Los hermanos Kip

XX

EL VEREDICTO

El sumario estaba concluido. Los hermanos Kip habían sido interrogados y careados con el contramaestre, su principal, mejor dicho, su único acusador hasta entonces, el único que descubriera en el camarote del james Cook la irrecusable prueba del delito. Los acusados habían contestado con las más rotundas y enérgicas negativas.

Pronto hubieron de ver fallida su esperanza en el sobreseimiento del proceso, por tan graves cargos, por tan abrumadoras pruebas materiales sostenido. Además, no podían preparar juntos sus medios de defensa, ni el consuelo de animarse el uno al otro, de reconfortarse, de hablar durante las largas horas de prisión. Separados el uno del otro, no hablaban más que con el abogado defensor. Cuando el juez procedía a tomarles declaración, lo practicaba por separado, y los hermanos no habían de volverse a ver más que ante el tribunal.

La carta de Zieger y el objeto que la acompañaba eran ya conocidos del público. Los periódicos de Hobart Town lo habían referido. Ya no era posible negar que el puñal encontrado en la maleta de los Kip fuese el instrumento del crimen, y esta certidumbre hacía formidable la acusación contra los procesados. El veredicto del jurado no podía ser más que de culpabilidad, y la sentencia de pena capital, dadas las circunstancias agravantes que en el hecho concurrían.

Y, sin embargo, a medida que se acercaba la vista del proceso, Hawkins se encontraba cada vez más perplejo. En su espíritu se despertaban muchos recuerdos. ¡Le parecía imposible que aquellos hombres que tanta simpatía le inspiraron hubiesen cometido tan espantoso crimen! ¡No; su conciencia rechazaba la idea, su corazón se rebelaba contra ella!… Advertía en este proceso puntos oscuros, inexplicables… Pero sus dudas no descansaban más que en razones puramente morales, en tanto que la materialidad de los hechos se levantaba ante él como un infranqueable muro.

Por otra parte, Hawkins evitaba hablar de este asunto con Nat Gibson, cuya convicción no hubiese podido quebrantar. Una o dos veces, estando en casa de la viuda Gibson, había exteriorizado su opinión acerca de la posibilidad de que los hermanos Kip pudieran demostrar su inocencia; pero el obstinado silencio de la señora, sus visibles reservas, demostraban que participaba de la opinión de su hijo. Ella no había podido, como Hawkins, apreciar las condiciones de los náufragos de la Wilhelmina, penetrar en su pasado, interesarse por su porvenir… La viuda no debía ver en ellos más que dos criminales, los asesinos del capitán…

En cuanto a la señora Hawkins, ¿cómo no iba a tener confianza en la rectitud de espíritu, en la seguridad de juicio de su marido? Puesto que él no estaba convencido, tampoco ella podía estarlo. También ella participaba de sus dudas, pues sólo de dudas se trataba. Pero la verdad es que en Hobart Town nadie pensaba como ellos. Desde el fondo de su prisión los acusados no podían imaginarse hasta qué extremo les era hostil la opinión pública y de qué modo la sobrexcitaban los periódicos con sus violentos artículos.

El proceso debía verse el 17 de febrero. Como ya habían transcurrido veinticinco días desde la audiencia del Consejo marítimo, ante el cual Flig Balt denunció a Karl y Pieter Kip, Vin Mod no creyó necesario prolongar su estancia en el alojamiento de sus víctimas. Se despidió de la casa y pagó la cuenta. Luego, no teniendo ya necesidad de disfrazarse, se fue al tugurio donde se alojaba su cómplice. Desde allí siguieron los dos bandidos las peripecias de su maquiavélica maquinación, esperando el desenlace que había de asegurar su libertad personal.

Los otros marineros del James Cook esperaban que se les presentase la ocasión de un nuevo embarque.

La vista del proceso empezó en la mañana del 17 de febrero. El tribunal estaba constituido por el presidente y dos magistrados; a la derecha estaba el fiscal y a la izquierda el jurado, compuesto de doce ciudadanos.

La muchedumbre llenaba la sala y las calles de los alrededores. Gritos de venganza recibieron a los acusados al salir de la prisión. Apenas si tuvieron tiempo para estrecharse la mano, pues los agentes los separaron y tuvieron que protegerlos contra las iras populares hasta su llegada al palacio de justicia. No podían esperar nada de la opinión pública.

Habían de comparecer los testigos que asistieron al Consejo marítimo, Hawkins, Nat Gibson y los marineros del James Cook. Pero la atención pública estaba fija sobre Flig Balt, pues en sus aseveraciones descansaba toda la acusación, y había gran interés en saber cómo se defenderían los dos hermanos.

Karl y Pieter Kip tenían un defensor que se había impuesto una difícil tarea, puesto que a las afirmaciones del contramaestre, apoyadas en pruebas materiales, no podía oponer más argumentos que las rotundas negativas de los acusados.

Conforme al ritual de la ley inglesa, el presidente se limitó a preguntarles si eran culpables o no culpables.

– No culpables —respondieron, estrechándose la mano.

Y entonces tuvieron que repetir la declaración que habían hecho en el primer proceso, explicar su conducta durante la navegación, desde que el james Cook los recogiera en la isla de Norfolk hasta su llegada a Hobart Town.

Afirmaron que la maleta no contenía más que ropa blanca y algunas prendas de vestir. En cuanto al puñal, no lo habían encontrado en los restos de la Wilhelmina, y no podían explicarse cómo resultaba en su poder. Ala afirmación de Flig Balt de que dicha maleta encerraba los papeles y el dinero del capitán Gibson, oponían ellos la más enérgica protesta. O el contramaestre se engañaba, o había inventado una infamia.

– ¿Con qué objeto? —preguntó el presidente.

– ¡Con objeto de perdernos y de vengarse! —contestó Karl Kip.

Estas palabras fueron recibidas por el público con murmullos muy poco tranquilizadores.

Llegó el turno al fiscal, que procedió al interrogatorio de los testigos.

Interpelado Flig Balt, contestó:

«Sí, durante la travesía de regreso él había visto que un violento golpe de mar lanzó la maleta fuera del camarote de los hermanos Kip, cuya puerta estaba abierta… Las monedas de oro rodaron por el suelo, al mismo tiempo que unos papeles se escapaban de entre la ropa; eran los de a bordo que habían desaparecido desde el asesinato del capitán.

»Si no habló del puñal, era porque no lo había visto. Ignoraba hasta que perteneciese a los acusados… Pero no le extrañaba que la policía lo hubiese encontrado en el alojamiento de los hermanos Kip, puesto que era el que había servido para matar a Harry Gibson… Los acusados declaraban que aquella arma les perteneció antes del naufragio de la Wilhelmina, pero negando que la hubieran vuelto a ver, no comprendiendo, por lo tanto, cómo había aparecido en su maleta».

Pieter Kip objetó:

– En Melanesia abundan los puñales de esta clase, llamados kriss. Casi todos los indígenas lo usan; es su arma favorita… Es, pues, posible que no sea el instrumento del crimen el que ustedes afirman, pues todos los kriss de fabricación malaya se parecen mucho.

Esta explicación provocó fuertes rumores, que tuvo que reprimir la presidencia. Luego el fiscal le hizo observar la certidumbre de haber servido el puñal de referencia para ejecutar el asesinato, puesto que la virola encontrada en el lugar del crimen se ajustaba perfectamente al mango del arma.

– Añadiré —dijo entonces Pieter Kip— que nadie ha visto el puñal en nuestras manos, y si lo hubiésemos encontrado en la Wilhelmina, lo probable es que no hubiera pasado inadvertido para los de a bordo.

Pero él y su hermano se dieron cuenta muy pronto de la esterilidad de su argumentación. No había duda de que el puñal era suyo; no podía negarse que la herida estaba hecha por la hoja dentada de un kriss; era incontestable que su virola era la encontrada en el lugar del crimen en el bosque de Kerawara.

Así es que Pieter Kip se limitó a hacer esta última declaración:

– Mi hermano y yo somos víctimas de circunstancias verdaderamente inexplicables. ¡Haber nosotros asesinado al capitán Gibson… al hombre generoso a quien debemos nuestra salvación!… ¡La acusación es tan odiosa como injusta; protestamos contra ella, y no tenemos nada más que decir!… Esta frase, pronunciada con energía, con acento de sinceridad y firmeza, pareció producir cierta conmoción en el público. Pero el juicio estaba ya formado, y no se vio en aquella declaración más que un natural medio de defensa. Si los hermanos Kip rehusaban contestar al interrogatorio, ¿no sería por imposibilidad de poderlo hacer satisfactoriamente?…

Empezó la audición de testigos.

El primero que declaró fue Nat Gibson. El joven, sin poderse contener, exteriorizó todo su odio hacia los asesinos en una declaración abrumadora para los hermanos Kip, que le miraban con piedad… De buena gana hubiesen tomado la palabra para decir:

«¡Comprendemos tu dolor, pobre niño, y no somos capaces de corresponder a la aversión que te inspiramos!» Cuando Hawkins se presentó en el estrado, su actitud fue la de un hombre visiblemente turbado por sentimientos encontrados que batallaban en su espíritu. ¿Podía él admitir que los náufragos de la Wilhelmina, los huéspedes del James Cook, hubiesen correspondido con el más abominable de los crímenes a la generosidad, a las bondades del capitán?… ¡Le debían la vida, y habían de asesinarle para robarle, cuando sabían que Harry Gibson estaba dispuesto a auxiliarles!… Sí; no cabía duda de que contra ellos había cargos abrumadores; pero Hawkins se resistía a declararles asesinos, y dominado por la emoción, no pudo hablar en los primeros momentos.

Nada especial hubo que consignar en las declaraciones de los marineros del James Cook: Hobbes, Wickley, Burnes, ni en las de Len Cannon, Sexton, Kyle, Bryce y Koa.

En cuanto a Vin Mod, sus declaraciones fueron muy afirmativas respecto a Flig Balt. Algunos días antes de que estallase a bordo del bergantín la tentativa de rebelión, le pareció que el contramaestre era presa de sorda cólera… ¿Era porque había sido reemplazado por Karl Kip en el mando del barco? Vin Mod creyó adivinar que Flig Balt tenía algún otro grave motivo…

– ¿No le hizo a usted ninguna confidencia? —preguntó el fiscal.

– Ninguna —contestó Vin Mod.

Había una consideración favorable a los acusados: que no se había visto el puñal entre sus manos durante la travesía. Esto resultaba hasta de las declaraciones de Flig Balt, y dio motivo a que Pieter Kip pudiese declarar nuevamente:

– Si el kriss lo hubiésemos encontrado en los restos de la Wilhelmina, si lo hubiésemos llevado a bordo del bergantín, no lo hubiéramos ocultado, como no ocultamos los demás objetos contenidos en nuestra maleta. ¿Hay algún testigo que haya visto ese puñal en nuestro poder?… No: ¡ni uno sólo!…

Verdad es que la policía lo encontró en nuestro alojamiento, así como los papeles y el dinero del capitán; pero ¡nosotros afirmamos que ha sido colocado allí por una mano oculta!

En este momento se produjo un grave incidente, capaz de destruir la duda en el ánimo de los jurados, si acaso existía alguna favorable a los hermanos Kip.

El grumete Jim fue llamado por el presidente, que le dijo:

– Debes decir todo lo que sepas, y nada de lo que no estés absolutamente seguro.

– Sí, señor presidente —contestó Jim.

Y parecía que su mirada inquieta buscaba la de Hawkins.

El armador no dejó de advertirlo, y tuvo el presentimiento de que el muchacho iba a hacer alguna importante revelación, algo que Jim no se había atrevido a declarar hasta entonces. Y cuando el fiscal le preguntó, dijo el grumete:

– Se trata del puñal… que nadie ha visto a bordo, de ese kriss que pertenecía a los señores Kip…

Después de haber pronunciado estas palabras entrecortadas, Jim no fue dueño de disimular su turbación. Pareció como que dudaba en continuar su declaración. Pero el presidente le dio ánimo, y acabó por decir:

– ¡Ese puñal…, yo…, yo lo he visto!

Los hermanos Kip levantaron la cabeza. ¿Es que se les escapaba la única tabla de salvación a que habían logrado asirse? Se presentó a Jim el arma homicida.

– ¿Es éste el puñal que viste? —le preguntó el fiscal.

– Si; lo reconozco.

– ¿Y aseguras haberlo visto a bordo?

– Sí.

– ¿Dónde?

– En el camarote de los señores Kip.

– ¿En su camarote?

– Sí.

– ¿Y cuándo?

– Durante la primera escala del James Cook en Port Praslin.

Y Jim refirió en qué circunstancias había visto el arma, que había atraído su atención, y la estuvo examinando, dejándola después en el mismo sitio donde la encontrara.

Como se recordará, el puñal había sido colocado en el camarote por Vin Mod momentos antes de que Flig Balt enviase allí al grumete con objeto de que lo viera; después el infame marinero lo volvió a ocultar en su saco.

Esta declaración del muchacho produjo un efecto extraordinario, al que ni la concurrencia, ni los jueces, ni los jurados pudieron sustraerse. ¿Quedaría ya alguna duda en los espíritus?

Los hermanos Kip afirmaban que el kriss no lo habían tenido nunca a bordo, y resultaba que había sido visto el mismo que luego fue encontrado en su maleta por la policía.

– ¿El puñal tenía su virola cuando lo tuviste tú en la mano? —preguntó el fiscal.

– Sí —contestó Jim—; no le faltaba nada.

Quedaba, pues, establecido que la virola debía haberse desprendido del puñal durante la lucha de los asesinos con el capitán Gibson, puesto que fue recogida algún tiempo después entre el follaje.

A esta declaración de Jim no había qué responder, y los acusados no dijeron nada. Hasta Hawkins veía desvanecerse sus sentimientos favorables a los hermanos Kip. ¿Cómo se iba a imaginar que eran víctimas de una emboscada dispuesta por Vin Mod; que este miserable había llevado secretamente el puñal a bordo del James Cook, y lo había dejado un instante para que el grumete pudiese dar fe de haberlo visto antes de que se cometiese el asesinato; que los asesinos del capitán Gibson eran él y su cómplice Flig Balt, asociados en esta espantosa maquinación para perder a dos inocentes?

En aquel instante Nat Gibson tomó la palabra.

Quería llamar la atención del jurado sobre un hecho del que hasta entonces no había hablado, hecho que le interesaba revelar.

Y con la venia del presidente, se expresó en estos términos:

– Señores jueces, señores del jurado: no ignoran que durante la travesía de Nueva Zelanda al archipiélago Bismarck el James Cook tuvo que sufrir y rechazar el ataque de los indígenas de las Luisíadas. Pasajeros y tripulación concurrieron a la defensa del bergantín… Mi padre estaba en primera fila. En lo más recio de la lucha, una bala, que no se sabe por quién fue disparada, rozó la frente del capitán Gibson… Hasta ahora pude creer que se trataba de un accidente casual, explicable en medio de una profunda oscuridad y en el ardor de la defensa… Pero ya no pienso así, y creo que aquello fue un atentado premeditado, dirigido contra mi padre, cuya muerte estaba ya decidida… ¿y por quiénes, sino por los que después habían de asesinarle?…

Bajo la violencia de esta nueva acusación, Karl Kip se puso en pie, la mirada ardiente, la voz vibrante de cólera:

– ¡Nosotros!… ¡Nosotros!… —exclamó—. ¡Nat Gibson, se atreve usted a decirlo!…

Karl estaba fuera de sí. Pero Pieter, cogiéndole la mano, le calmó, y se dejó caer en el banquillo con el pecho anhelante, hinchado por los sollozos.

La conmovedora escena impresionó vivamente a toda la sala, y por el rostro de Hawkins corrieron algunas lágrimas.

Vin Mod dio con la rodilla al contramaestre, y le miró como diciendo: «¡Diantre! ¡No había pensado en esto! Al hijo del capitán no se le escapa nada».

El acusador no tenía que, esforzarse para llevar al ánimo del jurado la culpabilidad de los dos hermanos. Presentó su situación embarazada, la liquidación que amenazaba a su casa comercial de Groninga, la pérdida de cuanto poseían en el naufragio de la Wilhelmina… El dinero que tenían al salir de Amboine, que seguramente no lo volvieron a encontrar en los restos del naufragio… Luego el que se les encontró en la maleta era el resto del que robaron al desgraciado capitán. Y, por último, ¡quién sabe si no había entrado ya en los cálculos de Karl Kip suceder a su víctima en el mando del james Cook, como se verificó después!

¿En qué condiciones se cometió el crimen?… Los jurados no lo ignoraban. Cuando Harry Gibson desembarcó para dirigirse a casa de Hamburg, los dos hermanos no estaban a bordo. Ellos le esperaron, le espiaron, le siguieron a través del bosque de Kerawara, le atacaron, le arrastraron fuera del sendero, y le despojaron; luego volvieron tranquilamente al James Cook, y nadie sospechó lo más mínimo. ¡Y al día siguiente tuvieron el cinismo de unirse al fúnebre cortejo que había de conducir a su víctima a la última morada y de mezclar sus lágrimas con las del hijo del capitán!

Así es que la acusación pidió al jurado que no tuviese piedad para tales criminales; que su veredicto fuese afirmativo en todas sus partes; que condenase a Karl y a Pieter Kip a la pena capital.

El defensor tomó la palabra, y no desfalleció ante las insuperables dificultades que se le ofrecían. ¿Pero podía esperar que el éxito coronara sus esfuerzos? ¿No sentía que estaba ya formada la opinión del público y la de los jueces? A las pruebas materiales, reveladas contra los acusados, ¿qué iba él a oponer? Nada más que presunciones morales, que no habían de pesar en el platillo de la balanza. Habló del pasado de sus defendidos, de la honradez de su vida, reconocida por todos los que estuvieron en relación con ellos: que la casa de Groninga no estaba en situación próspera; que habían perdido todos sus recursos en el naufragio de la Wilhelmina, desgraciadamente era verdad… Pero para procurarse una suma, relativamente mínima, dos o tres mil dólares, ¿iban ellos a asesinar al capitán Gibson, a su bienhechor? ¡No! ¡Eso no era admisible! ¡Los hermanos Kip eran víctimas de una inexplicable fatalidad!… Había dudas bastantes para impedir que el jurado condenase a dos inocentes, y debía absolverlos.

Terminados los debates, el jurado se retiró a la sala de deliberaciones.

Nat Gibson permaneció en el banco de los testigos con la cabeza entre las manos. Pero no vaya a figurarse que el abogado defensor había logrado despertar alguna duda en su conciencia. ¡No! Para él Karl y Pieter Kip seguían siendo los asesinos de su padre.

Hawkins, con el corazón lacerado, miraba el lugar vacío que los acusados habían de volver a ocupar para oír la sentencia.

En este instante el grumete Jim se le aproximó, y le dijo con voz temblorosa:

– Señor Hawkins, yo no debía declarar de otro modo, ¿no es verdad?

– No, hijo mío, tú no podías hacer otra cosa.

La deliberación se prolongaba. ¿Acaso la culpabilidad no era diáfana para todos los miembros del jurado? Tal vez se acordaran circunstancias atenuantes por la digna actitud observada por los dos hermanos, que no había dejado de causar cierta impresión durante el curso del proceso.

Entretanto, había dos hombres que no lograban disimular su impaciencia. Eran el contramaestre y Vin Mod, sentados el uno junto al otro, y sin atreverse a proferir más que palabras sueltas en voz baja… Pero no tenían necesidad de hablar para comprenderse, para cambiar sus pensamientos. Lo que ellos esperaban, lo que era preciso para su completa seguridad, era la sentencia a pena capital, era la ejecución de los hermanos Kip… ¡Muertos ellos, asunto concluido!

Viviendo, protestarían siempre de su inocencia, aunque fuese desde el fondo del presidio, ¡y quién sabe si la casualidad no pondría algún día a la justicia sobre la pista de los verdaderos culpables!…

Pasada media hora, la campanilla volvió a sonar, y el jurado volvió a ocupar su sitio en la sala de audiencia. El veredicto hablase dictado por unanimidad. El público se aprestó a escuchar, estrujándose, ahogándose, produciendo una agitación que llegaba al colmo. Inmediatamente después aparecieron los magistrados, y el presidente anunció que iba a reanudarse la audiencia. Uno de los jurados leyó el veredicto. Afirmativo en todas sus partes, no se acordaban circunstancias atenuantes para los acusados. Karl y Pieter Kip entraron de nuevo, y se colocaron de pie junto al banquillo. El presidente y sus asesores deliberaron algunos instantes acerca de la pena que debía ser aplicada; el crimen era el de asesinato, es decir, homicidio con premeditación. Karl y Pieter Kip fueron condenados a muerte, y al pronunciarse la sentencia salieron del público algunos aplausos. Los dos hermanos, después de una dolorosa mirada, cogiéronse las manos. Luego abrieron los brazos, y, sin decirse una palabra, se estrecharon fuertemente pecho con pecho.

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Aufgabeamt: World Wide Web · Ziel: an Bord der Nautilus

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