El pais de las pieles · Parte 2

IX

AVENTURAS DE KALUMAH

¡Kalumah, en la isla flotante, a doscientas millas del continente americano. ¡Parecía increíble!

Pero, ante todo, ¿respiraba aún la infeliz? ¿Había medio de volverle a la vida? Paulina Barnett entreabrió los vestidos de la joven esquimal, pareciéndole que su cuerpo no estaba frío del todo. Escuchóle el corazón, y advirtió que latía, aunque fuese muy débilmente. La sangre derramada por la infeliz mujer procedía de una herida, relativamente leve, que se había causado en la mano. Madge comprimió la herida con su propio pañuelo, deteniendo así la hemorragia.

Al mismo tiempo, Madge, arrodillada cerca de Kalumah, y apoyada sobre ella, había levantado la cabeza de la joven indígena, y, a través de sus labios entreabiertos, consiguió introducirle algunas gotas de aguardiente, bañándole después la frente y las sienes con un poco de agua fría.

Transcurrieron algunos minutos. Ni Paulina Barnett ni Madge osaban pronunciar una palabra. Ambas esperaban, presas de terrible ansiedad, porque la poca vida que quedaba a la esquimal podía a cada momento extinguirse.

Pero un ligero suspiro escapóse del pecho de Kalumah. Sus manos se agitaron débilmente, y, aun antes de que se abriesen sus ojos y pudiese reconocer a la que le prodigaba tan exquisitos cuidados, murmuró estas palabras:

– ¡Señora Paulina! ¡Señora Paulina!

La viajera se quedó estupefacta al oir pronunciar su nombre en aquellas circunstancias. ¿Acaso había venido Kalumah voluntariamente a la isla errante, sabiendo que encontraría en ella a la europea cuyas bondades no había podido olvidar? Pero, ¿cómo lo había sabido, y cómo había podido llegar a la isla Victoria, situada a tan enorme distancia de toda tierra? ¿Cómo, en fin, había podido adivinar que aquel inmenso témpano se llevaba lejos del continente a Paulina Barnett y a todos sus compañeros del fuerte Esperanza? Todo esto resultaba verdaderamente inexplicable.

– ¡Vive y vivirá! — exclamó Madge, que sentía, bajo su mano, volver el calor y el movimiento a aquel pobre cuerpo desfallecido.

– ¡Pobre criatura! —murmuraba Paulina Barnett con el corazón enternecido—. ¡Y pronunciar mi nombre en el momento de morir!

Pero entonces los ojos de Kalumah se entreabrieron. Su mirada, vaga e indecisa aún, brilló bajo sus párpados. De repente animáronse sus ojos, porque se habían posado sobre los de la viajera. Un instante había visto Kalumah a Paulina Barnett; pero le había bastado. La joven indígena había reconocido a «su bondadosa señora», cuyo nombre se escapó nuevamente de sus labios, en tanto que su mano, que logró levantar lentamente, descansaba sobre la de su protectora.

Los cuidados de las dos mujeres no tardaron en reanimar por completo a la joven esquimal, cuya extrema debilidad provenía no sólo de la fatiga, sino del hambre también. Según dijo a Paulina Barnett, no había comido nada en las últimas cuarenta y ocho horas. Algunos trozos de caza fresca y un poco de aguardiente le devolvieron las fuerzas, y, una hora más tarde, Kalumah se sentía capaz de emprender, en unión de sus amigas, el camino de regreso hacia el fuerte. Pero durante aquella hora, sentada en la arena entre Madge y Paulina Barnett, Kalumah había podido prodigarles su gratitud y los testimonios de su afecto. ¡No! La joven esquimal no había olvidado a los habitantes europeos del fuerte Esperanza, y la imagen de Paulina Barnett sé había conservado siempre fresca en su memoria. ¡No! No había sido el azar, como en seguida veremos, quien la había arrojado a las playas de la isla Victoria.

He aquí, en pocas palabras, lo que contó Kalumah a la viajera.

Se recordará la promesa que había hecho la joven esquimal, en su primera visita, de volver al año siguiente, durante la buena estación, a ver a sus amigos del fuerte Esperanza. Pasó la larga noche polar, y, llegado el mes de mayo, dispúsose Kalumah a cumplir su promesa. Dejó, pues, los establecimientos de la Nueva Georgia, en los que había invernado, y, en compañía de uno de sus cuñados, dirigióse hacia la península Victoria.

Seis semanas después, hacia mediados de junio, llegó a los territorios de la Nueva Bretaña, cercanos al cabo Bathurst. Reconoció perfectamente las montañas volcánicas cuyas alturas coronan la bahía de Liverpool, y, veinte millas más lejos, llegó a la bahía de las Morsas, en la que ella y su familia se habían con tanta frecuencia dedicado a la caza de estos anfibios.

Pero al Norte de esta bahía no había nada. La costa se dirigía hacia el Sur, formando una línea recta. ¡Lo mismo el cabo Bathurst que el cabo Esquimal habían desaparecido!

Kalumah comprendió entonces lo que había sucedido. O todo el territorio, que se llamó después isla Victoria, se había sumergido en el mar, o habíase marchado, flotando sobre su superficie.

Kalumah lloró al no encontrar a aquellos a quienes había venido a buscar desde tan lejos.

Pero a su cuñado no le causó la catástrofe una sorpresa excesiva. Una especie de leyenda, una tradición esquimal, esparcida entre las tribus nómadas de la América septentrional, rezaba que el territorio del cabo Bathurst habíase soldado al continente hacía millares de siglos; pero que el día menos pensado se separaría de él merced a un gran esfuerzo de la Naturaleza; siendo ésta la causa de la sorpresa que los esquimales habían manifestado al ver fundada una factoría europea al pie del cabo Bathurst.

Pero, con esa deplorable reserva peculiar a toda su raza, o inducidos, tal vez, por ese sentimiento hostil que inspira a todo indígena el extranjero que toma posesión de su país, los esquimales nada dijeron al teniente Hobson. Kalumah ignoraba en absoluto esta tradición, que, por otra parte, no tenía por fundamento ningún documento serio, y que no era, sin duda, más que una de esas numerosas leyendas de la cosmogonía hiperbórea; y por eso los habitantes del fuerte Esperanza no fueron prevenidos del peligro que corrían al establecerse en aquel territorio.

Indudablemente, Jasper Hobson, que había observado ya en el terreno irregularidades extrañas, habría buscado más lejos un sitio más seguro donde fundar su factoría, si los esquimales lo hubiesen iniciado en sus tradiciones.

Cuando hubo comprobado Kalumah la desaparición del cabo Bathurst, prosiguió su exploración hasta más allá de la bahía Washburn; mas no hallando vestigio alguno de los que había venido a visitar no le quedó más remedio que volverse a las pesquerías de la América rusa.

Su cuñado y ella abandonaron, pues, la bahía de las Morsas en los últimos días del mes de junio; tomaron el camino del litoral, y a fines de julio, después de tan infructuoso viaje, llegaron a los establecimientos de la Nueva Georgia.

Kalumah no tenía esperanzas de volver a ver más a Paulina Barnett ni a sus compañeros del fuerte, convencida de que se los habrían tragado los abismos del océano Ártico.

Al llegar a este punto de su relato, la joven esquimal volvió sus ojos húmedos hacia Paulina Barnett, y, estrechándole afectuosamente la mano, murmuró una plegaria, dando gracias a Dios por haberla salvado por mediación de su amiga.

Kalumah, de regreso en su casa, reanudó, entre los suyos, su habitual existencia. Trabajaba con su familia en las pesquerías del cabo de los Hielos, que se halla situado aproximadamente en el paralelo 70°, a más de 600 millas del cabo Bathurst.

Durante toda la primera mitad del mes de agosto no ocurrió ningún incidente; pero a fines de dicho mes estalló la violenta tempestad que tanto inquietó a Jasper Hobson, y que, por lo visto, sus ramalazos se habían dejado sentir en todo el océano Glacial y hasta más allá del estrecho de Behring. En el cabo de los Hielos fue espantosa también, y desencadenóse con la misma violencia que en la isla Victoria. En aquella época, la isla errante no se hallaba a una distancia superior a 200 millas de la costa, según había comprobado en sus observaciones Jasper Hobson.

Al oir hablar a Kalumah, Paulina Barnett que, como es bien sabido, se hallaba perfectamente al corriente de la situación, iba haciendo en su mente deducciones que le darían, por fin, la clave de aquellos singulares acontecimientos, y a explicarle, sobre todo, la llegada a la isla de la joven indígena.

Durante los primeros días de la tempestad, los esquimales del cabo de los Hielos habían permanecido encerrados en sus chozas, sin poder salir de ellas y mucho menos dedicarse a la pesca. Sin embargo, en la noche del 31 de agosto al 1.° de septiembre, movida por una especie de presentimiento, quiso Kalumah aventurarse por la playa, y desafiando la lluvia y el viento huracanado observó con inquieta mirada el irritado mar cuyas olas se elevaban en la sombra como una cadena de montañas.

De repente, algo después de media noche parecióle ver una masa enorme que corría, impelida por el huracán, a lo largo de la costa. Sus ojos, dotados de un extraordinario poder visual, cosa común entre todos los indígenas nómadas, habituados a las tinieblas de las largas noches del invierno ártico, no podían engañarla. Una masa enorme pasaba a dos millas del litoral, y esta masa no podía ser ni un cetáceo, ni un buque, ni un iceberg en esta época del año.

Kalumah no se detuvo siquiera a reflexionar. En su espíritu se hizo como una revelación. Ante su cerebro excitado presentáronse de improviso las imágenes de sus amigos. Los volvió a ver a todos: Paulina Barnett, Madge, el teniente Hobson, el niño, a quien cubriera de caricias en el fuerte Esperanza. Sí, eran ellos los que pasaban, arrastrados por la tempestad, sobre aquel témpano flotante.

Kalumah no tuvo ni un instante de duda, ni un momento de vacilación. Pensó que era preciso avisar a los náufragos que la tierra estaba próxima. Corrió a su choza, tomó una de esas antorchas hechas de estopa y resina que los esquimales emplean para sus pescas nocturnas!, encendióla y fue a agitarla en la cumbre del cabo de los Hielos.

Esta fue la luz que el teniente Hobson y el sargento Long vieron desde el cabo Miguel, durante la noche del 31 de agosto, en medio de las negras brumas.

¡Qué emoción la de la joven esquimal cuando vio que respondían con otra señal a la suya! ¡cuando la luz del grupo de abetos incendiados por el teniente Hobson llegó hasta el continente de América, de cuyas costas no se creía tan cercano!

Mas todo extinguióse bien pronto. La calma duró apenas unos cuantos minutos, y la espantosa borrasca, rolándose al Sudeste, reprodújose con inusitada violencia.

Kalumah comprendió que su presa, como ella llamaba, íbasele a escapar; ¡que la isla no chocaría con la tierra! La veía, la sentía, por decirlo así, alejarse en la obscuridad de la noche, perderse en alta mar.

Fue aquel un momento terrible para la joven indígena. Pensó que era preciso a toda costa avisar a sus amigos, hacerles conocer su situación, decirles que aun estaban a tiempo de obrar, que cada hora perdida los alejaba más y más del continente.

Y no vaciló un instante. Allí estaba su kayak, la frágil embarcación en la que tantas veces había desafiado las tempestades del océano Ártico. Botólo, rápida, al mar, atóse a la cintura la chaqueta de piel de foca que la unía a la embarcación, y se aventuró, animosa, en el proceloso piélago.

Al llegar a este punto de su relato, Paulina Barnett estrechó fuertemente contra el pecho a la valerosa joven. Madge lloraba, escuchándola.

Kalumah, una vez sobre las olas irritadas, dirigióse, ayudada por el viento, hacia la masa negruzca que distinguía aún confusamente en medio de la obscuridad.

Los golpes de mar cubrían su kayak, pero eran impotentes contra la insumergible embarcación que flotaba como una paja en la cresta de las olas. Varias veces dio la vuelta; pero un golpe de pala bastaba para enderezarla.

Por fin, después de una hora de titánicos esfuerzos, Kalumah descubrió más claramente la isla errante: Ya no dudaba de conseguir su objetivo, pues no distaba más que un cuarto de milla.

Entonces fue cuando lanzó aquel grito que oyeron Jasper Hobson y el sargento en la obscuridad de la noche.

Pero entonces también Kalumah sintióse arrastrada hacia el Oeste por una irresistible corriente que, por su mayor ligereza, le imprimía mayor velocidad que a la isla. En vano trató de luchar contra ella. Lanzó nuevos gritos, que no fueron oídos, porque se encontraba ya lejos, y, cuando el alba vino a derramar alguna claridad por el espacio, las tierras de la Nueva Georgia, que acababa de abandonar, y las de la isla flotante no formaban más que dos masas confusas en el horizonte.

¿Desesperó por eso la joven indígena? No. Volver al continente americano era de todo punto imposible, porque tenía el viento de proa: un viento huracanado, el mismo que, impulsando a la isla, iba, en treinta y seis horas, a arrastrarla doscientas millas más adentro, con la ayuda, además, de la corriente del litoral.

Kalumah no tenía más que una sola solución: llegar a la isla, manteniéndose en la misma corriente que ella, y en aquellas mismas aguas que la arrastraban irresistiblemente.

Pero ¡ay! las fuerzas hicieron traición al valor de la pobre criatura. El hambre no tardó en atormentarla. El cansancio y el desfallecimiento paralizaron la pala entre sus manos.

Luchó durante varias horas, y parecióle que se aproximaba a la isla, desde donde no era posible verla, porque no era más que un punto en la inmensidad del océano. Luchó, aun cuando sus brazos destrozados y sus manos ensangrentadas negábanse a obedecerla. Luchó hasta que, agotada, perdió el conocimiento, quedando a merced de las olas su frágil kayak.

¿Qué ocurrió entonces? No lo podía decir. ¿Cuánto tiempo erró a la aventura cual inerte despojo de un naufragio? No lo sabía en absoluto, pues no recuperó sus facultades mentales hasta que su embarcación, bruscamente sacudida, abrióse debajo de ella.

Kalumah quedó sumergida en el agua, cuya frialdad reanimóla, y, algunos instantes más tarde, una ola la arrojó, moribunda, sobre una playa de arena.

Esto había sucedido la noche precedente, próximamente a la hora en que asomaba el alba; es decir, de dos a tres de la mañana.

Desde el momento, pues, en que Kalumah se embarcó en su kayak, hasta que éste se hundió, habían transcurrido más de setenta horas.

Entretanto, la joven indígena, salvada de los peligros del mar, no sabía a qué costa la había el huracán arrojado. ¿La habría devuelto al continente? ¿La habría, por el contrario, conducido a la isla hacia la cual se encaminaba con tan singular audacia? Así lo deseaba ella, y así lo creía además; porque el viento y la corriente habían debido arrastrarla hacia alta mar y no hacia el continente.

Esta idea infundióle nuevos bríos. Levantóse, y, toda quebrantada, echó a andar por la playa.

Sin duda alguna, la joven esquimal había sido providencialmente arrojada en la parte de la isla Victoria que antiguamente formaba el ángulo superior de la bahía de las Morsas; pero, en las actuales condiciones, no podía reconocer el litoral, socavado por las aguas, después de las alteraciones ocurridas a consecuencia de la ruptura del istmo.

Kalumah caminó cierto trecho, y, no pudiendo ya más, detúvose y reanudó después la marcha con nuevos bríos. El camino se hacía interminable a cada milla que recorría, érale necesario contornear las partes de la playa invadidas ya por el mar; y así, de esta manera, arrastrándose, levantándose aquí, cayendo allá, llegó no. lejos del bosquecillo donde aquella misma mañana habían descansado Paulina Barnett y Madge; y ya se sabe que estas dos mujeres, dirigiéndose al cabo Esquimal, habían descubierto, no lejos de este bosque, las huellas de sus pasos impresas sobre la nieve. Después, a algunos pasos de allí, la desdichada Kalumah había caído por vez postrera.

A partir de este punto, agotada por el cansancio y el hambre, sólo pudo avanzar arrastrándose.

Pero una inmensa esperanza había nacido en el corazón de la joven indígena. A algunos pasos del litoral había reconocido, por fin, el cabo Esquimal, a cuyo pie acampara con los suyos el año precedente. Sabía, pues, que sólo se encontraba a ocho millas de la factoría, para llegar a la cual bastaríale seguir el camino que tantas veces había recorrido cuando iba a visitar a sus amigos del fuerte Esperanza.

Esta idea sostúvola algún tiempo; pero al llegar a la playa, agotada ya por completo, cayó sobre la nieve y perdió por última vez el conocimiento; y, a no ser por Paulina Barnett, hubiera perecido.

– Pero, querida señora —dijo al fin de su relató—, sabía perfectamente que vendría usted en mi auxilio, y que mi Dios me salvaría por mediación de usted.

El resto, ya lo sabe el lector. Un providencial presentimiento impulsó aquel mismo día a Paulina Barnett y a Madge a explorar aquella porción del litoral, y a visitar el cabo Esquimal después de su descanso y antes de regresar a la factoría.

Después, Paulina Barnett refirió a la joven indígena cómo tuvo lugar la ruptura del témpano, y lo que el oso hizo entonces: y añadió después, sonriendo:

– No he sido yo quien te ha salvado, hija mía, sino ese honrado animal. Sin él, estabas perdida, y si en alguna ocasión vuelve a nosotras, se le respetará como a tu salvador.

Durante este relato, Kalumah, fortalecida ya, había recuperado sus perdidas energías.

Paulina Barnett propuso volver al fuerte en seguida, con objeto de no prolongar tanto su ausencia. La joven esquimal se levantó de un salto, dispuesta a emprender el camino.

Paulina Barnett sentía verdadera impaciencia por referir a Jasper Hobson los diversos incidentes de aquella mañana y hacerle saber lo ocurrido la noche de la tempestad, cuando se aproximó la isla al continente americano.

Pero ante todo recomendó a Kalumah la viajera que guardase un secreto absoluto acerca de todos aquellos acontecimientos y de la situación de la isla. Diría sencillamente que había venido por el litoral, con objeto de cumplir la promesa que hiciera a sus amigos de hacerles una visita durante la buena estación. Su llegada confirmaría a los habitantes del fuerte en su idea de que no había ocurrido ningún acontecimiento extraordinario en el territorio del cabo Bathurst, en el caso de que alguno de ellos hubiese concebido sospechas con respecto a este particular.

Eran poco más o menos las tres cuando Paulina Barnett, con Kalurnah apoyada en su brazo, y Madge emprendieron el camino del Este, y antes de las cinco de la tarde llegaron al fuerte Esperanza.

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