Familia sin nombre · Parte 2

IV

EL CORTIJO DE CHIPOGÁN

Este cortijo, situado a siete leguas de la ciudad de La-prairie, en el condado del mismo nombre, ocupaba una eminencia de terreno en la orilla de un riachuelo tributario del San Lorenzo. El señor de Vaudreuil poseía allí, en una superficie de cuatrocientos a quinientos acres, una propiedad bastante hermosa y de buenos rendimientos, administrada por el arrendador Tomás Harcher.

Delante de la casa-habitación, del lado del río, se extendían vastos campos, un verdadero juego de damas de verdes praderas, rodeadas de esas cercas enrejadas que se llaman en el Reino Unido fewies. Era una excelente muestra del dibujo regular, sajón o americano, en todo su rigor geométrico. Cuadros y más cuadros de barreras que cerraban esos hermosos cultivos, que prosperaban merced a los ricos elementos de una tierra negruzca, cuya espesa capa, de tres o cuatro pies, descansa, por lo regular, sobre otro terreno arcilloso. Esto es lo que compone el suelo canadiense hasta los primeros estribos de la sierra de los Laurentidas.

Entre estos cercados, cultivados con minucioso cuidado, crecían diversas clases de cereales que el cultivador cosecha en las temperaturas medias de Europa, trigo, maíz, cáñamo, lúpulo, tabaco, etc. Abundaba también allí ese arroz silvestre llamado avena loca, que se multiplicaba en los campos medio encharcados que se hallaban en la orilla del riachuelo y cuyo grano cocido da una excelente sopa.

Hermosos pastos de suculentas hierbas se desarrollaban detrás de la casa hasta el límite de un bosque de frondosos árboles, plantados en una ondulación del suelo, y cuya superficie era tan grande, que la vista no alcanzaba a su término. Estos pastos eran más que suficientes para la alimentación del ganado del cortijo de Chipogán, y Tomás Harcher hubiera podido arrendar algunas praderas para que pastaran en ellas toros, vacas, bueyes, carneros, puercos, sin contar esos caballos tan vigorosos de la raza canadiense, tan buscados por americanos que tienen criaderos.

Los bosques no eran de menos importancia en los alrededores del cortijo, pues cubrían en otros tiempos todos los territorios limítrofes al San Lorenzo, desde su remanso hasta la vasta región do los lagos. Pero desde algunos años atrás, ¡cuántos claros se habían hecho por las manos de los hombres! ¡Qué árboles tan soberbios, cuya copa se balancea muchas veces a ciento cincuenta pies de altura, caen todavía bajo los golpes del hacha, turbando el silencio de los inmensos bosques en que pululan los pitorreales, los ruiseñores, las alondras, los verdecillos, las aves de paraíso, de deslumbrador plumaje, y también los encantadores canarios, que son mudos en las provincias del Canadá! Los lumbermen, o sea los leñadores, tienen un fructuoso, pero sensible trabajo, derribando robles y arces, fresnos, castaños y abedules, álamos y olmos, chopos y nogales, pinos, ojaranzos y otros, los que, descortezados solamente, o aserrados, forman esos trenes de maderas que bajan la corriente del río.

Si a fines del siglo XVIII uno de los más famosos héroes de Cooper, Nataniel Bumpoo, llamado Ojo de halcón, Larga carabina o Media de cuero, se lamentaba ya de la tala de los árboles, ¿no diría de esos despiadados devastadores lo que se dice de los arrendadores que agotan la fecundidad terrestre por costumbres viciosas? ¡Han asesinado el suelo!

Conviene observar, sin embargo, que este reproche no hubiera podido aplicarse al gerente del cortijo de Chipogán. Tomás Harcher era demasiado práctico en su oficio, era servido por un personal demasiado inteligente, y tomaba con demasiada honradez los intereses de su amo para merecer jamás esa calificación de asesino del terreno. Su granja pasaba, con razón, por un modelo de explotación agronómica en una época en que la rutina hacía ley, como si la agricultura canadiense estuviese atrasada en doscientos años.

El cortijo de Chipogán era, pues, uno de los mejor cuidados del distrito de Montreal. Los métodos de amielga impedían que la tierra se empobreciese; no se contentaban con dejarla descansar en barbechos, sino que se variaban las siembras, lo que daba excelentes resultados. En cuanto a los árboles frutales colocados en un huerto que encerraba las diversas especies que prosperan en Europa, eran podados y cuidados con esmero. Todos daban exquisitas frutas, menos el albaricoquero y el melocotonero, que dan mejores resultados en el Sur del Ontario que en el Este de la provincia de Quebec. Pero las demás castas honraban al arrendador, en particular los manzanos, que producen esas frutas de pulpa rojizas transparente, conocida con el nombre de famosas. Respecto a las legumbres y a las verduras, coles de varias clases, calabazas, melones, batatas y mirtilas de los bosques, cuyo fruto negruzco es un excelente postre, se recogía lo bastante para abastecer dos veces a la semana el mercado de Laprairie.

En suma, con los centenares de fanegas de trigo y otros cereales cosechados en Chipogán, el rendimiento de las frutas y de las verduras y la explotación de algunos acres de bosque, aquel cortijo aseguraba al señor de Vaudreuil una importante renta, merced a los cuidados de Tomás Harcher y de su familia.

El clima del Canadá es muy favorable para el cultivo.

En vez de lluvia es nieve lo que cae desde fines de Noviembre hasta últimos de Marzo, y ésta protege la verde alfombra de los prados; aquel frío, seco y vivo, es preferible a continuos aguaceros, pues deja los caminos practicables para los trabajos del suelo. En ningún punto de la zona templada se encuentra igual rapidez en la vegetación, puesto que los trigos sembrados en Marzo están maduros en Agosto, y los pastos se siegan en Junio y en Julio; así es que, entonces como en la actualidad, si algún porvenir está asegurado en aquel país, es sobre todo el de los agricultores.

La casa y sus dependencias estaban aglomeradas en un recinto de empalizadas de unos doce pies de altura, y una sola puerta, fuertemente ajustada a sus montantes de piedra, daba paso a estos edificios. Excelente precaución para los tiempos, poco remotos todavía, en que eran de temer los ataques de los indígenas, que viven ahora en buena inteligencia con la población rural; y hasta a dos leguas al Este, en el pueblo de Walhatta, prosperaba la tribu hurona de los mahogannis, algunos de los cuales visitaban muchas veces a Tomás Harcher para cambiar los productos de su cacería con otros del cortijo.

El edificio principal se componía de una larga construcción de dos pisos, un cuadrilátero regular, que contenía el número suficiente de habitaciones para la familia Harcher. Una vasta sala ocupaba la mayor parte del piso bajo, entre la cocina y la despensa por un lado, y del otro el departamento reservado especialmente para el arrendador, su mujer y los hijos más pequeños.

En una esquina, en el mismo patio que se hallaba delante de la casa y por detrás comunicando con el huerto, las dependencias formaban una escuadra, apoyándose en las empalizadas del recinto. En estas se encontraban las cuadras, los establos, las cocheras y los graneros. Luego se veían los corrales, en los que pululaban esos conejos de América, cuya piel, dividida en tiras y tejida, sirve para hacer una tela de mucho abrigo; y muchas de esas gallinas de los prados, llamadas fasanielles, que se multiplican con más abundancia en el estado doméstico que en el salvaje.

La gran sala del piso bajo era sencilla, pero cómodamente amueblada con enseres de fabricación americana. Allí era en donde la familia almorzaba, comía y pasaba las veladas. Lugar muy conveniente para los Harcher de todas las edades que gustaban de encontrarse juntos después que habían concluido sus cotidianas ocupaciones. Nadie se admirará, pues, de que una biblioteca de libros usuales ocupase el primer lugar, y el segundo un piano, en que tocaban los domingos, muchachas y muchachos, valses o rigodones franceses, que bailaban cada cual a su vez.

La explotación de este cortijo exigía, no hay que dudarlo, un numeroso personal, y Tomás Harcher lo había encontrado en su propia familia, no habiendo en Chipogán ni un solo criado asalariado.

Tomás Harcher tenía cincuenta años en dicha época; descendía de aquellos atrevidos pescadores que un siglo antes fueron los primeros colonos de la Nueva Escocia; era, por consiguiente, de origen francés, y había nacido en Acadia. Constituía el tipo perfecto del cultivador canadiense, de aquel que llaman en la campiña norteamericana, no el aldeano, sino el habitante.

Era el arrendador de Chipogán de alta estatura, y tenía los hombros anchos, lo mismo que el pecho, los miembros vigorosos, la cabeza fuerte, los cabellos apenas tenían canas, la mirada viva, los dientes blancos y firmes, la boca grande, como conviene a todo el que por causa de su trabajo necesita copioso alimento, y poseía también una amable y franca fisonomía, que le atraía buenas amistades en los pueblos circunvecinos; tal era, en suma, el buen Tomás Harcher, lo que no impedía que fuera también buen patriota, enemigo implacable de los anglosajones, siempre pronto a cumplir con su deber en defensa de la patria.

En vano hubiera buscado el arrendador en todo el valle del San Lorenzo una compañera mejor que su esposa Catalina, de edad entonces de cuarenta y cinco años, fuerte como su marido, y como él también joven aún de cuerpo y de espíritu: tenía, en verdad, algo de rudeza en las facciones y en el porte; pero era buena y trabajadora, en fin, la madre, como él era el padre, en toda la acepción de la palabra.

Ambos formaban, como vulgarmente se dice, una hermosa pareja, y gozaban de tan perfecta salud, que prometían contarse más adelante entre los numerosos centenarios cuya longevidad honra al clima canadiense.

Hubieran podido reprochar tal vez una cosa a Catalina Harcher; mas todas las mujeres del país lo merecen como ella, si se han de creer los comentarios de la opinión pública. En efecto, si las canadienses son buenas mujeres de gobierno, es con la condición de que sus maridos cuiden de la casa, hagan las camas, pongan la mesa, desplumen los pollos, ordeñen las vacas, hagan la manteca, monden las patatas, enciendan el fuego, frieguen la vajilla, vistan a los niños, barran la casa, limpien los muebles y hagan la colada. Sin embargo, Catalina no llevaba hasta ese extremo el espíritu de dominación que hace al esposo el esclavo de su mujer en la mayor parte de las casas de la colonia. No; para que seamos justos, es preciso que reconozcamos que tomaba su parte del trabajo diario, y Tomás Harcher se sometía con gusto a su voluntad y a sus caprichos. ¡Y qué hermosa familia le había dado su Catalina, desde Pedro, el patrón del Champlain, hasta el último bebé, que contaba sólo algunas semanas, cuyo bautizo iba a celebrarse aquel día!

Ya es cosa sabida que en el Canadá la fecundidad de los matrimonios es extraordinaria, pues son bastante comunes las familias en que se cuentan doce y hasta quince hijos, y las de veinte no son tampoco raras. Se citan algunas que han tenido más de veinticinco; pero ya no son familias, sino tribus que se desarrollan bajo la influencia de costumbres patriarcales.

Si Ismael Busch, el anciano gastador de Fenimore Cooper, uno de los personajes de la novela La Pradera, podía mostrar con orgullo a los siete hijos, sin contar las hijas, nacidos de su casamiento con la robusta Ester, ¡qué superioridad tenía sobre él Tomás Harcher, padre de veintiséis hijos, que gozaban de perfecta salud en el cortijo de Chipogán!

Quince varones y once hembras, de todas edades, desde tres semanas hasta treinta años. De los quince varones, cuatro casados, y de las once hembras, dos en poder de marido. De estos matrimonios habían nacido diecisiete nietos, y to-dos ellos, incluyendo a Tomás y a su mujer, formaban un total de cincuenta y dos miembros, en línea recta, de la familia Harcher.

Conocemos a los cinco mayores, que eran los que componían la tripulación del Champlain, los adictos compañeros de Juan.

Inútil es perder el tiempo enumerando los nombres de los demás, o dar a conocer la originalidad de sus caracteres; baste saber que hijos, hijas, yernos y nueras, vivían todos en el cortijo, trabajaban bajo la dirección del jefe de la familia, ocupados unos en las faenas del campo, en las que no faltaba que hacer, y otros en la explotación de los bosques hacían el oficio de lumbermen, no faltándoles nunca ocupación.

Dos o tres de los mayores cazaban en los montes que rodeaban el cortijo, abasteciendo sin gran trabajo la inmensa mesa de familia, pues en esos territorios abundan los orignaus, los caribous, especie de rengíferos de gran talla, los bisontes, los gamos, los corzos, los antas, sin hablar de la caza menor de pelo o de pluma, ocas, ánades, chochas, perdices, somormujos, becadas, codornices y gallinetas.

Es cuanto a Pedro Harcher y a sus hermanos, Remigio, Miguel, Tony y Santiago, en la época en que el frío les obligaba a abandonar la pesca, venían a pasar el invierno al cortijo y se dedicaban a la caza de pieles. Se les citaba entre los más intrépidos squatters, los más infatigables corredores de bosques, y vendían pieles más o menos preciosas en los mercados de Montreal y de Quebec. En aquellos tiempos, los osos negros, los linces, los gatos silvestres, las martas, los carcajúes, los bisontes, las zorras, los castores, los armiños, las nutrias y las ratas de almizcle no habían emigrado todavía a las comarcas del Norte, y se ganaba mucho con el comercio de peletería cuando no había necesidad de ir a buscar fortuna hasta las lejanas orillas de la bahía de Hudson.

Se comprende que para albergar esa familia de padres, hijos y nietos, un cuartel no hubiera sobrado; y era, en efecto, un verdadero cuartel el edificio que dominaba con sus dos pisos las dependencias del cortijo de Chipogán. Se reservaban, además, algunas habitaciones para los huéspedes que de vez en cuando visitaban a Tomás Harcher, amigos del mismo condado, arrendadores de los cortijos cercanos al suyo, viajeros, es decir, marineros de esos que dirigen los trenes de maderas por los afluentes del río; y, en fin, el departamento reservado exclusivamente al señor de Vaudreuil y a su hija cuando venían a visitar a la familia de su arrendador.

Y precisamente acababan de llegar aquel día, 5 de Octubre.

No eran solamente las relaciones de amo a dependiente las que existían entre Tomás y el dueño del cortijo, sino un recíproco afecto, amistad por una parte, adhesión sin límites por la otra, que nada había desmentido durante el transcurso da muchos años. Además, estaban ligados por la comunidad de su patriotismo, pues el arrendador, lo mismo que el amo, hubieran sacrificado gustosos su vida a la causa nacional.

En aquel día la familia toda estaba reunida. Hacía tres que Pedro y sus hermanos, después de desaparejar el Champlain en el muelle de Laprairie, habían venido a la alquería para pasar en ella el invierno, como lo tenían por costumbre. Sólo faltaba el hijo adoptivo, y el no menos querido de los habitantes de Chipogán.

Pero se le esperaba de un momento a otro, y para que Juan faltase a aquella fiesta de familia hubiera sido preciso que el agente Rip le hubiese apresado, y la noticia de su arresto se sabría ya.

Y es que Juan tenía que cumplir con un deber que estimaba tan ineludible como Tomás Harcher.

No estaba muy lejano todavía el tiempo en que el señor de la parroquia era padrino de todos los hijos de sus arrendatarios, lo que sumaba por centenares los ahijados. Pero el señor de Vaudreuil no había apadrinado más que dos en la descendencia de Tomás, y esta vez era Clary la que iba a ser madrina de su vigésimosexto hijo, y Juan el padrino. La joven se sentía muy feliz con aquel lazo que los uniría uno a otro durante breves instantes.

Y no era solamente un bautizo lo que iba a celebrarse en el cortijo de Chipogán.

Cuando sus cinco hijos mayores llegaron, Tomás Harcher les dijo:

-Sed bien venidos, muchachos, pues llegáis en el momento oportuno.

-Como siempre, padre, respondió Santiago.

-No, mejor que nunca; pues si estamos reunidos hoy para el bautizo del bebé, mañana, Clemente y Cecilia harán su primera comunión, y pasado mañana se celebrará la boda de vuestra hermana Rosa con Bernardo Miquelon.

-¡Qué bien se porta la familia! replicó Tony.

-Si, muchachos, no anda mal, exclamó el arrendador, y ¡quién sabe si todavía no os convocaré el año que viene para alguna ceremonia del mismo género!

Y Tomás Harcher soltó una sonora carcajada, mientras que Catalina abrazaba a sus cinco vigorosos retoños, los primeros nacidos de ella.

El bautizo no debía verificarse hasta las tres de la tarde; Juan tenía tiempo todavía de llegar antes de la hora de la ceremonia, y en cuanto se presentase, toda la familia iría en procesión hasta la iglesia parroquial, distante como una media legua.

Tomás, su mujer, sus hijos, hijas, yernos, nueras y nietos, llevaban sus mejores trajes, de los que no se despojarían regularmente en tres días. Las mujeres vestían corpiño blanco, saya de vistosos colores y el pelo suelto. Los muchachos habían dejado la chaqueta de trabajo y el gorro normando que usan por lo regular para ponerse el traje de los días festivos, que consiste en una especie de capote de tela negra, faja de colores y zapatos plegados de piel de vaca del país.

La víspera, el señor y la señorita de Vaudreuil, después de atravesar el San Lorenzo, enfrente de Laprairie, en una barca que hacía este servicio, encontraron, al desembarcar, a Tomás Harcher que los esperaba con un carruaje enganchado con dos buenos trotones.

Durante el trayecto de tres leguas que tenían que recorrer para llegar al cortijo, el señor de Vaudreuil se apresuró a advertir a su arrendador que estuviese alerta, porque la policía no debía ignorar que había salido de la villa Montcalm con su hija, y que era muy posible que le vigilasen de un modo especial.

-Estaremos con cuidado, nuestro amo, respondió Tomás Harcher, en boca de quien esa locución nada tenía de servil.

-¿No habéis visto hasta ahora ninguna cara sospechosa en los alrededores de Chipogán?

-No; ni siquiera uno de esos canouaches...; perdonad la palabra.

-Y vuestro hijo adoptivo, preguntó Clary, ¿ha llegado ya al cortijo?

-Todavía no, señorita, y esto me causa cierta inquietud.

-¿Desde que se separó de sus compañeros en Laprairie no habéis tenido noticias de él?

-Ninguna.

Y desde que el señor y la señorita de Vaudreuil estaban instalados en las dos habitaciones más hermosas del cortijo, nada se había sabido del joven patriota.

Todo estaba pronto para la ceremonia del bautizo, y si Juan no llegaba aquella tarde, no sabrían qué hacer.

Tomás y Catalina hablaron entonces de ese inexplicable retraso.

-¿Qué haremos si no llega antes de las tres? preguntó el arrendador.

-Esperaremos, respondió sencillamente Catalina.

-¿Esperar? ¿Qué?

-Seguramente que no será la llegada de un vigésimo séptimo hijo, replicó la cortijera.

-Tanto más, repuso Tomás, cuanto que, sin que puedan tildarnos, bien puede ser que no llegue nunca.

-¡Bromead, Sr. Harcher, bromead!

-¡No hago tal! Pero si Juan tardara demasiado, será necesario, tal vez, pasarla sin él.

-¡Pasarse sin él! exclamó Catalina. Nada de eso; y cómo tengo empeño en que sea el padrino de uno de nuestros hijos, esperaremos que venga para bautizar a éste.

-Sin embargo; ¿y si no viniera? dijo Tomás, que no quería que el bautizo se aplazara indefinidamente. ¿Si algún negocio le imposibilita para?...

-No hagas malos pronósticos, Tomás, interrumpió la buena mujer, y ten un poco de paciencia, ¡qué demonio! Si no se bautiza hoy, se bautizará mañana.

-¡Bueno! Mañana, Clemente y Cecilia, el decimosexto y la decimaséptima, harán su primera comunión.

-Pues bien, será para pasado mañana.

-Pasado mañana se celebrará la boda de nuestra hija Rosa con el buen Bernardo Miquelon.

-¡Basta ya, Tomás? Si es preciso, todo se hará a un tiempo, porque cuando quiere la suerte que nuestro hijo tenga un padrino como Juan y una madrina como la señorita Clary, no sé por qué quieres apresurarte a darle otros.

-¿Y qué dirá el señor cura, que nos espera hoy? replicó a su intratable cónyuge.

-Eso corre de mi cuenta, repuso Catalina; nuestro párroco es un excelente hombre, y además no perderá su diezmo, ni querrá disgustar a tan buenos feligreses como nosotros.

El hecho es que pocos vecinos habían dado tanto que hacer al señor cura como Tomás y Catalina con sus veintiséis hijos.

Sin embargo, cuanto más tiempo pasaba, más viva era la inquietud, pues si bien, la familia Harcher ignoraba que su hijo adoptivo era Juan-Sin-Nombre, el señor de Vaudreuil y su hija lo sabían, y todo lo temían para él.

Así es que quisieron saber por Pedro en qué circunstancias el joven patriota se había separado de sus hermanos y de él cuando abandonó el Champlain.

-Ha desembarcado en el pueblo de Caughnawaga, respondió el mayor de los hijos Harcher.

-¿Qué día?

-El 26 de Septiembre, a eso de las cinco de la tarde.

-Entonces hace ya nueve días que se separó de vosotros, dijo el señor de Vaudreuil.

-Si, nueve días cabales.

-¿Y no os dijo lo que pensaba hacer?

-Su intención, respondió Pedro, era visitar él condado de Chambly, adonde no había ido todavía durante nuestra campaña de pesca.

-Sí, comprendo la razón que le asiste, pero siento que se haya aventurado solo en un terreno que debe de vigilar mucho la policía.

-Quise que Santiago y Tony le acompañasen, replicó Pedro; pero rehusó.

-¿Y qué pensáis de todo esto, Pedro? preguntó la señorita Vaudreuil.

-Mi opinión es que Juan había formado hace tiempo el proyecto de ir a Chambly, sin hablar de ello con nadie; y como habíamos convenido desembarcar en Laprairie para volver todos juntos al cortijo después de desaparejar el Champlain, no nos ha dicho nada hasta llegar a Caughnawaga.

-Y cuando os dejó, ¿se comprometió a estar aquí para el bautizo?

-Sí, señorita, respondió Pedro; sabe que tiene que apadrinar con vos el bebé, y que aun cuando no fuera así, sabe también que sin su presencia la familia Harcher no estaría completa.

Ante promesa tan formal, convenía esperar con paciencia.

No obstante, si el día concluía sin que Juan hubiese parecido, los temores estarían por demás justificados, porque para que un hombre determinado como él no viniera en el día señalado, es que la policía debía de haberse apoderado de su persona, y en ese caso el señor de Vaudreuil y su hija, demasiado lo sabían, estaba perdido sin remedio.

En ese instante la puerta que daba a patio se abrió, y un salvaje apareció en el umbral.

¡Un salvaje! Así se llama todavía en el Canadá a los indios, hasta en los actos oficiales, como llaman también sauvageneses a sus mujeres, que, llevan el nombre de squaw en lengua iroquesa o hurona.

Aquel salvaje era un hurón de pura raza; esto se conocía en su cara imberbe, en sus salientes y cuadrados pómulos y en sus ojos pequeños y vivos. Su alta estatura, su mirada penetrante, el color de su piel y la disposición de su cabellera, formaban el tipo perfecto de los indígenas del Oeste de América.

Si bien es cierto que los indios han conservado las costumbres de las antiguas tribus, el hábito de aglomerarse en sus pueblos, una tenaz pretensión en reservarse ciertos privilegios que no les niega la autoridad, y una propensión natural a vivir apartados de las caras pálidas, lo es también que se han modernizado algún tanto, sobre todo en cuanto al vestido, y solamente en ciertas circunstancias es cuando visten todavía su traje de guerra.

El hurón que acababa de presentarse en la puerta del cortijo vestía, poco más o menos, según la moda canadiense, y pertenecía a la tribu de los Mahogannis, que ocupaba un pueblo de mil cuatrocientos a mil quinientos fuegos en el Norte del condado. Esta tribu, lo hemos dicho ya, tenía ciertas relaciones con el cortijero de Chipogán, que recibía siempre con mucha cordialidad a los que se presentaban en su casa.

-¡Eh! ¿Qué se os ofrece, hurón? exclamó el cortijero, cuando el indio, después de acercarse, le dio con toda solemnidad el tradicional apretón de mano.

-Tomás Harcher se servirá, sin duda, responder a la pregunta que voy a hacerle, replicó el hurón, con esa voz gutural peculiar a los de su raza.

-No tengo inconveniente en hacerlo así, contestó Tomás, si mi respuesta puede interesaros.

-Mi hermano me escuchará, y hará después lo que más le convenga.

Esa forma de lenguaje, en que el salvaje no hablaba si no en tercera persona, su aire digno y su actitud para pedir, probablemente, un informe de los más sencillos, bastaban para conocer en él uno de los descendientes de las cuatro grandes naciones que poseían en otros tiempos el territorio del Norte de América, que se dividían entonces en Algonquines, Hurones, Montagnais e Iroqueses, que comprendían estas diversas tribus: Mohawks, Oneidas, Onondagas, Tuscaroras, Delawares, Mohicanes, que se ven figurar más particularmente en los relatos de Fenimore Cooper. En la actualidad no quedan más que algunos restos diseminados de aquellas antiguas razas.

Después de un instante de silencio, el indio, dando a su gesto una amplitud característica, tomó de nuevo la palabra.

-Según se nos ha dicho, mi hermano conoce al notario Nicolás Sagamore, de Montreal.

-Tengo ese honor, hurón.

-¿No debe venir aquí un día de éstos?

-En verdad que sí.

-¿Podría decirme mi hermano si ha llegado ya?

-Todavía no, respondió Tomás Harcher. No le esperamos hasta mañana, para hacer el contrato de boda de mi hija, Rosa y de Bernardo Miquelon.

-Doy las gracias a mi hermano por sus informes.

-¿Tenéis alguna comunicación importante que hacer al Sr. Nick?

-Muy importante, respondió el hurón. Mañana los guerreros de la tribu saldrán de Walhatta y vendrán a hacerle una visita.

-Siempre seréis bien recibidos en el cortijo de Chipogán, respondió Tomás Harcher.

Después de apretar de nuevo la mano del cortijero, el hurón se retiró con gravedad.

Apenas había transcurrido un cuarto de hora desde que el indio se marchó, cuando la puerta se abrió de nuevo. Esta vez era Juan el que llegaba, y su presencia fue acogida por unánimes gritos de alegría.

Tomás, Catalina, sus hijos y sus nietos se precipitaron al encuentro del joven, que necesitó algún tiempo para responder a los agasajos de toda esa buena gente, tan feliz en volverle a ver. Los apretones de manos y los abrazos duraron más de cinco minutos.

Como la hora apremiaba, el señor de Vaudreuil, Clary y Juan no pudieron decirse más que unas cuantas palabras; pero puesto que habían de pasar tres días juntos en el cortijo, tendrían tiempo sobrado para hablar de sus negocios.

Tomás Harcher y su mujer tenían mucha prisa para ir a la iglesia, porque el señor cura había esperado ya bastante, y puesto que el padrino y la madrina estaban ya reunidos, no había que demorar la partida.

-¡En marcha, en marcha! gritaba Catalina, que iba de uno a otro, riñendo y mandando a la vez. Vamos, hijo mío, dijo a Juan ofrece el brazo a la señorita Clary. ¿Y Tomás? ¡En dónde está Tomás... ¡Nunca acaba!... ¡Tomás!...

-¡Ya estoy aquí, mujer!

-¿Llevarás tú el niño?

-Está convenido.

-¡Cuidado con dejarle caer!

-¡No tengas miedo! He llevado ya veinticinco al señor cura; por consiguiente, tengo costumbre...

-¡Está bien! dijo Catalina cortándole la palabra. ¡En marcha!

La comitiva salió del cortijo en el orden siguiente: Tomás Harcher iba delante con el niño en brazos y Catalina a su lado; el señor de Vaudreuil, su hija y Juan, los seguían; detrás de éstos, la familia entera, que comprendía tres generaciones, en las que las edades estaban de tal modo entremezcladas, que el niño que iban a bautizar tenía ya entre los hijos de sus hermanos o hermanas cierto número de sobrinos y sobrinas de mucha más edad que él.

El tiempo era bastante hermoso; sin embargo, en esa época del año la temperatura hubiese sido bastante baja si, en un cielo sin nubes, el sol no hubiera enviado a la tierra sus cálidos rayos.

La comitiva penetró por debajo de los árboles en un sinuoso sendero, en cuyo final se divisaban las puntas del campanario de la iglesia. Una alfombra de hojas secas cubría el suelo, y los colores tan variados del otoño se mezclaban en la cima de los castaños, los abedules, los robles, los olmos y los álamos, que mostraban en parte sus desnudas ramas entre los juncos, que conservaban sus verdes, penachos.

Durante el trayecto, algunos arrendadores de las cercanías, amigos de Tomás, se fueron uniendo a la familia; las filas engrosaban cada vez más, y seguramente que no bajarían de cien personas las que llegaron a la iglesia, porque además de los mencionados, algunos forasteros, bien sea por curiosidad o porque no tuvieran otra cosa que hacer, siguieron la comitiva para ver aquel bautizo.

Pedro Harcher fijó su atención en uno de éstos, cuya actitud le pareció sospechosa, pues estaba cierto de que ese intruso no era del país, no habiéndole visto nunca, y hasta se le figuró que procuraba grabar en su memoria la fisonomía de los habitantes del cortijo; tanta era la fijeza con que los miraba.

Pedro no se equivocaba, y tenía mucha razón en desconfiar de aquel hombre, que era nada menos que uno de los polizontes que habían recibido la orden de vigilar al señor de Vaudreuil desde su salida de la villa Montcalm.

Rip, lanzado sobre la pista de Juan-Sin-Nombre, que se suponía oculto en los alrededores de Montreal, había destacado a este agente con expreso mandato de vigilar, no sola-mente al señor de Vaudreuil, sino también a todos los miembros de la familia Harcher, muy conocida por sus opiniones reformistas.

El señor de Vaudreuil, su hija y Juan, que marchaban al lado unos de otros, conversaban respecto al retraso que éste había sufrido para llegar al cortijo.

-Hemos sabido por Pedro, dijo Clary, que le habéis dejado para ir a visitar a Chambly y a las parroquias circunvecinas.

-Así es, en efecto, respondió Juan.

-¿Llegáis directamente de ese punto?

-No; he tenido que ir al condado de San Jacinto, de donde no he podido volver tan pronto como hubiese querido, porque he tenido que dar un rodeo por la frontera...

-¿Los agentes habían acaso encontrado vuestras huellas? preguntó el señor de Vaudreuil.

-Sí, respondió Juan; pero he podido, sin gran trabajo, hacérselas perder una vez más.

-Cada hora de vuestra vida encierra un peligro, repuso la señorita de Vaudreuil; ni un solo instante vuestros amigos dejan de temblar por vos; desde que habéis dejado la villa Montcalm nuestras inquietudes han sido continuas.

-Ese es el motivo, respondió Juan, que me hace desear concluir cuanto antes con esta existencia que tengo que disputar sin cesar al enemigo, para obrar con él frente a frente. ¡Sí, es tiempo ya de que principie la lucha; y eso no tardará, os lo aseguro! Pero, en este momento, olvidemos el porvenir por el presente; esto es como una tregua antes de la batalla. Aquí, señor de Vaudreuil, no soy más que el hijo adoptivo de esta buena y honrada familia.

La comitiva había llegado, y apenas bastaría la iglesia para contener toda la gente que había seguido a la familia Harcher.

El párroco estaba de pie en el umbral, cerca de la modesta pila que servía para las ceremonias bautismales de los innumerables recién nacidos de la parroquia.

Tomás Harcher presentó, no sin cierto orgullo, al vigésimosexto retoño, nacido de su matrimonio con la no menos orgullosa Catalina.

Clary de Vaudreuil y Juan se colocaron uno al lado del otro para sostener al niño mientras que el cura le ungía.

-¿Cómo ha de llamarse?... pregunté.

-Juan, como su padrino, respondió Tomás Harcher, tendiendo la mano al joven.

Tenemos que hacer constar que las costumbres francesas de antaño se conservan todavía en las ciudades y pueblos de las provincias canadienses, y particularmente en las parroquias rurales; el único sueldo que percibe el clero católico es el diezmo, que se compone de la vigésimasexta parte de todos los frutos de la tierra. Y a consecuencia de una tradición curiosa y enternecedora a la vez, no es solamente de las cosechas de lo que se extrae ese diezmo.

Así es que Tomás Harcher no se admiró cuando, acabada la ceremonia, el cura dijo en voz alta:

-Este niño pertenece a la Iglesia, Tomás Harcher; si bien es el ahijado del padrino y de la madrina que habéis escogido, es también mi pupilo. ¿No son los hijos la cosecha del matrimonio? Pues bien; lo mismo que me da la vigésimasexta gavilla de trigo, pertenece también a la Iglesia vuestro vigésimosexto hijo.

-Reconocemos su derecho, señor cura, respondió Tomás Harcher, y mi mujer y yo nos sometemos de buen grado a su voluntad.

Llevaron entonces al niño a la casa rectoral, en donde le recibieron con gran alegría.

Conforme a la tradición del diezmo, el pequeño Juan pertenecía a la iglesia, y, por lo tanto, los gastos de su crianza y de su educación eran de cuenta de la parroquia.

Y cuando la comitiva se puso de nuevo en camino para volver al cortijo de Chipogán, los gritos de júbilo retumbaron a centenares en honor de Tomás y de Catalina Harcher.

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