Familia sin nombre · Parte 1
III
UN NOTARIO DE RAZA HURONA
Grandes eran los motivos que obligaron al gobernador general, a sir John Colborne, al ministro de Policía y al coronel Gore a conferenciar en el palacio de Quebec, en vista de las medidas que urgía tomar para reprimir la turbulencia de los patriotas.
En efecto; una terrible insurrección iba muy pronto a sublevar la población francocanadiense.
Pero si lord Gosford y sus amigos se preocupaban, y con razón, de lo que podía suceder, esto no parecía turbar en lo más mínimo a un joven que en la mañana del 3 de Septiembre despachaba en el bufete del Sr. Nick, notario, Plaza del Mercado del Buen Socorro, en Montreal.
Despachar no es tal vez la palabra adecuada al absorbente trabajo a que se hallaba entregado en aquel momento (nueve de la mañana) el segundo pasante Lionel Restigouche, cuya veloz pluma iba dejando en pos de sí una serie de líneas desiguales y de letra muy menuda, que no es parecía en nada a la que se usa en las actas notariales. En algunos momentos, cuando la mano de Lionel descansaba para, fijar alguna idea indecisa, su mirada se dirigía vagamente por la entreabierta ventana hacia la columna levantada en medio de la plaza de Santiago Cartier, en honor de almirante Nelson. Sus ojos se animaban entonces, su frente se ponía radiante y su pluma empezaba de nuevo a correr sobre el papel, mientras que movía ligeramente la cabeza, como si hubiera llevado el compás bajo la influencia de un ritmo regular.
Lionel, tenía apenas diecisiete años; su cara, casi femenil todavía, de tipo enteramente francés, era encantadora, con sus cabellos rubios, algo largos tal vez, y unos ojos azules cómo el agua de los grandes lagos canadienses.
No tenía ni padre ni madre, pero puede decirse que el Sr. Nick le servía de ambos, pues este estimable notario le quería como si fuera hijo suyo. Lionel se hallaba solo en el bufete.
En aquella hora los demás empleados estaban ocupados en varias diligencias fuera de la casa, y ningún cliente se había presentado todavía, a pesar de que el estudio del Sr. Nick era uno de los más frecuentados de la ciudad.
Así es que Lionel, casi seguro de que no vendrían incomodarle, estaba muy tranquilo, y acababa de adornar su nombre con una magnífica rúbrica debajo del último renglón, cuando oyó que le interpelaban:
-¡Eh! ¿Qué haces ahí, muchacho?
Era el Sr. Nick, a quien el joven pasante no había oído llegar, absorto como estaba en su trabajo de contrabando.
El primer movimiento de Lionel fue el de abrir la cartera que tenía delante para deslizar en ella el papel de que se trata; pero el notario se apoderó con presteza del pliego sospechoso, contra la voluntad del muchacho, que procuraba en vano recuperarlo.
-¿Qué es esto, Lionel? preguntó; una minuta... una copia de contrato...
-Sr. Nick, creed que...
El notario se puso las gafas, y con el ceño arrugado recorrió la hoja de papel con aire estupefacto.
-¡Qué es lo que veo! exclamó. Renglones desiguales... blanco por un lado... blanco por el otro... ¡Tanta tinta desperdiciada y tan buen papel gastado sin provecho en márgenes inútiles¡
-Sr. Nick, respondió Lionel ruborizándose hasta las orejas; esto se me ha ocurrido... por casualidad.
-¿Qué es lo que se te ha ocurrido por casualidad?
-Esos versos.
-¡Versos!... ¿Haces versos ahora? ¿No basta acaso la prosa para redactar un acta?
-Es que no se trata de un acta, señor Nick.
-¿De qué se trata, pues?
-De una poesía que he escrito para el concurso de la Lira Amical.
-¡La Lira Amical! exclamó el notario. ¿Imaginas acaso, Lionel, que es para figurar en el concurso de esa Sociedad parnásica, o de otra cualquiera, por lo que te he admitido en mi estudio? ¿Es para que te entregues a tus ardores poéticos por lo que te he nombrado mi segundo pasante? Entonces, tanto vale que pases el tiempo remando en una canoa en el San Lorenzo, o que pasees como un dandy por las calles de Montreal o por el parque de Santa Elena. ¡Vaya, vaya! ¡Un poeta en el Notariado! ¡Una cabeza de pasante con una aureola! Esto es lo bastante para que huyan todos los clientes.
-No os enfadéis, Sr. Nick, respondió Lionel con tono de pesadumbre. ¡Si supierais qué bien se acomoda la poesía con nuestro melodioso idioma francés, que tanto se presta al ritmo, a las cadencias a la armonía!... Nuestros poetas Lemay Elzear Labelle, Francisco Mons, Chapemann, Octavio Cremazie...
-Los Sres. Cremazie, Chapemann, Labelle, Lemay, no ocupan, que yo sepa, el importante puesto de segundo pasante, n tienen, además de casa y mesa, un sueldo de seis piastras mensuales, pagadas por mí, añadió el Sr. Nick. Tam-poco tienen que redactar contratos de venta ni testamentos, y, por consiguiente, pueden hacer versos a su antojo.
-Sr. Nick, una vez no es costumbre...
-Pues bien, sea... por una vez; ¿has querido ganar el premio de la Lira Amical?
-He tenido, es verdad, esa loca presunción, Sr. Nick.
-¿Y puedo saber el asunto de que trata tu poesía? Será sin duda alguna invocación ditirámbica a Tabellionoppe, la musa del perfecto notario.
-¡Oh! exclamó el joven, protestando con un gesto.
-Vamos a ver; ¿cómo se llama esa máquina de asonantes y consonantes?
-¡El fuego fatuo!
-¡El fuego fatuo exclamó el Sr. Nick. ¿Diriges tus versos a los fuegos fatuos?
Y sin duda el notario iba a combatir los djinns, los elfes, los brownies, los trasgos, los duendes, las ondinas y todas las poéticas figuras de la mitología escandinava, cuando el cartero llamó a la puerta y apareció en el umbral.
-¡Ah, sois vos, amigo mío¡ dijo el señor Nick: os había tomado por un fuego fatuo.
-¡Un fuego fatuo, Sr. Nick! respondió el cartero. ¿Me parezco acaso a...?
-No, no; os parecéis a un cartero que me trae una carta.
-Aquí está, Sr. Nick.
-Gracias, amigo.
El cartero se retiró en el momento en que el notario, viendo el sobre de la carta, la abría con viveza.
Lionel pudo entonces recuperar su pliego de papel, y, doblándolo, se lo metió en el bolsillo.
El notario leyó la carta con extremada atención, y después volvió el sobre para mirar el timbre y la fecha de salida. Llevaba el sello de San Carlos, pequeña población del con-dado de Verchères, y la fecha del 2 de Septiembre, es decir, la víspera. Después de reflexionar algunos instantes, el notario empezó de nuevo su filípica contra los poetas:
-¡Ah! Haces sacrificios a las musas, Lionel... Pues bien; para castigarte, vas a acompañarme a Laval, y tendrás tiempo, durante el viaje, de hilvanar versos.
-¿Hilvanar, Sr. Nick?
-Es necesario que dentro de una hora nos hallemos en camino, y si encontramos fuegos fatuos en el llano, les dirigirás toda clase de cumplidos.
Diciendo estas palabras, el notario entró en su despacho particular, mientras que Lionel se preparaba para aquella corta excursión, que no le desagradaba, pensando que llegaría tal vez a inspirar a su principal ideas más justas acerca de la poesía en general y de los hijos de Apolo, aun cuando éstos sean pasantes de notario.
El Sr. Nick era en el fondo un hombre excelente, muy apreciado por la seguridad de su juicio y el valor de sus consejos. Su amable fisonomía; su cara larga y casi siempre risueña; su cabeza adornada de un cabello muy rizado, negro en otro tiempo y blanco en el presente; sus ojos grises, llenos de alegría; su boca, que dejaba ver una magnífica dentadura; sus labios sonrientes, sus maneras afables, y, en fin, su constante buen humor, hacían de él una personalidad en extremo simpática.
Un detalle que es menester tener en cuenta: debajo del cutis bronceado y hasta rojizo del Sr. Nick, se adivinaba que la sangre india corría por sus venas.
Así era, en efecto, y el notario no lo ocultaba.
Descendía de los más antiguos pueblos del país, de aquellos que poseían el suelo antes de que los europeos hubiesen atravesado el Océano para conquistarlo. En aquella época, muchos casamientos se contrajeron entre la raza francesa y la indígena. Los Saint-Castin, los Enaud, los Nepisigny, los Entremont y otros formaron ramas nuevas, y hasta se hicieron soberanos de algunas tribus salvajes.
Así, pues, el notario, Nick era hurón por sus antepasados, es decir, que pertenecía a una de las cuatro grandes familias de la rama india; y aun cuando tenía derecho a llevar el nombre retumbante de Nicolás Sagamore, se le llamaba más frecuentemente Nick. Se contentaba con éste, y no valía menos por ello.
Se sabía, además, que su raza no estaba extinguida, y, en efecto, uno de sus innumerables primos, jefe de Pieles Rojas, reinaba en una de las tribus huronas, establecida al Norte del condado de Laprairie, al Oeste del distrito de Montreal.
No hay por qué admirarse si esta particularidad se encuentra todavía en el Canadá. Últimamente vivía en Quebec un honrado notario que, por su nacimiento, tenía el derecho de blandir el tomahawl y de lanzar el grito de guerra a la cabeza de una partida de iroqueses. Felizmente el Sr. Nick no pertenecía a esta tribu de pérfidos indios que las más de las veces hicieron alianza con los opresores; si hubiera sido así, lo habría ocultado cuidadosamente. Pero no; pertenecía a la raza de aquellos hurones que fueron siempre amigos de los franco-canadienses, no teniendo, pues, que ruborizarse por su origen.
El joven Lionel estaba orgulloso de vivir al lado de su principal, retoño de los grandes jefes del Norte de América, y no esperaba más que una ocasión para celebrarlo en sus versos.
No siendo ni franco-canadiense ni anglo-americano, el Sr. Nick había observado siempre, en Montreal, una prudente neutralidad entre ambos partidos políticos. Todos lo estimaban y recurrían a sus buenos consejos, que no rehusaba a nadie. Es preciso, creer, sin embargo, que los instintos característicos de su sangre se habían modificado en él, pues hasta aquella época jamás había sentido despertarse en su corazón el ardor guerrero de los de su raza.
No era más que notario, un perfecto notario, plácido y conciliador; además, no parecía haber experimentado nunca el deseo de perpetuar el nombre de los Sagamores, puesto que no se había casado, ni pensaba hacerlo.
Según hemos manifestado ya, el señor Nick se preparaba a partir en compañía de su segundo pasante para un viaje bastante corto, puesto que su anciana sirvienta Dolly recibió la orden de esperarlo para la hora de comer. La ciudad de Montreal está edificada en la costa meridional de una de las islas del San Lorenzo, que tiene una longitud de diez a once leguas, por cinco o seis de latitud, y que ocupa una vasta extensión formada por un ensanche del río Outaouais. En dicho sitio fue en donde Santiago Cartier descubrió la población india de Hochelaga, que en 1640 fue concedida por el rey de Francia a la congregación de San Sulpicio.
La ciudad, que tomó su nombre del Monte Real que la domina, está situada en una posición muy favorable para el desarrollo de su comercio, y contaba ya más de 6.000 habitantes en el año 1760.
Se extiende al pie de una pintoresca colina, de la que han hecho un parque magnífico, y que participa, con otro formado en el islote de Santa Elena, de la ventaja de atraer gran número de paseantes.
Un soberbio puente tubular, de tres kilómetros de largo, que no existía en 1837, une ahora la ciudad con la orilla derecha del río.
Montreal se ha hecho una gran ciudad, de aspecto más moderno que Quebec, y, por lo tanto, menos pintoresca.
Se pueden visitar con algún interés las dos catedrales, la anglicana y la católica, el Banco, la Bolsa, el hospital general, el teatro, el convento de Nuestra Señora, la Universidad protestante de Mac-Gill y el Seminario de San Sulpicio. Pero esta ciudad no es demasiado grande para los ciento cuarenta mil habitantes que se albergan en ella, y entre los que el elemento sajón forma sólo una tercera parte; proporción bastante elevada si se la compara a la de las demás villas canadienses.
Al Oeste se encuentra el barrio inglés o escocés, que los habitantes del país llaman las falditas; al Este, el barrio francés. Ambas razas tenían entra sí muy poco trato, pues en 1837 el comercio, la industria y la banca eran monopolio de banqueros, industriales o comerciantes de origen británico.
La magnífica vía fluvial que presenta el San Lorenzo asegura la prosperidad de aquella hermosa ciudad, la que pone en comunicación, no solamente con los diferentes condados del Canadá, sino también con Europa, sin que sea necesario embarcarse en Nueva York, en provecho de los buques del antiguo continente.
A semejanza de los ricos negociantes de Londres, los de la población de que nos ocupamos separan la habitación de la familia de la casa de comercio, y cuando acaban su trabajo se dirigen hacia los barrios del Norte por las pendientes del Monte Real y de la avenida circular que rodea su base. Allí se elevan casas particulares, que parecen palacios, y hermosísimos hoteles en medio de jardines.
Fuera de estos barrios opulentos, los irlandeses están, si así puede decirse, confinados en su Gheto de Santa Ana, situado en la desembocadura del canal de Lachine, en la orilla derecha del San Lorenzo.
El Sr. Nick poseía una buena fortuna, y hubiera podido retirarse todas las noches, como lo hacen las notabilidades comerciales, a una de aquellas aristocráticas moradas de la villa alta, debajo de los frondosos árboles de San Antonio. Pero era de esos notarios de antigua raza, cuyo horizonte se limita por las paredes de su estudio y que justifican el nombre de guardanotas, vigilando día y noche los contratos, minutas y papeles de familia confiados a sus cuidados.
El descendiente de los Sagamores vivía, pues, en su antigua casa de la plaza del Mercado del Buen Socorro. De allí salió, en la mañana del 3 de Septiembre, con su segundo pasante para ir a tomar el coche que hacía el servicio de Montreal a la isla Jesús, separadas por uno de los brazos intermedios del San Lorenzo.
En primer lugar, el notario se fue al Banco, por anchas calles llenas de lujosas tiendas y esmeradamente cuidadas por los ediles montrealeses.
Llegado que hubo delante del edificio, dijo a Lionel que lo esperara, entró en la sala de la caja central, volvió un cuarto de hora después, y se dirigió hacia la oficina del coche público.
Este era una de esas vagonetas de dos caballos que se llaman buggies en lenguaje canadiense. Esta especie de vehículos, suspendidos sobre buenos muelles, tienen el movimiento bastante suave, están construidos con mucha solidez para resistir la dureza de los caminos, y cabe en ellos media docena de viajeros.
-¡Ah! ¡Es el Sr. Nick! exclamó el conductor del coche, divisando al notario, que siempre y en todas partes era bien acogido.
-Yo mismo, acompañado de mi pasante, respondió el descendiente de los hurones, con el tono de buen humor peculiar en él.
-¿Estáis bueno, Sr. Nick?
-Sí, Tom, es de desear que gocéis tan buena salud como yo, porque así no os arruinaréis comprando medicamentos...
-Ni tendré que pagar al médico, respondió Tom.
-¿Cuándo partimos? preguntó el notario.
-Al instante.
-¿Hay otros viajeros más que nosotros?
-Todavía no, replicó Tom; pero tal vez venga alguno en el último momento...
-Así lo deseo, Tom, porque me gusta hablar durante el viaje, y para esto es indispensable tener compañía.
Sin embargo, parecía probable que los deseos del Sr. Nick no se verían cumplidos por esta vez, pues los caballos estaban enganchados, Tom hacía chasquear su látigo y nadie se presentaba para ocupar los asientos vacíos.
El notario se sentó en el fondo del vehículo al lado de Lionel. Tom echó una última mirada arriba y abajo de la calle, montó después en el pescante, recogió las riendas, y arreando a los caballos, el coche echó a andar en el momento que algunas personas que pasaban y conocían al Sr. Nick (¡quién no conocía a aquel hombre excelente!) le deseaban un feliz viaje, a lo que respondió saludando con la mano.
El mayoral guió hacia los barrios altos en dirección al Monte Real; el notario miraba a diestra y siniestra con tanta atención como Tom, aunque con diferente motivo; pero parecía que aquel día nadie tenía necesidad de ir al Norte de la isla ni de conversar con el Sr. Nick. No; Ni siquiera se presentaba un solo compañero de viaje, y, sain embargo, el coche había llegado al paseo circular, desierto todavía a aquella hora, entrando en él al trote de los caballos.
En aquel momento, un individuo avanzó hacia el vehículo, haciendo señas a cochero para que detuviera los caballos.
-¿Tenéis algún asiento desocupado? preguntó.
-Uno y tret también, respondió Tom, que, según su costumbre, dio a este diptongo la pronunciación canadiense, como hubiera podido decir: il fait-fret, por hace frío.
El nuevo viajero tomó asiento en el banco enfrente de Lionel, después de saludar al Sr. Nick y a su pasante. El coche echó a andar de nuevo, y algunos minutos después dio la vuelta al Monte Real, y desaparecieron a la vista los tejados de hierro estañado de las casas de la ciudad, que resplandecían al sol como otros tantos espejos plateados.
El notario vio con gran satisfacción que el recién llegado se sentara frente a él; porque podría, por lo menos, distraerse durante las cuatro leguas que separan. Montreal del brazo superior del San Lorenzo. Pero parecía que el viajero no estaba de humor de hablar, porque después de haber mirado con alguna atención al notario y a Lionel, se recostó en su rincón, y con los ojos medio cerrados, parecía absorberse en sus reflexiones.
Era un joven de unos veintinueve años apenas. Su talle esbelto, su enérgica fisonomía, su cuerpo lleno de vigor, su resuelta mirada, sus varoniles facciones y su frente despejada, rodeada de negro cabello, hacían de él el más cumplido y hermoso tipo de la raza franco-canadiense.
¿Quién era? ¿De dónde venía?
El Sr. Nick, que conocía a todo el mundo, no le había visto jamás, y, sin embargo, examinándole con alguna detención, le pareció que aquel joven, a pesar de que estaba ahora en la primavera de su vida, había debido pasar por duras pruebas y se había criado en la escuela de la desgracia.
Bastaba ver su traje para conocer que pertenecía al partido que luchaba por la independencia nacional, pues vestía, poco más o menos, como aquellos intrépidos aventureros, a los que dan todavía el nombre de corredores de los bosques. Llevaba en la cabeza la tuque azul, y su traje se componía de una especie de capote cruzado sobre el pecho, de un pantalón de una tela gris muy basta, sujeto a la cintura por una faja encarnada, productos todos del país.
Nuestros lectores no habrán olvidado que el uso de esas telas indígenas equivalía a una protesta política, puesto que excluía los productos fabriles importados de Inglaterra. Era una de las mil maneras que tenían los patriotas de desafiar la autoridad metropolitana, y este ejemplo databa de muy atrás.
En efecto, ciento cincuenta años antes, los habitantes de Boston, para demostrar su odio a la Gran Bretaña, prohibieron el uso del té. Lo mismo que éstos, los canadienses no querían aprovecharse de ningún producto que fuese fabricado en el Reino Unido, para diferenciarse de los leales.
En cuanto al Sr. Nick, como neutral, llevaba una levita de procedencia inglesa y un pantalón fabricado en el país; pero en el patriótico traje de Lionel no había entrado un solo hilo que no hubiera sido hilado en el territorio por cuya independencia tantos en aquel momento suspiraban. El coche corría con bastante rapidez por aquel suelo asaz desigual de las llanuras que se desarrollan a través de la isla de Montreal hasta el curso del San Lorenzo. El tiempo parecía muy largo al Sr. Nick, tan locuaz por naturaleza; y como el desconocido no parecía dispuesto a tomar la palabra, el notario no tuvo más remedio que contentarse con hablar con Lionel, esperando que su compañero de viaje concluiría por mezclarse en la conversación.
-¡Vamos, Lionel, dijo, ¿y ese fuego fatuo?
-¿Qué fuego fatuo?... respondió el joven pasante.
-Por más que me canse la vista, no veo rastro de él en la llanura.
-Porque es de día, Sr. Nick, contestó Lionel, muy decidido a responder en tono de chanza.
-Puede ser que cantando la antigua copla de antaño: ¡Vamos, alegría, compadre trasgo! ¡Vamos, alegría, querido vecino!...
Pero no, el compadre no responde. A propósito, Lionel: ¿conoces tú el medio de librarse de las diabluras de los fuegos fatuos?
-Sí, señor; basta preguntarles cuál es la fecha de Navidad, y como la ignoran, hay tiempo de huir mientras buscan una respuesta.
-Veo que estás al corriente de las tradiciones. Pues bien; mientras que uno de ellos nos intercepta el camino, si hablásemos algo del que tienes escondido en el bolsillo...
Lionel se ruborizó.
-¡Queréis, Sr. Nick!... replicó.
-Sí, muchacho, quiero que me lo leas; esto nos entretendrá un rato.
Y dirigiéndose al taciturno viajero:
-¿No os incomodará oír leer versos, caballero? preguntó sonriendo.
-De ningún modo, respondió el joven.
-Se trata de una poesía que mi pasante ha hecho para tomar parte en el concurso de la Lira Amical. Estos muchachos no dudan de nada... Vamos, joven poeta, ensaya tu pieza, como dicen los artilleros.
Lionel, muy satisfecho por tener un oyente que acaso fuera más tolerante que el notario, sacó el pliego azulado de su bolsillo y leyó lo que sigue:
“EL FUEGO FATUO. Este fuego impalpable y caprichoso, -que en tinieblas se presenta y luce, -y que en las sombras de la noche, -ni en el mar ni en la arena, -deja detrás de él rastro alguno.
“Este fuego que súbito se apaga, -es rojo, es blancuzco o es morado. -Para saber qué cosa fuera, -preciso sería de él apoderarse. -¿Cómo coger un fuego fatuo?”
-Sí, dijo el Sr. Nick, alcánzale y aprisiónale en una jaula. Continúa, Lionel.
“Se afirma (¿será como se cree?) que es hidrógeno del suelo. -Mas quiero creer que en su vuelo-viene de una lejana estrella, “de Vega, de la Lira o de Algo!”
-Lo que más te acomode, muchacho, dijo el notario con un movimiento de cabeza. Eso es cosa tuya.
Lionel prosiguió:
“¿No será más bien el aliento-de un silfo, de un trasgo o de un genio-que brilla, vuela y se apaga-cuando se despierta la naturaleza-con los rayos Alegres del astro matutino?
¿O la luz de la linterna-del alto espectro que va a sentarse-en el tejado de rastrojo del lagar,-cuando la luna, pálida y opaca-sale al horizonte por la noche?
¿O tal vez el alma luminosa-de una loca que va buscando-la paz fuera del mundo malo,-y pasa como una espigadora-que nada encuentra en el campo?”
-¡Perfecto! exclamó el Sr. Nick. ¿Has concluido ya con tus descriptivas comparaciones?
-¡Oh! no, señor, respondió el joven pasante.
Y continuó en estos términos: “¿Será un efecto de espejismo-producido por el movimiento del aire.-En el horizonte ya menos claro,-o al final de una tormenta,-la luz de un último relámpago?” ¿Será la luz de un bólido,-de un meteoro icario,-que en su curso aéreo era luminoso y sólido,-y del que nada queda ya? ¿O en los campos en que alumbra-los surcos con pálido reflejo,-algún misterioso rayo-caído de una aurora polar, como nocturna mariposa?”
-¿Qué os parece todo éste galimatías de trovador, caballero? preguntó el notario a su compañero de viaje.
-Que vuestro joven pasante no carece de imaginación, y que tengo curiosidad por saber a lo que podrá comparar todavía su fuego fatuo.
-Continúa, pues, Lionel. Éste, que se ruborizó algún tanto por el cumplido del desconocido, prosiguió con voz vibrante: “¿Sería, acaso, en esas horas fúnebres -en que los vivos duermen cansados,-el pabellón de arrugados pliegues-que aquí abajo-el ángel de tinieblas-enarbola en nombre de los difuntos?”
-¡Brrr...! hizo el Sr. Nick. “¿O en medio de las noches sombrías, -cuando el momento ha llegado,-será la señal convenida-que la tierra, del seno de las sombras,-envía al cielo hacia lo desconocido?” “Y que, como un fuego de marea,-a los espíritus que se agitan a través-de los vagos espacios abiertos,-indica la celeste entrada-de los puertos del inmenso universo?
-¡Bien, joven poeta! dijo el viajero.
-Sí, no está del todo mal, añadió el señor Nick. ¿De dónde sacas tú todo esto?... ¿Pero supongo que ya has concluido?
-Todavía no, respondió Lionel, que prosiguió con voz cada vez más acentuada: “Pero si es el amor, ¡oh niña!-que le mueve a lo lejos ante tu vista,-déjale solo entregado a su placer; guarda tu corazón. Ese fuego brilla,-brilla mucho, pero no quema.”
-¡Burladas las muchachas! exclamó el notario. Mucho me hubiera sorprendido que no se hablara algo de amor en estos acordes anacreónticos. Después de todo, es cosa propia de su edad. ¿No sois de mi parecer, caballero?
-En un todo, respondió el desconocido, e imagino que... El joven interrumpió la frase viendo a un grupo de hombres apostados en la orilla del camino, y a uno de éstos que hacía señas al cochero para que se detuviera. Éste paró los caballos, y aquellos se acercaron al coche.
-Me parece que es el Sr. Nick, dijo uno de aquellos individuos, descubriéndose con cortesía.
-Y vos sois el Sr. Rip, respondió el notario, que añadió por lo bajo: ¡Demonio, desconfiemos! Felizmente para él, ni el Sr. Nick, ni su pasante, ni tam-poco el jefe de la Agencia, notaron la súbita transformación que sufrió la fisonomía del desconocido cuando oyó pronunciar el nombre de Rip. Su cara palideció, no con la palidez del espanto, sino por el horror; visiblemente tuvo el pensamiento de echarse sobre el agente...; pero habiendo vuelto la cabeza, llegó a dominarse.
-¿Os dirigís a Laval, señor notario? repuso Rip.
-Así es, en efecto, Sr. Rip; voy allá para unos asuntos que me detendrán algunas horas, y espero estar de vuelta en Montreal esta misma noche.
-Como más os convenga.
-¿Y qué hacéis por aquí? preguntó el notario. ¿Vigiláis siempre por cuenta del Gobierno? ¡Cuántos malhechores habréis preso ya! Pero ¡bah! por más que se encierren muchos, es semilla que se multiplica, como las malas hierbas. En verdad, mejor sería que se hiciesen hombres de bien.
-Tenéis razón, Sr. Nick; pero carecen de vocación para ello.
-¡La vocación! Siempre os gusta bromear, Sr. Rip. ¡Estáis sobre la pista de algún criminal?
-Criminal para unos, héroe para los demás, respondió el agente. Eso depende del modo de mirar las cosas.
-¿Qué queréis decir?
-Que han notado en la isla la presencia de ese famoso Juan -Sin-Nombre...
-¡Ah, ah! Sí, los patriotas, en efecto, lo califican de héroe, y no sin motivo; mas según parece, Su Graciosa Majestad no es de esa opinión, puesto que el ministro Gilberto Argall os ha encargado de buscarlo.
-Así es Sr. Nick.
-¿Y decís que ese misterioso revolucionario ha sido visto en la isla Montreal?
-Así lo pretenden, por lo menos, contestó Rip; pero empiezo a dudar de ello.
-¡Oh! Si es verdad que haya venido, debe haberse ido ya, replicó el notario, o no estará mucho tiempo. ¡Juan-Sin-Nombre no es fácil de prender!
-Es un verdadero fuego fatuo, dijo el joven viajero dirigiéndose al pasante.
-¡Ah! ¡Bien! ¡Muy bien!... exclamó el Sr. Nick. ¡Saluda, Lionel, y da las gracias! A propósito, Sr. Rip, si encontráis, por casualidad, un fuego fatuo en vuestro camino, procurad cogerle para entregárselo a mi pasante, pues esa llama errante tendrá sumo gusto en oír cómo la trata un discípulo de Apolo.
-Lo haría con mil amores, Contestó Rip, si no tuviésemos que volver en seguida a Montreal, en donde tengo que recoger noticias e instrucciones.
Después, volviéndose al desconocido:
-¿El señor os acompaña?
-Hasta Laval... respondió éste.
-Adonde tengo prisa de llegar, añadió el notario. Hasta la vista, Sr. Rip, y si no me es posible desearos buena suerte en cuanto a la captura de Juan-Sin-Nombre, cosa que apesadumbraría demasiado a los patriotas, por lo menos os deseo muy buenos días.
-Y yo feliz viaje, Sr. Nick.
Los caballos partieron al trote, y Rip, con sus compañeros, desaparecieron en un recodo del camino.
Algunos instantes después, el notario decía al joven, que se había recostado de nuevo en su rincón:
-¡Sí! Es menester esperar que Juan-Sin-Nombre no se dejará prender. Hace mucho tiempo que se le busca...
-¡Ya pueden buscarle! exclamó Lionel; este bribón de Rip perderá en ello su fama de hábil polizonte.
-¡Chitón, Lionel, esto no nos importa!
-Ese Juan-Sin-Nombre está acostumbrado, por lo visto, a despistar a la policía, dijo el joven viajero.
-Así es, en efecto, caballero; si se dejara prender, sería una gran pérdida para el partido franco-canadiense.
-Los hombres de acción no faltan, señor Nick; uno más o menos...
-No importa, contestó el notario. Ha oído decir, que sería una desgracia; pero como no me ocupo nunca de política, ni Lionel tampoco, más vale no hablar de ello.
-Hemos sido interrumpidos en el momento en que vuestro joven pasante se entregaba a su inspiración poética.
-Inspiración que había acabado, supongo...
-No, señor, respondió Lionel, dando las gracias con una sonrisa a su benévola auditor.
-¡Cómo! ¿tienes aliento todavía? exclamó el notario. He aquí un fuego fatuo que ha sido ya silfo, djinn, trasgo, espectro, alma luminosa, espejismo, relámpago, bólido, rayo, pabellón, fuego de marea, chispa amorosa, y no es bastante. En verdad que me estoy preguntando lo que puede ser todavía.
-Tengo también gran curiosidad por saberlo, replicó el viajero.
-En ese caso, prosigue, Lionel, prosigue, hijo mío, y concluye de una vez, si es que esta nomenclatura tiene fin.
Lionel, acostumbrado a las bromas de su principal, no se conmovió por tan poco, y continuó su lectura:
“Seas lo que fueres, relámpago, soplo, alma,-para mejor penetrar tus secretos, ¡oh fuego caprichoso! yo quisiera-poder absorberme en tu llama-.para seguirte por do quiera.
“Cuando en la copa de los árboles-vienes a posar tu alada frente-o discretamente llamado, -cuando acaricias los mármoles-del camposanto...”
-¡Triste, muy triste! murmuró el notario.
“O cuando andas por las bordas-del, navío batido en el flanco,-por los golpes del tifón silbando,-deslizándote por el velamen,-como una blanca gaviota.
“Y la unión sería completa-si el destino quisiera un día -que yo pudiera, como me gustaría,- ¡nacer contigo, loquilla llama,-y morir contigo, fuego fatuo!”
-¡Ah, muy bien! exclamó el Sr. Nick. He aquí un final que me gusta. Puede cantarse: Loquilla llama,-fuego fatuo.
¿Qué os parece, caballero?
-Que este joven poeta reciba mi enhorabuena, y le deseo sinceramente alcance el premio de poesía en el concurso de la Lira Amical. Pero, suceda lo que quiera, sus versos me han hecho pasar momentos muy agradables, y nunca el viaje me ha parecido más corto.
Lionel, muy confuso, bebía, sin embargo, a grandes tragos la copa de alabanzas que le tendía el joven, y el Sr. Nick, en el fondo, se mostraba muy satisfecho por los elogios dirigidos a su pasante predilecto.
Mientras tanto el coche había andado a buen paso, y apenas daban las once cuando llegó al brazo septentrional del río.
En esa época, los primeros steam-boats habían hecho ya su aparición en el San Lorenzo; no eran ni potentes ni rápidos; recordaban más bien, por sus dimensiones, esas chalupas de vapor, a las que se da en la actualidad en el Canadá el nombre de tug-boat, o, con más frecuencia, el de toc.
En algunos minutos ese toc transportó al Sr. Nick, a su pasante y al viajero a través del San Lorenzo, cuyas aguas verdosas se mezclaban todavía con las negras del río Outaouais.
Allí se separaron, después de saludarse y de cambiar apretones de manos; y mientras el desconocido se dirigía hacia las calles de Laval, el notario y Lionel, dando la vuelta a la ciudad, se fueron hacia el Este de la isla de Jesús.