Capítulo 6
Esa misma tarde, después de cenar, Briant comunicó a los mayores el resultado de su exploración. Se resumía en lo siguiente: en dirección al este, más allá de la zona de bosques, había divisado con toda nitidez una línea de agua que se extendía de norte a sur. Que se tratase de un horizonte marino no le parecía dudoso. Así pues, era en una isla, y no en un continente, donde había venido a embarrancar tan desgraciadamente el Sloughi.
De buenas a primeras, Gordon y los demás acogieron con viva emoción la afirmación de su camarada. ¡Cómo! ¿Estaban en una isla y carecían de todo medio para salir de ella? ¡Habría que renunciar al proyecto que habían concebido de buscar hacia el este la ruta de un continente! ¿Quedarían reducidos a esperar el paso de algún barco a la vista de esa costa? ¿Era verdad que en eso consistía en adelante su única esperanza de salvación?
– Pero ¿es que Briant no se ha equivocado en su observación? —observó Doniphan.
– En efecto, Briant —añadió Cross—, ¿no podrías haber tomado por el mar un banco de nubes?
– No —respondió Briant—, estoy seguro de no haber cometido error alguno.
Lo que vi hacia el este era sin duda una línea de agua que se curvaba en el horizonte.
– ¿A qué distancia? —preguntó Wilcox.
– A unas seis millas del cabo.
– ¿Y más allá —añadió Webb— no había montañas, ni tierras elevadas?
– ¡No!... ¡Solo el cielo!
Briant se mostraba tan categórico que no hubiera sido razonable conservar la menor duda al respecto.
Sin embargo, como hacía siempre cuando discutía con él, Doniphan se empecinó en su idea.
– Yo repito —retomó— que Briant pudo equivocarse, y mientras no lo hayamos visto con nuestros propios ojos...
– Eso es lo que haremos —respondió Gordon—, pues hay que saber a qué atenerse.
– Y añado que no tenemos un día que perder —dijo Baxter—, si queremos partir antes de la mala estación, en caso de que estemos en un continente.
– Mañana mismo, a condición de que el tiempo lo permita —retomó Gordon—, emprenderemos una excursión que durará probablemente varios días. Digo si hace buen tiempo, porque aventurarse a través de esos espesos bosques del interior con mal tiempo sería una locura...
– De acuerdo, Gordon —respondió Briant—, y cuando hayamos alcanzado el litoral opuesto de la isla...
– ¡Si es que es una isla! —exclamó Doniphan, que no tuvo reparo en encogerse de hombros.
– ¡Que lo es! —replicó Briant con un gesto de impaciencia—. ¡No me he equivocado!... ¡He divisado claramente el mar en dirección al este!... A Doniphan le place contradecirme, según su costumbre...
– ¡Eh!, que no eres infalible, Briant.
– ¡No, no lo soy! Pero esta vez se verá si he cometido un error. Iré yo mismo a reconocer ese mar, y si Doniphan quiere acompañarme...
– ¡Desde luego que iré!
– ¡Y nosotros también! —exclamaron tres o cuatro de los mayores.
– ¡Bien, bien! —intervino Gordon—. Calmemos los ánimos, camaradas. Si todavía no somos más que niños, procuremos actuar como hombres. Nuestra situación es grave, y una imprudencia podría hacerla aún más grave. No, no debemos aventurarnos todos a través de esos bosques. Para empezar, los pequeños no podrían seguirnos, ¿y cómo dejarlos solos en el Sloughi? Que Doniphan y Briant intenten esa excursión, que dos de sus camaradas les acompañen...
– ¡Yo! —dijo Wilcox.
– ¡Y yo! —dijo Service.
– Bien —respondió Gordon—. Cuatro será suficiente. Si tardáis en volver, algunos de nosotros podrían salir a vuestro encuentro mientras los demás se quedan en la goleta. No olvidéis que aquí está nuestro campamento, nuestra casa, nuestro «hogar», y no deberemos abandonarlo hasta que tengamos la certeza de estar en un continente.
– ¡Estamos en una isla! —respondió Briant—. Lo afirmo por última vez.
– ¡Eso lo veremos! —replicó Doniphan.
Los sensatos consejos de Gordon habían puesto fin al desacuerdo entre aquellas jóvenes cabezas. Evidentemente —y el propio Briant lo reconocía— importaba adentrarse a través de los bosques del interior para alcanzar aquella línea de agua que él había entrevisto. Por lo demás, aun admitiendo que fuera efectivamente un mar el que se extendía al este, ¿no podría ocurrir que en esa dirección hubiera otras islas, separadas tan solo por un canal que no sería imposible cruzar? Pues bien, si esas islas formaban parte de un archipiélago, si aparecían alturas en el horizonte, ¿no era eso lo que había que comprobar antes de tomar una determinación de la que podía depender su salvación? Lo que era indudable es que no había tierra alguna al oeste, desde esa parte del Pacífico hasta las proximidades de Nueva Zelanda. Por tanto, los jóvenes náufragos no podían tener ninguna posibilidad de alcanzar un país habitado si no lo buscaban por el lado por donde salía el sol.
Sin embargo, solo sería prudente intentar esa exploración con buen tiempo. Como Gordon acababa de decir, ya no había que razonar ni actuar como niños, sino como hombres. En las circunstancias en que se encontraban, ante las eventualidades amenazadoras del futuro, si la inteligencia de aquellos jóvenes no maduraba prematuramente, si la ligereza y la irreflexión propias de su edad prevalecían y, además, se sembraba la discordia entre ellos, comprometerían absolutamente una situación que ya era bastante crítica. Por eso Gordon estaba resuelto a hacer todo lo posible para mantener el orden entre sus camaradas.
Ahora bien, por mucho que Doniphan y Briant tuvieran prisa por partir, un cambio de tiempo les obligó a aplazar su salida. Al día siguiente empezó a caer lluvia fría a intervalos. El descenso continuado del barómetro indicaba un período de vendavales cuyo fin no era posible prever. Hubiera sido demasiado temerario aventurarse en condiciones tan desfavorables.
En suma, ¿había motivo para lamentarlo? No, ciertamente. Que todos —y no se trata ya de los pequeños— tuvieran prisa por saber si el mar los rodeaba por todas partes, es comprensible. Pero aunque hubieran tenido la certeza de estar en un continente, ¿podían pensar en lanzarse al interior de un país desconocido cuando la mala estación estaba a punto de llegar? Si el recorrido se contaba por cientos de millas, ¿podrían soportar sus fatigas? ¿Tendría el más robusto de ellos fuerzas para llegar hasta el destino? ¡No! Para llevarse a cabo con sensatez, semejante empresa debería postergarse hasta la época de los días largos, cuando ya no hubiera que temer las inclemencias del invierno. Por tanto, habría que resignarse a pasar la temporada de frío en el campamento del Sloughi.
Ahora bien, Gordon no había dejado de intentar determinar en qué parte del Océano había tenido lugar el naufragio. El atlas de Stieler, perteneciente a la biblioteca del yate, contenía una serie de cartas del Pacífico. Al tratar de reconstruir la ruta seguida desde Auckland hasta el litoral de América, hacia el norte, más allá del grupo de las Pomotou, no se encontraba sino la isla de Pascua y la isla Juan Fernández, donde Selkirk —un Robinson real— había pasado parte de su existencia. Al sur, ni una tierra hasta los espacios sin límites del Océano Antártico. Si se miraba al este, no había más que los archipiélagos de las islas de Chiloé o de Madre de Dios, desperdigados a lo largo de la costa de Chile, y más abajo, los del estrecho de Magallanes y de la Tierra del Fuego, contra los que rompen los terribles mares del Cabo de Hornos.
Así pues, si la goleta había sido arrojada sobre una de esas islas deshabitadas que lindan con las pampas, ¿habría cientos de millas que recorrer para alcanzar las provincias habitadas de Chile, del Plata o de la República Argentina? ¿Y qué socorro cabía esperar en medio de esas inmensas soledades, donde peligros de toda índole acechan al viajero?
Ante tales eventualidades, convenía actuar con la mayor prudencia y no arriesgarse a perecer miserablemente aventurándose a través de lo desconocido.
Eso era precisamente lo que pensaba Gordon; Briant y Baxter compartían su punto de vista. Sin duda, Doniphan y sus seguidores terminarían por admitirlo.
No obstante, el proyecto de ir a reconocer el mar entrevisto al este seguía en pie. Pero durante los quince días siguientes fue imposible llevarlo a efecto. El tiempo se volvió abominable: días de lluvia de la mañana a la noche, vendavales que se desencadenaban con extrema violencia. El paso a través de los bosques hubiera sido impracticable. Hubo por tanto necesidad de retrasar la exploración, por mucho que se deseara esclarecer esa grave cuestión del continente o isla.
Durante esas largas jornadas de temporal, Gordon y sus camaradas permanecieron confinados a bordo, pero no estuvieron ociosos. Sin hablar de los cuidados que requería el material, había que reparar sin cesar las averías del yate, que sufría gravemente con las inclemencias. El forro exterior empezaba a abrirse en los costados altos y la cubierta ya no era impermeable. En ciertos lugares la lluvia pasaba a través de las costuras, cuya estopa se iba deshilachando poco a poco, y era necesario calafatearlas sin descanso.
Así pues, lo más urgente era buscar un refugio menos precario. Aun admitiendo que se pudiera partir hacia el este, eso no ocurriría antes de cinco o seis meses, y sin duda el Sloughi no aguantaría hasta entonces. Pues bien, si había que abandonarlo en plena mala estación, ¿dónde encontrarían un refugio, dado que el reverso del acantilado, expuesto al oeste, no ofrecía ni siquiera una oquedad que hubiera podido aprovecharse? Era pues en el reverso opuesto, al abrigo de los vientos de alta mar, donde convenía emprender nuevas exploraciones y, de ser necesario, construir una morada suficientemente grande para albergar a todo aquel pequeño mundo.
Mientras tanto, hubieron de realizarse reparaciones urgentes para tapar, no ya las vías de agua sino las vías de aire abiertas en el casco, y para afirmar el forro interior que se estaba desuniendo. Gordon habría empleado incluso las velas de repuesto para cubrir el casco de no ser por el disgusto de sacrificar esas gruesas lonas que podrían servir para montar una tienda en caso de verse obligados a acampar al raso. Tuvieron que conformarse con tender sobre la cubierta lonas embreadas.
Entre tanto, la carga fue dividida en fardos, anotados en el cuaderno de Gordon con un número de orden, de modo que en caso de urgencia pudieran transportarse más rápidamente al abrigo de los árboles.
Cuando el tiempo concedía algunas horas de calma, Doniphan, Webb y Wilcox salían a cazar palomas de las rocas, que Moko intentaba, con mayor o menor éxito, preparar de distintas maneras. Por otra parte, Garnett, Service, Cross, a quienes se unían los pequeños y a veces Jacques cuando su hermano se lo pedía expresamente, se dedicaban a la pesca. En aquellos parajes tan ricos en peces, lo que la bahía proporcionaba en abundancia, entre las algas agarradas a los primeros escollos, eran ejemplares del género notothenia así como merluzas de gran tamaño. Entre los filamentos de esos gigantescos fucos, esos kelps que miden hasta ciento veinte metros de longitud, pululaba un número prodigioso de pececillos que podían tomarse con la mano.
¡Había que oír las mil exclamaciones de aquellos jóvenes pescadores cuando recogían sus redes o sus sedales a lo largo del borde del banco de escollos!
– ¡Tengo uno!... ¡Tengo unos magníficos! —gritaba Jenkins—. ¡Oh, qué gordos son!
– ¡Y los míos... más gordos que los tuyos! —gritaba Iverson, que llamaba a Dole en su ayuda.
– ¡Van a escapársenos! —gritaba Costar.
Y entonces acudían en su ayuda.
– ¡Aguantad!... ¡Aguantad!... —repetían Garnett o Service, yendo de uno a otro—. ¡Y sobre todo, levantad las redes rápido!
– ¡Pero si no puedo!... ¡No puedo!... —repetía Costar, al que el peso arrastraba a su pesar.
Y todos, aunando sus esfuerzos, lograban sacar las redes a la arena. Ya era hora, pues entre las aguas claras había no pocos de esas mixinas, feroces lampreas que en un abrir y cerrar de ojos devoran el pez atrapado en las mallas. Aunque de esta forma perdían muchos, el resto bastaba ampliamente para las necesidades de la mesa. Las merluzas, principalmente, proporcionaban una carne excelente, ya fuera comiéndolas frescas o conservándolas en sal.
En cuanto a la pesca en la desembocadura del río, apenas daba más que mediocres ejemplares de galaxias, una especie de gobios con los que Moko no tenía más remedio que hacer frituras.
El 27 de marzo, una captura más importante dio lugar a un incidente bastante cómico.
Durante la tarde, como había dejado de llover, los pequeños habían ido al lado del río con sus aparejos de pesca.
De pronto resonaron sus gritos —de alegría, ciertamente— aunque pedían socorro.
Gordon, Briant, Service y Moko, que estaban trabajando a bordo de la goleta, interrumpieron sus tareas y, lanzándose en la dirección de donde provenían esos gritos, no tardaron en franquear los quinientos o seiscientos pasos que los separaban del río.
– ¡Venid!... ¡Venid!... —gritaba Jenkins.
– ¡Venid a ver a Costar y su corcel! —decía Iverson.
– ¡Más deprisa, Briant, más deprisa, o se nos va a escapar! —repetía Jenkins.
– ¡Basta!... ¡Basta!... ¡Bajadme!... ¡Tengo miedo! —gritaba Costar haciendo gestos de desesperación.
– ¡Arre!... ¡Arre!... —gritaba Dole, que se había sentado a la grupa de Costar sobre una masa en movimiento.
Esa masa no era otra cosa que una tortuga de grandes dimensiones, uno de esos enormes quelonios que se encuentran con más frecuencia dormidos en la superficie del mar.
En esta ocasión, sorprendida en la orilla, trataba de regresar a su elemento natural.
En vano intentaban los niños, después de haberle pasado una cuerda alrededor del cuello que asomaba fuera del caparazón, retener al vigoroso animal. Este seguía avanzando, y si no lo hacía a gran velocidad, al menos «tiraba» con una fuerza irresistible, arrastrando a toda la banda tras de sí. Por travesura, Jenkins había encaramado a Costar sobre el caparazón, y Dole, a horcajadas detrás, sujetaba al pequeño, que no cesaba de lanzar gritos de terror tanto más agudos cuanto más se acercaba la tortuga al mar.
– ¡Aguanta!... ¡Aguanta, Costar! —dijo Gordon.
– ¡Y ten cuidado de que tu caballo no se desboque! —exclamó Service.
Briant no pudo evitar reírse, pues no había ningún peligro. En cuanto Dole soltara a Costar, el niño no tenía más que dejarse resbalar; se llevaría el susto, pero nada más.
Ahora bien, lo urgente era capturar al animal. Evidentemente, aunque Briant y los demás unieran sus fuerzas a las de los pequeños, no lograrían detenerlo. Por tanto, había que buscar el medio de frenar su marcha antes de que desapareciera bajo las aguas, donde estaría a salvo.
Los revólveres de los que Gordon y Briant se habían provisto al salir de la goleta no les servirían de nada, pues el caparazón de una tortuga es a prueba de bala; y si la hubieran atacado a hachazos, habría retirado la cabeza y las patas para ponerse fuera de su alcance.
– Solo hay un medio —dijo Gordon—: darle la vuelta sobre el dorso.
– ¿Y cómo? —replicó Service—. Este bicho pesa al menos ciento treinta y cinco kilos, y nunca podremos...
– ¡Pértigas!... ¡Pértigas!... —respondió Briant.
Y, seguido de Moko, regresó a todo correr hacia el Sloughi.
En ese momento, la tortuga no se encontraba ya a más de treinta pasos del mar. Así pues, Gordon se apresuró a quitar a Costar y a Dole, aferrados al caparazón. Entonces, cogiendo la cuerda, todos tiraron de ella con todas sus fuerzas sin conseguir retrasar la marcha del animal, que habría sido capaz de arrastrar a todo el internado Chairman.
Por suerte, Briant y Moko volvieron antes de que la tortuga alcanzara el mar.
Se introdujeron entonces dos pértigas bajo su plastrón y, mediante esas palancas, se logró, no sin grandes esfuerzos, darle la vuelta sobre el dorso. Hecho esto, quedó definitivamente prisionera, pues le era imposible ponerse de nuevo sobre sus patas.
Por lo demás, en el momento en que retiraba la cabeza, Briant le asestó un hachazo tan certero que perdió la vida casi al instante.
– Bueno, Costar, ¿todavía le tienes miedo a este bicho? —le preguntó al pequeño.
– No... no, Briant, ya que está muerta.
– ¡Vaya! —exclamó Service—. ¡Apuesto a que de todas formas no te atreves a comerla!
– ¿Es que se come?
– ¡Claro que sí!
– ¡Pues me la comeré, si está buena! —replicó Costar, relamiéndose ya.
– Está exquisita —respondió Moko, que no se aventuraba demasiado al afirmar que la carne de tortuga es muy delicada.
Como no podía pensarse en transportar esa masa hasta el yate, hubo que descuartizarla allí mismo. Era bastante repugnante, pero los jóvenes náufragos empezaban a acostumbrarse a las necesidades a veces muy desagradables de esa vida de Robinsones. Lo más difícil fue romper el plastrón, cuya dureza metálica habría embotado el filo de un hacha. Lo lograron introduciendo un escoplo en los intersticios de las placas. Luego la carne, cortada en trozos, fue llevada al Sloughi. Y ese día, todos pudieron comprobar que el caldo de tortuga era exquisito, sin contar los asados que devoraron, aunque Service los había dejado carbonizarse algo sobre las brasas demasiado ardientes. El propio Phann demostró a su manera que los restos del animal no eran de despreciar para la raza canina.
Aquella tortuga había proporcionado más de veintitrés kilos de carne —lo que permitiría economizar las conservas del yate.
El mes de marzo concluyó en esas condiciones. Durante esas tres semanas, desde el naufragio del Sloughi, cada uno había trabajado lo mejor que pudo con vistas a una prolongación de la estancia en esa parte de la costa. Quedaba ahora, antes de que el invierno hiciera su aparición, resolver definitivamente la importante cuestión del continente o de la isla.
El 1 de abril quedó patente que el tiempo no tardaría en cambiar. El barómetro subía lentamente y el viento rolaba hacia tierra con cierta tendencia a amainar. No era posible equivocarse ante esos síntomas de una calma próxima y quizás de larga duración. Las circunstancias se prestarían pues a una exploración en el interior del país.
Los mayores hablaron de ello ese día y, tras deliberar, se hicieron los preparativos en vista de una expedición cuya importancia no se le escapaba a nadie.
– Creo —dijo Doniphan— que nada nos impedirá partir mañana por la mañana.
– Nada, eso espero —respondió Briant—, y habrá que estar listos a primera hora.
– He anotado —dijo Gordon— que esa línea de agua que viste al este se encontraba a seis o siete millas del promontorio...
– Sí —respondió Briant—, pero como la bahía se adentra bastante, es posible que esa distancia sea menor desde nuestro campamento.
– ¿Y en ese caso —retomó Gordon— vuestra ausencia podría no durar más de veinticuatro horas?
– Sí, Gordon, si pudiéramos avanzar directamente hacia el este. Solo que ¿encontraremos un paso a través de esos bosques una vez que hayamos rodeado el acantilado?
– ¡Oh!, esa dificultad no nos detendrá —observó Doniphan.
– Sea —respondió Briant—, pero otros obstáculos pueden cortar el camino: un curso de agua, un pantano, quién sabe. Será prudente pues proveerse de víveres por si el viaje durase unos cuantos días...
– Y de munición —añadió Wilcox.
– Eso va de suyo —retomó Briant—, y quedemos bien en esto, Gordon: si no hubiéramos vuelto en cuarenta y ocho horas, no deberías inquietarte...
– Me inquietaría aunque vuestra ausencia no durase más de medio día —respondió Gordon—. Por lo demás, no es eso lo que importa ahora. Puesto que se ha decidido la expedición, llevadla a cabo. Además, no debe tener únicamente por objetivo alcanzar ese mar entrevisto al este. Es igualmente necesario reconocer el país más allá del acantilado. Por este lado no hemos encontrado ninguna cueva, y cuando abandonemos el Sloughi, habrá que trasladar el campamento al abrigo de los vientos de alta mar. Pasar la mala estación en esta playa me parece inaceptable...
– Tienes razón, Gordon —respondió Briant—, y buscaremos algún lugar conveniente donde instalarnos...
– A no ser que quede demostrado que se puede abandonar definitivamente esta pretendida isla —observó Doniphan, que seguía volviendo siempre a su idea.
– De acuerdo, aunque la estación, ya muy avanzada, no se presta demasiado para eso —respondió Gordon—. En fin, haremos lo mejor posible. ¡Pues bien, a la partida mañana!
Los preparativos no tardaron en quedar terminados. Cuatro días de víveres, repartidos en sacos que se llevarían en bandolera; cuatro fusiles, cuatro revólveres, dos pequeñas hachas de a bordo, una brújula de bolsillo, una luneta suficientemente potente para permitir observar el territorio en un radio de cinco a seis kilómetros, mantas de viaje; luego, junto con los utensilios de bolsillo, mechas de yesca, eslabones, cerillas; todo ello debía ser suficiente, a lo que parecía, para las necesidades de una expedición de corta duración aunque no exenta de peligros. Así pues, Briant y Doniphan, así como Service y Wilcox, que iban a acompañarlos, tendrían cuidado de mantenerse en guardia, de no avanzar sino con la mayor circunspección y de no separarse jamás.
Gordon se decía que su presencia no habría sido inútil entre Briant y Doniphan. Pero le pareció más sensato quedarse en el Sloughi para velar por sus jóvenes camaradas. Así pues, tomando aparte a Briant, le arrancó la promesa de evitar todo motivo de desacuerdo o de riña.
Los pronósticos del barómetro se habían cumplido. Antes de caer la noche, las últimas nubes habían desaparecido hacia el oeste. La línea del mar se curvaba al oeste sobre un horizonte muy diáfano. Las magníficas constelaciones del hemisferio austral centelleaban en el firmamento y, entre ellas, la espléndida Cruz del Sur, que brilla en el polo antártico del universo.
Gordon y sus camaradas, en vísperas de aquella separación, sentían el corazón encogido. ¡Qué podría ocurrir durante una expedición sujeta a tantas eventualidades graves! Mientras sus miradas se posaban en el cielo, regresaban con el pensamiento a sus padres, a sus familias, a su tierra, que quizás no les sería dado volver a ver jamás.
Y entonces los pequeños se arrodillaron ante aquella Cruz del Sur como lo habrían hecho ante la cruz de una capilla. ¿No les decía que rezasen al omnipotente Creador de esas maravillas celestes y que pusieran en Él su esperanza?