Los hijos del capitán Grant · Parte 3
Capítulo X
El río nacional
Al día siguiente, al amanecer, una niebla bastante densa reptaba pesadamente sobre las aguas del río. Parte de los vapores que saturaban el aire se había condensado por el enfriamiento y cubría con un espeso nubarrón la superficie de las aguas. Pero los rayos del sol no tardaron en traspasar esas masas vesiculares, que se fundieron bajo la mirada del astro radiante. Las brumosas orillas se despejaron y el curso del Waikato apareció en toda su belleza matinal.
Una lengua de tierra finamente alargada, erizada de arbustos, iba a morir en punta en la reunión de las dos corrientes. Las aguas del Waipa, más impetuosas, rechazaban las aguas del Waikato durante un cuarto de milla antes de confundirse con ellas; pero el río, poderoso y tranquilo, pronto se imponía al rabioso afluente y lo arrastraba apaciblemente en su curso hasta el depósito del Pacífico.
Cuando los vapores se disiparon, apareció una embarcación que remontaba la corriente del Waikato.
Era una canoa de setenta pies de eslora, cinco de manga, tres de puntal, con la proa alzada como una góndola veneciana, tallada por entero en el tronco de un pino kahikatea. Un lecho de helechos secos tapizaba el fondo. Ocho remos en la proa la hacían volar sobre la superficie de las aguas, mientras un hombre, sentado en la popa, la dirigía mediante una paleta móvil.
Ese hombre era un indígena de gran estatura, de unos cuarenta y cinco años, de pecho ancho, miembros musculosos, dotado de pies y manos vigorosos. Su frente abombada y surcada de espesos pliegues, su mirada violenta, su fisonomía siniestra hacían de él un personaje temible.
Era un jefe maorí, y de alto rango. Se lo veía en el tatuaje fino y apretado que surcaba su cuerpo y su rostro. De las aletas de su nariz aguileña partían dos espirales negras que, ciñendo sus ojos amarillos, se reunían sobre su frente y se perdían en su magnífica cabellera. Su boca de dientes resplandecientes y su barbilla desaparecían bajo regulares abigarramientos cuyas elegantes volutas se contorneaban hasta su robusto pecho.
El tatuaje, el «moko» de los neozelandeses, es una alta marca de distinción. Solo aquel que ha combatido valerosamente en algunas batallas es digno de esos honoríficos parafes. Los esclavos, la gente del pueblo llano, no pueden aspirar a ellos. Los jefes célebres se reconocen por el acabado, la precisión y la naturaleza del dibujo que reproduce a menudo en sus cuerpos imágenes de animales. Algunos se someten hasta cinco veces a la muy dolorosa operación del moko. Cuanto más ilustre es uno, más «ilustrado» va en este país de Nueva Zelanda.
Dumont d'Urville ha dado curiosos detalles sobre esta costumbre. Ha hecho observar, con razón, que el moko hacía las veces de esos blasones de los que ciertas familias son tan vanas en Europa. Pero señala una diferencia entre estos dos signos de distinción:
Y es que los blasones de los europeos no atestiguan a menudo más que el mérito individual de quien, el primero, supo obtenerlos, sin probar nada respecto al mérito de sus hijos; mientras que los blasones individuales de los neozelandeses testimonian de manera auténtica que, para tener el derecho de llevarlos, han tenido que demostrar un valor personal extraordinario.
Por lo demás, el tatuaje de los maoríes, independientemente de la consideración de que goza, posee una utilidad incontestable. Confiere al sistema cutáneo un aumento de grosor que permite a la piel resistir las inclemencias de las estaciones y las incesantes picaduras de los mosquitos.
En cuanto al jefe que dirigía la embarcación, no cabía duda alguna sobre su ilustración. El agudo hueso de albatros que usan los tatuadores maoríes había surcado cinco veces su rostro en líneas apretadas y profundas.
Estaba en su quinta edición, y ello se veía en su porte altanero.
Su cuerpo, drapeado en una vasta estera de «formio» guarnecida de pieles de perro, estaba ceñido por un taparrabos ensangrentado en los últimos combates.
Sus orejas portaban en el lóbulo alargado pendientes de jade verde, y en torno a su cuello se agitaban collares de «pounamus», una especie de piedras sagradas a las que los zelandeses otorgan cierta idea supersticiosa. A su lado reposaba un fusil de fabricación inglesa y un «patou-patou», especie de hacha de doble filo, de color esmeralda y dieciocho pulgadas de longitud.
Junto a él, nueve guerreros de rango inferior, pero armados, de aspecto fiero, algunos de los cuales sufrían aún heridas recientes, permanecían en perfecta inmovilidad, envueltos en sus mantos de formio. Tres perros de aspecto salvaje yacían a sus pies. Los ocho remeros de la proa parecían ser servidores o esclavos del jefe. Bogaban vigorosamente. Así la embarcación remontaba la corriente del Waikato, poco rápida por lo demás, con velocidad notable.
En el centro de esa larga canoa, con los pies atados pero las manos libres, diez prisioneros europeos se apretaban unos contra otros.
Eran Glenarvan y lady Helena, Mary Grant, Robert, Paganel, el mayor, John Mangles, el stewart, los dos marineros.
La víspera por la noche, todo el pequeño grupo, engañado por la espesa niebla, había ido a acampar en medio de un numeroso grupo de indígenas. Hacia la mitad de la noche, los viajeros sorprendidos en su sueño fueron hechos prisioneros y transportados a bordo de la embarcación. No habían sido maltratados hasta entonces, pero en vano habrían intentado resistir. Sus armas, sus municiones estaban en manos de los salvajes, y sus propias balas los habrían derribado al suelo prontamente.
No tardaron en enterarse, captando algunas palabras inglesas que los indígenas usaban entre sí, de que éstos, rechazados por las tropas británicas, batidos y diezmados, regresaban a los distritos del alto Waikato. El jefe maorí, tras una obstinada resistencia, con sus principales guerreros masacrados por los soldados del regimiento 42, volvía a hacer un nuevo llamamiento a las tribus del río para reunirse con el indomable William Thompson, que seguía luchando contra los conquistadores. Ese jefe se llamaba Kai-Koumou, nombre siniestro en lengua indígena, que significa «el que come los miembros de su enemigo». Era valiente, audaz, pero su crueldad igualaba a su valor. No había piedad que esperar de él. Su nombre era bien conocido de los soldados ingleses, y su cabeza acababa de ser puesta a precio por el gobernador de Nueva Zelanda.
Ese terrible golpe había caído sobre lord Glenarvan en el momento en que estaba a punto de alcanzar el tan deseado puerto de Auckland y repatriarse a Europa. Sin embargo, al contemplar su rostro frío y sereno, no se habría podido adivinar el exceso de sus angustias. Es que Glenarvan, en las circunstancias graves, se mostraba a la altura de sus infortunios. Sentía que debía ser la fuerza, el ejemplo de su mujer y de sus compañeros, él, el esposo, el jefe; dispuesto además a morir el primero por la salvación común cuando las circunstancias lo exigieran. Profundamente religioso, no quería desesperar de la justicia de Dios frente a la santidad de su empresa, y, en medio de los peligros acumulados en su camino, no lamentó el generoso impulso que lo había arrastrado hasta esos salvajes países.
Sus compañeros eran dignos de él; compartían sus nobles pensamientos, y, a juzgar por su fisonomía tranquila y orgullosa, no se les habría creído conducidos hacia una catástrofe suprema. Por otra parte, de común acuerdo y por consejo de Glenarvan, habían resuelto afectar una superba indiferencia ante los indígenas. Era el único medio de imponerse a esas naturalezas fieras. Los salvajes en general, y los maoríes en particular, tienen cierto sentido de la dignidad del que nunca se apartan. Estiman a quien se hace estimar por su sangre fría y su valor.
Glenarvan sabía que, obrando así, evitaba a sus compañeros y a él mismo inútiles malos tratos.
Desde la partida del campamento, los indígenas, poco locuaces como todos los salvajes, apenas habían hablado entre sí. Sin embargo, por algunas palabras intercambiadas, Glenarvan reconoció que la lengua inglesa les era familiar. Resolvió, pues, interrogar al jefe zelandés sobre la suerte que les estaba reservada.
Dirigiéndose a Kai-Koumou, le dijo con voz exenta de todo temor:
– ¿Adónde nos llevas, jefe?
Kai-Koumou lo miró fríamente sin responderle.
– ¿Qué piensas hacer con nosotros? —repuso Glenarvan.
Los ojos de Kai-Koumou brillaron con un relámpago rápido, y con voz grave respondió entonces:
– Canjearte, si los tuyos te quieren; matarte, si se niegan.
Glenarvan no preguntó más, pero la esperanza le volvió al corazón. Sin duda, algunos jefes del ejército maorí habían caído en manos de los ingleses, y los indígenas querían intentar recuperarlos mediante un canje. Había, pues, una posibilidad de salvación, y la situación no era desesperada.
Entretanto, la canoa remontaba rápidamente el curso del río. Paganel, a quien la movilidad de su carácter llevaba de buen grado de un extremo al otro, había recobrado toda la esperanza. Se decía que los maoríes les ahorraban la molestia de dirigirse a los puestos ingleses, y que eso era ya ganar algo. Así pues, resignado a su suerte, seguía en su mapa el curso del Waikato a través de las llanuras y los valles de la provincia. Lady Helena y Mary Grant, comprimiendo sus terrores, conversaban en voz baja con Glenarvan, y el más hábil fisonomista no habría sorprendido en sus rostros las angustias de su corazón.
El Waikato es el río nacional de Nueva Zelanda. Los maoríes sienten por él el orgullo y los celos que los alemanes sienten por el Rin y los eslavos por el Danubio. En su curso de doscientas millas, riega los más hermosos parajes de la isla septentrional, desde la provincia de Wellington hasta la provincia de Auckland. Ha dado su nombre a todas esas tribus ribereñas que, indomables e indomadas, se han levantado en masa contra los invasores.
Las aguas de ese río son todavía casi vírgenes de todo surco extranjero. Solo se abren ante la proa de las piraguas insulares. Apenas algún audaz turista ha podido aventurarse entre esas riberas sagradas. El acceso al alto Waikato parece estar vedado a los profanos europeos.
Paganel conocía la veneración de los indígenas por esa gran arteria zelandesa. Sabía que los naturalistas ingleses y alemanes apenas lo habían remontado más allá de su confluencia con el Waipa.
¿Hasta dónde el capricho de Kai-Koumou arrastraría a sus cautivos? No lo habría podido adivinar de no ser porque la palabra «taupo», frecuentemente repetida entre el jefe y sus guerreros, despertó su atención.
Consultó su mapa y vio que ese nombre de taupo se aplicaba a un lago célebre en los anales geográficos, excavado en la porción más montañosa de la isla, en el extremo meridional de la provincia de Auckland. El Waikato nace de ese lago tras haberlo atravesado en toda su anchura. Pues bien, del confluente al lago el río se desarrolla en un recorrido de unas ciento veinte millas.
Paganel, dirigiéndose en francés a John Mangles para no ser comprendido por los salvajes, le rogó que estimara la velocidad de la canoa. John la cifró en unas tres millas por hora.
– Entonces —respondió el geógrafo—, si hacemos alto durante la noche, nuestro viaje hasta el lago durará cerca de cuatro días.
– ¿Pero los puestos ingleses, dónde están situados? —preguntó Glenarvan.
– ¡Es difícil saberlo! —respondió Paganel—. Sin embargo, la guerra habrá debido de extenderse a la provincia de Taranaki, y, según toda probabilidad, las tropas están concentradas hacia el lago, al otro lado de las montañas, allí donde se ha concentrado el foco de la insurrección.
– ¡Dios lo quiera! —dijo lady Helena.
Glenarvan lanzó una triste mirada sobre su joven esposa, sobre Mary Grant, expuestas a la merced de esos feroces indígenas y arrastradas a un país salvaje, lejos de toda intervención humana. Pero se vio observado por Kai-Koumou, y, por prudencia, no queriendo dejarle adivinar que una de las cautivas era su mujer, reprimió sus pensamientos en su corazón y observó las orillas del río con perfecta indiferencia.
La embarcación, a media milla por encima del confluente, había pasado sin detenerse ante la antigua residencia del rey Potatau. Ninguna otra canoa surcaba las aguas del río. Algunas chozas, espaciadas a lo largo de las orillas, atestiguaban con su ruina los horrores de una guerra reciente.
Las campiñas ribereñas parecían abandonadas, las orillas del río estaban desiertas. Solo algunos representantes de la familia de las aves acuáticas animaban esa triste soledad. A veces el «taparunga», un zancudo de alas negras, vientre blanco y pico rojo, huía sobre sus largas patas. A veces garzas de tres especies, el «matuku» ceniciento, una especie de avetoro de aspecto estúpido, y el magnífico «kotuku», blanco de plumaje, amarillo de pico, negro de patas, contemplaban apaciblemente pasar la embarcación indígena. Donde las orillas declives acusaban cierta profundidad del agua, el martín pescador, el «kotaré» de los maoríes, acechaba esas pequeñas anguilas que pululan por millones en los ríos zelandeses. Donde los arbustos se curvaban sobre el río, abubillas muy engreídas, rálidos y gallinetas sultanas hacían su aseo matinal bajo los primeros rayos del sol. Todo ese mundo alado gozaba en paz del descanso que le procuraba la ausencia de los hombres, ahuyentados o diezmados por la guerra.
Durante esa primera parte de su curso, el Waikato corría ampliamente por medio de vastas llanuras. Pero río arriba, las colinas y luego las montañas iban pronto a estrechar el valle donde se había excavado su cauce. A diez millas por encima del confluente, el mapa de Paganel indicaba en la orilla izquierda el ribero de Kirikiriroa, que allí se encontró en efecto. Kai-Koumou no se detuvo. Hizo entregar a los prisioneros sus propios alimentos, tomados en el pillaje del campamento. En cuanto a sus guerreros, sus esclavos y él mismo, se contentaron con la alimentación indígena: helechos comestibles, el pteris esculenta de los botánicos, raíces cocidas al horno, y «kapanas», patatas abundantemente cultivadas en las dos islas. Ninguna materia animal figuraba en su comida, y la carne seca de los cautivos no pareció inspirarles deseo alguno.
A las tres, algunas montañas se alzaron en la orilla derecha, las Pokaroa-Ranges, que semejaban una cortina desmantelada. Sobre ciertas aristas a pico estaban encaramados «pahs» en ruinas, antiguos atrincheramientos levantados por los ingenieros maoríes en posiciones inexpugnables. Parecían grandes nidos de águilas.
El sol estaba a punto de desaparecer bajo el horizonte cuando la canoa chocó con una orilla atestada de esas piedras pómez que el Waikato, nacido de montañas volcánicas, arrastra en su curso. Algunos árboles crecían allí, que parecieron propios para albergar un campamento. Kai-Koumou hizo desembarcar a sus prisioneros, y los hombres tuvieron las manos atadas, las mujeres quedaron libres; todos fueron colocados en el centro del campamento, al que unas hogueras encendidas hicieron una infranqueable barrera de fuego.
Antes de que Kai-Koumou hubiera comunicado a sus cautivos su intención de canjearlos, Glenarvan y John Mangles habían discutido los medios de recobrar la libertad. Lo que no podían intentar en la embarcación, esperaban intentarlo en tierra, a la hora del campamento, con los azares favorables de la noche.
Pero, desde la conversación de Glenarvan con el jefe zelandés, pareció prudente abstenerse. Había que tener paciencia. Era el partido más sensato.
El canje ofrecía posibilidades de salvación que no presentaban ni un ataque a mano armada ni una huida a través de esos parajes desconocidos.
Ciertamente, podrían surgir muchos acontecimientos que retrasarían o incluso impedirían semejante negociación; pero lo mejor era aún aguardar su resultado. En efecto, ¿qué podían hacer una decena de hombres sin armas contra una treintena de salvajes bien armados? Glenarvan, por lo demás, suponía que la tribu de Kai-Koumou había perdido algún jefe de alto valor que tenía un empeño particular en recuperar, y no se equivocaba.
Al día siguiente, la embarcación remontó el curso del río con nueva rapidez. A las diez, se detuvo un instante en el confluente del Pohaiwhenna, pequeño río que venía sinuosamente de las llanuras de la orilla derecha.
Allí una canoa, tripulada por diez indígenas, se unió a la embarcación de Kai-Koumou. Los guerreros apenas intercambiaron el saludo de llegada, el «aïré maira», que significa «ven aquí con buena salud», y los dos canoas marcharon juntos. Los recién llegados habían combatido recientemente contra las tropas inglesas. Se veía en sus vestimentas en harapos, en sus armas ensangrentadas, en las heridas que sangraban aún bajo sus jirones.
Estaban sombríos, taciturnos. Con la indiferencia natural a todos los pueblos salvajes, no prestaron ninguna atención a los europeos.
Al mediodía, las cumbres del Maungatotari se perfilaron en el oeste. El valle del Waikato comenzaba a estrecharse. Allí el río, profundamente encajonado, se desencadenaba con la violencia de un rápido. Pero el vigor de los indígenas, redoblado y regularizado por un canto que ritmaba el batir de los remos, lanzó la embarcación sobre las aguas espumosas. El rápido fue superado, y el Waikato retomó su curso lento, quebrado cada milla por el ángulo de sus orillas.
Hacia la tarde, Kai-Koumou atracó al pie de las montañas cuyos primeros contrafuertes caían a pico sobre estrechas riberas. Allí, una veintena de indígenas, desembarcados de sus canoas, tomaban disposiciones para la noche. Hogueras ardían bajo los árboles. Un jefe, igual de Kai-Koumou, avanzó a paso medido y, frotando su nariz contra la de Kai-Koumou, le dio el cordial saludo del «chongui». Los prisioneros fueron depositados en el centro del campamento y guardados con extrema vigilancia.
A la mañana siguiente, se retomó esa larga remontada del Waikato. Otras embarcaciones llegaron por los pequeños afluentes del río. Una sesentena de guerreros, evidentemente los fugitivos de la última insurrección, estaban reunidos entonces, y, más o menos castigados por las balas inglesas, regresaban a los distritos de las montañas. A veces, un canto se elevaba de las canoas que marchaban en fila. Un indígena entonaba la oda patriótica del misterioso «Pihé», papa ra ti wati tidi i dounga nei... Himno nacional que arrastra a los maoríes a la guerra de la independencia. La voz del cantante, plena y sonora, despertaba los ecos de las montañas, y, tras cada estrofa, los indígenas, golpeándose el pecho, que resonaba como un tambor, repetían en coro la estrofa belicosa. Luego, con un nuevo esfuerzo de remos, las canoas hacían frente a la corriente y volaban sobre la superficie de las aguas.
Un fenómeno curioso vino, durante esa jornada, a marcar la navegación del río. Hacia las cuatro, la embarcación, sin vacilar, sin retardar su marcha, guiada por la mano firme del jefe, se lanzó a través de un estrecho valle. Remolinos se rompían con furia contra numerosos islotes propicios a los accidentes.
Menos que nunca, en ese extraño paso del Waikato, estaba permitido zozobrar, pues sus orillas no ofrecían ningún refugio. Quien hubiera puesto el pie en el fango hirviente de las riberas se habría perdido inevitablemente.
En efecto, el río fluía entre esas fuentes termales señaladas de siempre a la curiosidad de los turistas. El óxido de hierro teñía de rojo vivo el légamo de las orillas, donde el pie no habría encontrado una braza de toba sólida. La atmósfera estaba saturada de un olor sulfuroso muy penetrante. Los indígenas no sufrían por ello, pero los cautivos fueron seriamente incomodados por los miasmas exhalados de las fisuras del suelo y las burbujas que reventaban bajo la tensión de los gases interiores. Pero si el olfato se acomodaba con dificultad a esas emanaciones, el ojo no podía sino admirar ese imponente espectáculo.
Las embarcaciones se aventuraron en el espesor de una nube de vapores blancos. Sus deslumbrantes volutas se escalonaban en cúpula sobre el río. En sus orillas, un centenar de géiseres, unos lanzando masas de vapor, otros derramándose en columnas líquidas, variaban sus efectos como los surtidores y cascadas de un estanque organizado por la mano del hombre. Se habría dicho que algún maquinista dirigía a su antojo las intermitencias de esas fuentes. Las aguas y los vapores, confundidos en el aire, se irisaban a los rayos del sol.
En ese lugar, el Waikato fluía sobre un lecho móvil que hierve sin cesar bajo la acción de los fuegos subterráneos. No lejos, hacia el lago Rotorua, en el este, rugían las fuentes termales y las cascadas humeantes del Rotomahana y del Tetarata, entrevistas por algunos atrevidos viajeros. Esa región está perforada de géiseres, cráteres y solfataras.
Allí se escapa el exceso de gases que no han podido encontrar salida por las insuficientes válvulas del Tongariro y del Wakari, los únicos volcanes en actividad de Nueva Zelanda.
Durante dos millas, las canoas indígenas navegaron bajo esa bóveda de vapores, envueltas en las cálidas volutas que rodaban sobre la superficie de las aguas; luego, el humo sulfuroso se disipó y un aire puro, solicitado por la rapidez de la corriente, vino a refrescar los pechos jadeantes. La región de las fuentes había quedado atrás.
Antes del fin del día, se remontaron aún dos rápidos bajo el vigoroso remo de los salvajes: el de Hipapatua y el de Tamatea. Por la noche, Kai-Koumou acampó a cien millas del confluente del Waipa y del Waikato. El río, arqueándose hacia el este, caía de nuevo al sur sobre el lago Taupo, como un inmenso surtidor en un estanque.
Al día siguiente, Jacques Paganel, consultando el mapa, reconoció en la orilla derecha el monte Taubara, que se eleva a tres mil pies en el aire.
Al mediodía, todo el cortejo de embarcaciones desembocaba por una apertura del río en el lago Taupo, y los indígenas saludaban con sus gestos un pedazo de tela que el viento desplegaba en lo alto de una choza. Era la bandera nacional.