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NAVEGACIÓN DE LA CANOA POR EL MONTROSE - COMARCA ÁRIDA - LOS GUIJARROS DE LA QUEBRADA - EL OBSTÁCULO - LA ISABEL ANCLA DE NUEVO - DESCENSO POR EL RIO - UN VAPOR EN EL SUDESTE - REGRESO A FELSENHEIM.
Al siguiente día, a las seis, con marea baja, aparecieron algunas rocas que la víspera no emergían. Se advirtió además que hasta en lo más bajo de la marea los pasos quedaban practicables en una latitud de cuarenta a cincuenta toesas. Así pues, el río Montrose era navegable en cualquier momento de la marea; de lo que resultaba que, si este río corría algunas leguas hacia el interior del territorio, su desembocadura sería seguramente elegida para una primera instalación, que en lo porvenir se convertiría tal vez en importante ciudad marítima. La profundidad del agua en el sitio donde la Isabel estaba anclada era tal, que la pinaza flotaba cinco o seis pies sobre el fondo de arena.
A las siete, el cabrilleo del mar, indicio de la marea, se dejó sentir. Y la pinaza no hubiera tardado en aproar a no estar sujeta por la amarra de popa.
Mister Wolston y Ernest, que habían desembarcado al amanecer, volvían en este momento, después de haber observado el estado de la ensenada en su parte inferior. No tuvieron más que saltar sobre el puente para reunirse con monsieur y madame Zermatt, mistress Wolston y con su hija. Faltaba Jack, que seguido de sus dos perros había ido de caza, señalando su presencia en los alrededores algunas detonaciones. No tardó en reaparecer con dos parejas de perdices y media docena de codornices.
– -No he perdido el tiempo ni la pólvora —dijo mostrando su caza.
– Nuestra enhorabuena —respondió su padre—; y ahora no perdamos la marea ascendente. Larga la amarra y embarca.
Jack, después de ejecutar la orden que su padre le daba, se lanzó al puente seguido de sus perros. El ancla estaba ya a pico, y no fue preciso más que izarla con la serviola. La pinaza, empujada por la corriente y por el ligero viento que venía de alta mar, ganó la desembocadura del río Montrose y empezó a subir por en medio del canal.
La distancia de una a otra orilla era de doscientos cincuenta a trescientos pies. Por lejos que la mirada se extendiese, no parecía que las orillas se aproximasen. A la derecha continuaba el acantilado, que iba bajando mientras el suelo se levantaba gradualmente en suave pendiente. A la izquierda, la vista se extendía sobre llanuras cubiertas de árboles de amarillenta cima en aquella época.
Después de media hora de navegación bastante rápida, la Isabel llegó al primer recodo del Montrose, que, en ángulo de unos treinta grados, se dirigía hacia el sudoeste.
Desde este recodo, las orillas no pasaban de una altura de diez a doce pies, altura a la que llegaban las más fuertes mareas, lo que se conocía en las hierbas que aparecían entre la confusión de cañas puntiagudas y tiesas como bayonetas. Como en aquella época, 19 de marzo, las mareas del equinoccio llegan a su máximo de elevación, podíase afirmar que el lecho del río bastaría para contener sus aguas, y no parecía que éstas se desbordasen sobre los campos vecinos.
Navegaba la pinaza con velocidad de tres a cuatro leguas por hora, lo que permitía deducir que serían siete u ocho durante la marea.
Ernest, que había observado esta velocidad, hizo la siguiente observación:
– Ésta será la distancia a que estimamos que se levantan las montañas del sur.
– La observación es justa —respondió mister Wolston—, y si el río baña la base de esa cordillera, será fácil llegar a ella. En ese caso no tendríamos que dilatar para dentro de tres o cuatro meses la excursión proyectada.
– Eso nos llevaría mucho tiempo, del que ahora no podemos disponer — respondió monsieur Zermatt—. Además, aun suponiendo que el Montrose nos condujera al pie de la cordillera, no habríamos conseguido nuestro objeto. Sería preciso subir a su cúspide, lo que, probablemente, no conseguiríamos sin grandes esfuerzos.
– Además —añadió Ernest—, aparte de la cuestión de saber si el río continúa con rumbo hacia el sudoeste, está la de saber si su curso no está interrumpido por corrientes o por obstáculos infranqueables.
– Ya lo veremos —respondió monsieur Zermatt—. Sigamos mientras la corriente nos empuje, y dentro de algunas horas decidiremos lo más conveniente respecto al punto que tratamos.
Pasado el recodo, las dos orillas, más separadas, dejaban ver, en bastante espacio, la región atravesada por el Montrose. Esta región estaba desierta. La caza de toda especie hormigueaba entre la hierba y entre las cañas de las orillas, avutardas, gallos salvajes, perdices, codornices. Si Jack hubiera enviado sus perros a ojear a lo largo de las orillas y en las tierras vecinas, no hubieran andado cien pasos sin encontrar conejos, liebres, agutíes, pécaris y cobayos. En este concepto, aquel territorio valía tanto como los alrededores de Falkenhorst y de las granjas, hasta por los monos, que saltaban de árbol en árbol. A alguna distancia pasaban bandadas de antílopes, de la misma especie que los que estaban en el aprisco del islote del Tiburón. Grupos de búfalos se mostraban igualmente a más de una legua en dirección a la cordillera, y de vez en cuando veíanse saltar a lo lejos bandadas de avestruces, mitad corriendo, mitad volando, Monsieur Zermatt y sus hijos aquel día no tomaron a estos bichos por árabes, como les sucedió con los primeros que habían visto desde las alturas de Eberfurt.
Se comprenderá que Jack estaba furioso al verse clavado sobre el puente de la Isabel, imposibilitado de saltar a tierra, y contemplando a aquellos cuadrúpedos y volátiles sin saludarlos con un escopetazo. Aunque, ¿para qué cazar si no se necesitaba?
– Ahora no somos cazadores —le repetía su padre—, sino exploradores, o mejor dicho, geógrafos, hidrógrafos comisionados para el estudio de esta parte de la Nueva Suiza.
El joven Nemrod no lo entendía de tal modo, y se prometía, cuando la pinaza anclase, organizar con sus perros una batida por los alrededores. Haría a su manera investigaciones geográficas: levantaría perdices y liebres en vez de levantar puntos de orientación. Esto último quedaba encomendado al sabio Ernest, deseoso de añadir a su mapa los nuevos territorios situados al sur de la Tierra Prometida.
Ninguna de las fieras que, como se sabe, frecuentaban los bosques y llanuras situadas en el extremo de la bahía de las Perlas y en las proximidades del valle de Grünthal, fue vista en las riberas del Montrose durante la navegación. Afortunadamente, no se mostraron ni leones, ni tigres, ni panteras, ni leopardos. Pero los rugidos de los chacales resonaron en la orilla del vecino bosque, de lo que debía deducirse que estos animales formaban la mayor parte de la fauna de la isla. Debemos mencionar, igualmente, la presencia de numerosos pájaros acuáticos, ánades, becadas, cercetas, que volaban de una orilla a otra, o saltaban entre las cañas. Jack no podía conformarse con dejar de aprovechar aquella ocasión de satisfacer sus aficiones y ejercitar su destreza, y disparó algunos certeros tiros, cosa que nadie le reprochó, a excepción de Annah, que siempre pedía gracia para los animales inofensivos.
– Inofensivos, pero excelentes si están bien asados —respondió Jack.
Y en verdad que al siguiente día se felicitarían todos al ver aumentado el almuerzo y la comida con una pareja de lavancos y ánades que Jack recogió en la corriente del Montrose.
Serían poco más de las once cuando la Isabel llegó a un segundo recodo del río, que se inclinaba más al oeste, como Ernest advirtió.
De su dirección general pudo deducirse, con probabilidades de acierto, que el río descendía de la cordillera a una distancia de seis o siete leguas.
– Es lástima —dijo Ernest— que la marea termine y que no podamos avanzar más.
– Lástima es, en efecto —respondió monsieur Zermatt—. Y mira… Ya el reflujo no tardará en dejarse sentir; pero como estamos en la época de las más altas mareas, las olas no pasarán el codo del Montrose.
– Nada más evidente —afirmó mister Wolston—. No queda más sino decidir si anclamos en este sitio, o si aprovecharemos la marea para volver a la ensenada, donde la pinaza podrá llegar antes de dos horas.
El sitio era encantador y todos sentían gran deseo de pasar el día en él. La orilla izquierda formaba una ensenada, en la que se arrojaba un riachuelo de aguas vivas y frescas.
Encima veíanse hermosos árboles, llenos de pájaros. En la parte de atrás grupos de verdes encinas, cuyo ramaje no podía penetrar el sol. El viento agitaba las ramas como abanicos.
– Éste es hermoso sitio para construir una granja —dijo madame Zermatt—. ¡Lástima que esté tan lejos de Felsenheim!
– Sí… demasiado lejos —respondió monsieur Zermatt—. Pero creo que no se desperdiciará este sitio… por nuestros futuros conciudadanos.
– Tened la seguridad, querida Betsie —dijo mistress Wolston—, de que esta parte de la isla, regada por el Montrose, será muy solicitada por los nuevos colonos.
– Y entretanto —dijo Jack— yo propongo que acampemos aquí hasta mañana.
– Ésa es una cuestión que hay que tratar detenidamente —declaró monsieur Zermatt.
– No olvidemos que la marea puede llevarnos a la ensenada en dos horas, y que de este modo mañana por la noche estaremos en Felsenheim.
– ¿Qué pensáis de eso, Annah? —preguntó Ernest.
– Que decida vuestro padre —respondió la joven—; pero convengo en que el sitio es agradable y digno de que se pase en él una tarde.
– Además —dijo Ernest—, no me disgustaría tomar algunos datos que necesito.
– ¡Ni a nosotros tomar algún alimento! —exclamó Jack—. ¡Almorcemos, pues!
Se convino en que se pasarían la tarde y la noche allí, y que en la marea próxima, hacia la una de la madrugada, la pinaza descendería sin riesgo por la corriente del río. Llegada a la ensenada, según el estado de la mar y la dirección del viento, o haría escala en la bahía de la Licorne, o doblaría el cabo del Este para dirigirse a Felsenheim.
La pinaza fue amarrada por la proa al pie de un árbol. La popa se inclinó hacia abajo, lo que probaba que la marea comenzaba.
Después del almuerzo, madame Zermatt, mistress Wolston y Annah se resignaron a permanecer en el campamento mientras se reconocían los alrededores, porque importaba adquirir pleno conocimiento de aquella región. Se decidió lo siguiente: por un lado, monsieur Zermatt y Jack irían como cazadores a lo largo del riachuelo, sin apartarse mucho de la desembocadura de éste, y por otro, mister Wolston y Ernest, embarcados en la canoa, remontarían el río hasta la mayor distancia posible, de forma que estuvieran de vuelta para la hora de la comida.
No había peligro en que las mujeres quedaran solas en el campamento, ni ellas manifestaron temor. Además, en caso de necesidad, les sería fácil dar aviso a los dos cazadores disparando uno de los cañones de la pinaza cargados con pólvora, Jack preguntó a la joven si tendría miedo de hacer tal operación, respondiendo ella negativamente.
Monsieur Zermatt y su hijo no se alejarían mucho, y esperaban que no les faltaría ocasión de dedicarse a la caza.
La canoa, impulsada por los remos que manejaban mister Wolston y Ernest, partió en dirección opuesta remontando el río, mientras monsieur Zermatt y Jack seguían la orilla del mismo que bajaba del norte.
Más allá del recodo indicado, el Montrose tomaba la dirección sudoeste. La canoa continuo navegando a lo largo de las orillas bordeadas de maleza, que las hacían inabordables. Imposible hubiera sido desembarcar allí. Ni tampoco era preciso. Lo que importaba era establecer la dirección general del río, yendo hacia arriba lo más lejos posible. A medía legua de allí, entre macizos menos espesos, los árboles proyectaban sombra… A esto seguían extensas planicies con tumescencias rocosas, que parecían desarrollarse sin interrupción hasta la base de las montañas.
La superficie del Montrose, herida por los rayos solares, resplandecía como un espejo. Se echaba de menos la sombra de los árboles que lo limitaban en la parte superior de su curso. En aquella sofocante atmósfera la faena de los remeros se hizo penosa. Por fortuna la fuerza de la corriente no había aumentado con la marea descendente. No había más que luchar con la corriente normal de las aguas, más bien bajas en aquella época del año. No sucedería lo mismo transcurridas algunas semanas, cuando, llegada la estación de las lluvias, las aguas que descendieran de la cordillera aumentasen el caudal del Montrose.
A pesar del calor, mister Wolston y Ernest bogaban con grandes ánimos, aprovechando, para economizar sus esfuerzos, los remolinos que se producían entre las caprichosas orillas del río.
– No me parece imposible —dijo mister Wolston— que lleguemos al pie de la cordillera, donde debe de estar el nacimiento del Montrose.
– ¿Persistís en vuestra idea, mister Wolston? —respondió Ernest meneando la cabeza.
– Persisto en ella, hijo mío. Realmente no conoceréis vuestra isla más que después de haberla observado en toda su extensión desde lo alto de estas montañas, que no parecen muy elevadas.
– Calculo su altura en mil ochocientos o mil quinientos pies, y desde la cúspide, como vos, creo que la mirada abrazará toda la Nueva Suiza, a no ser que ésta sea mayor de lo que suponemos… Más allá de la cordillera, ¿qué hay? Si aún no lo sabemos es porque en doce años no hemos salido de la Tierra Prometida.
– Conforme, mi querido Ernest —respondió mister Wolston—, pero al presente tenemos verdadero interés en fijar la importancia de una isla destinada a recibir colonos.
– Así se hará, mister Wolston, cuando vuelva la buena estación, e indudablemente antes del regreso de la Licorne. Por hoy mi opinión es que nos limitemos a esta exploración de algunas horas, que nos bastará para apreciar la dirección general del río…
– Y sin embargo, con un poco de resolución… podríamos llegar a la cadena y subir por las pendientes.
– Siempre que no fueran muy escarpadas, mister Wolston.
– ¡Bah! Con buenas piernas…
– Decididamente. Debíais haber traído a Jack en vez de traerme a mí —respondió Ernest sonriendo—. Él no os hubiera contradicho. Le hubierais arrastrado hasta las montañas, aun a cambio de no volver hasta mañana o pasado, lo que hubiera producido gran inquietud a nuestras familias…
– Tienes razón, hijo —declaró mister Wolston—. Es preciso mantener la promesa que hemos hecho. Naveguemos una hora más y volveremos. ¿Qué importa? ¡No estaré contento hasta que hayamos plantado el pabellón de Inglaterra en la más alta cima de la Nueva Suiza!
No hay que extrañarse del deseo expresado por mister Wolston. Hablaba éste como buen inglés, y precisamente en época en que la Gran Bretaña enviaba sus marinos por todos los mares del globo, llevada del afán de extender su imperio colonial. Pero mister Wolston comprendió que lo acertado era dejar para más tarde esta toma de posesión, y no insistió.
La navegación continuó. Siempre el extenso campo, sin árboles, y menos fértil, a medida que se extendía hacia el sudoeste. A las praderas sucedían áridas superficies sembradas de piedras. Apenas si algunos pájaros volaban sobre aquel suelo desolado. De los animales vistos por la mañana, búfalos, antílopes y avestruces, no se distinguía ninguno. Solamente algunas bandadas de chacales que no se mostraban, pero cuyos aullidos atravesaban el espacio sin despertar eco.
– Bien ha hecho Jack en no acompañarnos por este lado —dijo Ernest.
– Ciertamente. No hubiera tenido ocasión de disparar su fusil.
– Mayor suerte habrá tenido entre los matorrales regados por el afluente del Montrose.
– En fin, de esta excursión deduciremos que esta parte de la isla se asemeja a la que se extiende sobre la bahía de la Licorne. ¿Quién sabe si más allá de la cordillera presentará el terreno el mismo aspecto? Probablemente la isla no es fértil más que en el norte y en el centro; desde la bahía de las Perlas hasta el valle de Grünthal. Cuando emprendamos nuestra gran excursión, lo mejor, por lo tanto, será marchar directamente hacia el sur.
– Así lo creo, mister Wolston, y será preferible llegar al campo franqueando el desfiladero de Cluse.
Eran cerca de las cuatro. La canoa se encontraba a unas dos leguas y media del campamento cuando en la parte de arriba se oyó ruido de aguas tumultuosas. ¿Era un torrente que se precipitaba en el lecho del Montrose? ¿Era el mismo río que se convertía en torrente…? ¿Lo hacía innavegable algún obstáculo formado por las rocas?
En aquel momento mister Wolston y Ernest, inmóviles en medio de un remolino, al abrigo de una punta de tierra, se disponían a cambiar de rumbo. El talud de la ribera les impedía ver lejos.
– Algunos golpes de remos más —dijo mister Wolston— y daremos vuelta a la punta.
– Decididamente —dijo Ernest—, es de temer que el Montrose no permita a una embarcación llegar al pie de las montañas.
Ambos se pusieron al remo, desplegando todo el vigor que les quedaba, después de cuatro horas de navegación bajo un cielo de fuego.
El río se dirigía entonces al sudoeste, y ésta debía de ser su dirección general.
Pocos instantes después, a algunos centenares de pies más arriba, su curso apareció en extensión más larga. Las rocas sembradas a uno y otro lado no dejaban entre ellas más que estrechas hendeduras, y las aguas del río formaban tumultuosas cascadas, cuya agitación se sentía veinte toesas más abajo.
– He aquí lo que nos hubiera detenido, de tener nosotros la intención de continuar —dijo Ernest.
– Tal vez hubiera sido posible transportar la canoa más allá del obstáculo — respondió mister Wolston.
– Suponiendo que no sea más que un obstáculo, mister Wolston.
– Lo sabremos, pues ello importa. Desembarquemos.
A la izquierda se abría una estrecha quebrada, muy seca entonces, y que, sin duda, al llegar la estación de las lluvias, serviría de cauce a un torrente cuyas tumultuosas aguas se mezclarían con las del Montrose.
Mister Wolston arrojó a tierra el arpeo. Poco después Ernest y él pusieron el pie en la ribera, por la que subieron de forma que fueron oblicuamente hacia las rocas; operación en la que invirtieron un cuarto de hora, atravesando por entre movedizas piedras.
Aquí y allá esparcíanse también guijarros de color negruzco, redondeados, del tamaño de nueces.
Cuando mister Wolston y Ernest llegaron a la cima del obstáculo, observaron que en media legua larga el Montrose no era navegable. Su cauce estaba lleno de rocas, entre las que mugía el agua, y el arrastre de la canoa hacia la parte superior hubiera sido muy penoso.
El campo parecía absolutamente estéril hasta la base de la cordillera. Para ver algo verde era menester mirar hacia el noroeste y el norte, precisamente en dirección al valle Grünthal, cuyos lejanos macizos se distinguían en el límite de la Tierra Prometida.
Mister Wolston y Ernest no tenían que hacer otra cosa sino volver sobre sus pasos con el disgusto de que el Montrose estuviera obstruido en aquella parte de su curso.
Siguiendo las vueltas de la quebrada, Ernest recogió dos o tres de aquellos guijarros negruzcos, más pesados que lo que su volumen parecía indicar, y guardó un par de ellos para examinarlos cuando regresara a Felsenheim.
No sin disgusto, mister Wolston volvió la espalda al horizonte del sudoeste; pero el sol declinaba y era menester no retrasarse. La canoa tomó, pues, río abajo, e impulsada por los remos se deslizó rápidamente por las aguas.
A las seis todos estaban reunidos a la sombra de las verdes encinas.
Monsieur Zermatt y Jack estaban muy satisfechos de su caza, que consistía en un antílope, un par de conejos, un agutí y algunos volátiles de distinta especie.
El afluente del Montrose regaba un campo fértil, tanto en la llanura que se prestaría al cultivo de los cereales, como al través de los espesos bosques. Había también terrenos muy quebrados donde, sin duda, habían sonado por vez primera los tiros disparados por los cazadores.
Después de que monsieur Zermatt dio cuenta de su expedición, mister Wolston refirió la suya con todo detalle, añadiendo que la región era estéril en la parte que se extendía al sur. Manifestó el disgusto que a Ernest y a él les había causado verse detenidos por un obstáculo infranqueable, y terminó diciendo que para llegar a la cordillera del sudoeste sería preciso buscar un camino distinto al del Montrose.
Una buena comida, preparada por Betsie, Merry y Annah, esperaba a los excursionistas. Fue servida a la sombra de los árboles, en la orilla del río, cuyas aguas murmuraban sobre un lecho arenoso lleno de plantas acuáticas. Se hizo honor a esta comida y la conversación de sobremesa se prolongó hasta las nueve de la noche.
Después, cada cual se retiró a su camarote, a bordo de la Isabel, y al poco, por parte de los hombres, resonó un concierto de ronquidos sonoros, rivalizando con los rugidos de los chacales.
Se había decidido que la pinaza partiría al comenzar la marea descendente para aprovecharla toda, es decir, hacia la una de la madrugada. El tiempo destinado al sueño sería, pues, limitado; pero los pasajeros se indemnizarían del madrugón la noche próxima, ya durante la escala en la bahía de la Licorne, ya en Felsenheim, si la Isabel llegaba allí en las veinticuatro horas siguientes.
A pesar de las instancias de mister Wolston y de sus hijos, monsieur Zermatt resolvió permanecer sobre el puente, encargándose de despertar a los demás a la hora indicada. Era conveniente no abandonar cierta prudencia. Por la noche, las fieras que durante el día no se han mostrado, abandonan sus guaridas, atraídas hacia el río por la necesidad de apagar su sed.
A la una, monsieur Zermatt llamó a mister Wolston, a Jack y a Ernest, en el momento en que se iniciaba el movimiento de la marea. De la parte de tierra soplaba un ligero viento. Las velas fueron izadas, amuradas y haladas, y la pinaza se abandonó a la doble acción de la corriente y del viento.
La noche era muy clara; en el cielo hormigueaban las estrellas. Al norte la luna llena caía lentamente hacia el horizonte.
El curso del Montrose no ofrecía obstáculo, bastando mantenerse en mitad de su cauce para llegar a la ensenada. Así es que, terminada de aparejar la nave y colocadas las velas, con dos hombres habría bastante para la maniobra. Mister Wolston se puso al timón, Jack a proa, monsieur Zermatt y Ernest pudieron, pues, retirarse a descansar. Este descanso no sería de larga duración. A las cuatro de la mañana, cuando por la parte este aparecían las primeras luces del alba, la Isabel llegaba a la desembocadura del Montrose y ancló en el mismo sitio que la víspera.
Nada había turbado aquella navegación nocturna, por más que los gruñidos de los hipopótamos hubieran sido percibidos a mitad del camino. Se recordará que, según dijo Fritz al referir su viaje al río Oriental, la presencia de estos monstruosos anfibios se había ya señalado en los ríos de la isla.
Como el tiempo era soberbio y la mar bella, decidióse que la pinaza se aprovecharía inmediatamente de la brisa matinal. Monsieur Zermatt observó, no sin satisfacción, que sería posible estar de regreso en Felsenheim en quince horas, es decir, antes de la noche.
A fin de seguir el camino más corto y de llegar directamente al cabo del Este, la Isabel se alejó del litoral una media legua larga.
Los pasajeros pudieron disfrutar entonces de una vista más completa de la costa, que se desarrollaba tres o cuatro leguas en dirección sur.
Monsieur Zermatt había ordenado atiesar las escotas a fin de coger el viento más cerca; y la pinaza, amuras a estribor, se dirigió hacia el cabo del Este.
Pero en este momento, mister Wolston, que estaba en la proa, llevó el catalejo a sus ojos. Después de limpiar el cristal, pareció mirar con gran atención uno de los puntos del litoral.
Varias veces el aparato bajó y subió en sus manos. A todos causó extrañeza la atención que ponía en observar el horizonte hacia el sudeste.
Monsieur Zermatt, dejando a Jack en el timón, se dirigía a la proa con intención de interrogar a mister Wolston cuando éste, apartando de sus ojos el catalejo, dijo:
– No…, me he engañado…
– ¿Y en qué os habéis engañado, Wolston? ¿Qué habéis creído ver en esa dirección? —preguntó monsieur Zermatt.
– Humo…
– ¿Humo? —repitió Ernest, que se había acercado, y al que inquietó la respuesta.
En efecto; el humo no hubiera podido provenir más que de un campamento establecido en aquella parte del litoral; y de aquí las siguientes conclusiones, que eran de índole para producir inquietud: la isla estaba habitada por indígenas… o salvajes, que habían ido a aquellos sitios en sus piraguas desde las costas de Australia… y que, después de desembarcar, acaso pretenderían llegar al interior… Calcúlese a qué peligros estarían expuestos los huéspedes de Felsenheim si aquella gente ponía la planta en la Tierra Prometida.
– ¿En qué sitio habéis creído ver ese humo? —preguntó vivamente monsieur Zermatt.
– Allí… Sobre la última punta del litoral de esta costa.
Y mister Wolston indicaba la extremidad de la tierra, a distancia de unas tres leguas, tierra que desde aquella punta desaparecía, deprimiéndose hacia el sudoeste.
Monsieur Zermatt y Ernest tomaron el anteojo y, uno tras otro, miraron con gran atención el sitio indicado.
– No veo nada —dijo monsieur Zermatt.
– Ni yo —añadió Ernest.
Mister Wolston observó aún durante algunos minutos con gran atención.
– No… Tampoco yo distingo ya el humo —dijo—. Debía de ser un ligero vapor gris… una nubecilla que acaba de disiparse.
La respuesta era tranquilizadora. No obstante, mientras la mencionada punta fue visible, ni monsieur Zermatt ni sus compañeros apartaron de ella los ojos, aunque nada notaron que pudiese causarles inquietud.
La Isabel, con sus velas desplegadas, deslizábase rápidamente por la mar, algo movida. A la una de la tarde tenía a la vista la bahía de la Licorne, que dejó a una legua a babor, dirigiéndose después directamente hacia el cabo del Este.
Cabo que dobló a las cuatro: y como la marea ascendente empujaba hacia el oeste de la bahía del Salvamento, bastó una hora para recorrer esta distancia. Pasado el islote del Tiburón, la Isabel se dirigió al arroyo de los Chacales, y treinta y cinco minutos después sus pasajeros desembarcaban en la playa de Felsenheim.