XIII
AL SALIR DEL VALLE DE GRÜNTHAL - LA REGIÓN DE LAS LLANURAS - LA DE LOS BOSQUES - LOS MONOS TODAVÍA - AL PIE DE LA CORDILLERA - LA NOCHE EN EL INTERIOR DE UNA GRUTA - LA PRIMERA Y LA SEGUNDA ZONA DE LA MONTAÑA - EN LA BASE DE ÉSTA.
El viaje a pie es por excelencia el viaje del turista. Permite verlo todo y autoriza los rodeos, paradas y retrasos. A falta de caminos, el peatón se contenta con senderos. Puede caminar a su fantasía, pasar por donde no pasaría un carruaje, ni la mejor cabalgadura, franquear taludes y llegar hasta la cúspide de las montañas.
Así es que mister Wolston y los dos jóvenes no habían vacilado, aun a riesgo de tener que soportar las mayores fatigas, en lanzarse a píe por los desconocidos lugares del interior, teniendo en cuenta, sobre todo, la ascensión proyectada a la cima de la cordillera.
Ya se ha dicho que la excursión no debía comprender más que un trayecto de siete a ocho leguas, si era posible llegar en línea recta a la base de las montañas. No se trataba, pues, de un largo viaje, pero iba a efectuarse a través de una comarca nueva que tal vez reservaba importantes y útiles descubrimientos a los tres viajeros.
El más excitado de éstos era Jack. Si a pesar de su afición a las aventuras no se había embarcado a bordo de la Licorne para Europa, la cual abandonara siendo aún muy niño, es porque esperaba indemnizarse algún día, cuando la situación de su familia estuviera definitivamente asegurada. Entretanto, ¡qué satisfacción para él traspasar los límites de la Tierra Prometida, recorriendo las extensas llanuras, de las que nada conocía, más allá del valle de Grünthal y del desfiladero de Cluse! Afortunadamente, no cabalgaba ni en su onagro Leichtfuss, ni en su toro Brummer, ni en su avestruz Brausewind, y únicamente llevaba consigo a su perro Falb.
Al salir del desfiladero, los tres se dirigieron hacia el montecillo que tenía el nombre de Torre Árabe, en recuerdo de la bandada de avestruces, en que monsieur Zermatt y sus hijos habían creído ver una tribu de beduinos a caballo. A partir de la torre, tomaron el camino que conducía a la gruta de los Osos, donde poco había faltado para que Ernest pereciera ahogado por el abrazo de uno de estos plantígrados.
Remontar el río Oriental que descendía del sur al oeste hubiera sido alargar el viaje, puesto que las pendientes de la cordillera se dibujaban hacia el sur.
A propósito de esto dijo Ernest:
– Lo que no hemos hecho con el río Oriental, ¿no hubiéramos debido hacerlo con el Montrose? Seguramente, siguiendo una u otra de sus riberas, el viaje sería más corto.
– Y yo pregunto: ¿por qué la pinaza no nos ha conducido hasta la desembocadura del río? —dijo Jack—. Desde allí la canoa nos hubiera transportado hasta el obstáculo, es decir, a cinco o seis leguas de la cordillera.
– Nada hubiera sido más cómodo, mi querido Jack —respondió mister Wolston
– ; pero la árida comarca que atraviesa el Montrose no ofrece ningún interés. Preferible es recorrer la región comprendida entre la bahía del Salvamento y las montañas.
Continuaron el camino, bajando por el valle de Grünthal, que se extendía unas dos leguas paralelamente a la barrera que limitaba la Tierra Prometida. De mil toesas de anchura, este valle encerraba bosques, grupos aislados y vastas praderas escalonadas sobre el talud. Daba también paso a un río que iba a arrojarse, ya en el río Oriental, ya en la bahía de los Nautilos.
Gran impaciencia tenían mister Wolston y los dos hermanos por llegar a la extremidad del valle de Grünthal, a fin de tomar una primera idea de la comarca que se desarrollaba al sur. Valiéndose de su brújula, Ernest tomaba, en lo posible, la orientación y la anotaba, lo mismo que las distancias recorridas.
Al mediodía se hizo alto a la sombra de un grupo de guayabos, no lejos de un campo en que los euforbios crecían en abundancia. Varias parejas de perdices, que Jack había cobrado durante el camino, compusieron el almuerzo, a más de la torta de cazabe. El río suministró agua limpia, a la que se mezclaron algunas gotas del aguardiente que las calabazas contenían, y los guayabos, en plena madurez, sirvieron de exquisito postre.
Comidos y descansados, los tres excursionistas se pusieron inmediatamente en camino. La extremidad del valle se encerraba entre dos altos muros de roca. A través de esta garganta el arroyo se transformaba en torrente, y de pronto apareció un país casi llano, que ofrecía toda la lujuriante fertilidad de las zonas tropicales, y que se extendía hasta las primeras estribaciones de la cordillera. ¡Qué diferencia con los territorios regados por el curso superior del Montrose! A una legua, en dirección sudeste, se desarrollaba una cinta líquida que resplandecía a los rayos del sol y que verosímilmente afluía al lecho del Montrose.
Al sur, hasta la base de las montañas, en un espacio de seis a siete leguas, se sucedían las llanuras y los bosques. La marcha fue a menudo difícil por estar el suelo erizado de hierba, de cinco a seis pies de altura, de espinosos penachos, y también de cañas de azúcar que la brisa balanceaba. No había duda de la posibilidad de explotar estas producciones naturales, que en aquella época constituían la principal riqueza de las colonias de ultramar.
Después de caminar durante cuatro horas, dijo Ernest:
– Propongo hacer alto.
– ¿Ya? —exclamó Jack, tan infatigable como su perro Falb.
– Soy de la opinión de Ernest —dijo mister Wolston—. El sitio me parece bueno, y podemos pasar la noche a la orilla de este bosquecillo de lotos.
– ¡Vaya por el campamento —respondió Jack—, y también por la comida, pues tengo vacío el estómago!
– ¿Será preciso encender fuego y mantenerlo hasta el día? —preguntó Ernest.
– Será prudente —declaró Jack—, pues es el medio mejor de alejar a las fieras.
– Seguramente —añadió mister Wolston—; pero será necesario vigilar por turno, y creo que lo mejor es dormir… Me parece que no hay nada que temer.
– No —dijo Ernest—. No he advertido huella sospechosa, y ni un solo rugido se ha dejado oír desde que abandonamos el valle de Grünthal. Lo mejor es, pues, evitarnos la fatiga de establecer un turno de vigilancia.
Jack no insistió, y los tres se dispusieron a comer.
La noche prometía ser magnífica. Una de esas noches en que la naturaleza se duerme apaciblemente, y en que ningún soplo de viento turba su tranquilidad. Ni una hoja se movía, ni el más leve ruido turbaba el silencio de la llanura. El perro no daba señales de inquietud. De lejos no llegaba uno solo de los rugidos de los chacales, aunque estos carniceros abundaban en la isla. En suma, que no sería acto de imprudencia entregarse al sueño. Mister Wolston y los dos jóvenes apaciguaron su hambre con los restos del almuerzo, con algunos huevos de tortuga, descubiertos por Ernest y endurecidos bajo la ceniza, a los que se añadieron frescas nueces de los pinos que abundaban en la vecindad y cuyas almendras tienen el gusto de la avellana.
Jack fue el primero que cerró los ojos, por ser el que estaba más fatigado, pues no había cesado de explorar las breñas y zarzales, alejándose a veces tanto, que mister Wolston se había visto obligado en varias ocasiones a llamarle al orden. Pero habiendo sido el primero en dormirse, lo fue también en despertarse al amanecer.
Los excursionistas se pusieron al momento en camino. Una hora después vadearon un arroyo que tal vez, dos o tres leguas más allá, se arrojaba en el lecho del Montrose. Por lo menos, y teniendo en cuenta su dirección hacia el sudeste, Ernest se inclinaba a pensarlo así.
Siempre espaciosas llanuras y vastas plantaciones de caña de azúcar.
Después, en las partes húmedas del suelo, gran número de esos árboles aéreos, de los que un tallo tiene las hojas y otro los frutos. Al fin aparecieron espesos bosques, en vez de aquellos árboles aislados de los flancos del valle de Grünthal, palmeras, higueras, mangos, y también gran número de los que no producen fruto comestible, abetos, encinas verdes, encinas marítimas, todos de soberbio aspecto. El suelo no cesaba de subir, lo que hacía que Jack perdiera la esperanza de encontrar bandadas de pájaros acuáticos. Tendría que contentarse con la caza de la llanura y del bosque, muy abundante.
Mister Wolston creyó oportuno hacer a su joven compañero la observación siguiente:
– Es evidente, mi querido Jack, que no es motivo de gran queja vernos reducidos a los pollos, perdices, avutardas, gallos salvajes, sin contar a los cobayos, antílopes y agutíes; así es que creo prudente no hacer provisiones más que en el momento de las paradas, a fin de no llevar demasiado peso.
– Tenéis razón —respondió el impenitente cazador—. Sin embargo… Creed que es difícil resistir la tentación… y cuando una pieza de caza se presenta a tiro…
En fin, Jack siguió el consejo de mister Wolston, y únicamente a las once dos detonaciones dieron la seguridad de que la lista del almuerzo acababa de completarse. Indudablemente, a los que gustan de la carne algo pasada, no les hubieran agradado los dos gallos y las tres becadas que Falb recogió de entre las zarzas; pero los habitantes de la Nueva Suiza no habían llegado a tal depravación en su paladar, y no dejaron rastro de aquellas piezas, asadas al fuego de leña seca. En cuanto al perro, se regaló con los caparazones, que generosamente le abandonaron.
Por la tarde no parecieron inútiles algunos disparos, hechos con el objeto de tener a raya a ciertos animales temibles, al menos por el número. Hubo ocasión de hacer hablar a los tres fusiles para poner en huida a una bandada de gatos salvajes, de la misma especie que los ya vistos en los límites de Tierra Prometida, cuando la primera excursión al valle de Grünthal. La bandada desapareció, con gran número de heridos, lanzando atroces gritos, mezcla de maullidos y rugidos. Tal vez era conveniente tomar precauciones para resguardarse de sus ataques durante el alto de la noche.
Por lo demás, en aquel territorio abundaban los pájaros, papagayos, cotorras, guacamayos de color rojo resplandeciente, minúsculos tucanes de verdes alas pulverizadas de oro, enormes grajos azules de Virginia, y estaba igualmente frecuentado por antílopes, alces, onagros y búfalos. Estos animales sentían desde lejos la presencia del hombre, lo que bastaba para que se pusieran en fuga con increíble rapidez.
Hasta entonces, el país no había perdido nada de su fertilidad, comparable con la del distrito de la parte septentrional de la isla. Mister Wolston, Ernest y Jack no debían de tardar en encontrar una zona llena de bosques. Al acercarse a la base de las montañas se distinguía una sucesión de altas selvas, que parecían muy espesas. Así pues, al siguiente día eran de esperar las fatigas de un camino más difícil.
Aquella tarde, los excursionistas se regalaron con ortegas, en cuya caza intervinieron todos. El campamento fue establecido a la orilla de un soberbio bosque de sagúes, regado por un arroyo que el declive del suelo transformaba en torrente, enviándolo hacia el sudoeste.
Mister Wolston organizó una activa vigilancia en los alrededores del campamento, protegido por un fuego que se conservaría hasta el alba. Establecióse, pues, un turno durante la noche, turbada por rugidos que a corta distancia resonaban.
Al siguiente día la partida se efectuó a primera hora. Tres leguas de camino, y los exploradores llegarían al pie de las montañas. Tal vez durante el día se podría recorrer esta segunda etapa del viaje si no se tropezaba con ningún obstáculo que la retardase. Suponiendo que la falda de la cordillera fuera practicable por la parte septentrional, la ascensión no exigiría más que algunas horas de la siguiente mañana.
¡Qué diferencia presentaba ahora aquella región con la que se extendía al salir del valle de Grünthal! Algunos bosques se aparecían a derecha e izquierda, formados casi únicamente de esos árboles resinosos, propios de las zonas elevadas, y regados por alborotadores ríos que corrían hacia el este. Tributarios o subtributanos del Montrose, estos ríos no tardarían en quedar secos durante la época de los calores, y ya podían ser vadeados sin mojarse más que hasta media pierna.
Durante la mañana, mister Wolston creyó más práctico rodear algunos de estos bosques, entre los que había pequeñas llanuras. Si el camino se alargaba un poco, al menos no se gastaría en recorrerlo tanto tiempo como de hacerse a través de aquellos bosques erizados de zarzas y maleza.
La excursión continuó de esta forma hasta las once, hora en que se hizo alto para almorzar y descansar, pues la jornada había faltado desde la partida, y además Jack acababa de cobrar un antílope. Lo que restó fue guardado en un morral para la comida de la noche.
Fue ésta prudentísima precaución, pues durante la tarde no se vio pieza de pelo o pluma, y sabido es que no basta ser diestro cazador, sino que es preciso que se presente ocasión de disparar.
Esta parada del mediodía se hizo a la sombra de un enorme pino marítimo, al pie del cual Ernest encendió fuego con leña seca, y en tanto que se asaba un cuarto de antílope, bajo la vigilante mirada de Jack, Ernest y mister Wolston se alejaban algunos centenares de pasos para examinar el terreno.
– Si esta región forestal se extiende hasta la cordillera —dijo Ernest—, es probable que cubra las primeras pendientes. Al menos así me ha parecido esta mañana, cuando hemos dejado nuestro campamento.
– En tal caso —respondió mister Wolston—, nos tendremos que resignar a atravesar esos bosques; pues no se podría dar la vuelta por la derecha o por la izquierda de ellos, sin alargar considerablemente el camino, y tal vez no sin llegar hasta el litoral del este…
– Y ese litoral, si no me engaño, debe de hallarse a unas diez leguas de aquí. Me refiero a la parte de la costa de donde nos ha conducido la pinaza a la desembocadura del Montrose… Sí… Unas diez leguas.
– Siendo ello así, no podemos pensar en llegar a las montañas por el este… En cuando al oeste…
– Eso es lo desconocido, mister Wolston, y además, cuando desde las alturas de Grünthal se observa la cordillera, ésta parece extenderse hasta perderse de vista por la parte de poniente.
– Puesto que no tenemos el derecho de elegir —declaró mister Wolston—, entremos por el bosque y busquemos paso para llegar a su extremidad, lo que al fin conseguiremos, si no en un día, en dos o tres.
Los dos hermanos participaban de la opinión de mister Wolston, y estaban tan resueltos como éste a llevar la exploración hasta las montañas.
Carne de antílope asada, tortas de cazabe y media docena de frutos, cogidos de los árboles vecinos, bananos y guayabos, esto compuso la comida, en la que se empleó una hora. Luego, con las armas y morrales al hombro y espalda, y orientándose por medio de la brújula, mister Wolston, Ernest y Jack entraron en el bosque.
Realmente, entre aquellos pinos de tronco derecho, el suelo bastante compacto, tapizado de hierba, o más bien de una especie de césped, y con poca maleza, se prestaba bien a la marcha. No hubiera pasado lo mismo en los otros bosques de árboles, confundidos con parásitos y unidos unos con otros por plantas trepadoras. En el vasto monte de abetos, como en todos los de su clase, la circulación no encontraba grandes obstáculos. Sendero no había ninguno, pero los árboles dejaban libre el paso.
De aquí que si algún río infranqueable, o algún torrente, no cerraba el camino, no había motivo para quejarse. Mister Wolston, Ernest y Jack marchaban sin gran dificultad al abrigo de un techo de verdor, aunque herido perpendicularmente por los rayos del sol.
Gran ventaja para peatones, confortados, además, por los penetrantes olores del bosque.
La caza no era rara, pero los expedicionarios se vieron obligados a hacer uso de las armas de fuego, no contra leones, tigres ni panteras, ya vistos en los alrededores de la Tierra Prometida y en los territorios limítrofes a la bahía de las Perlas, sino contra los monos.
– ¡Ah, malditos! —exclamó Jack—. ¡Parece que todos se han refugiado en este bosque desde que se les ha echado de los de Waldegg y Zuckertop!
Y tras haber recibido en medio del pecho varias piñas lanzadas por un vigoroso brazo, apresuróse a disparar los dos tiros de su fusil.
Por espacio de una hora fue preciso continuar el tiroteo, a riesgo de gastar las municiones del viaje. Unos veinte cuadrumanos, gravemente heridos, yacían en el suelo. Cuando caían de rama en rama, Jack se arrojaba contra los que carecían de fuerzas para huir y los remataba estrangulándolos.
– Aún —dijo Jack—, si fueran nueces de coco lo que nos arrojaran esos indecentes bichos…
– ¡Diablo! —respondió mister Wolston—. Prefiero las piñas… Son menos duras.
– ¡Sí… pero no son comestibles —replicó Jack—, en tanto que en las nueces de coco hay alimento y bebida!
– De todos modos —dijo Ernest—, bueno es saber que estos monos están en el interior de la isla y no en las cercanías de nuestras granjas. Ya hemos trabajado bastante para preservarnos de sus devastaciones y destruirlos. Todo lo que pido es que permanezcan en sus pinares sin acordarse de volver jamás a la Tierra Prometida.
– ¡Y se pide con toda cortesía! —añadió Jack disparando un último tiro.
Libres de la agresión volvieron a ponerse en marcha, consistiendo la única dificultad en mantenerse en buena dirección de la cordillera. La bóveda que formaban los pinos, espesos y sin resquicio, se prolongaba, impidiendo ver el punto que ocupaba el sol en su curva declinante. Ni una desgarradura, ni un árbol tumbado. Mister Wolston se felicitó de no haber llevado carro ni montura. La pareja de búfalos y el onagro de Jack no hubieran podido franquear ciertos pasos, donde los pinos se espesaban hasta tocarse los unos con los otros, de tal modo que hubiera sido preciso abrir senda en el camino.
A las siete de la tarde llegaron al límite meridional del bosque. Éste se extendía por las primeras ramificaciones orográficas, y las cumbres aparecieron en el instante en que el sol se ocultaba tras las últimas que cortaban el horizonte del oeste. Allí se amontonaban las rocas y restos desprendidos de lo alto, y se deslizaban múltiples arroyos, que quizá formaban las fuentes del río Montrose, y que la pendiente enviaba hacia levante.
Comenzar la ascensión aquella misma tarde y continuarla durante la noche, hubiera sido peligroso; así es que, no obstante su afán, ni mister Wolston ni los dos hermanos pensaron en ello. Buscaron y encontraron una excavación rocosa donde podrían refugiarse hasta el día siguiente. Luego, mientras que Ernest se ocupaba en disponer la cena, mister Wolston y Jack arrancaron de los últimos árboles algunas brazadas de ramas secas, que extendieron sobre el pedregoso suelo de la gruta. Comieron una pareja de ortegas, semejantes a gallos salvajes, que acababan de ser muertas, y como estaban muy cansados no pensaron más que en dormir. Tomaron, no obstante, algunas precauciones. Al llegar la noche se oyeron mugidos muy próximos, a los que se mezclaron fuertes rugidos sobre cuya naturaleza hubiera sido difícil engañarse. A la entrada de la gruta encendieron fuego, sostenido durante toda la noche con leña, llevada por mister Wolston y Jack.
Ernest el primero, Jack el segundo y mister Wolston el último, relevándose de tres en tres horas, vigilaron hasta el alba, hora en que los tres estaban en pie, y en que Jack exclamó:
– ¡Ya ha llegado el gran día, mister Wolston! ¡Dentro de algunas horas vuestro mayor deseo va a ser cumplido! ¡Habréis plantado nuestro pabellón en el punto culminante de la Nueva Suiza!
– Dentro de algunas horas… si la excursión no presenta muchas dificultades…
– dijo Ernest.
– De todos modos, sea hoy, sea mañana, sabremos, probablemente, a qué atenemos respecto de las dimensiones de la isla —respondió mister Wolston.
– A no ser que se extienda al sur o al oeste más allá de donde nuestras miradas alcancen —dijo Jack.
– Lo que no es imposible —añadió Ernest.
– No lo creo —replicó mister Wolston—, pues no hubiera pasado inadvertida a los navegantes que frecuentan esta parte del océano índico.
– ¡En fin… ya lo veremos… ya lo veremos! —dijo Jack.
Después de almorzar carne fría reservaron el resto, pues la caza, seguramente, faltaría en aquellos áridos taludes, por los que Jack no parecía tener mucha prisa en lanzarse. Como no era de temer que las fieras les atacaran al salir de la gruta, colocaron sus fusiles en banderola, y Jack delante, siguiéndole Ernest y mister Wolston cerrando la marcha, comenzaron la ascensión.
A juicio de Ernest, Ja altura de la cordillera podría ser de mil cien a mil doscientos pies. Un cono que se erguía frente al bosque dominaba en un centenar de toesas la línea que formaban las copas de los árboles. Sobre la cima mister Wolston pensaba colocar el pabellón de la Nueva Suiza.
A cien pasos de la gruta terminaba bruscamente la zona forestal de aquella región. Más arriba aparecían aún algunos campos, praderas sembradas de árboles, áloes, lentiscos, mirlos, y esto constituía la segunda zona. La pendiente era tan inclinada, que en ciertos sitios pasaba de cincuenta grados. De aquí la necesidad de alargar el camino oblicuando a la derecha o a la izquierda.
Lo que favorecía la ascensión era que el suelo ofrecía un sólido punto de apoyo. No había aún necesidad de utilizar las manos ni de gatear. La planta se mantenía firme sobre la hierba, que agujereaban raíces y piedras. No eran de temer caídas, y aunque las hubiese no serían graves.
La ascensión pudo, pues, efectuarse sin retraso, caminando haciendo eses para disminuir el ángulo de inclinación, aunque esto fuera algo fatigoso. A la cumbre no podrían llegar los excursionistas sin hacer uno o dos altos para tomar aliento, pues aunque Ernest y Jack, vigorosos, jóvenes y acostumbrados a los ejercicios corporales, no sentían gran cansancio, mister Wolston, por su edad, no podía disponer de tanta agilidad y tanta fuerza. Sin embargo, se daría por satisfecho si, antes de la hora de la comida, sus compañeros y él habían llegado a la base del cono. Entonces una o dos horas bastarían para tocar la cumbre. Varias veces advirtióse a Jack que no se arriesgase como una cabra salvaje, puesto que la naturaleza no le había colocado en esta especie. Continuaron subiendo, y en lo que a él se refería, mister Wolston estaba decidido a no pedir gracia hasta llegar a la base del cono, o sea, la segunda zona de la cordillera, Pero no estaba demostrado por completo que lo más difícil estuviera entonces hecho; pues a aquella altura, si la mirada se extendía hacia el norte, el oeste y el este, nada se podría ver de la comarca que se desarrollaba al sur. Para esto era preciso subir a la cúspide del cono. Respecto al campo, en dirección al valle de Grünthal, era conocido en la parte comprendida entre la desembocadura del Montrose y el promontorio de la bahía de las Perlas. La natural y legítima curiosidad no debía, pues, quedar satisfecha hasta que los excursionistas llegasen a la cima del cono o, en caso de que la ascensión fuese impracticable, hasta que consiguieran dar la vuelta por él.
Franqueada la segunda zona, y como tras los esfuerzos hechos se imponía el reposo, los excursionistas se detuvieron para almorzar, pues los desfallecidos estómagos pedían imperiosamente algún alimento. El tal almuerzo redújose a los restos del antílope como plato fuerte, y una hora después Jack se levantó, saltó a las primeras rocas del talud sin hacer caso de las reconvenciones de mister Wolston y gritó:
– ¡El que me quiera que me siga!
– Procuremos darle esta prueba de afecto, mi querido Ernest —respondió mister Wolston—, y sobre todo procuremos evitar sus imprudencias.