Las Indias negras

Capítulo XXII

La leyenda del viejo Silfax

Seis meses después de aquellos sucesos, la boda, tan extrañamente interrumpida, de Harry Ford y Nell, se celebró en la capilla de San Gil. Después de que el reverendo Hobson hubo bendecido su unión, los jóvenes esposos, aún vestidos de negro, regresaron al cottage.

James Starr y Simon Ford, libres ya de toda inquietud, presidieron alegremente la fiesta que siguió a la ceremonia y se prolongó hasta el día siguiente.

Fue en aquellas memorables circunstancias cuando Jack Ryan, ataviado con su traje de gaitero, después de haber hinchado de aire el odre de su gaita, obtuvo el triple resultado de tocar, cantar y bailar a la vez, entre los aplausos de toda la concurrencia.

Y, al día siguiente, los trabajos de día y de fondo se reanudaron, bajo la dirección del ingeniero James Starr.

Harry y Nell fueron felices, huelga decirlo. Aquellos dos corazones, tan probados, hallaron en su unión la dicha que merecían.

En cuanto a Simon Ford, capataz honorario de la Nueva Aberfoyle, contaba con vivir lo bastante para celebrar sus bodas de oro con la buena Madge, que, por lo demás, no pedía otra cosa.

– Y después de esa, ¿por qué no otra? —decía Jack Ryan—. ¡Dos bodas de oro no serían demasiado para usted, señor Simon!

– Tienes razón, muchacho —respondió tranquilamente el viejo capataz—. ¿Qué tendría de extraño que, bajo el clima de la Nueva Aberfoyle, en este ambiente que no conoce las inclemencias del exterior, uno llegara a ser dos veces centenario?

¿Habrían de asistir algún día los habitantes de Coal-city a esa segunda ceremonia? El porvenir lo dirá.

En todo caso, un pájaro que parecía destinado a alcanzar una longevidad extraordinaria era el harfang del viejo Silfax. Seguía frecuentando el sombrío dominio. Pero, tras la muerte del anciano, aunque Nell había intentado retenerlo, había huido al cabo de unos días. Además de que la compañía de los hombres decididamente no le placía más que a su antiguo amo, parecía haber guardado una especie de rencor particular hacia Harry, como si aquel pájaro celoso hubiese reconocido y detestado siempre en él al primer raptor de Nell, a aquel a quien se la había disputado en vano en la ascensión del abismo.

Desde entonces, Nell solo volvía a verlo a largos intervalos, planeando sobre el lago Malcolm.

¿Quería volver a ver a su antigua amiga? ¿Quería sumergir sus penetrantes miradas hasta el fondo del abismo donde se había hundido Silfax?

Ambas versiones fueron admitidas, pues el harfang llegó a hacerse legendario, y le inspiró a Jack Ryan más de una fantástica historia.

Gracias a aquel alegre compañero es como aún se canta en las veladas escocesas la leyenda del pájaro del viejo Silfax, el antiguo penitente de las minas de carbón de Aberfoyle.

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