El faro del fin del mundo

VIII

LA «MAULE» EN REPARACIÓN.

Reparar las averías de la goleta, ponerla en estado [de navegar] para una larga travesía por el Pacífico, embarcar en ella toda la carga almacenada en la caverna, hacerse de nuevo a la mar lo más pronto posible, es a lo que Kongre y sus compañeros iban a dedicarse sin perder tiempo.

En total, las reparaciones al casco de la Maule constituían una tarea bastante considerable. Pero el carpintero Vargas conocía su oficio, no le faltarían ni herramientas ni materiales, y el trabajo se ejecutaría en buenas condiciones.

En primer lugar, había que deslastrar la goleta, luego halarla sobre la playa de la cala, donde sería tumbada de costado sobre estribor, para que las reparaciones pudieran hacerse en el exterior, reemplazando el armazón y el forro del casco.

Era pues posible que eso exigiera un cierto tiempo; pero, este tiempo, Kongre lo tenía de sobra, pues calculaba que la buena estación duraría al menos dos largos meses.

En cuanto a la llegada del relevo, sabía a qué atenerse.

En efecto, el libro del faro encontrado en el alojamiento le había informado de todo lo que le importaba conocer: no debiendo hacerse el relevo más que cada trimestre, el aviso Santa Fe no regresaría a la bahía de Elgor antes de los primeros días de marzo, y no se estaba todavía más que en los últimos días de diciembre.

Al mismo tiempo, este libro llevaba los nombres de los tres guardianes Moriz, Felipe y Vásquez. Por otra parte, la disposición de la habitación habría indicado que estaba ocupada por tres personas. Uno de los guardianes había podido pues evitar la suerte de sus desgraciados camaradas. ¿Dónde se había refugiado? Kongre poco se preocupaba por ello, como se sabe. Solo, sin recursos, el fugitivo pronto habría sucumbido a la penuria, al hambre.

Sin embargo, si el tiempo no faltaba para las reparaciones de la goleta, siempre había lugar a contar con los posibles retrasos, y precisamente, desde el principio, se tuvo que interrumpir el trabajo apenas comenzado.

Se acababa de terminar la descarga de la Maule, que Kongre había resuelto tumbar de costado al día siguiente, cuando, en la noche del 3 al 4 de enero, un brusco cambio atmosférico se produjo.

Durante esta noche, masas de nubes se acumularon en el horizonte del sur. Mientras que la temperatura se elevaba hasta dieciséis grados, el barómetro caía súbitamente a tempestad. Numerosos relámpagos inflamaron el cielo. El rayo estallaba por todas partes. El viento se desencadenaba con una extraordinaria violencia; el mar embravecido pasaba en grande por encima de los arrecifes, y se rompía contra los acantilados. Era verdaderamente afortunado que la Maule estuviera anclada en la bahía de Elgor bien abrigada contra este viento del sudeste. Con tal tiempo, un buque de fuerte tonelaje, velero o vapor, habría corrido el riesgo de ser abatido sobre las costas de la isla. Con mayor razón un navío de tan débil porte como la Maule.

Tales eran la impetuosidad de esta borrasca, la agitación del Océano mar adentro, que un verdadero oleaje invadía toda la cala. En pleamar, el agua subía al pie de los acantilados, y la playa, al bajo del recinto, estaba completamente inundada. Olas rompían hasta el alojamiento de los guardianes, y sus rociones alcanzaban a media milla de allí el pequeño bosque de hayas.

Todos los esfuerzos de Kongre y de sus compañeros tuvieron que tender a mantener la Maule en su fondeadero. Varias veces garreó sobre su ancla, amenazando con encallar en la playa. Hubo que amarinar una segunda ancla para ayudar a la primera. En dos ocasiones se pudo temer un desastre completo.

Sin embargo, mientras vigilaban día y noche la Maule, la banda se había instalado en los anexos, donde no tenía nada que temer de la tormenta. Las ropas de cama de los camarotes y del rancho de la tripulación fueron transportadas allí, y hubo sitio suficiente para alojar a esta quincena de hombres. Nunca habían tenido semejante instalación durante toda su estancia en la Isla de los Estados.

En cuanto a las provisiones, no había que preocuparse por ellas. Las que contenía el almacén del faro habrían bastado, y de sobra, incluso si hubiera habido el doble de bocas que alimentar. Y, por otra parte, en caso de necesidad, se habría podido recurrir a las reservas de la caverna. En suma, el aprovisionamiento de la goleta estaba asegurado para una larga travesía en los mares del Pacífico.

El mal tiempo duró hasta el 12 de enero1 y no terminó hasta la noche del 12 al 13. Toda una semana perdida, pues había sido imposible trabajar. Incluso Kongre había juzgado prudente volver a poner parte del lastre en la goleta, que se balanceaba como un bote. Ya tenían bastante trabajo para apartarla de las rocas del fondo contra las que se habría roto igual que a la entrada de la bahía de Elgor.

El viento cambió durante esta noche y saltó bruscamente al oesudoeste. Fue del lado del cabo San Bartolomé donde el mar se puso muy duro, pues soplaba una brisa de tres rizos. Si la Maule hubiera estado todavía en la ensenada del cabo, se habría seguramente destrozado allí.

Durante esta semana un navío había pasado a la vista de la Isla de los Estados. Fue de día. No había tenido pues que tomar conocimiento del faro, y no pudo constatar que ya no estaba encendido entre la puesta y la salida del sol. Venía del nordeste y entró bajo vela reducida en el estrecho de Le Maire, el pabellón francés flotando en su pena.

Por lo demás, pasó a tres millas de tierra, y hubo que emplear el catalejo para reconocer su nacionalidad. Por lo tanto, si Vásquez le hizo señales desde el cabo San Juan, no podían ser vistas y no lo fueron, pues un capitán francés no habría dudado en echar su bote al mar para recoger a bordo a un náufrago.

En la mañana del 13, el lastre de hierro fue de nuevo desembarcado y puesto a granel sobre la arena, al abrigo de la marea, y la visita al interior de la bodega pudo efectuarse más completamente que en el cabo San Bartolomé. El carpintero declaró las averías más graves de lo que se suponía. La Maule había fatigado mucho durante su travesía luchando de ceñida contra un mar bastante duro. Fue entonces cuando se había abierto esa vía de agua en su popa. Visiblemente, el navío no habría podido prolongar su navegación más allá de la bahía de Elgor. Había pues lugar a ponerlo en seco, a fin de proceder al reemplazo de dos varengas, tres cuadernas y del forro sobre unos seis pies de longitud.

Se sabe, gracias a los objetos de toda naturaleza y de todo destino recogidos en la caverna, que los materiales no faltarían. El carpintero Vargas, ayudado por sus compañeros, no dudaba de llevar su trabajo a término. Si no lo lograba, habría sido imposible a la Maule, incompletamente reparada, aventurarse a través del Pacífico. Lo que debía considerarse como muy afortunado por otra parte, es que la arboladura, el velamen, los aparejos no habían sufrido ningún daño.

La primera operación consistía en halar la goleta sobre la arena para hacerla escorar sobre su costado de estribor. Eso no podía hacerse más que con la marea, a falta de aparatos suficientemente potentes. Ahora bien, hubo un nuevo retraso de dos días para esperar la gran marea de luna nueva, que permitiría conducir la goleta bastante alto sobre la playa para que permaneciera allí en seco durante toda la lunación.

Kongre y Carcante aprovecharon este retraso para regresar a la caverna, y, esta vez, lo hicieron con la chalupa del faro, más grande que el bote de la Maule. Traería una parte de los objetos de valor, el oro y la plata procedentes del pillaje, joyas y otras materias preciosas que serían depositadas en los almacenes del anexo.

La isla también está desierta…

La chalupa partió en la mañana del 14 de enero. La marea bajante se hacía sentir desde hacía dos horas ya, y regresaría con la marea creciente de la tarde.

El tiempo era bastante bueno. Rayos de sol pasaban entre las nubes que una ligera brisa empujaba del sur.

Antes de partir, así como lo hacía cada día, Carcante había subido a la galería del faro para observar el horizonte. Desierto el mar en alta mar, ningún buque a la vista, ni siquiera una de esas barcas de pecherais que se arriesgaban a veces hasta el este de los islotes New Year.

Desierta también la isla, hasta donde la vista podía alcanzar.

Mientras la chalupa descendía con la corriente, Kongre examinaba atentamente las dos orillas de la bahía. Y ese tercer guardián que había escapado a la masacre, ¿dónde estaba entonces?... Aunque no fuera para él un motivo de inquietud, deshacerse de él habría sido mejor, y es lo que se haría en la ocasión.

La tierra estaba tan desierta como la bahía. No se animaba más que con el vuelo y los gritos de miríadas de pájaros que anidaban en el acantilado.

Hacia las once, la chalupa atracó delante de la caverna, después de haber sido1 ayudada no solamente por la marea bajante, sino también por la brisa.

Kongre y Carcante desembarcaron, dejando de guardia a dos de sus hombres, y se dirigieron a la caverna, de donde volvieron a salir media hora más tarde.

Las cosas les habían parecido estar en el estado en que las habían dejado. Por otra parte, había allí tal revoltijo de objetos de toda naturaleza que habría sido difícil, incluso al resplandor del fanal, constatar si no faltaba nada.

Kongre y su compañero trajeron dos cajas cuidadosamente cerradas, procedentes del naufragio de una barca de tres palos inglesa, y que contenían una suma importante en moneda de oro y en piedras preciosas. Las depositaron en la chalupa y se disponían a partir, cuando Kongre manifestó la intención de ir hasta el cabo San Juan. Desde allí podría observar el litoral en dirección al sur y al norte.

Carcante y él ganaron pues la cima del acantilado y descendieron el cabo hasta su extremo.

Desde esta punta la mirada abarcaba por un lado la orilla, de vuelta, que se perfilaba hacia el estrecho de Le Maire sobre una extensión de unas dos millas aproximadamente; por el otro, hasta la punta Several.

– Nadie —dijo Carcante.

– No… ¡nadie! —respondió Kongre.

Ambos regresaron entonces hacia la chalupa y, como comenzaba la marea creciente, tomó el hilo de la corriente. Antes de las tres, estaban de regreso al fondo de la bahía de Elgor.

Dos días después, el 16, Kongre y sus compañeros procedieron por la mañana a la varada de la Maule. Era hacia las once que debía tener lugar la pleamar, y todas las disposiciones fueron tomadas en consecuencia. Una amarra, llevada a tierra, permitiría halar la goleta hasta la playa cuando la altura del agua fuera suficiente.

En sí, la operación no presentaba ni dificultad ni riesgos, y era la marea la que se encargaba de toda la tarea.

Tan pronto como el mar estuvo en estoa se cobró la estacha, y se haló la Maule lo más lejos posible sobre la playa.

No había más que esperar la marea bajante. Hacia la una, el agua comenzó a descubrir las rocas más cercanas al acantilado, y la quilla de la Maule encontró la arena. A las tres, completamente en seco, escoraba sobre su costado de estribor.

Se iba pues a poder poner manos a la obra. Solamente, como no había sido posible conducir la goleta hasta el pie del acantilado, este trabajo sería forzosamente interrumpido cada día durante algunas horas, puesto que el buque flotaría al regreso de la marea. Pero, por otra parte, como, a partir de ese día, el mar perdería cada vez altura, el tiempo de inactividad disminuiría gradualmente, y, durante una quincena, la tarea podría ser continuada sin interrupción.

El carpintero se puso manos a la obra. Si no había que contar con los pecherais de la banda, al menos los otros, comprendidos Kongre y Carcante, le vendrían en ayuda.

La parte del forro dañada fue quitada fácilmente, después de que se hubieran retirado las láminas de cobre del forro. Eso dejó al descubierto las cuadernas y las varengas que se trataba de reemplazar. La madera traída de la caverna, tablas y curvas, bastaría, y no sería necesario abatir un árbol en el bosque de hayas, despiezarlo, serrarlo, lo que habría sido un gran trabajo.

Durante los quince días que siguieron, Vargas y los otros, favorecidos por el tiempo que permaneció bueno, habían hecho buen trabajo. Lo que ocasionó más dificultades fue quitar las varengas y los miembros que debían ser reemplazados. Estas diversas piezas estaban clavijadas con cobre, unidas por cabillas. El conjunto aguantaba bien y, decididamente, esta goleta, la Maule, salía de uno de los mejores astilleros de construcción de Valparaíso. Vargas no logró sin dificultad terminar esta primera parte de su trabajo y, ciertamente, a falta de las herramientas de carpintero recogidas en la caverna, no habría podido llevarlo a buen término.

Huelga decir que durante los primeros días había sido necesario interrumpir la tarea en el momento de la pleamar. Luego, la marea se volvió tan débil, que apenas alcanzaba las primeras pendientes de la playa. La quilla ya no estaba en contacto con el agua, y se podía trabajar en el interior como en el exterior del casco. Pero importaba haber al menos vuelto a colocar el forro antes de que el mar hubiera vuelto a crecer.

Por prudencia, y sin llegar a quitar el forro de cobre, Kongre hizo repasar todas las costuras por debajo de la flotación. Se renovó el calafateo con el alquitrán y la estopa recogidos entre los restos.

La operación prosiguió en estas condiciones hasta el final del mes de enero, y casi sin interrupción. El tiempo no cesaba de ser favorable. Hubo bien, si no algunos días, al menos algunas horas de lluvias, a veces muy violentas; pero, en suma, no duraron.

ERA IMPORTANTE HABER PUESTO EL ENTARIMADO EN SU SITIO…

Durante este período, hubo que señalar la presencia de dos buques en los parajes de la Isla de los Estados.

El primero era un vapor inglés procedente del Pacífico, que, después de haber remontado el estrecho de Le Maire, se alejaba, rumbo al nordeste, probablemente con destino a un puerto de Europa. Fue en pleno día que pasó a la altura del cabo San Juan. Aparecido después de la salida del sol, estaba fuera de vista antes de su puesta. Su capitán no tuvo pues que constatar la extinción del faro.

El segundo navío era un gran navío de tres palos cuya nacionalidad no se pudo conocer. La noche comenzaba a caer, cuando se mostró a la altura del cabo San Juan para bordear la costa oriental de la isla hasta la punta Several. Carcante, apostado en la cámara de guardia, no vio más que su luz verde de estribor. Pero el capitán y la tripulación de este velero, si llevaban varios meses de navegación, debían ignorar que la construcción del faro estuviera terminada en aquella época.

Este navío de tres palos siguió la costa bastante de cerca para que los hombres hubieran podido ver señales, un fuego por ejemplo encendido en el extremo de un cabo. ¿Intentó Vásquez atraer su atención?... Sea como fuere, al salir el sol, este buque había desaparecido en el sur.

Otros veleros y vapores fueron aún entrevistos en el horizonte, haciendo probablemente ruta hacia las Malvinas. No debieron ni siquiera tener conocimiento de la Isla de los Estados.

El último día del mes de enero, en el momento de las fuertes mareas de luna llena, el tiempo sufrió modificaciones profundas. El viento había rolado al este y asaltaba directamente la entrada de la bahía de Elgor.

Afortunadamente, si las reparaciones no estaban enteramente terminadas, al menos, las cuadernas, las varengas, el forro, ahora reemplazados, hacían estanco el casco de la Maule. Ya no había que temer que el agua se introdujera en el interior de la bodega.

Hubo motivo para felicitarse por ello, pues, durante cuarenta y ocho horas, en pleamar, el mar subió a lo largo del casco, y la goleta se adrizó sin que, sin embargo, su quilla se hubiera liberado del fondo de arena.

Kongre y sus compañeros tuvieron que tomar grandes precauciones para evitar nuevas averías que habrían podido retrasar mucho su partida. Por una circunstancia de las más favorables, la goleta continuó sujeta por sus fondos. Se balanceó de un costado a otro con cierta violencia, pero no corrió riesgo de ser arrojada contra las rocas de la cala.

Por otra parte, a partir del 2 de febrero, la marea comenzó a perder altura, y la Maule se inmovilizó de nuevo sobre la playa. Fue entonces posible calafatear el casco en su obra muerta, y el mazo no cesó de hacerse oír desde la salida hasta la puesta del sol.

Por lo demás, no sería el embarque de su carga lo que retrasaría la partida de la Maule. La chalupa se dirigía frecuentemente a la caverna, con los hombres que no estaban empleados por Vargas. Tan pronto Kongre, tan pronto Carcante, los acompañaban allí.

A cada viaje, la embarcación traía una parte de los objetos que debían encontrar sitio en la bodega de la goleta. Estos objetos, se depositaban provisionalmente en el almacén del faro. Así, la carga se efectuaría con más facilidad, más regularidad, que si la Maule la hubiera tomado delante de la caverna, a la entrada de la bahía, donde la operación hubiera podido ser obstaculizada por el tiempo. Sobre esta costa que prolongaba el cabo San Juan, no existía otro abrigo que la pequeña cala, al pie del faro.

Algunos días más, y, las reparaciones definitivamente terminadas, la Maule estaría en estado de hacerse de nuevo a la mar, y la carga podría ser puesta a bordo.

En efecto, en la fecha del 12, las últimas costuras de la cubierta y del casco habían recibido un completo calafateo. Se había incluso podido, con algunos botes de pintura encontrados en los cascos de los navíos naufragados, repintar la Maule de proa a popa. Kongre aprovechó la ocasión para cambiar el nombre de la goleta, que en honor de su segundo bautizó el Carcante. No había descuidado tampoco revisar la jarcia y hacer ligeras reparaciones al velamen, que, por lo demás, debía ser nuevo cuando la goleta había abandonado el puerto de Valparaíso.

La Maule habría estado pues en condiciones de ser llevada de nuevo a su fondeadero en la cala desde el 12 de febrero, y se habría podido proceder a la carga, si, para gran fastidio de Kongre y de sus compañeros, muy impacientes por abandonar la Isla de los Estados, no hubiera sido necesario esperar la próxima marea de luna nueva para reflotar la goleta.

Esta marea se produjo el 14 de febrero. Ese día, la quilla se levantó del lecho excavado en la arena de la playa, y la goleta se deslizó sin esfuerzo en agua profunda, no había más que ocuparse de la carga.

Salvo circunstancias imprevistas, el Carcante podría zarpar en algunos días, salir de la bahía de Elgor, descender el estrecho de Le Maire y, rumbo al sudoeste, navegar a toda vela hacia los mares del Pacífico.

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