Familia sin nombre · Parte 4

VIII

ÚLTIMAS FASES DE LA INSURRECCIÓN

El acto de barbarie cometido por los ingleses, violando el derecho de gentes y conculcando el más rudimentario sentimiento, el de la humanidad, tuvo grandísimo eco en ambos mundos. Las autoridades de Niágara-Falls mandaron instruir expediente. Mac-Leod había sido conocido por algunos de los que pudieron escapar al degüello y al incendio, y además aquel miserable se alababa, en presencia de todo el que quería oírle; de «haber dado buena cuenta de aquellos condenados yankées»

Como es natural, se trató de pedir una indemnización a Inglaterra, y se estaba en estas negociaciones cuando, en el mes de Noviembre de 1840, Mac-Leod fue arrestado en las calles de New York.

Mister Fox; representante de la Gran Bretaña, pidió se le entregase aquel individuo, pero el Gobierno federal rehusó la demanda. Las Cámaras de los Lores y de los Comunes obligaron al Ministerio a gestionar la libertad de Mac-Leod, en atención a que no había hecho otra cosa que obedecer a las órdenes de la Reina; mas el Congreso norteamericano contestó publicando una relación de los derechos que asistían al Estado de Nueva York. Este alegato fue considerado como un verdadero casus belli, e Inglaterra tomó sus medidas en consonancia con la situación.

El Parlamento federal, después de hacer que el asesino compareciera ante los Tribunales para responder de su infame conducta, votó subsidios; y la guerra hubiera sido declarada sin duda alguna, cuando Mac-Leod, amparándose en una coartada algo difícil de justificar, pero que permitía echar tierra al asunto, consiguió que le pusieran en libertad.

¡He aquí cómo fueron vengadas las desgraciadas víctimas del horrible atentado de la Carolina!...

Después de la derrota de los insurrectos en la isla Navy, lord Gosford estaba en la persuasión de que los reformistas no se rebelarían en adelante contra las autoridades, y además el Gobierno tenía poco que temer ya, estando dispersos o presos en las cárceles de Montreal o de Quebec los principales jefes, y, sobre todo, habiendo muerto Juan Sin Nombre.

Sin embargo, en 1838 se promovieron algunas sublevaciones en diversos puntos de las provincias canadienses.

En el mes de Marzo hubo una nueva intentona, provocada por Roberto Nelson, hermano del que mandaba en San Dionisio, intentona que fue sofocada en su principio. Una segunda tuvo lugar en Napierville, en donde dos mil patriotas, luchando contra seiscientos soldados de sir John Colborne, quinientos indios y cuatrocientos voluntarios, fueron derrotados en la jornada de Odeltown. En el mes de Noviembre, tercera sublevación. Los reformistas de los condados de Chambly, de Verchères, de Laprairie, de la Acadia, de Terrebonne y de Dos Montañas, en número de doscientos hombres, capitaneados por Brière, los Lorineau, los Rochon y otros, se dividieron en dos partidas, apoderándose la una de un castillo señorial, que en vano defendieron los voluntarios, y haciéndose dueña la otra de un barco de vapor que se hallaba anclado en el muelle del pueblo de Beauharnais

Más tarde, en Chateauguai, los jefes Cardinal, Duquet, Lepailleur y Ducharme, queriendo obligar a los indígenas de Cauchnawaga a entregar sus armas, emprendieron una campaña que abortó. Y, por último, Robert en Terrebonne, los dos Sanguinet en Santa Ana, Bouc, Gravelle, Roussin, Marie, Granger, Latour, Guillermo Prévost y sus hijos, organizaron los movimientos que señalaron el final del periodo insurreccional de los años 1837 y 1838.

Y decimos «el final» porque no puede negarse había sonado ya la hora de las represalias, y el Gobierno metropolitano iba a proceder con una energía tan inhumana como cruel.

El 4 de Noviembre, sir John Colborne, investido a la sazón del mando superior, proclamó la ley marcial, y suspendiendo el Habeas corpus en todas las provincias, hizo reunir un consejo de guerra que pronunció sus sentencias con una parcialidad y una ligereza irritantes. Aquel tribunal mandó al cadalso a Cardinal, Duquet, Robert, Hamelin, los dos Sanguinet, Decoigne, Narbonne, Nicolás, Lorimier, Hindelang y Daunais, cuyos nombres jamás se borrarán del martirologio de la historia francocanadiense.

A estos nombres tenemos que añadir también los de algunos de los personajes que han figurado en nuestro relato: el abogado Sebastián Gramont y Vicente Hodge, que murió con el mismo valor y por la misma causa que había muerto su padre.

William Clerc falleció en los Estados Unidos a consecuencia de sus heridas.

Farran fue el único que sobrevivió, en el destierro, a sus desgraciados compañeros de armas.

Aparte de los sentenciados a muerte, debemos recordar que cincuenta y ocho de los más notables entre los patriotas fueron condenados al ostracismo.

El diputado Papineau, el hombre político cuya personalidad había dominado todo aquel período de movimientos nacionales, fue más venturoso; pues logró escapar de sus perseguidores, y una larga existencia le permitió ver al Canadá en posesión de su autonomía, si bien no de su completa independencia. Papineau ha muerto hace poco tiempo, en los límites de una vejez justamente honrada.

Réstanos decir lo que fue de Catalina Harcher. De los cinco hijos que acompañaron a su padre en San Carlos y en la isla Navy, dos solamente volvieron a Chipogán después de algunos años de destierro, y desde entonces no han vuelto a salir, de su alquería.

Respecto a los Mahogannis que habían tomado parte en el desenlace fatal de la insurrección, el Gobierno tuvo a bien olvidarlos, lo mismo que al excelente hombre que fue arrastrado a pesar suyo a inmiscuirse en cosas que no estaban en armonía con su carácter. Así es que el buen Nick, disgustado de las grandezas que los hurones le otorgaban; y que él no había buscado, volvió a Montreal, en donde empezó de nuevo su antigua vida; y si Lionel se sentó otra vez delante de su pupitre en el estudio de la plaza del Mercado del Buen Socorro, bajo la férula de un Sagamore, fue con el alma llena de recuerdos de aquel por quien hubiera con gusto sacrificado su existencia. Ni uno ni otro, ni principal ni pasante, podían olvidar jamás a la familia de Vaudreuil ni a Juan Sin Nombre, rehabilitado por la muerte, y que figura hoy como uno de los héroes legendarios del Canadá.

Para concluir.

Si las insurrecciones habían abortado, no puede negarse que hubieron de sembrar el germen de las reformas que había de fructificar andando el tiempo, y los patriotas no vertieron en vano su sangre para recuperar sus derechos.

¡Que esta lección sirva de ejemplo para cualquier país a quien incumba el deber de conquistar su independencia!

Los gobernadores Sidenham, Bagot, Metcalfe, Elgin, Monck, que la Metrópoli mandó sucesivamente al Canadá, cedieron poco a poco de las pretensiones de la Corona, y después la Constitución de 1867 estableció sobre inquebrantables bases la confederación canadiense. En dicha época fue cuando se trató de la cuestión de la capital a favor de Quebec, optándose al cabo por Ottawa.

Hoy día los lazos que unen a aquella colonia con la Metrópoli son casi nulos. El Canadá es, hablando con propiedad, una potencia libre, bajo el nombre de Dominión of Canada, en donde los elementos franco-canadienses y anglo-sajones viven, en perfecta igualdad. De cinco millones de habitantes que pueblan aquel territorio, la tercera parte pertenece todavía a la raza francesa.

Todos los años una conmovedora y a su vez elocuente ceremonia reúne a los patriotas de Montreal al pie de la columna erigida en la costa de las Nieves en honor de las víctimas políticas de 1837 y 1838. El día de la inauguración, Mr. Euclide Roy, presidente del Instituto, pronunció un discurso, cuyas últimas palabras encierran la enseñanza que puede sacarse de esta verídica historia:

«¡Glorificar la abnegación es crear héroes!»

FIN

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