Capítulo II
Sobre la marcha
El curso de las ideas de James Starr quedó bruscamente interrumpido cuando hubo leído aquella segunda carta, contradictoria de la primera.
– ¿Qué quiere decir esto? —se preguntó.
James Starr tomó de nuevo el sobre medio rasgado. Llevaba, igual que el otro, el matasellos de la oficina de correos de Aberfoyle. Había salido, pues, de aquel mismo punto del condado de Stirling. No era el viejo minero quien la había escrito, -- evidentemente. Pero, no menos evidentemente, el autor de aquella segunda carta conocía el secreto del capataz, puesto que anulaba formalmente la invitación hecha al ingeniero de acudir al pozo Yarrow.
¿Era, pues, cierto que aquella primera comunicación había quedado ahora sin objeto? ¿Se quería impedir que James Starr se molestara, ya fuera inútil, ya útilmente? ¿No habría en ello, más bien, una intención malévola de contrariar los planes de Simon Ford?
Esto fue lo que pensó James Starr, tras madura reflexión. Aquella contradicción existente entre las dos cartas no hizo sino despertar en él un deseo aún más vivo de acudir a la mina Dochart. Además, si en todo aquello no había más que una broma, mejor era asegurarse. Pero a James Starr le parecía que convenía dar más crédito a la primera carta que a la segunda, -- es decir, a la petición de un hombre como Simon Ford antes que a la advertencia de su anónimo contradictor.
– En verdad —se dijo—, puesto que se pretende influir en mi resolución, es que la comunicación de Simon Ford debe de tener una extrema importancia. ¡Mañana estaré en la cita señalada y a la hora convenida!
Llegada la noche, James Starr hizo sus preparativos de viaje. Como podía suceder que su ausencia se prolongara algunos días, avisó, por carta, a sir W. Elphiston, presidente de la «Royal Institution», de que no podría asistir a la próxima sesión de la Sociedad. Se desligó también de dos o tres asuntos que debían ocuparlo durante la semana. Luego, tras ordenar a su criado que preparase un saco de viaje, se acostó, más impresionado quizá de lo que el asunto merecía.
Al día siguiente, a las cinco, James Starr saltaba de la cama, se vestía con ropa de abrigo -- pues caía una lluvia fría --, y salía de su casa de Canongate para ir a tomar en Granton-pier el vapor que, en tres horas, remonta el Forth hasta Stirling.
Por primera vez, quizá, James Starr, al atravesar Canongate 1, no se volvió a mirar Holyrood, aquel palacio de los antiguos soberanos de Escocia. No advirtió, ante su poterna, a los centinelas revestidos del antiguo traje escocés, falda de paño verde, plaid a cuadros y morral de piel de cabra de largos pelos colgando sobre el muslo. Aunque era un fanático de Walter Scott, como lo es todo verdadero hijo de la vieja Caledonia, el ingeniero, cosa que nunca dejaba de hacer, ni siquiera echó una ojeada a la posada donde se alojó Waverley, y en la que el sastre le llevó aquel famoso traje de tartán de guerra que tan ingenuamente admiraba la viuda Flockhart. Tampoco saludó a la pequeña plaza donde los montañeses descargaron sus fusiles, tras la victoria del Pretendiente, a riesgo de matar a Flora Mac Ivor. El reloj de la prisión tendía en medio de la calle su esfera desolada: no la miró más que para asegurarse de que no perdería la hora de la salida. Debe confesarse también que no entrevió en Netherbow la casa del gran reformador John Knox, el único hombre a quien no pudieron seducir las sonrisas de María Estuardo. Pero, tomando por High Street, la calle popular, tan minuciosamente descrita en la novela de El Abad, se lanzó hacia el gigantesco puente de Bridge Street, que une las tres colinas de Edimburgo.
Pocos minutos después, James Starr llegaba a la estación del «General Railway», y el tren lo dejaba, media hora más tarde, en Newhaven, bonito pueblo de pescadores situado a un kilómetro y medio de Leith, que forma el puerto de Edimburgo. La marea creciente cubría entonces la playa negruzca y pedregosa del litoral. Las primeras olas bañaban una estacada, especie de embarcadero sostenido por cadenas. A la izquierda, uno de esos barcos que hacen el servicio del Forth, entre Edimburgo y Stirling, estaba amarrado al «pier» de Granton.
En aquel momento, la chimenea del Príncipe de Gales vomitaba torbellinos de humo negro, y su caldera roncaba sordamente. Al son de la campana, que solo dio unos cuantos toques, los viajeros rezagados se apresuraron a acudir. Había allí una multitud de comerciantes, de granjeros, de pastores, estos últimos reconocibles por sus calzones cortos, sus largas levitas y el fino ribete blanco que ceñía su cuello.
James Starr no fue el último en embarcar. Saltó ágilmente a la cubierta del Príncipe de Gales. Aunque la lluvia caía con violencia, ninguno de aquellos pasajeros pensaba en buscar refugio en el salón del vapor. Todos permanecían inmóviles, envueltos en sus mantas de viaje, algunos reanimándose de cuando en cuando con la ginebra o el whisky de su frasco, -- lo que ellos llaman «vestirse por dentro». Se oyó un último toque de campana, se largaron las amarras, y el Príncipe de Gales maniobró para salir de la pequeña dársena que lo resguardaba de las olas del mar del Norte.
El Firth of Forth, tal es el nombre que se da al golfo abierto entre las orillas del condado de Fife, al norte, y las de los condados de Linlithgow, Edimburgo y Haddington, al sur. Forma el estuario del Forth, río de escasa importancia, especie de Támesis o de Mersey de aguas profundas, que, tras descender de las vertientes occidentales del Ben Lomond, desemboca en el mar en Kincardine.
No habría sido más que una breve travesía la de Granton-pier hasta el extremo de aquel golfo, si la necesidad de hacer escala en las diversas estaciones de ambas orillas no obligara a numerosos rodeos. Las ciudades, los pueblos, los cottages se extienden por las orillas del Forth entre los árboles de una campiña fértil. James Starr, resguardado bajo la ancha pasarela tendida entre los tambores de las ruedas, no trataba de ver nada de aquel paisaje, entonces rayado por las finas líneas oblicuas de la lluvia. Se preocupaba más bien de observar si no llamaba especialmente la atención de algún pasajero. Quizá, en efecto, el autor anónimo de la segunda carta se encontraba a bordo. Sin embargo, el ingeniero no logró sorprender ninguna mirada sospechosa.
El Príncipe de Gales, al salir de Granton-pier, se dirigió hacia el estrecho paso que se desliza entre las dos puntas de South Queensferry y North Queensferry, más allá del cual el Forth forma una especie de lago, navegable para buques de cien toneladas. Entre las brumas del fondo aparecían, en breves claros, las cumbres nevadas de los montes Grampianos.
Pronto, el vapor perdió de vista el pueblo de Aberdour, la isla de Colm, coronada por las ruinas de un monasterio del siglo XII, los restos del castillo de Barnbougle, luego Donibristle, donde fue asesinado el yerno del regente Murray, y después el islote fortificado de Garvie. Franqueó el estrecho de Queensferry, dejó a la izquierda el castillo de Rosyth, donde residió antaño una rama de los Estuardo con la que estaba emparentada la madre de Cromwell, pasó ante el castillo de Blackness, todavía fortificado conforme a uno de los artículos del tratado de la Unión, y costeó los muelles del pequeño puerto de Charleston, desde donde se exporta la cal de las canteras de lord Elgin. Por fin, la campana del Príncipe de Gales anunció la estación de Crombie Point.
El tiempo era entonces muy malo. La lluvia, azotada por una brisa violenta, se pulverizaba en medio de aquellas rugientes rachas, que pasaban como trombas.
James Starr no dejaba de sentir cierta inquietud. ¿Se encontraría el hijo de Simon Ford en la cita? Lo sabía por experiencia: los mineros, habituados a la profunda calma de las hulleras, afrontan de peor grado que los obreros o los labradores esas grandes turbulencias de la atmósfera. De Callander a la mina Dochart y al pozo Yarrow había que contar una distancia de seis kilómetros y medio. Estas eran razones que podían, en cierta medida, retrasar al hijo del viejo capataz. Sin embargo, al ingeniero le preocupaba más la idea de que la cita dada en la primera carta hubiera sido anulada en la segunda. -- Esa era, a decir verdad, su mayor inquietud.
En todo caso, si Harry Ford no se hallaba a la llegada del tren a Callander, James Starr estaba bien decidido a dirigirse solo a la mina Dochart, e incluso, si era preciso, hasta el pueblo de Aberfoyle. Allí tendría sin duda noticias de Simon Ford, y sabría en qué lugar residía actualmente el viejo capataz.
Sin embargo, el Príncipe de Gales seguía levantando gruesas olas bajo el empuje de sus paletas. No se veía nada de las dos orillas del río, ni del pueblo de Crombie, ni Torryburn, ni Torryhouse, ni Newmills, ni Carridenhouse, ni Kirkgrange, ni Salt-Pans, a la derecha. El pequeño puerto de Bowness, el puerto de Grangemouth, abierto en la desembocadura del canal del Clyde, desaparecían en la húmeda bruma. Culross, el viejo burgo y las ruinas de su abadía cisterciense, Kincardine y sus astilleros, donde el vapor hizo escala, Airth Castle y su torre cuadrada del siglo XIII, Clackmannan y su castillo, construido por Robert Bruce, ni siquiera eran visibles a través de las rayas oblicuas de la lluvia.
El Príncipe de Gales se detuvo en el embarcadero de Alloa para dejar a algunos viajeros. A James Starr se le encogió el corazón al pasar, tras diez años de ausencia, cerca de aquella pequeña ciudad, sede de explotación de importantes hulleras que seguían alimentando a una numerosa población de trabajadores. Su imaginación lo arrastraba hacia aquel subsuelo, que el pico de los mineros seguía excavando con gran provecho. ¡Aquellas minas de Alloa, casi contiguas a las de Aberfoyle, continuaban enriqueciendo el condado, mientras que los yacimientos vecinos, agotados desde hacía tantos años, ya no contaban con un solo obrero!
El vapor, al salir de Alloa, se internó en los numerosos meandros que traza el Forth a lo largo de treinta kilómetros. Avanzaba rápidamente entre los grandes árboles de ambas orillas. Por un instante, en un claro, aparecieron las ruinas de la abadía de Cambuskenneth, que data del siglo XII. Luego llegaron el castillo de Stirling y el burgo real de ese mismo nombre, donde el Forth, cruzado por dos puentes, deja de ser navegable para los buques de alta arboladura.
Apenas había atracado el Príncipe de Gales cuando el ingeniero saltaba ágilmente al muelle. Cinco minutos después llegaba a la estación de Stirling. Una hora más tarde, se apeaba del tren en Callander, gran pueblo situado en la orilla izquierda del Teith.
Allí, delante de la estación, esperaba un joven, que avanzó de inmediato hacia el ingeniero.
Era Harry, el hijo de Simon Ford.
Anmerkungen
- Calle principal y célebre del viejo Edimburgo. ↩