El pais de las pieles · Parte 1

VII

EL CÍRCULO POLAR

La expedición siguió avanzando en dirección Noroeste; pero el arrastre de los trineos sobre un suelo tan escabroso fatigaba extraordinariamente a los perros. Estos animosos animales, a quienes las manos de sus conductores apenas podían refrenar al principio del viaje, carecían ya de bríos. Con tiros tan cansados no era posible avanzar más de ocho o diez millas por día. Jasper Hobson, sin embargo, procuraba apresurar lo más posible la marcha de su destacamento, deseoso de llegar cuanto antes al extremo del lago del Gran Oso y de verse en el fuerte Seguridad, donde esperaba recoger algunos informes necesarios para su expedición.

¿Habían recorrido ya los parajes cercanos al mar los indios que frecuentan las orillas septentrionales del lago? ¿Estaba libre en esta época del año el océano Ártico? He aquí dos cuestiones graves que, resueltas de un modo afirmativo, podían fijar la suerte de la nueva factoría.

La región que el destacamento cruzaba a la sazón hallábase caprichosamente surcada por un gran número de corrientes de agua, tributarias en su mayoría de los dos importantes ríos que, corriendo de Sur a Norte, van a desembocar en el océano Glacial Ártico, a saber: el Makenzie, al Oeste, y el Coppermine-River, al Este. Entre estas dos principales arterias existían numerosos lagos, lagunas y estanques. Sus ahora desheladas superficies no permitían a los trineos aventurarse en ellos, siendo, por consiguiente, necesario el circundarlos, lo que aumentaba considerablemente la longitud del camino.

Decididamente tenía razón el teniente Jasper Hobson: el invierno es la verdadera estación de estos países hiperbóreos, porque facilita su recorrido. Paulina Barnett no tendría más remedio que reconocerlo en más de una ocasión.

Esta región, comprendida en la Tierra Maldita, estaba, por otra parte, completamente desierta, como lo están casi todos los territorios septentrionales del continente americano, habiéndose calculado, en efecto, que el promedio de la población no llega a un habitante por cada diez millas cuadradas. Estos habitantes son, sin contar los indígenas cuyo número es ya muy escaso, algunos millares de agentes y soldados pertenecientes a las diversas compañías dedicadas al tráfico de pieles.

Esta población se halla, por lo general, concentrada en los distritos del Sur y en los alrededores de las factorías. Por eso no se halló huella alguna de pasos humanos en la ruta del destacamento. Las únicas pisadas que se vieron en el suelo pertenecían a joedores y rumiantes.

Viéronse algunos osos, animales terribles cuando se trata de las especies polares. Sin embargo, la escasez de estos animales carnívoros causaba extraordinaria extrañeza a Paulina Barnett, quien creía, por heberlo leído en los relatos de los viajeros de las comarcas heladas, que en las regiones árticas debían abundar estos temibles animales, toda vez que los náufragos y los balleneros de la bahía de Baffin, así como los del Spitzberg y Groenlandia, se ven diariamente atacados por ellos. A pesar de todo esto, apenas si se mostraba alguno que otro muy raro a gran distancia del destacamento.

– Espere usted que llegue el invierno, señora —replicábale el teniente Hobson—; espere usted que llegue el frío, que engendra el hambre, y tal vez pueda usted disfrutar del espectáculo que tanto parece interesarle.

Por fin, tras un fatigoso y largo recorrido, el 23 de mayo la expedición llegó al límite del círculo polar. Sabido es que este paralelo, alejado 23° 27' 57" del Polo Norte, constituye el límite matemático en el que se detienen los rayos solares, cuando este radiante astro describe un círculo en el hemisferio opuesto. A partir de este punto, la expedición penetró, pues, francamente en los territorios de las regiones árticas.

Esta latitud había sido escrupulosamente calculada con ayuda de instrumentos extraordinariamente precisos que el astrónomo Tomás Black y Jasper Hobson manejaban con igual habilidad. La señora Paulina Barnett, que presenció la operación, supo con satisfacción que iba a franquear al fin el círculo polar. Amor propio de viajera, bien disculpable en verdad.

– Ha pasado usted ya los dos trópicos en sus precedentes viajes —le dijo el teniente Hobson—, y ahora se encuentra usted en el límite del círculo polar. ¡Pocos exploradores se han aventurado, como usted, en zonas tan diferentes! Los unos tienen, por decirlo así, la especialidad de las tierras cálidas; el África y la Australia forman, principalmente, el campo de sus investigaciones, contándose entre ellos los Barth, los Burton, los Livingstone, los Speke, los Douglas, los Stuart, etc. Otros, por el contrario, sienten verdadera pasión por estas regiones árticas, tan imperfectamente conocidas aún, como los Mackenzie, los Franklin, los Penny, los Kane, los Parry y los Rae, cuyas huellas seguimos en estos precisos momentos. Felicitemos, pues, a la señora Paulina Barnett, por ser una viajera tan cosmopolita.

– Es preciso verlo todo, señor Hobson — respondió la viajera—, o intentar, por lo menos, verlo todo. Creo que las dificultades y peligros son próximamente iguales en todas partes, cualquiera que sea la zona en la cual se presenten. Si no tenemos que temer en estas tierras árticas las fiebres de los países cálidos, la insalubridad de las altas temperaturas . y la crueldad de las tribus de raza negra, el frío es un enemigo no menos temible. En todas las latitudes existen animales feroces, e imagino que los osos blancos no acogerán al viajero mejor que los tigres del Tíbet o los leones del África. Así, pues, más allá de los círculos polares existen los mismos peligros que entre los trópicos. Hay regiones que se defenderán largo tiempo contra las tentativas de los exploradores más audaces.

– Sin duda, señora —respondió Jasper Hobson—; pero tengo motivos para creer que las tierras hiperbóreas resistirán más tiempo. En las regiones intertropicales son principalmente los indígenas los que constituyen el más insuperable obstáculo, ¡y no ignoro cuántos viajeros han perecido víctimas de esos bárbaros africanos a quienes una guerra civilizadora reducirá necesariamente algún día! Por el contrario, en las regiones árticas o antarticas no son los habitantes los que detienen la marcha de los exploradores, sino la naturaleza misma; la insuperable barrera de hielos; el frío, implacable y cruel, que paraliza las energías humanas, — ¿Cree usted, pues, señor Hobson, que la zona tórrida será explorada hasta en sus territorios más secretos del África y de Australia, antes de que haya sido recorrida toda entera la zona glacial?

– Sí, señora —respondió el teniente—, y esta opinión mía se encuentra basada en hechos. Los más audaces descubridores de las regiones árticas, Parry, Penny, Franklin, Mac Clure, Kane, Morton, no han logrado avanzar más allá del paralelo de 83°, quedando de esta suerte detenidos a más de 7° del Polo. La Australia, por el contrario, ha sido varias veces explorada de Sur a Norte por el intrépido Stuart, y el África misma, tan temible para quien se aventura en ella, fue totalmente atravesada por el doctor Livingstone, desde la bahía de Loanga, hasta la desembocadura del Zambeze. Existe, pues, un fundado motivo para pensar que los países ecuatoriales están más próximos a ser geográficamente reconocidos que los territorios polares.

– ¿Cree usted, señor Hobson —preguntó Paulina Barnett—, que el hombre podrá algún día llegar al mismo Polo? —Sin duda alguna, señora —replicó Jasper Hobson—; el hombre... o la mujer —añadió sonriendo—. Sin embargo, me parece que los medios hasta ahora empleados por los navegantes para llegar hasta ese punto, en el cual sabido es convergen todos los meridianos de la Tierra, deben ser modificados en absoluto. Se habla del mar libre que aseguran haber visto algunos observadores; pero este mar, libre de hielos, suponiendo que exista, es difícil de alcanzar, y nadie puede afirmar con pruebas fehacientes que se extiende hasta el Polo mismo. Estimo, por otra parte, que el mar Ubre sería una dificultad, lejos de constituir una facilidad para los exploradores. Por lo que toca a mí, preferiría contar durante todo el viaje con un terreno sólido, ya fuese de roca o de hielo. Entonces, por medio de expediciones sucesivas, haría establecer depósitos de carbón y de víveres cada vez más próximos al Polo, y, de esta suerte, contando con mucho tiempo y mucho dinero, y sacrificando tal vez numerosas vidas humanas a la resolución de este trascendental problema científico, creo que llegaría a este punto inaccesible del Globo. —Soy de su misma opinión, señor Hobson —dijo Paulina Barnett—, y si alguna vez intenta usted la aventura, no tendré inconveniente en compartir con usted fatigas y peligros para ir a enarbolar en el Polo Norte el pabellón de Inglaterra. Pero, en el momento actual, no es ése nuestro objetivo.

– En este momento, no, señora —respondió Jasper Hobson—. Sin embargo, una vez realizados los proyectos de la Compañía, cuando haya sido construido el nuevo fuerte en el límite extremo del continente americano, es posible que llegue a ser un punto de partida natural de toda expedición que se dirija hacia el Norte. Por otra parte, si los animales de pieles valiosas, al verse perseguidas de cerca, se refugiasen en el Polo, sería preciso ir hasta allí a buscarlos.

– A menos que no pase la costosa moda de las pieles — respondió Paulina Barnett.

– ¡Ah, señora! —exclamó Jasper Hobson—, siempre habrá mujeres hermosas que sientan el capricho de poseer un manguito de cebellina, o una capa de bisonte, ¡y será necesario complacerlas!

– Lo creo —respondió, sonriendo, la viajera—; y es probable que el primer descubridor del Polo llegue a él persiguiendo a alguna marta o a alguna zorra argentada.

– Estoy convencido de ello, señora — respondió Jasper Hobson—. La naturaleza humana es así, y el cebo del lucro arrastrará siempre al hombre más lejos y más de prisa que el interés científico.

– ¡Cómo! ¿es usted quien se expresa de ese modo, señor Hobson?

– Pero, ¿no soy yo, por ventura, señora, un empleado de la Compañía de la Bahía de Hudson? ¿Y hace ésta acaso otra cosa que arriesgar sus capitales y agentes con la única esperanza de acrecentar sus beneficios?

– Señor Hobson —replicó Paulina Barnett—, creo que lo conozco a usted lo bastante para afirmar que, en caso necesario, sabría usted consagrarse a la ciencia en cuerpo y alma. Si fuese necesario remontarse hasta el Polo con un fin puramente geográfico, tengo la seguridad de que no titubearía usted. Pero —añadió sonriendo—, es ésta una cuestión importante cuya solución está todavía bien lejos. Por lo que a nosotros respecta, no hemos llegado aún más que al círculo polar, y espero que lo rebasaremos sin grandes dificultades. —No lo veo yo tan seguro, señora —respondió Jasper Hobson, observando atentamente el estado de la atmósfera—. El tiempo presenta hace días cariz amenazador. Repare usted ese tinte uniforme gris del cielo. Esas brumas no tardarán en resolverse en nieve, y, por poco que el viento arrecie, podremos sufrir ios embales de alguna tempestad formidable. ¡Siento vehementes deseos de verme de una vez en el lago del Gran Oso!

– Entonces, señor Hobson —respondió Paulina Barnett, levantándose—, no perdamos el tiempo, y dé usted la señal de partida cuanto antes.

El teniente no tenía necesidad de estímulo alguno. Solo, o acompañado de hombres tan enérgicos como él, hubiera proseguido su marcha hacia adelante sin perder ni un día ni una noche; pero no podía exigir a todos lo que era capaz de hacer él mismo. Tenía que tener en cuenta el cansancio de los demás, aunque prescindiese del suyo propio; y por eso, a fuer de hombre prudente, concedió algunas horas de reposo a su destacamento, el cual reanudó la interrumpida marcha hacia las tres de la tarde.

Jasper Hobson no se había equivocado al presagiar un cambio próximo en el estado atmosférico. Este cambio no se hizo esperar en efecto. Durante la tarde de aquel día, espesáronse las nubes y adquirieron un tinte rojizo de siniestro aspecto. El teniente sentía verdadera inquietud, aunque no la dejaba traslucir, y, mientras que los perros de su trineo le arrastraban, no sin grandes fatigas, conversaba con el sargento Long, a quien los síntomas de tempestad preocupaban bastante.

El terreno que el destacamento atravesaba entonces era, desgraciadamente, poco propicio para el deslizamiento de los trineos. Aquel suelo escabroso, cortado acá y allá por barrancos, erizado unas veces de grandes peñascos de granito, obstruido otras por voluminosos icebergs apenas pellizcados aún por el deshielo, retardaban mucho la marcha de los tiros y la hacían penosa en extremo. Los infelices perros no podían ya más, y los látigos de sus conductores no ejercían sobre ellos el más mínimo efecto.

El teniente y sus hombres se vieron obligados a apearse con frecuencia a ayudar a los rendidos tiros, a empujar por detrás los trineos y hasta a sostenerlos en equilibrio cuando los bruscos desniveles del suelo amenazaban volcarlos. Esto era causa de incesantes fatigas que todos soportaban sin quejarse. Solamente Tomás Black, constantemente absorbido en sus ideas, jamás descendía de su trineo, porque su corpulencia no le hubiera permitido semejantes ejercicios. Después de rebasado el círculo polar, el suelo, como se ve, se había modificado del todo. Era evidente que alguna conmoción geológica había sembrado en él tan enormes peñascos. Sin embargo, su superficie presentaba una vegetación más completa. En los lugares en que las vertientes de las colinas ofrecían algún abrigo contra los vientos del Norte, crecían no sólo arbustos, sino árboles corpulentos, como pinos, abetos y sauces cuya presencia atestiguaba poseían aquellas tierras heladas cierta fuerza de vegetación.

Jasper Hobson abrigaba la esperanza de que aquellos productos de la flora ártica no desaparecerían al llegar a los límites del océano Glacial. Estos árboles significaban madera para construir un fuerte y para calentar después a sus habitantes. Todos pensaban como él al observar el contraste que presentaba esta región, relativamente menos árida, con las extensas llanuras blancas que se extienden entre el lago del Esclavo y el fuerte Empresa.

Llegada la noche, la bruma amarillenta tornóse más opaca. Aumentó la intensidad del viento y la nieve efnpezó a caer en gruesos copos, y en algunos instantes quedó el suelo cubierto de una muy espesa sábana. En menos de una hora alcanzó la capa de nieve el espesor de un pie, y como no se solidificaba ya, permaneciendo en estado de fango líquido, ios trineos avanzaban con suma dificultad, quedando la parte curva que constituía su delantera profundamente hundida en aquella masa blanda que los paralizaba a cada instante.

Hacia las ocho de la noche comenzó a soplar el viento con una violencia extrema. La nieve, enérgicamente azotada, tan pronto se precipitaba sobre el suelo, como se levantaba en el aire, formando un espeso torbellino. Los perros, repelidos por las ráfagas, cegados por los remolinos de la atmósfera, no podían avanzar más. El destacamento caminaba, a la sazón por un estrecho desfiladero abierto a través de elevadas montañas de hielo, por el que se encallejonaba la tempestad con inusitada violencia. Los trozos de icebergs, desgajados por el huracán, caían por las vertientes hasta el fondo del barranco, haciendo su travesía extraordinariamente peligrosa. Eran, en realidad, pequeñas avalanchas, la menor de las cuales habría bastado para aplastar los trineos y a los que los ocupaban.

En tales condiciones no era posible continuar avanzando, y Jasper Hobson no se obstinó en ello más tiempo. Después de aconsejarse con el sargento Long, mandó hacer alto. Pero era preciso encontrar un abrigo contra el huracán que entonces se desencadenaba con más furia. Esto no podía ofrecer grandes dificultades a unos hombres habituados a las expediciones polares. Jasper Hobson y sus compañeros sabían perfectamente cómo debían conducirse en semejantes circunstancias. No era la primera vez que les sorprendía la tempestad de esta suerte, a algunos centenares de millas de los fuertes de la Compañía, sin tener una cabaña de esquimales ni un mal chocín de indios en donde guarecerse.

– ¡A los icebergs! ¡a los icebergs! — exclamó Jasper Hobson.

El teniente fue comprendido por todos. Tratábase de horadar aquellas masas heladas formando casas de nieve, o, por mejor decir, verdaderos agujeros en donde cada cual se cobijara durante la tempestad. Las hachas y los cuchillos no tardaron en abrir brecha en las deleznables paredes de los icebergs. Tres cuartos de hora después habían practicado en ella diez guaridas de boca estrecha, cada una de las cuales podía contener dos o tres personas. Por lo que respecta a los perros, los desengancharon y dejaron en libertad, seguros de que su instinto les haría encontrar bajo la nieve un abrigo suficiente.

Antes de las diez, todo el personal de la expedición habíase cobijado en las casas de nieve, por grupos de dos o tres personas, siguiendo sus especiales simpatías. Paulina Barnett, Madge y el teniente Hobson ocupaban la misma guarida. Tomás Black y el sargento Long habíanse guarecido ambos en otro agujero. Los demás, a su capricho.

Estos orificios se conservan siempre calientes, aunque no sean muy cómodos, y es de advertir que los indios y los esquimales no poseen otros refugios, ni aun durante los fríos más intensos. Jasper Hobson y los suyos podían, pues, esperar tranquilamente que la tempestad desfogase, cuidando, sin embargo, que no obstruyese la nieve las entradas de sus madrigueras. Por eso tenían la precaución de desembarazarlas de ella cada media hora.

Durante esta tormenta apenas si pudieron el teniente y sus soldados poner los pies fuera de sus refugios; pero, afortunadamente, cada uno había encerrado consigo provisiones suficientes, y pudieron soportar aquella existencia de castores sin padecer frío ni hambre.

La intensidad de la tempestad siguió creciendo por espacio de cuarenta y ocho horas. Mugía el viento en el estrecho desfiladero y desmoronaba las cumbres de los icebergs. Grandes estruendos, veinte veces repetidos por los ecos, indicaban en qué puntos se multiplicaban las avalanchas. Jasper Hobson podía temer con razón que su marcha entre aquellas montañas quedase erizada de insuperables obstáculos. A aquel estrépito mezclábanse también ciertos rugidos acerca de cuya naturaleza no podía engañarse el teniente, quien no ocultó a la animosa Paulina Barnett que los osos debían rondar el barranco. Por fortuna, sin embargo, estos temibles animales, harto ocupados de sí mismos, no descubrieron el rastro de nuestros viajeros. Ni los perros, ni los trineos, ocultos bajo una espesa capa de nieve, atrajeron su atención, y pasaron de largo sin sospechar cosa alguna.

La última noche, la del 25 al 26 de mayo, fue todavía más terrible. Hízose tan intensa la violencia del huracán, que temióse que sobreviniese un derrumbamiento general de los icebergs. En efecto, estas enormes masas se sentían temblar sobre su base de sustentación. Una muerte espantosa hubiera esperado entonces a los infelices sepultados por el hundimiento de estas montañas. Crujían los bloques de hielo con estrépito espantoso, y ya las oscilaciones iban abriendo grietas que comprometían su solidez. No ocurrió, sin embargo, ningún derrumbamiento. Resistió la masa entera, y, hacia el final de la noche, por uno de esos fenómenos tan frecuentes en los países árticos, decreció súbitamente la violencia de la tempestad, bajo la influencia de un frío riguroso, y serenóse la atmósfera con los primeros albores del día.

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