El pais de las pieles · Parte 1

XVII

LA APROXIMACIÓN DEL INVIERNO

Corría ya el 21 de septiembre. El sol pasaba entonces por el equinoccio de otoño, es decir, que el día y la noche tenían igual duración para el mundo entero.

Las sucesivas alternativas de obscuridad y de luz habían sido acogidas con gran satisfacción por los habitantes del fuerte, quienes dormían mejor durante las horas de la noche. En efecto, la vista reposa y se rehace en las tinieblas, sobre todo cuando algunos meses de perpetuo sol la han fatigado de una manera obstinada.

Durante el equinoccio se sabe que las mareas son ordinariamente muy vivas, porque, cuando el Sol y la Luna se¡encuentran en conjunción, súmase su doble influencia para acreditar la intensidad del fenómeno. Aquélla era, pues, la ocasión de observar con cuidado la amplitud de las mareas que iban a producirse sobre el litoral del cabo Bathurst.

Jasper Hobson había establecido algunos días antes una especie de mareógrafo, a fin de evaluar exactamente la diferencia de nivel de las aguas entre la bajamar y la pleamar; y pudo comprobar también esta vez que, a pesar de las observaciones de los navegantes, la influencia solar y lunar apenas se dejaban sentir en aquella porción del océano Glacial. La marea era casi nula, lo cual estaba en abierta contradicción con las noticias que acerca de este asunto se tenían.

– ¡Aquí hay algo que no es natural! — se dijo el teniente Hobson.

La verdad es que no sabía qué pensar; pero otros nuevos cuidados absorbieron su atención, y no trató por más tiempo de explicarse aquella anomalía.

El día 29 de septiembre modificóse el estado de la atmósfera. El termómetro descendió a 41° Fahrenheit (5º centígrados bajo cero); cubrióse el cielo de brumas, que pronto se resolvieron en lluvia, y la mala estación avanzaba a grandes pasos.

La señora Joliffe, antes de que la nieve cubriese el suelo, ocupóse en las siembras. Era de esperar que las semillas de acederas y codearías, abrigadas bajo las capas de nieve, resistieran la crudeza del clima y germinasen al llegar la primavera. Un terreno de varios acres de extensión, situado al abrigo de los cantiles del cabo, había sido labrado de antemano, y fue cubierto de simiente en los últimos días de septiembre.

No quiso esperar Jasper Hobson la llegada de los grandes fríos para hacer que sus compañeros se vistiesen de invierno; de suerte que no tardaron en estar convenientemente abrigados, llevando ropa de lana a raíz de la carne, capotes de piel de gamuza, pantalones de cuero de foca, gorros de piel de abrigo y botas impermeables. Puede decirse que lo mismo se hizo con las habitaciones, tapizando con pieles sus paredes, a fin de impedir que, debido a ciertos descensos de la temperatura, se formasen capas de hielo en sus superficies.

El maestro Rae instaló entonces los condensadores destinados a recoger el vapor de agua suspendido en el aire, los cuales deberían ser vaciados dos veces por semana. En cuanto a la estufa, se fue graduando el fuego, según las variaciones de la temperatura exterior, de modo que la interior se mantuviera a 50° Fahrenheit, que equivalen a 10° centígrados sobre cero. Por otra parte, la casa no tardaría en ser recubierta por una espesa capa de nieve, que evitaría toda pérdida del calor interno, abrigándose la esperanza de poder combatir eficazmente por todos estos medios los dos principales enemigos de los invernantes: el frío y la humedad.

El 2 de octubre, la columna termométrica había bajado aún más, y las primeras nieves invadieron todo el territorio que rodea al cabo Bathurst. La brisa era suave, así que no formó esos torbellinos, tan comunes en las regiones polares, a los que dan los ingleses la denominación de drifts. Una vasta alfombra blanca, uniformemente dispuesta, confundió bien pronto en un mismo color el cabo, el recinto del fuerte y la dilatada playa del litoral.

Sólo las aguas del mar y de la laguna, que no estaban heladas todavía, contrastaban por su tinte grisáceo, opaco y sucio. Sin embargo, en la parte septentrional del horizonte distinguíanse los primeros icebergs que se destacaban sobre el cielo brumoso. Aun nó se había formado el gran banco de hielo; pero ya la naturaleza acopiaba los materiales que el frío se encargaría de cimentar bien pronto para formar esta impenetrable barrera.

Los primeros hielos no tardaron, por otra parte, en solidificar las superficies líquidas del mar y de la laguna. El fenómeno comenzó por esta última, apareciendo de trecho en trecho, sobre su superficie, grandes manchas de un color blanco grisáceo, precursoras de una helada próxima que favorecía la calma de la atmósfera.

En efecto, habiéndose mantenido el termómetro durante toda la noche a 15° Fahrenheit (9º centígrados bajo cero), la laguna amaneció al día siguiente con una superficie lisa que hubiera satisfecho a los más exigentes patinadores de la Serpentina. Además, en el horizonte, el cielo presentaba un color especial que designan los balleneros con el nombre de blink, producido por la reverberación de los campos de hielo.

El mar no tardó tampoco en helarse en una extensión inmensa. Formóse poco a poco un vasto campo de hielo, mediante la agregación de los témpanos esparcidos, y se soldó al litoral. Pero la superficie de este campo de hielo oceánico no era ya tersa y lisa como la de la laguna. La agitación de las olas había alterado su pureza. Ondeaban acá y allá grandes piezas solidificadas, imperfectamente reunidas por sus bordes, algunos de esos hielos flotantes conocidos bajo la denominación de drift-ices, y, en fin, en muchos lugares notábanse protuberancias, extumescencias a menudo muy pronunciadas, producidas por la presión, a las que los balleneros designan con el nombre de hummocks, que quiere decir montículo.

El aspecto del cabo Bathurst y de sus alrededores transformóse por completo en pocos días. Paulina Barnett, perpetuamente extasiada, asistía a aquel espectáculo tan nuevo para ella.

¡Cuántos padecimientos y fatigas no hubiera dado por bien empleados su alma de viajera por poder contemplar tamañas maravillas! ¡Nada tan sublime como aquella invasión del invierno, como aquella toma de posesión de las regiones hiperbóreas por el frío invernal! Ninguno de los puntos de vista, ninguno de los sitios hasta entonces observados por ella podía ser reconocido. La comarca se metamorfoseaba, y un país nuevo nacía ante sus miradas; un país impregnado de una tristeza grandiosa.

Desaparecían los detalles, y las nieves no dejaban al paisaje más que sus grandes líneas, que apenas se esfumaban en medio de las brumas. Era una decoración que reemplazaba a otra con una intrepidez mágica. Ya no existía mar alguno en el sitio donde antes se extendía el vasto océano; el suelo de colores variados había desaparecido bajo una deslumbradora alfombra de nieve. Las selvas de diversos árboles habíanse convertido en una confusión de siluetas retorcidas, cubiertas por la escarcha.

Del sol radiante ya no quedaba más que un pálido reflejo: un disco descolorido que, arrastrándose a través de las nieblas, describía en el cielo un arco de escasísima altura durante bien pocas horas. Por fin, el horizonte del mar, que antes se dibujaba netamente sobre el cielo, había sido reemplazado por una interminable cadena de icebergs, caprichosamente descantillada, que formaba esa banca infranqueable que la naturaleza ha interpuesto entre el Polo y sus audaces exploradores.

¡A cuántas conversaciones dieron pie las maravillosas transformaciones de aquella región ártica! Tomás Black fue el único tal vez que permaneció insensible a las sublimes bellezas de aquel espectáculo. Pero, ¿qué podía esperarse de un astrónomo tan absorto, y que, hasta entonces, no había formado parte realmente del personal de la pequeña colonia? Aquel sabio exclusivo vivía sólo para la contemplación de los fenómenos celestes; no se paseaba más que por las azules vías del firmamento, y sólo abandonaba una estrella para dirigirse a otra. Y precisamente se le cerraba su cielo, las constelaciones desaparecían de su vista, un velo impenetrable de brumas se extendía entre sus ojos y el cénit. ¡Estaba verdaderamente furioso! Pero Jasper Hobson lo consoló prometiéndole que no tardarían en llegar las hermosas noches frías tan propicias para las observaciones astronómicas, para el estudio de las auroras boreales, los halos, las paraselenes y tantos otros fenómenos peculiares de las regiones polares, dignos de provocar su admiración.

Sin embargo, la temperatura era todavía soportable. No hacía viento, que es el que agudiza los efectos del frío; así que las cacerías prolongáronse algunos días más, encerrándose nuevas pieles en los almacenes de la Compañía, y nuevas provisiones de boca en la despensa del fuerte. Las perdices y chochas pasaban en grandes bandos, en su huida a regiones más templadas, proporcionando a la pequeña colonia una carne fresca y sana. Pululaban las liebres polares, luciendo ya su pelaje invernal. Un centenar de estos roedores, cuyo paso se reconocía fácilmente por las huellas que dejaban en la nieve, acrecentaron pronto las reservas del fuerte.

Pasaron así mismo numerosas bandadas de cisnes silbadores, una de las especies más bellas de la América del Norte, derrribando los cazadores algunas parejas de ellos. Eran aves magníficas, de cuatro a cinco pies de longitud, y de blanco plumaje, si bien en la cabeza y en la parte superior del cuello presentaban un tinte cobrizo, las cuales iban a buscar, bajo una zona más hospitalaria, las plantas acuáticas y los insectos necesarios para su alimentación, volando con una rapidez extraordinaria, porque el aire y el agua son sus verdaderos elementos.

Otros cisnes, denominados cisnes trompetas, cuyo grito recuerda el toque de un clarín, observóse así mismo que emigraban en bandos numerosos. Eran blancos también, como los silbadores, y tenían aproximadamente igual tamaño que éstos, diferenciándose de ellos por tener las patas y el pico negros. Ni Marbre ni Sabine tuvieron la suerte de derribar ninguno de estos trompetas, aunque los saludaron con sus tiros, despidiéndose de ellos hasta la vista; porque estas aves debían regresar, en efecto, con las primeras brisas de la primavera, siendo en esta época del año cuando se dejan atrapar más fácilmente. Su piel, su pluma y su plumón son causa de que los persigan con encarnizamiento los cazadores y los indios, habiendo años en que las factorías envían a los mercados del antiguo continente muchas decenas de millar de estos cisnes, que se venden a media guinea cada uno.

Durante estas excursiones, que no duraban más que algunas horas, y que los malos tiempos interrumpían con frecuencia, tropezaron a menudo con bandadas de lobos, sin necesidad de ir muy lejos, pues estos animales, cuya audacia se acrecienta cuando los hostiga el hambre, aproximábanse ya a la factoría. Tienen el olfato muy fino y los atraen las apetitosas emanaciones de las cocinas. Durante la noche, oíaseles aullar de una manera siniestra. Estos carnívoros, poco peligrosos cuando se encuentran aislados, son temibles cuando se reúnen en considerable número; por eso los cazadores no salían del recinto del fuerte sin ir perfectamente armados.

Los osos, por otra parte, mostrábanse más agresivos. No pasaba un solo día sin que se dejase ver alguno de estos animales, que avanzaban hasta el pie mismo de la empalizada cuando llegaba la noche. Algunos fueron heridos a tiros y se alejaron regando con su sangre la nieve; pero hasta el 10 de octubre, ninguno había aún entregado su preciosa piel en manos de los cazadores. Además, Jasper Hobson no permitía a sus soldados que atacasen a estas formidables fieras. Era preferible con ellas permanecer a la defensiva que atacarlas. Tal vez se aproximaba el momento en que, aguijoneadas por el hambre, intentasen alguna agresión contra el fuerte Esperanza, y entonces sería ocasión de defenderse y de abastecerse a la vez.

Durante algunos días el tiempo permaneció seco y frío. La nieve presentaba una superficie dura, muy favorable a la marcha; circunstancia que se aprovechó para emprender algunas excursiones por el litoral y la región situada al Sur del fuerte. El teniente deseaba saber si los agentes de las Peleterías de San Luis habían abandonado el territorio, dejando algunas huellas de su paso; pero todas las pesquisas fueron infructuosas. Era de suponer que aquellos americanos se habrían retirado hacia algún fuerte meridional, con objeto de pasar en él los meses de invierno.

Aquellos hermosos días no duraron mucho tiempo, y, durante la primera semana de noviembre, roló el viento al Sur, y, si bien la temperatura se hizo más soportable, la nieve cayó en abundancia, no tardando en cubrir el suelo y en alcanzar una altura de muchos pies. Era necesario despejar diariamente los alrededores de la casa, y desembarazar el camino que conducía a la poterna, al cobertizo, al establo de los renos y a la perrera. Las excursiones fueron cada vez menos frecuentes, y fue preciso recurrir al empleo de las raquetas, o calzado propio para caminar sobre la nieve; porque, cuando ésta se endurece por efecto del frío, soporta sin ceder el peso de un hombre, presentando un sólido punto de apoyo, lo que permite caminar por su superficie sin dificultad alguna; pero cuando está blanda, sería imposible dar un paso sobre ella sin hundirse hasta las rodillas. Para evitar este grave inconveniente, recurren los indios al empleo de las raquetas.

El teniente Hobson y sus compañeros estaban acostumbrados a servirse de estos snowshoes, corriendo con la ayuda de ellos sobre la nieve blanda con la misma rapidez que un patinador sobre el hielo. Paulina Barnett habíase ya acostumbrado a esta clase de calzado, y no tardó en poder rivalizar en velocidad con sus compañeros.

Diéronse también rápidos paseos lo mismo sobre la superficie de la laguna, ya helada, que por el litoral, y aun fue posible internarse varias millas por encima de la superficie del océano, porque el hielo medía entonces un espesor de varios pies. Pero fue ésta una excursión en extremo fatigosa, porque el campo de hielo era escabroso, y había por todas parte témpanos de hielo superpuestos, formando pequeñas colinas, que era preciso contornear; más lejos, la cadena de icebergs, o, mejor dicho, el gran banco de hielo, presentaba un obstáculo infranqueable, porque su cresta se elevaba a una altura de quinientos pies. Estos icebergs, pintorescamente amontonados, resultaban magníficos. Semejaban aquí las blancas ruinas de una ciudad, con sus monumentos, columnas y murallas derribadas; allá, una región volcánica,, de superficie abrupta; un amontonamiento de témpanos formando cadenas de montañas, con su línea de vértices en forma de sierra, sus contrafuertes y valles; ¡toda una Suiza de hielo!

Algunas aves retrasadas, como petreles, alcas y urías, animaban aún aquella soledad y lanzaban estridentes gritos. Grandes osos blancos aparecían entre los montículos de hielo, confundiéndose con su deslumbradora blancura. A decir verdad, no faltaron a la viajera emociones, de las que participó su fiel Madge, que la acompañaba. ¡Qué lejos estaban ambas de las zonas tropicales de India y Australia!

Hiciéronse varias excursiones sobre aquel océano congelado, cuya espesa corteza hubiera soportado sin hundirse parques de artillería e inmensos monumentos; pero pronto aquellos paseos se hicieron tan penosos que hubo necesidad de suspenderlos en absoluto. En efecto, la temperatura descendía sensiblemente, y el menor trabajo, el menor esfuerzo producía una sofocación que casi paralizaba. La intensa blancura de la nieve atacaba también los ojos, siendo imposible soportar mucho tiempo aquella reverberación que provoca numerosos casos de ceguera entre los esquimales. Y, en fin, por un singular fenómeno debido a la refracción de los rayos luminosos, las distancias, profundidades y espesores no aparecían con sus dimensiones reales; sucediendo con frecuencia que, cuando era preciso salvar la distancia de cinco o seis pies existente entre dos témpanos, la vista no medía más que uno o dos, ocasionando esta ilusión óptica caídas muy numerosas, y de serios resultados a veces.

El 14 de octubre, el termómetro acusó 3º Fahrenheit bajo cero (16° centígrados por debajo del punto de congelación del agua), temperatura difícil de soportar, y mucho más difícil aún porque el viento soplaba con fuerza. El aire parecía hecho de agujas, y el que permaneciese fuera de la casa corría grave peligro de helarse instantáneamente, si no se lograba restablecer la circulación de la sangre en la parte atacada por medio de fricciones de nieve. Varios de los huéspedes del fuerte viéronse atacados de esta congelación súbita, entre otros Garry, Belcher y Hope; pero, friccionados a tiempo, lograron escapar del peligro.

Se comprenderá fácilmente que, en estas condiciones, todo trabajo manual resultaba imposible. Además, en esta época, los días eran extremadamente cortos. El sol sólo permanecía algunas horas encima del horizonte, sucediéndole un largo crepúsculo. Iba a comenzar la verdadera invernada, es decir, la secuestración. Las últimas aves polares habían abandonado el litoral sombrío, no quedando ya más que algunas parejas de esos halcones moteados, a quienes los indios designan con el nombre de invernantes, porque permanecen en las regiones heladas hasta que principia la noche polar, y aun estos mismos no tardarían en desaparecer.

Esto hizo que el teniente Hobson activase el establecimiento de las trampas y lazos que debían quedar tendidos para el invierno en los alrededores del cabo Bathurst.

Estas trampas consistían simplemente en pesados maderos, sostenidos por otros tres que formaban una especie de número 4, dispuestos en equilibrio inestable, de suerte que el más ligero roce provoca su caída. Eran, en gran tamaño, las mismas trampas que se emplean para coger los pájaros en el campo. La extremidad del madero horizontal se cebaba con despojos de caza, y todo animal de mediano tamaño, zorra o marta, que en ellos pusiese su garra, quedaba sin remisión aplastado. Tales son las trampas que los famosos cazadores cuya vida de aventuras ha descrito Cooper de un modo tan poético, tienden durante el invierno en un espacio que comprende con frecuencia varias millas. Por fin, quedaron establecidas unas treinta de estas trampas alrededor del fuerte Esperanza, las cuales habría que inspeccionar a intervalos no muy largos.

El 12 de noviembre acrecentóse con un nuevo miembro la pequeña colonia. La señora Mac-Nap dio a luz un robusto niño, perfectamente constituido, que fue el orgullo del maestro carpintero. Paulina Barnett fue madrina del recién nacido, a quien se impuso el nombre de Miguel Esperanza. La ceremonia del bautizo llevóse a cabo con cierta solemnidad, celebrándose en la factoría una gran fiesta en honor de aquel ser que acababa de venir al mundo más al Norte del paralelo de 70° de latitud.

Algunos días después, el 20 de noviembre, hubo de ocultarse el sol debajo del horizonte para no reaparecer antes de seis meses. ¡La noche polar había dado comienzo!.

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