XII
AL SALIR DE LA BAHÍA.
Así como ocurre a menudo a raíz de una fuerte tempestad, el horizonte se veló de brumas en la mañana del 25 de febrero. Pero, al rolar, el viento había amainado, y los indicios de un cambio de tiempo eran manifiestos.
Ese día, se decidió que la goleta abandonaría su fondeadero, y Kongre hizo sus preparativos para zarpar por la tarde. Había motivo para creer que el sol habría entonces disipado los vapores acumulados a su salida. La marea que debía bajar a las seis de la tarde favorecería la salida de la bahía de Elgor. La goleta llegaría a la altura del cabo San Juan hacia las siete, y el largo crepúsculo de estas altas latitudes le permitiría doblarlo antes de la noche.
Ciertamente, habría podido partir con la marea bajante de la mañana, de no haber sido por la bruma. En efecto, todo estaba listo a bordo, carga completada, víveres en abundancia, los que provenían del Century y los que habían sido retirados de los almacenes del faro. No quedaban en el anexo del faro más que el mobiliario y los utensilios, con los que Kongre no quería abarrotar la bodega suficientemente llena. Aunque se la hubiera aligerado de una parte de su lastre, la goleta se hundía algunas pulgadas más que su calado normal, y no habría sido prudente sumergir más su línea de flotación.
KONGRE Y LA MAYORÍA DE LOS HOMBRES ESTABAN A BORDO.
Un poco después de mediodía, mientras se paseaban en el recinto, Carcante dijo a Kongre:
– La niebla comienza a levantarse y vamos a tener la vista de alta mar. Con estas neblinas, el viento amaina de ordinario, y el mar cae más rápidamente.
– Creo que saldremos al fin esta vez —respondió Kongre—, y que nada estorbará nuestra navegación hasta el estrecho…
– Y más allá, espero —terminó Carcante—. La noche será oscura sin embargo, Kongre. Estamos apenas en el primer cuarto de la luna, y el creciente va a desaparecer casi al mismo tiempo que el sol…
– ¡Poco importa, Carcante, y no necesito ni luna ni estrellas para bordear la isla!... ¡Conozco toda la costa norte y cuento con doblar los islotes de New Year y el cabo Colnett a buena distancia para evitar sus rocas!...
– Mañana estaremos lejos, Kongre, con este viento del nordeste, y a un largo en nuestras velas.
– Mañana, habremos perdido de vista el cabo San Bartolomé, y espero bien que, llegada la noche, la Isla de los Estados nos quede a una veintena de millas por nuestra popa.
– No será demasiado pronto, Kongre, desde el tiempo que llevamos aquí.
– ¿Es que lo lamentas, Carcante?...
– No, ahora que ha terminado, y puesto que habremos hecho fortuna allí, como se dice, ¡y que un buen navío va a llevarnos con nuestras riquezas!... Pero, mil diablos, ¡bien creí que todo estaba perdido, cuando la Maule… no, el Carcante, entró en la bahía con una vía de agua! Si no hubiéramos podido reparar las averías, quién sabe cuánto tiempo más habría sido necesario permanecer en la isla. A la llegada del aviso, habríamos estado obligados a regresar al cabo San Bartolomé… ¡Y ya estoy harto, yo, del cabo San Bartolomé!
– Sí —respondió Kongre, cuyo fiero rostro se oscurecía—, ¡e incluso la situación habría sido bien de otro modo grave!... Al ver el faro sin guardianes, el comandante del Santa Fe habría tomado medidas… Se habría entregado a búsquedas… Habría registrado toda la isla, y ¿quién sabe si no habría descubierto nuestro refugio?... Y luego, ¿no habría podido ser alcanzado por el tercer guardián que se nos escapó?
– No era de temer, Kongre. Nunca hemos encontrado sus rastros, y ¿cómo, sin ningún recurso, habría podido vivir desde hace casi dos meses? Pues he aquí que pronto harán dos meses que el Carcante… —¡ah! no he olvidado su nuevo nombre esta vez— vino al fondeadero de la bahía de Elgor, y, a menos que este buen guardián no haya vivido todo este tiempo de pescado crudo y de raíces…
– Después de todo, habremos partido antes del regreso del aviso —dijo Kongre—, y eso es más seguro.
– No debe llegar apenas hasta dentro de una semana, a juzgar por el libro del faro —declaró Carcante.
– Y, en ocho días —añadió Kongre—, estaremos ya lejos del cabo de Hornos, en ruta hacia las Salomón o las Nuevas Hébridas.
– Entendido, Kongre. Voy a subir una última vez a la galería para observar el mar. Si hay algún buque a la vista…
– ¡Eh! qué nos importa —dijo Kongre, encogiéndose de hombros—. El Atlántico y el Pacífico son de todo el mundo. El Carcante tiene sus papeles en regla. Lo necesario ha sido hecho a este respecto, puedes fiarte de mí. Y, si incluso el Santa Fe lo encontrara a la entrada del estrecho, ¡le devolvería su saludo, pues una cortesía vale por otra!
Se ve, Kongre no dudaba del éxito de sus proyectos. Parecía bien por otra parte que todo concurría a favorecerlos.
Mientras su capitán descendía hacia la cala, Carcante subió la escalera, y, llegado a la galería, permaneció allí en observación durante una hora.
El cielo estaba entonces completamente limpio y la línea del horizonte, alejada una docena de millas, se mostraba en toda su nitidez. El mar, todavía agitado sin embargo, ya no estaba blanqueado por las olas rompientes, y, si el oleaje permanecía bastante fuerte, no podría estorbar a la goleta. Por otra parte, tan pronto como se estuviera metido en el estrecho, se encontraría el mar en calma, y se navegaría como sobre un río, al abrigo de la tierra y viento en popa.
Mar adentro, ningún otro navío que un velero de tres palos que, hacia las dos, apareció un instante en el este, y a una distancia tal que, sin su catalejo, Carcante no habría podido reconocer su velamen. Corría al norte, por otra parte. No estaba pues destinado al Océano Pacífico, y no tardó en desaparecer.
Una hora más tarde, es verdad, Carcante tuvo un motivo de inquietud y se preguntó si no debía dar parte a Kongre.
Una humareda acababa de mostrarse en el nornoroeste, lejana todavía. Era pues un vapor que descendía hacia la Isla de los Estados o hacia el litoral de la Tierra del Fuego.
Las malas conciencias vuelven fácilmente temeroso. Bastó esta humareda para que Carcante experimentara serias emociones.
«¿Será el aviso?...» se dijo.
A decir verdad no se estaba más que a 25 del mes de febrero, ¡y el Santa Fe no debía llegar hasta los primeros días de marzo!... ¿Habría adelantado su partida?... Si era él, en dos horas, estaría por el través del cabo San Juan… Todo estaría perdido… ¿Había que renunciar a la libertad, en el momento de conquistarla, y regresar a la horrible existencia del cabo San Bartolomé?
A sus pies, Carcante veía la goleta que se balanceaba graciosamente, como si, verdaderamente, hubiera querido burlarse de él. Todo estaba listo. No tenía más que levar el ancla para zarpar… Pero no habría podido, con viento contrario, remontar la marea creciente que comenzaba a subir, y el mar no estaría en estoa antes de dos horas y media.
Imposible pues haberse hecho a la mar antes de la llegada de este vapor, y si era el aviso…
Carcante no retuvo un juramento que lo ahogaba. No quiso, sin embargo, molestar a Kongre, muy ocupado en sus últimos preparativos, antes de estar seguro de su hecho, y permaneció solo en observación en la galería del faro.
El buque se acercaba rápidamente, teniendo a su favor la corriente y la brisa. Su capitán avivaba activamente los fuegos, pues una espesa humareda se desprendía de la chimenea que Carcante no podía todavía ver, detrás del velamen fuertemente tenso. Así este navío daba una bastante fuerte banda a estribor. No tardaría en encontrarse por el través del cabo San Juan, si continuaba a este paso.
Carcante no abandonaba el catalejo, y su inquietud iba creciendo a medida que disminuía la distancia del vapor. Esta distancia pronto se redujo a algunas millas, y el casco del navío se volvió en parte visible.
Fue en el momento en que los temores de Carcante eran más vivos, que se disiparon súbitamente.
El vapor acababa de dejar portar, prueba de que buscaba ganar el estrecho, y toda su jarcia apareció a las miradas de Carcante.
Era un buque de vapor, que debía tener de mil doscientas a mil quinientas toneladas de arqueo, y que no se podía confundir con el Santa Fe.
Carcante, al igual que Kongre y sus compañeros, conocía bien el aviso, que había visto en varias ocasiones durante su larga escala en la bahía de Elgor. Sabía que estaba aparejado de goleta, y el vapor que se acercaba lo estaba de navío de tres palos.
¡Qué alivio experimentó Carcante, que se aplaudió de no haber turbado inútilmente la quietud de la banda! Permaneció todavía una hora en la galería y vio pasar el vapor por el norte de la isla, pero a tres o cuatro millas, es decir, demasiado lejos para que este pudiera enviar su matrícula, señal que, por otra parte, habría permanecido sin respuesta, y con razón.
Cuarenta minutos más tarde, este vapor, que filaba al menos doce nudos por hora, desaparecía mar adentro de la punta Colnett.
Carcante descendió, después de haberse asegurado de que ningún otro navío estaba a la vista hasta el horizonte.
Sin embargo, la hora del cambio de marea se acercaba. Era el momento fijado para la partida de la goleta… Los preparativos estaban terminados, las velas listas para ser izadas. Una vez amuradas y cazadas, recibirían por el través el viento rolado y bien establecido en el estesudeste y el Carcante navegaría hacia el mar con el viento a un largo en su lona.
A las seis, Kongre y la mayoría de los hombres estaban a bordo. El bote trajo de vuelta a los que esperaban al bajo del recinto, luego fue izado sobre los pescantes.
La marea comenzaba a retirarse lentamente. Descubría ya el lugar donde se había varado la goleta durante sus reparaciones. Del otro lado de la cala, las rocas mostraban sus cabezas puntiagudas. El viento penetraba por los cortes del acantilado, y una ligera resaca iba a morir a la orilla.
El momento de la partida había llegado, Kongre dio la orden de virar el cabrestante. La cadena se tensó, chirrió en el escobén, y, cuando estuvo a pique, el ancla fue vuelta a levar al pescante y asegurada a la serviola en vista de una navegación que debía ser de larga duración.
Las velas fueron entonces orientadas, y la goleta, bajo su trinquete, su vela mayor, su gavia, su juanete y sus foques, amurados a estribor, tomó arrancada y comenzó su movimiento hacia el mar.
Soplando el viento del estesudeste, el Carcante doblaría fácilmente el cabo San Juan. No había, por otra parte, ningún peligro en rasar esta parte muy acantilada del acantilado.
Kongre lo sabía. Conocía bien la bahía. Así, de pie en la caña, dejaba audazmente la goleta portar un cuarto a fin de aumentar su velocidad en la medida de lo posible.
La marcha del Carcante era, en efecto, bastante irregular. Ralentizaba cuando el viento amainaba, para retomar arrancada cuando la brisa le llegaba en ráfagas más vivas. Adelantaba entonces a la marea bajante, dejando detrás de sí una estela bastante plana, lo que hablaba en favor de sus líneas de agua y permitía augurar bien para la continuación del viaje.
A las seis y media, Kongre no se encontraba más que a una milla de la punta extrema. Veía el mar desarrollarse hasta el horizonte. El sol descendía en el lado opuesto, y pronto estrellas brillarían en el cenit, que se ensombrecía bajo el velo del crepúsculo.
Carcante se acercó en ese momento a Kongre.
– ¡Al fin, henos aquí pronto fuera de la bahía! —dijo con satisfacción.
– En veinte minutos —respondió Kongre—, haré aflojar las escotas, y pondré la caña a estribor para contornear el cabo San Juan…
– ¿Habrá que correr bordos una vez en el estrecho?
– No lo creo —declaró Kongre—. Tan pronto doblado el cabo San Juan, cambiaremos las amuras, y espero bien mantenerlas a babor hasta el cabo de Hornos. La estación comienza a avanzar, y creo que podremos contar con la persistencia de estos vientos del este. En todo caso, en el estrecho, lo haremos tanto como haga falta, y no es de suponer que la brisa nos rehúse al punto de obligarnos a bordejear.
Si, como esperaba, Kongre podía evitar cambiar sus amuras, ganaría un tiempo considerable. En caso de necesidad incluso, arriaría sus velas cuadras y no conservaría más que sus velas áuricas y latinas: cangreja, trinqueta y foques. Así la goleta se mantendría a cuatro cuartas del viento.
En ese instante, un hombre de la tripulación, apostado cerca del pescante, gritó:
– ¡Atención delante!...
– ¿Qué hay? —preguntó Kongre.
Una segunda bala acababa de impactar en la goleta.
Carcante corrió hacia el hombre, y se inclinó sobre la regala:
– ¡Cae... cae suavemente! —le gritó a Kongre.
La goleta se encontraba entonces por el través de la caverna que la banda había ocupado tanto tiempo.
En aquel lugar de la bahía derivaba una parte de la quilla del Century, que la marea bajante empujaba hacia el mar. Un choque habría podido tener funestas consecuencias, y ya era hora de evitar este resto.
Kongre metió pues ligeramente la caña a babor. La goleta cayó un cuarto, y pasó a lo largo de esta quilla, que rozó solamente su carena.
La maniobra tuvo por resultado acercar un poco a la orilla norte al Carcante, que fue enseguida puesto de nuevo en dirección. Unas veinte toesas más, y se habría sobrepasado el ángulo del acantilado, Kongre podía soltar la caña y dar la ruta al norte.
En ese momento preciso, un silbido agudo rasgó el aire, y un choque hizo estremecer el casco de la goleta, inmediatamente seguido por una violenta detonación.
Al mismo tiempo, una humareda blanquecina, que el viento empujó hacia el interior de la bahía, se elevó del litoral.
– ¿Qué es eso? —exclamó Kongre.
– Nos han disparado —respondió Carcante.
– ¡Toma la caña! —ordenó Kongre.
Precipitándose a babor, miró por encima de la regala, y vio un agujero en el casco, medio pie más alto que la línea de flotación.
Toda la tripulación se había instantáneamente dirigido a este lado a proa de la goleta.
¡Un ataque viniendo de esta parte del litoral!... ¡Una bala que el Carcante, en el momento de salir, recibía en su costado, y que, si lo hubiera alcanzado más bajo, lo habría indudablemente hundido!... Se convendrá, si había motivo para estar asustado de tal agresión, se debía con razón estar igualmente sorprendido.
¿Qué podían hacer Kongre y sus compañeros?... ¿Largar las trincas del bote, embarcarse en él, lanzarse sobre la orilla en el lugar donde se había elevado la humareda, apoderarse de los que habían enviado este proyectil, masacrarlos o al menos desalojarlos de aquel lugar?... ¿Pero se sabía si estos agresores no tendrían a su favor la superioridad del número, y no era lo mejor alejarse a fin de reconocer ante todo la importancia de la avería?
Esta decisión se impuso con tanta más evidencia que la carronada hizo fuego una segunda vez. Una humareda se redondeó en el mismo lugar. La goleta experimentó un nuevo choque. Una segunda bala acababa de golpearla en plena madera un poco por detrás de la primera.
– ¡La caña a sotavento!... ¡Bracea en cuadro a proa!... ¡Prepara para virar!... —aulló Kongre, corriendo hacia popa a reunirse con Carcante que se apresuraba a ejecutar su orden.
Tan pronto como la goleta sintió la acción del timón, orzó, luego cayó a estribor. En menos de cinco minutos, comenzó a alejarse de la orilla, y pronto estaba fuera del alcance de esta pieza que había sido apuntada contra ella.
Por otra parte, ninguna otra detonación resonó. La playa permanecía desierta hasta la punta del cabo. Había motivo para creer que el ataque no se renovaría.
Lo más urgente era verificar el estado del casco. En el interior, esta verificación no habría sido practicable, puesto que habría sido necesario desplazar la carga. Pero, lo que no podía ser objeto de duda, es que las dos balas habían atravesado el forro y se habían alojado en la bodega.
El bote fue pues arriado, mientras que el Carcante se puso al pairo y ya no sufría más que el efecto de la marea descendente.
Kongre y el carpintero descendieron en el bote, examinaron el casco a fin de asegurarse si la avería podía ser reparada en el lugar.
Reconocieron que dos balas de a cuatro habían alcanzado la goleta y perforado el forro de parte a parte. Afortunadamente la obra viva estaba a salvo. Los dos agujeros se encontraban en el nacimiento del forro y justo en la línea de flotación. Algunos centímetros más bajo, se habría declarado una vía de agua que la tripulación quizás no habría tenido tiempo de cegar. La bodega se habría ciertamente llenado, y el Carcante se habría hundido a la entrada de la bahía.
Sin duda, Kongre y sus compañeros habrían podido ganar la orilla en el bote, pero la goleta se habría perdido enteramente.
En suma, la avería no debía ser de una extrema gravedad, pero impedía ciertamente al Carcante aventurarse más mar adentro. A la menor banda que diera a babor, el agua penetraría en el interior. Importaba pues que los dos agujeros hechos por los proyectiles fueran tapados antes de continuar la ruta.
– Pero ¿quién es el bribón que nos ha enviado eso? —no cesaba de repetir Carcante.
– ¡Quizás ese guardián que se nos escapó!... —respondió Vargas—. Y quizás también algún superviviente del Century que este guardián habrá salvado. Pues, en fin, para enviar balas, hace falta un cañón, y este cañón no ha caído de la luna.
– Evidentemente —aprobó Carcante—. Ninguna duda de que provenga del navío de tres palos. Es bien lamentable que no lo hayamos encontrado entre los restos.
– ¡No se trata de todo eso —interrumpió bruscamente Kongre—, sino de repararse lo más rápido posible!
En efecto, no era el caso de discutir sobre las circunstancias del ataque contra la goleta, sino de proceder a las reparaciones necesarias. Se podía, a malas, conducirla cerca de la orilla opuesta de la bahía en la punta Diegos. Una hora bastaría. Pero, en aquel lugar, habría estado demasiado expuesta a los vientos de alta mar, y, hasta la punta Several, la costa no ofrecía ningún abrigo. Al primer mal tiempo, se habría roto sobre los arrecifes. Kongre se resolvió pues a regresar esa misma noche al fondo de la bahía de Elgor donde el trabajo podría ser hecho con toda seguridad y tan rápidamente como fuera posible.
Pero, en ese momento, la marea descendía, y la goleta no habría ganado contra la marea bajante. Era forzoso pues esperar el flujo, que no se haría sentir antes de tres horas.
Ahora bien, el Carcante comenzaba a balancearse bastante vivamente bajo la acción del oleaje, y, con la deriva, habría sido arrastrado hasta la punta Several arriesgándose a llenarse. Ya, se oía el ruido del agua que se precipitaba por los agujeros del casco a cada golpe de balanceo más acentuado. Kongre tuvo que resignarse a echar el ancla a algunos cables de la punta Diegos.
La situación era, en suma, bastante inquietante. La noche llegaba, y pronto la oscuridad sería profunda. Se necesitaría todo el conocimiento que Kongre tenía de estos parajes para no encallar en uno de los numerosos arrecifes que defendían el acceso de la costa.
Finalmente, hacia las diez, llegó el flujo. El ancla fue vuelta a levar a bordo, y, antes de medianoche, el Carcante, no sin haber corrido muchos peligros, estaba de regreso en su antiguo fondeadero en la cala de la bahía de Elgor.