Capítulo 25
A la mañana siguiente, tras una noche en la que Moko había permanecido de guardia en French-den, los jóvenes colonos, agotados por las emociones de la víspera, no se despertaron hasta muy tarde. Nada más levantarse, Gordon, Doniphan, Briant y Baxter pasaron a Store-room, donde Kate estaba ocupada en sus tareas habituales.
Allí hablaron de la situación, que no dejaba de ser muy preocupante.
En efecto —tal como hizo notar Gordon—, ya llevaban más de quince días Walston y sus compañeros en la isla. Por tanto, si las reparaciones de la chalupa no estaban aún terminadas, era porque les faltaban las herramientas imprescindibles para una faena de ese tipo.
– Eso debe de ser —dijo Doniphan—, porque, a fin de cuentas, esa embarcación no estaba muy dañada. Si nuestro Sloughi no hubiera estado más maltrecho después de encallar, también habríamos conseguido ponerlo en condiciones de navegar.
Sin embargo, si Walston no había partido, era poco probable que su intención fuera establecerse en la isla Chairman, pues ya habría efectuado alguna excursión por el interior, y French-den habría recibido con toda seguridad su visita.
Y, a propósito de esto, Briant habló de lo que había observado durante su ascensión en cuanto a las tierras que debían de existir a una distancia bastante próxima al este.
– No lo habéis olvidado —dijo—: durante nuestra expedición a la desembocadura del East-river, había divisado una mancha blanquecina, ligeramente por encima del horizonte, cuya presencia no sabía cómo explicar…
– Sin embargo, Wilcox y yo no descubrimos nada parecido —respondió Doniphan—, aunque buscamos esa mancha…
– Moko la había visto con tanta nitidez como yo —respondió Briant.
– ¡Sea! ¡Quizá! —replicó Doniphan—. Pero ¿qué te hace creer, Briant, que estamos cerca de un continente o de un grupo de islas?
– Aquí está —dijo Briant—. Ayer, mientras observaba el horizonte en esa dirección, distinguí un resplandor muy visible más allá de los límites de la costa, que solo podía provenir de un volcán en erupción. Concluyo, pues, que existe una tierra vecina en esas aguas. Y bien, los marineros del Severn no deben de ignorarlo, y harán todo lo posible por alcanzarla…
– ¡No hay duda! —respondió Baxter—. ¿Qué ganarían quedándose aquí? Evidentemente, si aún no nos hemos librado de su presencia, es porque todavía no han podido carenar su chalupa.
Lo que Briant acababa de comunicar a sus compañeros era de suma importancia. Les daba la certeza de que la isla Chairman no estaba aislada —como creían— en esa parte del Pacífico. Pero lo que agravaba las cosas era que, según la situación del fuego de su campamento, Walston se encontraba actualmente en las inmediaciones de la desembocadura del East-river. Tras haber abandonado la costa de Severn-shores, se había acercado unos veinte kilómetros. Le bastaría, desde ese momento, remontar el East-river para avistar el lago, rodearlo por el sur y descubrir French-den.
Briant tuvo, pues, que tomar las medidas más rigurosas ante esa eventualidad. En adelante, las excursiones quedaron reducidas a lo estrictamente necesario, sin llegar siquiera, por la orilla izquierda del río, hasta las arboledas de Bog-woods. Al mismo tiempo, Baxter ocultó las empalizadas del recinto bajo una pantalla de maleza y hierbas, así como las dos entradas del hall y de Store-room. Por último, se prohibió mostrarse en la zona comprendida entre el lago y Auckland-hill. Verdaderamente, someterse a precauciones tan minuciosas suponía un sinfín de molestias añadidas a las dificultades de la situación.
Hubo también, en aquella época, otros motivos de inquietud. Costar fue presa de unas fiebres que pusieron su vida en peligro. Gordon tuvo que recurrir a la farmacia de la goleta, no sin temer cometer algún error. Por fortuna, Kate hizo por ese niño lo que su madre habría hecho por él. Lo cuidó con esa afección prudente que es como un instinto en las mujeres, y no dejó de velarlo noche y día. Gracias a su entrega, la fiebre terminó por ser frenada, y la convalecencia, una vez claramente manifestada, siguió regularmente su curso. ¿Había corrido Costar peligro de muerte? Sería difícil pronunciarse al respecto. Pero, a falta de tan inteligentes cuidados, quizá la fiebre habría llevado al agotamiento al pequeño enfermo.
¡Sí! Si Kate no hubiera estado allí, nadie sabe lo que habría ocurrido. No se puede repetir demasiado: aquella excelente criatura había volcado en los más pequeños de la colonia todo el amor maternal que atesoraba su corazón, y jamás les escatimaba sus caricias.
– ¡Así soy yo, mis papooses! —repetía—. ¡Es mi naturaleza: hago punto, enredo y guiso!
Y, en verdad, ¿no está en eso toda la mujer?
Lo que más preocupaba a Kate era mantener en el mejor estado posible la ropa blanca de French-den. Con gran disgusto suyo, estaba muy gastada aquella ropa que llevaba ya casi veinte meses en uso. ¿Cómo reemplazarla cuando quedara fuera de servicio? Y el calzado, aunque se cuidase lo más posible y nadie pusiera reparo en andar descalzo cuando el tiempo lo permitía, estaba en muy mal estado. ¡Todo ello bastaba para inquietar a la previsora ama de casa!
La primera quincena de noviembre se vio marcada por frecuentes aguaceros. Luego, a partir del día 17, el barómetro volvió al tiempo estable y el período de calores se instaló regularmente. Árboles, arbolillos, arbustos: toda la vegetación no tardó en ser nada más que verdor y flores. Las aves habituales de South-moors habían regresado en gran número. ¡Qué tormento para Doniphan verse privado de sus cacerías por los pantanos, y para Wilcox no poder tender sus lazos, por temor a que los viesen desde las orillas inferiores del lago Family!
Y no solo abundaban estas aves en esa parte de la isla, sino que otras cayeron en las trampas tendidas en los alrededores de French-den.
Un día, entre estas últimas, Wilcox encontró uno de los migradores que el invierno había dirigido hacia los países desconocidos del norte. Era una golondrina que aún llevaba el pequeño saco atado bajo el ala. ¿Contenía el saco un billete dirigido a los jóvenes náufragos del Sloughi? No, ¡ay!… ¡El mensajero había regresado sin respuesta!
Durante aquellas largas jornadas sin ocupación, ¡cuántas horas transcurrían ahora dentro del hall! Baxter, encargado de mantener el diario cotidiano, no tenía ya ningún incidente que relatar en él. ¡Y en menos de cuatro meses iba a comenzar un tercer invierno para los jóvenes colonos de la isla Chairman!
Se podía observar, no sin profunda angustia, el desaliento que se apoderaba de los más enérgicos —con excepción de Gordon, siempre absorto en los detalles de su administración—. El propio Briant se sentía abatido a veces, aunque empleaba toda su fortaleza de ánimo en no dejar traslucir nada. Intentaba reaccionar animando a sus compañeros a proseguir sus estudios, a dar conferencias, a hacer lecturas en voz alta. Los traía sin cesar al recuerdo de su patria, de sus familias, afirmando que volverían a verlos algún día. En fin, se ingeniaba para levantar su moral, aunque sin lograrlo del todo, y su gran temor era que la desesperación llegara a abatirlos. No fue así. Además, unos sucesos de extrema gravedad los obligaron pronto a jugarse el tipo todos a una.
El 21 de noviembre, hacia las dos de la tarde, Doniphan estaba pescando en las orillas del lago Family cuando su atención fue vivamente atraída por los gritos discordantes de una veintena de pájaros que planeaban sobre la orilla izquierda del río. Si aquellas aves no eran cuervos —a los que se parecían en cierto modo—, bien merecían pertenecer a esa especie voraz y graznadora.
Doniphan no se habría preocupado de la ruidosa bandada si su comportamiento no hubiera tenido algo que sorprenderle. En efecto, aquellas aves trazaban amplias órbitas cuyo radio disminuía a medida que se acercaban a tierra; luego, reunidas en un grupo compacto, se precipitaron hacia el suelo.
Entonces sus gritos redoblaron, pero Doniphan buscó en vano divisarlas entre las hierbas altas en las que habían desaparecido.
Se le ocurrió entonces que debía de haber en aquel lugar alguna carcasa de animal. Así que, curioso por saber a qué atenerse, regresó a French-den y pidió a Moko que lo llevase con el bote al otro lado del río Zealand.
Ambos se embarcaron y, diez minutos después, se deslizaban entre los matorrales de hierba de la orilla. Al instante, las aves emprendieron el vuelo, protestando con sus gritos contra los importunos que se permitían perturbar su festín.
En aquel lugar yacía el cuerpo de un guanaco joven, muerto hacía tan solo unas horas, pues no había perdido del todo el calor.
Doniphan y Moko, poco deseosos de utilizar para la cocina los restos de la cena de los carroñeros, se disponían a abandonárselos, cuando se les planteó una pregunta: ¿cómo y por qué había ido a caer el guanaco en el borde del pantano, lejos de los bosques del este que sus congéneres apenas solían abandonar?
Doniphan examinó el animal. Tenía en el flanco una herida aún sangrante, una herida que no provenía del diente de un jaguar ni de ningún otro carnívoro.
– ¡Este guanaco ha recibido con toda certeza un disparo! —observó Doniphan.
– ¡Aquí está la prueba! —respondió el grumete, que, tras hurgar en la herida con su cuchillo, había extraído una bala.
Aquella bala era más bien del calibre de los fusiles de a bordo que de los de caza. No podía, pues, haber sido disparada sino por Walston o uno de sus compañeros.
Doniphan y Moko, dejando el cuerpo del guanaco a las aves, regresaron a French-den, donde conferenciaron con sus compañeros.
Que el guanaco hubiera sido alcanzado por uno de los marineros del Severn era la evidencia misma, puesto que ni Doniphan ni nadie había disparado un solo tiro desde hacía más de un mes. Pero lo que habría sido importante saber era en qué momento y en qué lugar había recibido el guanaco esa bala.
Examinadas todas las hipótesis, pareció admisible que el suceso no se remontaba a más de cinco o seis horas —tiempo necesario para que el animal, tras atravesar los Downs-lands, hubiera podido llegar a unos pasos del río—. De ahí se deducía que, por la mañana, uno de los hombres de Walston había debido de cazar acercándose a la punta meridional del lago Family, y que la banda, tras haber cruzado el East-river, avanzaba poco a poco en dirección a French-den.
Así pues, la situación se agravaba, aunque el peligro quizá no fuera inminente. En efecto, al sur de la isla se extendía aquella vasta llanura, cruzada de arroyos, horadada de charcas, ondulada de dunas, donde la caza no habría podido abastecer la alimentación cotidiana de la banda. Era probable, pues, que Walston no se hubiera aventurado a través de los Downs-lands. Por otro lado, no se había oído ninguna detonación sospechosa que el viento hubiera podido llevar hasta Sport-terrace, y cabía esperar que la posición de French-den no hubiera sido descubierta hasta entonces.
No obstante, fue necesario imponerse medidas de prudencia con un nuevo rigor. Si una agresión tenía alguna posibilidad de ser rechazada, sería a condición de que los jóvenes colonos no fueran sorprendidos fuera del hall.
Tres días después, un hecho más significativo vino a acrecentar los temores, y hubo que reconocer que la seguridad estaba comprometida más que nunca.
El día 24, hacia las nueve de la mañana, Briant y Gordon se habían adentrado más allá del río Zealand para ver si no convendría establecer una especie de parapeto a través del estrecho sendero que discurría entre el lago y el pantano. Al abrigo de ese parapeto, Doniphan y los mejores tiradores habrían podido emboscarse rápidamente en caso de que la llegada de Walston fuera señalada a tiempo.
Ambos se encontraban a trescientos pasos como máximo más allá del río cuando Briant pisó un objeto que aplastó. No le había prestado atención, pensando que era una de esas miles de conchas arrastradas por las grandes mareas cuando invadían la llanura de South-moors. Pero Gordon, que caminaba detrás de él, se detuvo y dijo:
– Espera, Briant, espera.
– ¿Qué pasa?
Gordon se agachó y recogió el objeto aplastado.
– ¡Mira! —dijo.
– Eso no es una concha —respondió Briant—, es…
– ¡Es una pipa!
En efecto, Gordon sostenía en la mano una pipa ennegrecida cuyo cañón acababa de romperse a ras de la cazoleta.
– Dado que ninguno de nosotros fuma —dijo Gordon—, esta pipa ha debido de ser perdida por…
– Por uno de los hombres de la banda —respondió Briant—, a menos que hubiera pertenecido al náufrago francés que nos precedió en la isla Chairman…
¡No! Aquella cazoleta, cuyas roturas eran recientes, nunca había podido estar en posesión de François Baudoin, muerto hacía ya más de veinte años. Había debido de caer recientemente en aquel lugar, y el poco tabaco que se le adhería lo demostraba de manera indiscutible. Por tanto, unos días antes, quizá unas horas, uno de los compañeros de Walston o el propio Walston se había adentrado hasta aquella orilla del lago Family.
Gordon y Briant regresaron de inmediato a French-den. Allí, Kate, a quien Briant presentó la cazoleta de la pipa, pudo afirmar que la había visto entre las manos de Walston.
Así pues, no cabía duda de que los malhechores habían rodeado la punta extrema del lago. Quizá, durante la noche, se habían adentrado incluso hasta el borde del río Zealand. Y si French-den había sido descubierto, si Walston sabía cuál era el personal de la pequeña colonia, ¿no había de ocurrírsele que allí había herramientas, instrumentos, municiones, provisiones, todo aquello de lo que carecía casi por completo, y que siete hombres vigorosos podrían con una quincena de jóvenes muchachos —sobre todo si lograban sorprenderlos—?
En todo caso, lo que ya no admitía duda era que la banda se acercaba cada vez más.
Ante estas amenazantes eventualidades, Briant, de acuerdo con sus compañeros, se ingenió para organizar una vigilancia todavía más activa. Durante el día, se estableció en permanencia un puesto de observación en la cima de Auckland-hill, para que toda aproximación sospechosa, ya fuera por el lado del pantano, ya por el de Traps-woods, ya por el del lago, pudiera ser señalada de inmediato. Durante la noche, dos de los mayores debían permanecer de guardia en la entrada del hall y de Store-room para escuchar los ruidos del exterior. Las dos puertas fueron reforzadas mediante puntales, y en un instante habría sido posible barricarlas con grandes piedras que se apilaron en el interior de French-den. En cuanto a las estrechas ventanas, abiertas en la pared y que servían de troneras a los dos pequeños cañones, una defendería la fachada del lado del río Zealand, y la otra, la fachada del lado del lago Family. Además, los fusiles y los revólveres estuvieron listos para disparar ante la menor señal de alerta.
Kate aprobaba todas esas medidas, no hace falta decirlo. Aquella mujer enérgica se guardaba muy bien de dejar ver nada de sus inquietudes, demasiado justificadas, ¡ay!, cuando pensaba en las tan inciertas probabilidades de un enfrentamiento con los marineros del Severn. Los conocía a ellos y a su jefe. Si estaban insuficientemente armados, ¿no podían actuar por sorpresa a pesar de la más estricta vigilancia? ¡Y para combatirlos, unos pocos jóvenes muchachos, el mayor de los cuales no tenía dieciséis años cumplidos! ¡Verdaderamente, la partida habría sido demasiado desigual! ¡Ah! ¿Por qué el valeroso Evans no estaba con ellos? ¿Por qué no había seguido a Kate en su huida? ¡Quizá habría sabido organizar mejor la defensa y poner French-den en condiciones de resistir los ataques de Walston!
Por desgracia, Evans debía de estar bajo estrecha vigilancia, si es que sus compañeros no se habían deshecho ya de él como de un testigo peligroso, del que ya no necesitaban para llevar la chalupa a las tierras vecinas.
Tales eran las reflexiones de Kate. No temía por ella misma, sino por aquellos niños, a los que velaba sin cesar, bien secundada por Moko, cuya entrega igualaba a la suya.
Era el 27 de noviembre. Desde hacía dos días el calor había sido sofocante. Grandes nubarrones pasaban pesadamente sobre la isla, y algunos truenos lejanos anunciaban la tormenta. El storm-glass indicaba una próxima batalla de los elementos.
Aquella tarde, Briant y sus compañeros habían regresado al hall antes de lo habitual, no sin haber tomado la precaución —como se hacía desde hacía algún tiempo— de arrastrar el bote al interior de Store-room. Luego, bien cerradas las puertas, a cada uno no le restaba sino aguardar la hora del descanso, tras haber rezado juntos y dedicado un recuerdo a las familias que quedaban allá.
Hacia las nueve y media, la tormenta estaba en toda su intensidad. El hall se iluminaba con el intenso resplandor de los relámpagos, que penetraba a través de las troneras. Las detonaciones del trueno se propagaban sin cesar; parecía que el macizo de Auckland-hill temblaba al repercutir aquellos atronadores estruendos. Era uno de esos meteoros sin lluvia ni viento que por ello resultan más terribles aún, pues las nubes inmóviles se descargan en el mismo lugar de toda la materia eléctrica acumulada en ellas, y a menudo una noche entera no basta para agotarla.
Costar, Dole, Iverson y Jenkins, acurrucados en el fondo de sus literas, se sobresaltaban a esos formidables crujidos de tela desgarrada que indican la proximidad de las descargas. Y, sin embargo, no había nada que temer en aquella inamovible caverna. ¡El rayo podía golpear veinte veces, cien veces, las cimas del acantilado! No atravesaría las gruesas paredes de French-den, tan impermeables al fluido eléctrico como inaccesibles a los vendavales. De cuando en cuando, Briant, Doniphan o Baxter se levantaban, entreabrían la puerta y volvían a entrar de inmediato, medio cegados por los relámpagos, tras lanzar una rápida mirada al exterior. El espacio estaba en llamas, y el lago, reverberando las fulguraciones del cielo, parecía rodar una inmensa sábana de fuego.
De las diez a las once, ni un solo instante de tregua de los relámpagos y los truenos. Solo un poco antes de la medianoche comenzó a imponerse la calma. Los intervalos entre los rayos se fueron alargando, y su violencia disminuía con la distancia. Entonces se levantó el viento, dispersando las nubes que se habían acercado al suelo, y la lluvia no tardó en caer a torrentes.
Los pequeños comenzaron entonces a tranquilizarse. Dos o tres cabezas, hundidas bajo las mantas, se aventuraron a reaparecer, aunque era la hora de dormir para todos. Así pues, Briant y los demás, habiendo organizado las precauciones de costumbre, se disponían a acostarse cuando Phann dio muestras evidentes de una inexplicable agitación. Se erguía sobre las patas, se lanzaba hacia la puerta del hall, emitía gruñidos sordos y continuos.
– ¿Ha olfateado algo Phann? —dijo Doniphan intentando calmar al perro.
– En muchas circunstancias ya —observó Baxter—, le hemos visto ese singular comportamiento, ¡y el inteligente animal nunca se ha equivocado!
– Antes de acostarnos, hay que saber qué significa esto —añadió Gordon.
– De acuerdo —dijo Briant—, pero que nadie salga, ¡y estemos listos para defendernos!
Cada uno tomó su fusil y su revólver. Luego, Doniphan avanzó hacia la puerta del hall, y Moko hacia la puerta de Store-room. Ambos, con la oreja pegada al batiente, no percibieron ningún ruido en el exterior, aunque la agitación de Phann continuaba manifestándose. Es más, el perro comenzó pronto a ladrar con tal violencia que Gordon no consiguió calmarlo. Era una circunstancia muy desafortunada. En los instantes de calma, si hubiera sido posible oír el ruido de un paso en la orilla, con mayor razón los ladridos de Phann habrían sido oídos desde el exterior.
De pronto estalló una detonación que no podía confundirse con el estampido del trueno. Era, sin duda, un disparo, que acababa de hacerse a menos de doscientos pasos de French-den.
Todos se pusieron en guardia. Doniphan, Baxter, Wilcox, Cross, armados con fusiles y apostados en las dos puertas, estaban listos para hacer fuego sobre quien intentara forzarlas. Los demás empezaban a apuntalarlas con las piedras preparadas para tal fin, cuando una voz gritó desde fuera:
– ¡A mí!… ¡A mí!
Había allí un ser humano, en peligro de muerte sin duda, que reclamaba ayuda…
– ¡A mí! —repitió la voz, y esta vez a solo unos pasos.
Kate, junto a la puerta, escuchaba…
– ¡Es él! —exclamó.
– ¿Él?… —dijo Briant.
– ¡Abrid!… ¡Abrid!… —repetía Kate.
La puerta fue abierta, y un hombre, chorreando agua, se precipitó en el hall.
Era Evans, el maestre del Severn.