Los hijos del capitán Grant · Parte 2

Capítulo VII

Ayrton

La sorpresa que produjeron estas palabras no podría describirse. Glenarvan se había levantado de un salto y, apartando su silla:

– ¿Quién habla así? —exclamó.

– Yo —respondió uno de los servidores de Paddy O'Moore, sentado al extremo de la mesa.

– ¿Tú, Ayrton? —dijo el colono, no menos estupefacto que Glenarvan.

– Yo —respondió Ayrton con voz emocionada, pero firme—; yo, escocés como vos, milord; yo, uno de los náufragos del Britannia. Esta declaración produjo un efecto indescriptible. Mary Grant, medio desvanecida de emoción, medio moribunda de felicidad esta vez, se dejó caer en los brazos de lady Helena. John Mangles, Robert, Paganel, abandonando sus asientos, se precipitaron hacia quien Paddy O'Moore acababa de llamar Ayrton. Era un hombre de cuarenta y cinco años, de ruda fisonomía, cuya mirada muy brillante se perdía bajo un arco superciliar profundamente hundido. Su vigor debía de ser poco común, a pesar de la delgadez de su cuerpo. Era todo huesos y nervios, y, según una expresión escocesa, no perdía el tiempo en hacer carnes. Una estatura mediana, los hombros anchos, un porte decidido, un semblante lleno de inteligencia y energía, aunque los rasgos fuesen duros, predisponían en su favor. La simpatía que inspiraba se acrecentaba aún por las huellas de una reciente miseria impresas en su rostro. Se veía que había sufrido y mucho, aunque parecía hombre capaz de soportar los sufrimientos, de afrontarlos, de vencerlos. Glenarvan y sus amigos habían sentido esto a primera vista. La personalidad de Ayrton se imponía desde el primer momento. Glenarvan, haciéndose intérprete de todos, lo acribillaba a preguntas a las que Ayrton respondía. El encuentro de Glenarvan y Ayrton había producido evidentemente en ambos una emoción recíproca. Así, las primeras preguntas de Glenarvan se agolparon sin orden, y como a su pesar.

– ¿Sois uno de los náufragos del Britannia? —preguntó.

– Sí, milord; el contramaestre del capitán Grant —respondió Ayrton.

– ¿Salvado con él tras el naufragio?

– No, milord, no. En aquel terrible momento, fui separado, arrancado de la cubierta del navío, arrojado a la costa.

– ¿No sois, pues, uno de los dos marineros de que hace mención el documento?

– No. No sabía de la existencia de ese documento. El capitán lo arrojó al mar cuando yo ya no estaba a bordo.

– ¿Pero el capitán? ¿El capitán?

– Lo creía ahogado, desaparecido, hundido con toda la tripulación del Britannia. Pensaba haber sobrevivido yo solo.

– ¡Pero habéis dicho que el capitán Grant estaba vivo!

– No. He dicho: si el capitán está vivo...

– Habéis añadido: ¡está en el continente australiano!

– No puede estar sino allí, en efecto.

– ¿No sabéis, pues, dónde está?

– No, milord, os lo repito: lo creía sepultado en las aguas o destrozado contra las rocas. Sois vos quien me revela que quizás vive aún.

– Pero entonces, ¿qué sabéis? —preguntó Glenarvan.

– Solo esto: si el capitán Grant está vivo, está en Australia.

– ¿Dónde tuvo lugar el naufragio? —dijo entonces el mayor Mac Nabbs. Era la primera pregunta que debía formularse, pero, en el trastorno causado por aquel incidente, Glenarvan, ansioso ante todo por saber dónde se encontraba el capitán Grant, no se había informado del lugar donde el Britannia había naufragado. A partir de ese momento, la conversación, hasta entonces vaga, ilógica, que procedía a saltos, rozaba los asuntos sin profundizar en ellos, mezclaba los hechos e invertía las fechas, adoptó una marcha más razonada, y pronto los detalles de aquella oscura historia aparecieron nítidos y precisos en el espíritu de sus oyentes. A la pregunta formulada por Mac Nabbs, Ayrton respondió en estos términos:

– Cuando fui arrancado del castillo de proa donde arriaba el foque, el Britannia corría hacia la costa de Australia. No se encontraba a más de dos cables de ella. El naufragio tuvo lugar, pues, en ese mismo lugar.

– ¿Por los treinta y siete grados de latitud? —preguntó John Mangles.

– Por los treinta y siete grados —respondió Ayrton.

– ¿En la costa oeste?

– ¡No! En la costa este —replicó vivamente el contramaestre.

– ¿Y en qué época?

– En la noche del 27 de junio de 1862.

– ¡Es eso! ¡Es exactamente eso! —exclamó Glenarvan.

– Ya veis, pues, milord —añadió Ayrton—, que con razón he podido decir: si el capitán Grant vive aún, es en el continente australiano donde hay que buscarlo, y no en otro lugar.

– ¡Y lo buscaremos, y lo encontraremos, y lo salvaremos, amigo mío! —exclamó Paganel—. ¡Ah, precioso documento! —añadió con una ingenuidad perfecta—. Hay que reconocer que has caído en manos de gente muy perspicaz. Nadie, sin duda, oyó las lisonjeras palabras de Paganel. Glenarvan y lady Helena, Mary y Robert se habían apresurado a rodear a Ayrton. Le estrechaban las manos. Parecía que la presencia de aquel hombre fuera una prenda segura de la salvación de Harry Grant. Puesto que el marinero había escapado de los peligros del naufragio, ¿por qué no habría salido el capitán sano y salvo de aquella catástrofe? Ayrton repetía de buen grado que el capitán Grant debía de estar vivo como él. Dónde, no sabría decirlo, pero con certeza en aquel continente. Respondía a las mil preguntas de que era objeto con una inteligencia y una precisión notables. La señorita Mary, mientras él hablaba, le retenía una mano entre las suyas. ¡Era un compañero de su padre, aquel marinero, uno de los marinos del Britannia! ¡Había vivido cerca de Harry Grant, surcando con él los mares, afrontando los mismos peligros! Mary no podía apartar sus ojos de aquella ruda fisonomía y lloraba de felicidad. Hasta aquel momento, nadie había tenido la idea de poner en duda la veracidad y la identidad del contramaestre. Solo el mayor y quizás John Mangles, menos prestos a dejarse convencer, se preguntaban si las palabras de Ayrton merecían una entera confianza. Su imprevisto encuentro podía suscitar algunas sospechas. Ciertamente, Ayrton había citado hechos y fechas concordantes, particularidades llamativas. Pero los detalles, por exactos que sean, no constituyen una certeza, y generalmente, como se ha observado, la mentira se afirma mediante la precisión de los detalles. Mac Nabbs reservó, pues, su opinión y se abstuvo de pronunciarse. En cuanto a John Mangles, sus dudas no resistieron mucho tiempo las palabras del marinero, y lo tuvo por verdadero compañero del capitán Grant cuando lo oyó hablar de su padre a la joven. Ayrton conocía perfectamente a Mary y a Robert. Los había visto en Glasgow en el momento de la partida del Britannia. Recordó su presencia en aquel almuerzo de despedida dado a bordo a los amigos del capitán. El sheriff MacIntyre también estaba presente. Robert había sido confiado —no tenía aún diez años— al cuidado de Dick Turner, el contramaestre de a bordo, y se le escapó para trepar a las crucetas del juanete.

– Es verdad, es verdad —decía Robert Grant. Y Ayrton evocaba así mil pequeños hechos, sin aparentar darles la importancia que les otorgaba John Mangles. Y cuando se detenía, Mary le decía con su dulce voz:

– Más, señor Ayrton, ¡habladnos más de nuestro padre! El contramaestre satisfizo en la medida de sus posibilidades los deseos de la joven. Glenarvan no quería interrumpirle, y sin embargo veinte preguntas más útiles se agolpaban en su espíritu; pero lady Helena, mostrándole la alegre emoción de Mary, detenía sus palabras. Fue en el curso de aquella conversación como Ayrton relató la historia del Britannia y su viaje a través de los mares del Pacífico. Mary Grant la conocía en gran parte, puesto que las noticias del navío llegaban hasta el mes de mayo del año 1862. Durante aquel período de un año, Harry Grant tocó en las principales tierras de la Oceanía. Recaló en las Hébridas, en Nueva Guinea, en Nueva Zelanda, en Nueva Caledonia, topándose con tomas de posesión a menudo poco justificadas, sufriendo la mala voluntad de las autoridades inglesas, pues su navío estaba señalado en las colonias británicas. Sin embargo, había encontrado un punto importante en la costa occidental de la Papuasia; allí, el establecimiento de una colonia escocesa le pareció factible y su prosperidad asegurada; en efecto, un buen puerto de escala en la ruta de las Molucas y las Filipinas debía atraer navíos, sobre todo cuando la apertura del istmo de Suez hubiera suprimido la vía del cabo de Buena Esperanza. Harry Grant era de quienes preconizaban en Inglaterra la obra del señor De Lesseps y no arrojaban rivalidades políticas en medio de un gran interés internacional. Tras aquel reconocimiento de la Papuasia, el Britannia fue a reaprovisionarse en El Callao, y salió de aquel puerto el 30 de mayo de 1862, para regresar a Europa por el océano Índico y la ruta del Cabo. Tres semanas después de su partida, una espantosa tempestad desarboló el navío. Quedó acampanado. Hubo que cortar la arboladura. Se declaró una vía de agua en los fondos, que no consiguieron tapar. La tripulación quedó pronto extenuada, al límite de sus fuerzas. No pudieron achicar las bombas. Durante ocho días, el Britannia fue juguete de los huracanes. Tenía seis pies de agua en su bodega. Se hundía poco a poco. Las embarcaciones habían sido arrebatadas durante la tempestad. Había que perecer a bordo, cuando, en la noche del 27 de junio, tal como Paganel había comprendido perfectamente, se divisó la ribera oriental de Australia. Pronto el navío hizo costa. Se produjo un violento choque. En ese momento, Ayrton, arrastrado por una ola, fue arrojado en medio de los rompientes y perdió el conocimiento. Cuando volvió en sí, estaba en manos de los indígenas, que lo arrastraron al interior del continente. Desde entonces, no volvió a saber nada del Britannia y supuso, no sin razón, que había perecido con todo lo que llevaba en los peligrosos arrecifes de Twofold Bay. Aquí terminaba el relato relativo al capitán Grant. Provocó más de una dolorosa exclamación. El mayor no habría podido sin injusticia dudar de su autenticidad. Pero, tras la historia del Britannia, la historia particular de Ayrton debía presentar un interés más inmediato aún. En efecto, Grant, no cabía duda, gracias al documento, había sobrevivido al naufragio con dos de sus marineros, al igual que el propio Ayrton. De la suerte del uno podía razonablemente concluirse la suerte del otro. Ayrton fue, pues, invitado a relatar sus aventuras. Fueron muy simples y muy breves.

El marinero náufrago, prisionero de una tribu indígena, se vio llevado a aquellas regiones interiores bañadas por el Darling, es decir, a cuatrocientas millas al norte del trigésimo séptimo paralelo. Allí vivió muy miserablemente, porque la tribu era miserable ella misma, pero sin ser maltratado. Fueron dos largos años de un penoso cautiverio. Sin embargo, la esperanza de recobrar su libertad le sostenía el ánimo. Espiaba la menor ocasión de escapar, aunque su huida debía arrojarlo en medio de innumerables peligros. Una noche de octubre de 1864 burló la vigilancia de los naturales y desapareció en la profundidad de inmensos bosques. Durante un mes, viviendo de raíces, de helechos comestibles, de gomas de mimosas, erró en medio de aquellas vastas soledades, guiándose de día por el sol, de noche por las estrellas, abatido con frecuencia por la desesperación. Atravesó así pantanos, ríos, montañas, toda aquella porción deshabitada del continente que raros viajeros han surcado con sus audaces itinerarios. Por fin, moribundo, extenuado, llegó a la hospitalaria morada de Paddy O'Moore, donde encontró una existencia feliz a cambio de su trabajo.

– Y si Ayrton se alaba de mí —dijo el colono irlandés, cuando aquel relato hubo concluido—, yo no tengo más que alabarme de él. Es un hombre inteligente, valiente, un buen trabajador, y, si le place, la morada de Paddy O'Moore será durante mucho tiempo la suya. Ayrton agradeció al irlandés con un gesto y esperó a que le fueran dirigidas nuevas preguntas. Se decía, sin embargo, que la legítima curiosidad de sus oyentes debía de quedar satisfecha. ¿Qué podría responder en adelante que no hubiera sido dicho ya cien veces? Glenarvan iba, pues, a abrir la discusión sobre un nuevo plan a combinar, aprovechando el encuentro con Ayrton y sus informaciones, cuando el mayor, dirigiéndose al marinero, le dijo:

– ¿Erais contramaestre a bordo del Britannia?

– Sí —respondió Ayrton sin vacilar.

Pero, comprendiendo que cierto sentimiento de desconfianza, una duda, por leve que fuera, había dictado al mayor aquella pregunta, añadió:

– Por lo demás, he salvado del naufragio mi contrato de embarque. Y salió inmediatamente de la sala común para ir a buscar aquel documento oficial. Su ausencia no duró ni un minuto. Pero Paddy O'Moore tuvo tiempo de decir:

– Milord, os doy a Ayrton por un hombre honrado. Desde hace dos meses que está a mi servicio, no tengo un solo reproche que hacerle. Conocía la historia de su naufragio y de su cautiverio. Es un hombre leal, digno de toda vuestra confianza. Glenarvan iba a responder que jamás había dudado de la buena fe de Ayrton, cuando este entró de nuevo y presentó su contrato en regla. Era un papel firmado por los armadores del Britannia y por el capitán Grant, cuya letra Mary reconoció perfectamente. Hacía constar que «Tom Ayrton, marinero de primera clase, era contratado como contramaestre a bordo del navío de tres palos Britannia, de Glasgow». Ya no había, pues, duda posible sobre la identidad de Ayrton, pues habría sido difícil admitir que aquel contrato estuviera en sus manos sin pertenecerle.

– Ahora —dijo Glenarvan—, hago un llamamiento a los consejos de todos y suscito una discusión inmediata sobre lo que conviene hacer. Vuestras opiniones, Ayrton, nos serán particularmente valiosas, y os quedaré muy agradecido si queréis dárnoslas. Ayrton reflexionó unos instantes, y respondió en estos términos:

– Os agradezco, milord, la confianza que tenéis en mí, y espero mostrarme digno de ella. Tengo algún conocimiento de este país, de las costumbres de los indígenas, y si puedo seros útil...

– Sin duda alguna —respondió Glenarvan.

– Pienso como vos —respondió Ayrton— que el capitán Grant y sus dos marineros se salvaron del naufragio; pero, puesto que no han llegado a las posesiones inglesas, puesto que no han vuelto a aparecer, no dudo de que su suerte haya sido la mía, y que sean prisioneros de alguna tribu de naturales.

– Repetís ahí, Ayrton, los argumentos que yo mismo ya he hecho valer —dijo Paganel—. Los náufragos son evidentemente prisioneros de los indígenas, tal como lo temían. Pero ¿debemos pensar que, como vos, han sido llevados al norte del trigésimo séptimo grado?

– Es de suponer, señor —respondió Ayrton—; las tribus enemigas no suelen establecerse en la vecindad de los distritos sometidos a los ingleses.

– Eso complicará nuestras investigaciones —dijo Glenarvan, bastante desconcertado—. ¿Cómo encontrar el rastro de los prisioneros en el interior de un continente tan vasto? Un prolongado silencio acogió esta observación. Lady Helena interrogaba con la mirada a todos sus compañeros sin obtener respuesta. El propio Paganel permanecía mudo, contra su costumbre. Su ingeniosidad habitual le faltaba. John Mangles paseaba a grandes zancadas por la sala común, como si estuviera sobre la cubierta de su navío, en cierto apuro.

– Y vos, señor Ayrton —dijo entonces lady Helena al marinero—, ¿qué haríais?

– Señora —respondió Ayrton con cierta viveza—, me embarcaría de nuevo a bordo del Duncan e iría directamente al lugar del naufragio. Allí tomaría consejo de las circunstancias, y quizás de indicios que el azar pudiera proporcionar.

– Bien —dijo Glenarvan—; solo que habrá que esperar a que el Duncan esté reparado.

– ¿Ah, habéis sufrido averías? —preguntó Ayrton.

– Sí —respondió John Mangles.

– ¿Graves?

– No, pero exigen un utillaje del que no disponemos a bordo. Una de las palas de la hélice está torcida y solo puede repararse en Melbourne.

– ¿No podéis ir a la vela? —preguntó el contramaestre.

– Sí, pero, por poco que los vientos contrarien al Duncan, tardaría un tiempo considerable en llegar a Twofold Bay, y en cualquier caso tendrá que volver a Melbourne.

– ¡Pues bien, que vaya a Melbourne! —exclamó Paganel—, ¡y nosotros iremos sin él a la bahía Twofold!

– ¿Y cómo? —preguntó John Mangles.

– Atravesando Australia como hemos atravesado América, siguiendo el trigésimo séptimo paralelo.

– Pero el Duncan... —insistió Ayrton de una manera muy particular.

– El Duncan nos reunirá, o nosotros nos reuniremos al Duncan, según las circunstancias. Si el capitán Grant es encontrado durante nuestra travesía, regresamos juntos a Melbourne. Si, por el contrario, proseguimos nuestras investigaciones hasta la costa, el Duncan vendrá a reunirse con nosotros allí. ¿Quién tiene objeciones que hacer a este plan? ¿El mayor?

– No —respondió Mac Nabbs—, si la travesía de Australia es practicable.

– Tan practicable —respondió Paganel—, que propongo a lady Helena y a la señorita Grant que nos acompañen.

– ¿Habláis en serio, Paganel? —preguntó Glenarvan.

– Muy en serio, mi querido lord. ¡Es un viaje de trescientas cincuenta millas, no más! A doce millas por día, durará apenas un mes, es decir, el tiempo necesario para las reparaciones del Duncan. ¡Ah! Si se tratara de atravesar el continente australiano bajo una latitud más baja, si hubiera que cruzarlo en su mayor anchura, atravesar esos inmensos desiertos donde el calor es tórrido, hacer en fin lo que los viajeros más audaces no han intentado todavía, eso sería distinto. ¡Pero este trigésimo séptimo paralelo corta la provincia de Victoria, un país inglés si los hay, con carreteras, vías férreas, y poblado en gran parte a lo largo de este trayecto! Es un viaje que se hace en calesa, si se quiere, o en carro, lo que es aún preferible. Es un paseo de Londres a Edimburgo. No es otra cosa.

– ¿Pero los animales feroces? —dijo Glenarvan, que quería exponer todas las objeciones posibles.

– No hay animales feroces en Australia.

– ¿Pero los salvajes?

– No hay salvajes bajo esta latitud, y en todo caso no tienen la crueldad de los neozelandeses.

– ¿Pero los convictos?

– No hay convictos en las provincias meridionales de Australia, sino solo en las colonias del este. La provincia de Victoria no solo los ha rechazado, sino que ha promulgado una ley para excluir de su territorio a los condenados liberados de las otras provincias. El gobierno victoriano incluso ha amenazado este año a la compañía peninsular con retirarle su subvención si sus navíos continuaban tomando carbón en los puertos de Australia occidental, donde los convictos son admitidos. ¡Cómo! ¿No sabéis eso vos, que sois inglés?

– Para empezar, no soy inglés —respondió Glenarvan.

– Lo que ha dicho el señor Paganel es perfectamente exacto —dijo entonces Paddy O'Moore—. No solo la provincia de Victoria, sino Australia Meridional, Queensland, la propia Tasmania, están de acuerdo en rechazar a los deportados de su territorio. Desde que habito esta granja, no he oído hablar de un solo convicto.

– Y por mi parte, jamás he encontrado ninguno —respondió Ayrton.

– Ya lo veis, amigos míos —prosiguió Jacques Paganel—: muy pocos salvajes, ninguna bestia feroz, ni un convicto; ¡no son muchos los países de Europa de los que podría decirse otro tanto! Bien, ¿está convenido?

– ¿Qué pensáis vos, Helena? —preguntó Glenarvan.

– Lo que pensamos todos, querido Edward —respondió lady Helena, volviéndose hacia sus compañeros—: ¡en marcha! ¡En marcha!

Telegramm

Aufgabeamt: World Wide Web · Ziel: an Bord der Nautilus

0 Wörter · Gebühr: 0 Kreuzer (Punkte werden zu STOP)