XXVI
LA PUNTA SAINT JAMES
Al día siguiente, un poco después de las siete, tres fogonazos iluminaron sucesivamente la alta muralla del penal. Tres violentas detonaciones les sucedieron. Era el cañón de alarma que, retumbando por toda la superficie de la península de Tasmania, había de dar la alerta a todos los guardianes de la colonia penitenciaria. Los puestos destacados se pondrían en comunicación por medio de patrullas, los perros se agitarían a lo largo de la empalizada, queriendo romper sus cadenas, dispuestos a devorar a quien se aventurase por el istmo. Ningún rincón, ninguna espesura del bosque había de escaparse a las pesquisas de los guardias.
Estos tres cañonazos querían decir que acababa de descubrirse una evasión, y se tomaron inmediatamente todas las medidas del caso para evitar que los fugitivos pudieran abandonar la península.
El tiempo era tan malo, que era imposible escapar por mar. Ningún barco hubiera podido aproximarse al litoral, ningún bote atracar a la costa. No pudiendo franquear la empalizada del istmo, los evadidos se verían obligados a ocultarse en el bosque, y verosímilmente no tardarían en ser conducidos a Puerto Arturo.
El fuerte viento sudoeste agitaba el mar en Storm Bay y en toda la costa de la península.
Aquella tarde, al regresar al penal, hablase notado la falta de dos deportados de la quinta escuadra. Al conducirlos a Puerto Arturo, el jefe que iba a la cabeza de la columna no advirtió la desaparición de aquellos dos penados de la quinta escuadra, confiada a la vigilancia de Farnham, de quien nadie sospechaba.
Al pasar lista se descubrió la evasión, y se dio parte inmediatamente al comandante del penal.
Como se trataba de los irlandeses O'Brien y Macarthy, dos condenados políticos, lo probable era que contasen con el concurso de algunos amigos del exterior. Pero ¿en qué condiciones se habrían evadido? ¿Estarían ya a salvo?… Las pesquisas darían la respuesta, ahora que los tres cañonazos habían puesto sobre aviso a todo el personal de la península.
Aun cuando también se comprobó la ausencia de Farnham, no recayeron sobre él sospechas desde el primer momento. El capitán Skirtle se inclinaba a creer que los irlandeses se habrían desembarazado de él antes de emprender la fuga.
Como ya se ha dicho, era inadmisible que O'Brien y Macarthy se hubieran escapado en una embarcación cualquiera, dado el estado del mar. Así es que, por orden de Skirtle, un destacamento de guardias se trasladó inmediatamente hacia el istmo para vigilar aquella parte y asegurarse de que los dogos de la empalizada hacían buena guardia. Los otros perros fueron soltados en la playa.
Una tentativa de evasión tiene siempre una extraordinaria resonancia entre el personal de una penitenciaría. Los deportados de Puerto Arturo no ignoraban que habían huido dos de sus compañeros, ni que se trataba de los dos irlandeses. ¡Y cómo excitaba la envidia de los miserables aquella tentativa!… Ellos, condenados por crímenes y delitos comunes, se ponían al mismo nivel que los deportados políticos… ¡Eran prisioneros como ellos y habían podido evadirse!… ¿Lograrían abandonar la península, franquear la empalizada del istmo?… ¿Estaban ocultos en el bosque esperando algún socorro del exterior?…
Lo que se decía en los dormitorios, repetíase en la celda de los hermanos Kip. Pero éstos sabían lo que los demás ignoraban: que un vapor había de recoger a los fugitivos… ¿Estaría el bote en la punta Saint james a la hora prefijada?
– No, no es posible —decía Karl Kip, contestando a las preguntas de su hermano—. Las ráfagas de viento soplan furiosamente sobre Storm Bay. Ningún bote podría atracar. Un barco grande, un vapor no se arriesgaría a aproximarse tanto al litoral…
– Entonces —observó Pieter— esos desgraciados no tendrán más remedio que pasarse la noche sobre las rocas.
– La noche y todo el día de mañana; porque la evasión no puede hacerse a plena luz… ¡Y quién sabe si esta tempestad habrá cedido en veinticuatro horas!
Durante aquella noche ninguno de los dos hermanos pudo conciliar el sueño. En tanto que la tormenta azotaba la estrecha ventana de su celda, escuchaban si se producía algún ruido anormal que indicase la captura de los fugitivos.
He aquí en qué condiciones se había efectuado aquel día la evasión de O'Brien y Macarthy, con la complicidad de su compatriota Farnham.
Eran las seis de la tarde. Las escuadras acababan su trabajo, y el bosque se perdía ya en la sombra. El jefe daría enseguida la orden de marcha hacia Puerto Arturo.
En este momento los hermanos Kip observaron que Farnham se aproximaba a los irlandeses, diciéndoles una palabra en voz baja. Luego le siguieron hasta la linde del bosque, deteniéndose ante uno de los árboles marcados para ser abatidos.
El jefe del destacamento no se preocupó al verles separarse en aquella dirección bajo la vigilancia de un guardia, y permanecieron los tres en aquel lugar hasta el momento en que las escuadras formaron en columna para dirigirse al penal.
Aprovechando el movimiento que precedió a la formación, los tres individuos desaparecieron, y nadie echó de ver que no se habían incorporado a la columna hasta que se pasó lista en el patio del presidio.
Al amparo de la creciente oscuridad, los tres fugitivos pudieron alejarse sin ser vistos. A fin de evitar el encuentro con una patrulla que regresaba al puerto próximo, tuvieron que agazaparse en el fondo de una espesura, teniendo cuidado de que no les denunciase el soniquete de las cadenas que O'Brien y Macarthy llevaban al pie y a la cintura.
Cuando pasó la patrulla volvieron a emprender el camino, deteniéndose a veces, con el oído atento al menor ruido, y lograron ganar la cresta de aquel derrumbadero, al pie del cual se extendía la punta Saint James.
La oscuridad envolvía entonces toda la península de Tasmania, oscuridad tanto más profunda, cuanto que las densas nubes, empujadas por el viento del oeste, llenaban el espacio.
Eran las seis y media cuando los fugitivos hicieron alto para observar la bahía.
– ¡No hay ningún barco! —dijo O'Brien.
Y efectivamente, la bahía estaba desierta, pues, a falta de su silueta invisible en la sombra, las luces de a bordo hubieran denunciado la presencia de un barco cualquiera.
– Farnham —preguntó Macarthy—, ¿estás seguro de que ésta es la costa de Saint James?
– Si —declaró el interpelado—; pero dudo que haya podido atracar un bote a la costa.
¡Y cómo iban a esperar en aquella altura oyendo toda la noche los mugidos del mar y recibiendo las salpicaduras de las furiosas olas!…
Farnham y sus compañeros se dirigieron hacia la izquierda y bajaron a la playa con el fin de ganar el extremo de la punta.
Era una especie de cabo estrecho, atestado de rocas que formaban una reducida caleta, donde una embarcación hubiera encontrado tranquilo fondeadero si lograra franquear los arrecifes contra los cuales rompía el mar con extraordinaria violencia.
Cuando llegaron a aquella extremidad de tierra, después de haber tenido que luchar con la tormenta, los fugitivos se pusieron al abrigo de una alta roca. El aviso de Walter les prescribía encontrarse allí aquella noche, y ellos lo cumplían estrictamente, aunque sin la esperanza de ser recogidos aquella noche. El escrito precavía el retraso:
«Si por causa del tiempo no hubiera podido salir de Hobart Town y atravesar la bahía, esperar en dicho punto y vigilar desde el anochecer hasta la salida del sol».
Había que atenerse a estas prescripciones.
– Busquemos un abrigo —dijo O'Brien—; un agujero cualquiera donde pasar la noche y el día de mañana.
– Sin alejarnos de la punta —añadió Macarthy.
– Venid —les dijo Farnham.
En previsión del mal tiempo, éste se había cuidado de reconocer aquella playa salvaje y desierta durante su última salida del domingo. Tal vez en su base la roca ofrecería alguna anfractuosidad donde los tres fugitivos pudieran ocultarse hasta la llegada de la embarcación. Farnham descubrió un escondrijo, donde depositó algunos víveres, galletas y carne fiambre, comprados en Puerto Arturo, más una garrafa que llenó de agua fresca en un río próximo.
En medio de las tinieblas, azotados por las violentas ráfagas, no les fue muy fácil encontrar aquella excavación, y los fugitivos estuvieron dando vueltas y más vueltas por la playa antes de topar con el lugar deseado.
– Aquí es —dijo al fin Farnham.
En un instante se introdujeron los tres en una cavidad profunda, de más de cinco o seis pies, donde estarían al abrigo de la tempestad. Los víveres estaban tal y como Farnham los dejara.
Apenas se habían instalado los tres compatriotas cuando oyeron una triple detonación, dominando el fragor de la tormenta.
Era el cañón de Puerto Arturo.
– Ya se ha descubierto la evasión —exclamó Macarthy.
– Y se sabe quiénes son los evadidos —añadió O'Brien.
– ¡Pero no están cogidos! —dijo Farnham.
– ¡Y no se dejarán coger! —declaró O'Brien.
En primer lugar convenía que los dos deportados se librasen de la cadena, por si era necesario huir, y a este fin Farnham se había provisto de una lima.
Era evidente que durante aquella noche ningún bote podría atracar a la costa, y sería una locura pensar que un vapor había de aventurarse, de noche y con borrasca, por entre aquellos formidables arrecifes, que se extendían desde el fondo de Storm Bay hasta el cabo Pillar.
A pesar de todo, su sobreexcitación era tan grande, que los fugitivos no pudieron resistir a la necesidad de observar las proximidades de la punta. Varias veces dejaron su abrigo sin temor a ser vistos; varias veces se arrastraron por la playa buscando en vano en aquella oscuridad una luz de a bordo.
Luego, reintegrados a su escondrijo, cambiaron impresiones acerca del día siguiente, que sería de los más peligrosos.
Efectivamente, después de registrar los alrededores de Puerto Arturo y el bosque hasta el istmo, los guardianes extenderían sus pesquisas hacia el litoral, y los perros, amaestrados para la caza de fugitivos, ¿no descubrirían el escondrijo donde estaban ocultos Farnham y sus compañeros?…
En el curso de la conversación, O'Brien pronunció el nombre de los hermanos Kip, haciendo referencia al inestimable servicio que les habían prestado.
– ¡No! —exclamó él—. ¡No!… No son asesinos… ¡Ellos lo han dicho, y yo lo creo!
– Son dos grandes corazones —añadió Macarthy—. Denunciándonos, podían esperar que se les tendría en cuenta… ¡y no lo han hecho!
– He oído hablar varias veces de ese crimen en Hobart Town —repuso entonces Farnham—; del asesinato del capitán del James Cook… y hasta las personas que pasaban por afectas a los hermanos Kip creen que el fallo ha sido justo…
– ¡Pues son inocentes! —repitió O'Brien—. ¡Y cuando pienso que rechacé su mano!… ¡Ah! Pobre gente… Tengo la evidencia de que no son culpables, y en ese presidio de Puerto Arturo, confundidos con tanto criminal, deben de sufrir horriblemente… ¡Tanto como nosotros hemos sufrido! Pero nosotros estábamos por haber querido arrancar a nuestro país de las garras de Inglaterra; nosotros tenernos amigos que nos quieren, que nos auxilian, que tratan de salvarnos, en tanto que esos infelices son objeto de la abominación universal y estarán encerrados ahí toda la vida… ¡Ah! Cuando se han acercado a nosotros para entregarnos el aviso de Walter, yo debiera haberles dicho: «¡Huyamos juntos!… Nuestros compatriotas recibirán a ustedes como hermanos… ¡Vengan, vengan!…»
La noche avanzaba lluviosa y glacial. Los fugitivos experimentaban los efectos del frío, y, sin embargo temían que llegase la luz del nuevo día. Los lejanos ladridos, que llegaban hasta ellos, les indicaban que los perros andaban sueltos para darles caza. Acostumbrados a olfatear a los forzados, a reconocer el uniforme del presidio, estos animales podían descubrir la guarida de los tres irlandeses.
Poco después de media noche la playa aparecía cubierta por la marea, que subía a impulsos del viento del oeste. El mar se encrespó de tal modo, que las olas rompían al pie de la roca donde se habían refugiado los fugitivos. El agua entró en el escondrijo, cubriéndoles hasta media pierna. Afortunadamente, no llegó más arriba, y el reflujo arrastró las aguas, a pesar de la resistencia del viento.
Antes del amanecer, la tempestad mostró tendencia a amainar. El viento cambió de cuadrante, haciendo la bahía más practicable. Farnham, O'Brien y Macarthy podían esperar que el mar se tornaría sereno. Cuando aparecieron las primeras luces del alba la situación había mejorado sensiblemente. Aunque las olas rompían aún contra la punta, una embarcación bien dirigida hubiera podido atracar a la costa.
Pero era necesario esperar las sombras de la noche para arriesgarse a salir a la playa.
Farnham hizo tres partes de los comestibles que habían llevado, la galleta y la carne fiambre. Era conveniente no prodigarlos, en previsión de un retraso fortuito, puesto que no había medio de renovar los alimentos. En cuanto al agua dulce, fácil sería cogerla en cualquier riachuelo en cuanto llegase la noche.
Transcurrió parte de la mañana sin que ocurriera incidente alguno. La tormenta cesó por completo y el sol reapareció por entre las últimas nubes que se desvanecían hacia el este.
– El vapor podrá salir de Hobart Town —dijo O'Brien—, atravesar Storm Bay, y lo tendremos a la vista esta misma tarde.
– Pero se vigilará cuidadosamente la costa —observó Macarthy.
– Razonemos —repuso O'Brien—. Nadie sabe en Puerto Arturo que el barco ha llegado de América para recogernos a bordo, ni que se nos ha dado cita en la punta Saint James… Lógicamente, ¿qué pueden sospechar? Que estamos escondidos en el bosque, y hacia allí dirigirán todas las pesquisas más bien que sobre el litoral…
– ¿Y qué será de Walter? —preguntó Farnham—. Hace dos días, el sábado, le vimos en el camino de Puerto Arturo. ¿Habrá vuelto a Hobart Town?… Es lo probable. A bordo ya del vapor, habrá dicho al capitán que esperaríamos aquí en la noche del lunes.
– Seguramente —respondió Macarthy—, pues si Walter no se hubiera ido a Hobart Town, estaría ahora con nosotros… En medio de la oscuridad no le hubiese sido difícil burlar las patrullas.
– Soy de la misma opinión —declaró O'Brien—; Walter debió salir de Puerto Arturo el domingo en uno de los vapores que hacen el servicio de la bahía.
– Y debernos confiar —añadió Farnham— que apresurará la salida del vapor. Tengamos paciencia hasta que pase el día. En cuanto llegue la noche, el bote atracará a la punta.
– ¡Dios lo quiera! —respondió O'Brien.
Poco después de mediodía se produjo una viva alarma. Oyéronse distintamente voces que procedían de la cresta del derrumbadero, a unos cien pies sobre el escondrijo que abrigaba a los tres fugitivos.
Al mismo tiempo resonaban los ladridos de los perros, azuzados por sus amos.
– ¡Los guardias, los dogos! —exclamó Farnham—. ¡Éste es el peligro mayor!
Era de temer, en efecto, que estos animales bajasen a la playa, donde los guardias les seguirían por el sendero que Farnham había tomado la víspera. Allí los perros husmearían por todas partes, su instinto les guiaría hacia la base de la roca, y acabarían por descubrir la guarida de los fugitivos… ¿Y qué resistencia podrían oponer O'Brien, Macarthy y Farnham a una docena de hombres armados?… No tendrían más que cogerlos y conducirlos al penal, donde ya se sabía la suerte que les esperaba… ¡La doble cadena y el calabozo para O'Brien y Macarthy!… ¡La muerte para Farnham, convicto de haber favorecido la fuga!
Los tres permanecían inmóviles en el fondo de su cavidad. No era posible salir sin ser vistos. ¿Y dónde refugiarse mejor que donde estaban?… Para no volver al presidio no tendrían más remedio que arrojarse al mar. ¡Todo antes que caer en manos de los constables!
Las voces de éstos llegaban hasta ellos. Oían las frases que se cambiaban en el mismo borde de la roca, los gritos de sus perseguidores mezclados con los ladridos de los dogos.
– ¡Por aquí, por aquí! —repetía uno de ellos.
– Dejad a los perros —contestó otro—, y registremos esta playa antes de regresar al puesto.
– ¿A santo de qué iban a venir aquí?… —contestó el brutal jefe, que Farnham reconoció por la voz—. Seguro que no han pensado salvarse a nado, y en el bosque es donde tenemos que seguir buscando.
O'Brien había cogido las manos de sus compañeros. Después de aquella observación del jefe, lo probable era que los guardias se alejasen. Pero uno de ellos contestó:
– No perdemos nada con echar un vistazo… Bajemos a la playa por el sendero. ¡Quién sabe si estarán los tres ocultos en cualquier hueco de las rocas!
¿Los tres?… ¡De modo que se daba como seguro que Farnham, cómplice en la tentativa de evasión, estaba con los dos irlandeses!…
Las frases oyéronse menos distintamente, prueba de que los perseguidores se dirigían hacia el sendero; los gruñidos de los perros se aproximaban.
Una feliz circunstancia iba a impedir, tal vez, que los fugitivos fuesen descubiertos.
El mar inundaba la playa hasta el pie de las rocas, y las últimas palpitaciones de la resaca bañaban la excavación. Era imposible advertir la abertura, a menos que se diese la vuelta a todo el rocoso promontorio. De la punta Saint James no se veía más que las extremas rocas cubiertas por la espuma del oleaje. Necesitaríanse dos horas de reflujo para que la playa quedase practicable. Así es que probablemente los perseguidores no permanecerían allí mucho tiempo, apresurándose a buscar mejor pista.
Sin embargo, los perros ladraban furiosamente, y su instinto, sin duda, les empujaba hacia la playa. Uno de ellos se lanzó al agua, pero los otros no le siguieron.
En el mismo momento el jefe dio la orden de retirada. Todo aquel tumulto, todo aquel ruido de ladridos y voces fue disminuyendo, hasta sólo oírse el incesante batir del mar contra las rocas.