El pais de las pieles · Parte 2

XVII

LA AVALANCHA

Los invernantes se aproximaban, por fin, a parajes más frecuentados del mar de Behring. Ya no existía el temor de ser arrastrados hacia el Norte; restaba sólo vigilar los movimientos de la isla, y calcular su velocidad, que, habida cuenta de los obstáculos existentes, debía ser muy desigual. De ello se encargó Jasper Hobson, que tomaba alternativamente alturas de estrellas y de sol. Al día siguiente, 16 de abril, después de la observación, calculó que si la velocidad de la isla se mantenía uniforme, llegarían a principios de mayo al círculo polar, del que sólo distaban cuatro grados.

Era de suponer que la isla entonces, empeñada en la parte más angosta del estrecho, permanecería estacionaria hasta que el deshielo le dejase el paso franco, momento que se aprovecharía para botar al mar la embarcación y embarcarse con rumbo al continente americano.

Sabido es que, gracias a las precauciones adoptadas, todo estaba preparado para un embarque inmediato.

Los habitantes de la isla esperaron, pues, con más impaciencia, y, sobre todo, con más confianza que nunca. Después de haber soportado tan espantosas pruebas, sentían que se acercaba el desenlace de aquel horrible drama, y que pasarían tan cerca de una de las dos costas, que nada les podría impedir el desembarcar en ellas dentro de algunos días.

Esta dulce perspectiva reanimó los corazones y almas de los invernantes, los cuales recuperaron la alegría natural que las penalidades sufridas habían alejado de ellos. Volvió el júbilo a imperar en las comidas, con tanta mayor razón cuanto que no faltaban los víveres, ni había que economizarlos; al contrario. Además, la influencia de la primavera hacíase sentir, y todos aspiraban con verdadera embriaguez las brisas más templadas que traía la nueva estación.

Durante los días inmediatos, realizáronse numerosas excursiones al interior de la isla y por su litoral. Ni los animales dotados de pieles valiosas, ni los rumiantes, ni los carnívoros podían pensar en abandonarla, porque separado ya de la costa americana el campo de hielo que la rodeaba, como lo demostraba su movimiento de deriva, no les habría permitido llegar hasta el continente.

Ni en la isla, ni en los cabos Esquimal y Miguel, ni en ninguna otra porción del litoral habíase producido ningún cambio, como tampoco en el interior, ni en los bosques ni en las orillas del lago. La gran brecha que se abría junto al cabo Miguel durante la tempestad, habíase cerrado por completo durante los fríos del invierno, no viéndose ninguna otra grieta en toda la superficie de la isla.

Durante estas excursiones divisáronse manadas de lobos que recorrían en tropel las diversas regiones de la isla. De toda su varia fauna, estos feroces carnívoros eran los únicos a quienes el sentimiento de un peligro común no había familiarizado con los hombres.

Volvieron a ver varias veces al salvador de Kalumah. El digno oso paseábase melancólicamente por las desiertas llanuras, deteniéndose cuando los exploradores pasaban. Algunas veces seguíalos hasta el fuerte, convencido de que nada tenía que temer de aquellas valerosas gentes a quienes no diera motivo para que le guardasen rencor.

El día 20 de abril comprobó Jasper Hobson que la isla no había suspendido su movimiento de deriva hacia el Sur. Los restos de la gran barrera, es decir, los icebergs de su parte sur, la seguían en su desplazamiento; pero no disponían de puntos de referencia, de suerte que no había medio de comprobar los cambios de posición más que por las observaciones astronómicas.

Jaspér Hobson mandó practicar varias sondas en diversos lugares de la isla, y muy en especial al pie del cabo Bathurst y en las orillas del lago, a fin de averiguar cuál era el espesor de la capa de hielo que soportaba la tierra vegetal, comprobándose por este medio que el indicado espesor no había aumentado nada durante el invierno, y que el nivel de la isla sobre la superficie del mar tampoco había sufrido alteración; de lo cual se dedujo que era preciso abandonar cuanto antes aquel frágil suelo que se disolvería rápidamente tan pronto como lo bañasen las aguas más calientes del Pacífico.

Por esta época, el día 25 de abril, alteróse nuevamente la orientación de la isla. El movimiento general de todo el campo de hielo se verificó de Este a Oeste, siendo su amplitud de un cuarto y medio de circunferencia. El cabo Bathurst proyectó desde entonces su punta hacia el Noroeste. Los últimos restos de la gran barrera polar cerraban entonces el horizonte del Norte, quedando así demostrado que el campo de hielo se movía libremente en el estrecho sin tocar a ninguna costa.

El momento fatal se aproximaba. Las observaciones diurnas y nocturnas daban con exactitud la situación de la isla, y, por lo tanto, la de todo el campo de hielo. El día 30 de abril navegaba todo el conjunto por el través de la bahía de Kotzebue, amplia escotadura triangular que muerde profundamente la costa americana, en cuya parte sur se alza el cabo del Príncipe de Gales, que detendría, tal vez, a la isla errante si no embocaba el estrecho por su centro exactamente.

El tiempo era magnífico, marcando con frecuencia el termómetro 50° Fahrenheit (10° centígrados sobre cero). Los invernantes habíanse despojado, hacía ya varias semanas, de sus vestidos de invierno, y se encontraban siempre dispuestos para emprender la marcha. El astrónomo Tomás Black, había ya acondicionado en la embarcación que seguía en el astillero, su equipaje de sabio: sus instrumentos y libros. Habíanse embarcado también una buena cantidad de provisiones, juntamente con algunas de las pieles de más precio.

Una muy minuciosa observación, hecha el día 2 de mayo, dio a conocer que la isla Victoria tenía cierta tendencia a dirigirse hacia el Este, es decir, hacia el continente americano. Era ésta un circunstancia feliz, porque, como es sabido, la corriente de Kamchatka lame el litoral asiático; de suerte que, de este modo, desaparecería el peligro de ser arrastrados por ella. ¡La suerte se declaraba, por fin, a favor de los invernantes!

– Creo que nuestro hado adverso se ha cansado, señora —dijo el sargento Long a la viajera—. Me parece que se aproxima el término de nuestras desgracias, y que, en lo sucesivo, debemos rechazar todo recelo.

– En efecto —respondió Paulina Barnett—, también lo creo yo así, sargento Long, y considero una suerte el que tuviésemos que renunciar, hace unos meses, al viaje que emprendimos a través del campo de hielo. La Providencia protegiónos, sin duda, haciéndolo impracticable.

Paulina Barnett tenía razón al expresarse así; porque, ¡cuántos peligros y obstáculos entorpecían el camino durante los meses de invierno! ¡Qué de fatigas en medio de la larga noche ártica, y a 600 millas de la costa!

El día 5 de mayo, Jasper Hobson anunció a sus compañeros que la isla Victoria acababa de cortar el círculo polar ártico, penetrando de esta suerte en la zona del esferoide terrestre que el sol no abandona jamás, ni aun durante los días de su mayor declinación austral. Pareció a los invernantes que entraban nuevamente en el mundo habitado.

Aquel día se bebieron buenos tragos, festejando el acontecimiento de haber cortado el círculo polar, como se celebra en los buques la primera vez que éstos cortan la línea equinoccial.

En lo sucesivo, sólo habría que esperar el momento de que los hielos, dislocados y medio fundidos, pudiesen dejar paso a la embarcación que había de conducir a su bordo a toda la colonia.

Durante el día 7 de mayo experimentó la isla otro cambio de orientación de un octavo de circunferencia. El cabo Bathurst señalaba ahora al Norte, teniendo delante de sí las masas que aun quedaban en pie del gran banco polar. Había recuperado, pues, la orientación que le asignaban las cartas geográficas cuando aun formaba parte del continente americano. La isla había dado una vuelta completa sobre su propio eje, habiendo el sol levante saludado sucesivamente todos los puntos de su litoral.

La observación del día 8 de mayo dio a conocer también que la isla se hallaba inmovilizada, aproximadamente en el centro del estrecho, a menos de 40 millas del cabo del Príncipe de Gales; de suerte que la tierra estaba a corta distancia, y la salvación de todos parecía asegurada.

Ya bien obscurecido, celebróse una espléndida cena en el salón, brindándose al final por el teniente Hobson y por Paulina Barnett.

Aquella misma noche decidió Jasper Hobson ir a observar las alteraciones que se hubieran podido producir al Sur del campo de hielo, donde tal vez existiera algún canal practicable.

Quiso Paulina Barnett acompañar al teniente en esta expedición; pero obstinóse este último en que se quedase en el fuerte, y partió con sólo el sargento. Resignóse la viajera, y regresó a la casa principal con Madge y Kalumah. Los soldados y las mujeres, por su parte, retiráronse a descansar a sus alojamientos respectivos, instalados, como ya se sabe, en el edificio contiguo.

La noche era hermosísima. En ausencia de la luna„ brillaban las constelaciones con magnífico resplandor. Una especie de luz extremadamente difusa, reflejada por el campo de hielo, alumbraba ligeramente la atmósfera y aumentaba el alcance de la vista. El teniente Hobson y el sargento Long, al abandonar el fuerte, dirigiéronse hacia la porción del litoral comprendido entre el puerto Barnett y el cabo Miguel. Ambos exploradores caminaron por la playa durante dos o tres millas. Mas, ¡qué aspecto presentaba todavía el campo de hielo! ¡qué confusión! ¡qué caos! Imagínese una inmensa concreción de cristales caprichosos, un más súbitamente congelado en el preciso momento en que el huracán más lo agita. Sin embargo, los hielos no dejaban aún paso libre ninguno, siendo imposible que una embarcación pudiera navegar entre ellos.

Jasper Hobson y el sargento Long, conversando y observándolo todo, permanecieron en la playa hasta media noche; y, viendo que todo seguía en el mismo estado, decidieron regresar al fuerte Esperanza, a fin de descansar ellos también algunas horas.

Habían andado apenas un centenar de pasos, y se encontraban ya en el antiguo cauce del desaparecido río Paulina, cuando les detuvo un ruido inesperado, algo así como un trueno lejano que se hubiese producido en la parte septentrional del campo de hielo. Su intensidad creció rápidamente y alcanzó en poco tiempo formidables proporciones. Algún poderoso fenómeno ocurría indudablemente en aquellos parajes, y, detalle poco tranquilizador ciertamente, Jasper Hobson creyó notar que el suelo de la isla temblaba bajo sus pies.

– ¡Ese ruido procede del banco polar! —dijo el sargento Long—. ¿Qué sucede?

Jasper Hobson no respondió, y, lleno de inquietud, arrastró hacia el litoral a su compañero.

– ¡Al fuerte! ¡al fuerte! —exclamó—. ¡Tal vez haya ocurrido alguna dislocación de hielos y podamos botar al agua nuestro buque!

Y ambos, en desenfrenada carrera, dirigiéronse por el camino más corto hacia la factoría.

Mil pensamientos distintos asaltaban sus mentes inquietas. ¿Qué nuevo fenómeno producía aquel inesperado ruido? Los dormidos habitantes del fuerte, ¿tendrían conocimiento de aquel extraño incidente? Sin duda alguna, sí; porque las detonaciones, cuya intensidad crecía por momentos, hubieran sido capaces, según el dicho vulgar, de despertar a un difunto.

En veinte minutos, Jasper Hobson y el sargento Long salvaron las dos millas que les separaban del fuerte Esperanza; pero aun antes de llegar a la empalizada, habían dintinguido ya a sus compañeros que huían en desorden, y como desatentados, lanzando gritos de horror.

El carpintero Mac-Nap corrió al encuentro del teniente Hobson, con su hijo entre los brazos.

– ¡Mire usted, mi teniente! — gritó llevando a Jasper Hobson a un cerro que se elevaba a algunos pasos detrás de la empalizada.

El teniente Hobson miró.

Los últimos restos del gran banco polar que, antes de su partida, se encontraban aún a dos millas de distancia, habíanse precipitado sobre el litoral. El cabo Bathurst había desaparecido, y su masa de tierra y arena, barrida por los icebergs, cubría el recinto del fuerte. La casa principal y sus dependencias del Norte hallábanse sepultadas bajo la enorme avalancha. En medio de un ruido espantoso veíase a los témpanos levantarse los unos sobre los otros, y caer nuevamente aplastándolo todo a su paso. La isla parecía asaltada por grandes moles de hielo.

En cuanto a la embarcación construida al pie del cabo, había sido aniquilada por completo... ¡El último recurso, la postrer esperanza había desaparecido!

En aquel preciso momento, el edificio que momentos antes ocupaban los soldados y mujeres hundióse bajo el peso de un enorme témpano. Aquellos desdichados prorrumpieron en gritos de desesperación.

– ¿Y los otros? ¿y nuestros compañeros...?

– exclamó el teniente Hobson con acento consternado.

– ¡Allí! — respondió Mac-Nap, mostrándole la masa de arena, tierra y hielo bajo la que había desaparecido la casa principal por completo.

¡Sí! ¡bajo aquel montón de detritus hallábanse sepultados Tomás Black, Paulina Barnett, Madge y Kalumah, a quienes la avalancha había sorprendido durante el sueño!

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