podría ya tachar de exageradas. Por la mañana se hicieron rápidamente los preparativos de marcha. Se enganchó el carro y se pusieron en él algunas provisiones, ocupándolo todos. Partió precedido por Braun. Después de atravesar el arroyo de los Chacales caminó por los bosques y campos que bordeaban el camino de Eberfurt, marchando con toda la velocidad posible. Habían llegado a una legua de allí, junto a un puentecillo echado sobre el canal de derivación que terminaba en el lago de los Cisnes, cuando monsieur Zermatt dio la señal de parada. Braun, que arreció en sus ladridos, se había lanzado hacia adelante.
– ¡Aquí están! ¡Aquí están! —exclamó mistress Wolston. Efectivamente: a trescientos pasos, y a la vuelta de un grupo de árboles, aparecieron dos hombres. Eran mister Wolston y Ernest. ¿Dónde estaba Jack? No sería muy lejos… Sin duda a algunos tiros de fusil… Gritos de alegría acogieron a mister Wolston y a Ernest. Y como éstos no avanzaran, los otros corrieron hacia ellos.
– ¿Y Jack? —preguntó madame Zermatt. Ni Jack ni su perro Falb estaban allí.
– No sabemos lo que le ha sucedido a nuestro Jack. Y he aquí lo que refirió mister Wolston, relación a menudo interrumpida por los sollozos de los que la escuchaban: La bajada desde el extremo del pico hasta la cordillera se había efectuado en dos horas. El que primero llegó fue Jack, que cobró alguna caza en los alrededores del monte. Comieron ante la gruta, y dejando fuera fuego, se retiraron dentro. Uno de ellos vigilaba en la entrada mientras los otros dos dormían a pierna suelta. La noche no fue turbada más que por los lejanos rugidos de las fieras. Al siguiente día, al alba, mister Wolston y los dos hermanos se pusieron nuevamente en marcha. Desde lo alto del pico, Ernest había notado que el bosque parecía aclararse al este, y los tres se dirigieron a esta parte. Se andaría más de prisa y el camino no se alargaría más que una legua escasa, entre la cordillera y el valle de Grünthal. A las once hicieron alto. Terminado el almuerzo, los tres se dirigieron hacia el interior de los bosques más claros, y por donde, por consiguiente, se caminaba con más facilidad. A las dos oyeron el tumulto formado por sordo ruido de pasos y acompañado de sonoros resoplidos. No había duda: se trataba de un tropel de elefantes que atravesaban el bosque. ¿Un tropel?… No… Sólo se mostraron tres de esos paquidermos; dos de ellos de enorme talla: el padre y la madre; el otro una cría que les seguía. No se habrá olvidado el vivo deseo que Jack tenía de capturar a uno de estos animales. El atrevido joven quiso aprovechar la ocasión que se le ofrecía, y esto causó su perdición. En previsión de un ataque, mister Wolston, Ernest y Jack se habían puesto a la defensiva, con las armas preparadas, y poco seguros del resultado de una lucha librada con aquellas formidables bestias. Cuando los elefantes llegaron al claro, se detuvieron, y advirtiendo la presencia de los tres hombres, dirigiéronse a la derecha sin apresurar el paso, y se hundieron en las profundidades de la selva. Todo peligro había, pues, cesado, cuando Jack, arrastrado por su irresistible pasión de cazador, desapareció tras los elefantes, seguido de su perro Falb.
– ¡Jack! ¡Jack! —gritó mister Wolston.
– ¡Vuelve, Jack, vuelve! —exclamó Ernest. O el imprudente no oía, o, lo que es más probable, no quería oír. Una vez más se le vio entre los matorrales… Después se le perdió de vista. Muy inquietos, mister Wolston y Ernest siguieron sus huellas, y algunos instantes después llegaron al claro. Estaba desierto… En este momento el ruido de las pesadas pisadas se reprodujo en aquella dirección, pero no se oyó ningún disparo.
Jack, ¿no había querido o no había podido utilizar su fusil?
De todos modos, sería difícil reunirse con él por lo imposible de encontrar la huella de sus pasos sobre aquel suelo sembrado de ramas y hojas secas.
El ruido se alejó: algunas ramas que habían sido agitadas quedaron inmóviles… y nada volvió a turbar el silencio del bosque.
Mister Wolston y Ernest escudriñaron hasta la noche los alrededores de aquel sitio; se arrastraron por lo más espeso… llamaron a Jack con todas las fuerzas de su voz… ¿Había sido acaso el desdichado víctima de su imprudencia…? ¿No pudo rechazar el ataque de los elefantes…? ¿Yacía acaso sin movimiento, sin vida, en algún rincón de la oscura selva…?
Ningún grito, ninguna voz llegó a oídos de mister Wolston ni de Ernest. Algunos disparos que hicieron quedaron sin respuesta.
Llegada la noche, ambos, rendidos por la fatiga y la inquietud, cayeron al pie de un árbol, escuchando siempre, buscando sorprender el más insignificante ruido… Habían encendido una gran fogata, con la esperanza de que Jack, guiándose por la luz del hogar, podría reunirse con ellos, y no cerraron los ojos hasta el día.
Durante estas largas horas, imponentes rugidos no cesaron de indicar la presencia de las fieras a no muy larga distancia. Acometíales entonces la idea de que tal vez Jack no había tenido que defenderse contra los elefantes, pero que había podido sucumbir en un ataque más peligroso de los tigres, leones o pumas.
Sin embargo, no se le podía abandonar. Todo el día siguiente fue empleado en buscar sus huellas a través del bosque. Trabajo inútil. Mister Wolston y Ernest reconocieron, por la presencia de hondas huellas en el suelo, el paso de los elefantes, hierbas pisoteadas, ramas bajas rotas, malezas hundidas… Pero de Jack… nada. Ninguno de los objetos que llevaba, nada tampoco que indicase que había sido herido… ni una mancha de sangre, ni huella que permitiera ponerse sobre su pista.
Después de estas vanas pesquisas, y por desgarrador que fuese el pensamiento de volver sin el joven, fue preciso tomar una decisión en este sentido. Mister Wolston procuró hacer comprender a Ernest que en interés mismo de su hermano era indispensable volver a Felsenheim, de donde se volvería para emprender nuevas pesquisas en mejores condiciones.
No hubiera tenido Ernest ánimo para discutir. Comprendía que mister Wolston hablaba razonablemente, y lo siguió casi sin conciencia de lo que hacía. Ambos recorrieron una vez más aquella parte del bosque, y caminaron toda la noche y todo el siguiente día. Tomaron entonces algunas horas de reposo y volvieron a caminar, llegando por la mañana a la entrada del desfiladero de Cluse.
– ¡Hijo mío…! ¡Pobre hijo mío! —Había repetido varias veces madame Zermatt.
Y estas palabras se escaparon una vez más de sus labios cuando cayó entre los brazos de mistress Wolston y de su hija, arrodilladas junto a ella.
Monsieur Zermatt y Ernest, abismados en su dolor, no podían pronunciar palabra.
– Ahora he aquí lo que hay que hacer sin perder momento —dijo mister Wolston con tono resuelto.
Monsieur Zermatt se dirigió a él…
– ¿Qué? —preguntó.
– Vamos al instante a regresar a Felsenheim, de donde volveremos a partir hoy mismo para buscar las huellas de Jack. He pensado detenidamente en ello, monsieur Zermatt, y os suplico que adoptéis mi proposición.
Sí… Se haría lo que mister Wolston quisiera. Era el único que había conservado su sangre fría para dar un buen consejo, y no había más que seguirle ciegamente.
– Jack ha desaparecido en la parte del bosque vecino al litoral —continuó—, así pues, a este sitio, y por el camino más corto, debemos dirigirnos primeramente. Tomar el camino más allá del desfiladero de Cluse sería demasiado largo. Embarquémonos en la pinaza. El viento es favorable para doblar el cabo del Este, y en seguida la brisa de alta mar nos empujará a lo largo del litoral. Partiendo esta noche, antes del día llegaremos a la desembocadura del Montrose, lo pasaremos e iremos a hacer escala en la parte de la costa donde se apoya la extremidad de la cordillera. En esta dirección y atravesando el bosque es donde Jack ha desaparecido. Yendo allí por mar habremos ganado dos días.
La proposición fue aceptada por unanimidad. Puesto que ofrecía la ventaja de economizar tiempo, no había que dudar si se quería aprovechar el viento que en dos o tres bordadas pondría la Isabel al sesgo del cabo del Este.
Las dos familias montaron, pues, en el carro, tan velozmente arrastrado, que hora y media después llegaba a Felsenheim.
El primer cuidado fue poner la pinaza en estado de darse inmediatamente a la mar, en expectativa de un viaje de varios días, viaje que harían también madame Zermatt, mistress Wolston y Annah. Éstas se hubieran opuesto a permanecer en Felsenheim, y monsieur Zermatt no tuvo ni siquiera la idea de proponérselo.
Por la tarde, asegurado el alimento de los animales para una semana, la pinaza iba a partir cuando un desdichado contratiempo lo impidió.
A las tres, el viento que se había calmado, tras soplar del este, se recrudeció mucho. Sin embargo, aunque la mar debía de estar fuerte afuera, la Isabel hubiera podido arriesgarse más allá del cabo del Este. ¿Pero cómo elevarse hasta el cabo luchando contra la violencia de la ola que venía de alta mar? Nada más que para dejar su anclaje habría grandes dificultades, y pasar el islote del Tiburón hubiera, sin duda, sido imposible.
¡Esto fue desesperante! Esperar… esperar cuando el menor retraso haría tal vez imposible el buen éxito de las pesquisas… Y si aquellos vientos contrarios persistían, si por la tarde… por la noche el estado atmosférico no se modificaba… si empeoraba…
– Pues bien… —dijo mister Wolston respondiendo a la pregunta que todos se hacían—. Lo que no es posible por mar lo intentaremos por tierra… El carro en vez de la pinaza… Tengámoslo dispuesto para tomar el camino de Eberfurt.
En expectativa de esta eventualidad se hicieron los preparativos necesarios. De efectuarse el viaje en el carro, se dirigirían al sudeste a fin de rodear el bosque, pues aquél no podría penetrar en él, por lo menos en la parte que mister Wolston y Ernest habían explorado en la parte delantera de la cordillera. Se procuraría ganar el extremo oriental del bosque, es decir, el punto donde arribaría la Isabel, si un cambio de viento le permitía aparejar. Por desgracia, el retraso lo menos sería de treinta y seis horas… pero ¿cómo evitarlo?
La esperanza de que cambiase el tiempo no se realizó. El viento no cesó de soplar del nordeste, cada vez con mayor empuje. Llegada la noche, grandes olas batían la playa de Felsenheim. La noche amenazaba ser mala, y ante este estado de cosas, el proyecto de navegación tuvo que ser abandonado.
Mister Wolston hizo descargar las provisiones que habían sido puestas a bordo y transportarlas al carro. Al mismo tiempo se prodigaron los últimos cuidados a los dos búfalos y al onagro, teniendo en cuenta que había de partirse al alba.
Madame Zermatt producía lástima. Sus labios no se entreabrían más que para dejar escapar estas palabras:
– ¡Mi hijo…! ¡Mi pobre hijo!
De repente, a las ocho, los perros Turco y Braun comenzaron a dar señales de agitación. Mister Wolston, que los observaba, quedó asombrado al verlos correr ante la galería por el cercado.
Braun, sobre todo, mostraba gran inquietud.
Diez minutos después se oyó distintamente un lejano ladrido.
– ¡Es Falb! —exclamó Ernest.
¡Falb! ¡El perro de Jack! Braun y Turco lo reconocieron también, pues contestaron con grandes ladridos.
Monsieur y madame Zermatt, mistress Wolston, Annah… todos se lanzaron fuera de la galería.
Casi en seguida Jack aparecía en la puerta de entrada y se precipitaba en brazos de su madre.
– ¡Sí…! ¡A salvo…! —exclamó—. ¡Pero quizá nos amenaza un gran peligro…!
– ¡Un peligro…! ¿Cuál? —preguntó monsieur Zermatt estrechando contra su pecho a Jack.
– ¡Los salvajes! —respondió el joven—. ¡Los salvajes que han desembarcado en la isla!