Un drama en Livonia

CAPÍTULO XIII

NUEVAS PESQUISAS

E

L indulto de Vladimir Yanof iba a producir un efecto enorme, no solamente en Riga, sino en todas las provincias bálticas. Quería verse en ello una intencionada manifestación del gobierno para mostrarse favorable a tendencias antigermánicas. La población obrera aplaudía sin reservas. La nobleza y la burguesía censuraban la clemencia imperial que, después de Vladimir, parecía querer cubrir a Dimitri Nicolef. Ciertamente que la noble conducta del fugitivo entregándose él mismo merecía esta gracia, y con ella su completa rehabilitación, la posesión absoluta de todos los derechos civiles de que le había privado su condena por delito político. ¿Pero no era también una protesta contra la acusación, contra el profesor, un ciudadano honrado escogido por el partido eslavo como campeón para las próximas elecciones?

Así al menos fue juzgado el acto del emperador y el general Gorko no trató de ocultar su opinión en este sentido.

Vladimir Yanof dejó la fortaleza de Riga en compañía del coronel Raguenof, que había ido a comunicarle el ucase del zar. Inmediatamente se dirigió a casa de Nicolef, y como la noticia no había circulado, la supieron por boca del interesado.

¡Qué ola de alegría inundó en un momento esta casa en donde al fin parecía revivir la felicidad…!

A los pocos momentos llegaron el doctor, el cónsul y algunos otros amigos, que abrazaron a Vladimir felicitándole cordialmente.

¿Y quién pensaba ya en las acusaciones que habían agobiado al profesor?

– Aun cuando hubiese usted salido condenado ni uno de nosotros hubiera dudado de su inocencia - dijo el señor Delaporte.

– ¡Condenado! - exclamó el doctor- . ¿Es que acaso pudiera eso haber sido?

– Y si la fatalidad hubiera llegado hasta ese extremo - declaró Ilka- , Vladimir, Jean y yo hubiéramos consagrado nuestra vida a conseguir tu rehabilitación, padre.

Dimitri Nicolef, oprimido el corazón, pálido de emociones, no pudo pronunciar una palabra. Sonreía tristemente. Tal vez pensara que todo puede esperarse de la incierta justicia de los hombres. ¿No hay ejemplos de inicuas e irreparables condenaciones?

La velada reunió, alrededor del té, a los mas íntimos amigos de Nicolef y Vladimir. Y cómo latieron los corazones cuando Ilka dijo con la mayor naturalidad:

– Cuando quieras seré tu mujer, Vladimir.

El matrimonio fue fijado para seis semanas después y se dispuso en el piso bajo de la casa una habitación para Vladimir. La fortuna de los dos novios era conocida. Ilka no tenía nada hasta entonces. Nicolef había callado sus compromisos con la casa Johausen por las deudas paternales. A fuerza de economía había pagado una buena parte, y esperaba poder saldar el resto, he aquí por qué sus hijos no sabían que la última letra por valor de dieciocho mil rublos vencía dentro de quince días. No había más remedio que confesarlo.

Vladimir no podía permanecer en la ignorancia de un peligro tan inquietante para la familia. Esto no cambiaría seguramente su afecto hacia la joven. Él, con la suma que le había entregado Dimitri Nicolef, sabría hacer frente a la situación, y con la ayuda de su inteligencia y energía se labraría un porvenir.

Entretanto, Karl Johausen, aunque gravemente herido, estaba en vías de curación, y habíase conseguido poderlo transportar a Riga. La familia Johausen empezaba a tener, como vulgarmente se dice, el santo de espaldas. En la lucha que contra el profesor venían sosteniendo se les escapaba la victoria. Las armas temibles que su odio no había dudado en esgrimir quebrábanse entre sus manos. La deuda contraída, y que tal vez no fuese pagada a su vencimiento, era todo lo que les quedaba para arruinar a su enemigo político.

Lo cierto es que la opinión pública, la gente sensata ajena a las pasiones políticas, retiraban poco a poco la acusación lanzada contra Dimitri Nicolef, volviéndola hacia el propietario de la Cruz Rota.

Efectivamente, si se descartaba a un malhechor extraño a la casa, todas las presunciones tenían que recaer sobre Kroff. Sus antecedentes ni eran buenos ni malos.

Kroff pasaba por ser un hombre rudo muy apegado al dinero. Poco comunicativo, vivía solo, sin familia, en aquella mala posada, frecuentada por campesinos y leñadores. Sus padres, de origen alemán - cosa corriente en las provincias bálticas- , pertenecían a la religión ortodoxa, y habían vivido miserablemente de los productos de la Cruz Rota, que era todo lo que el hijo había heredado, y cuyo valor no pasaría de un millar de rublos.

Kroff vivía allí soltero, sin criado ni criada, haciendo él todo el servicio de la casa y no ausentándose más que cuando tenía que renovar algunas provisiones en Pernau.

El juez Kerstorf había conservado siempre cierta prevención contra el posadero.

¿Serían fundadas aquellas sospechas, y Kroff había podido desvanecerlas acusando al viajero que había acompañado a Poch? ¿No sería él quien hubiera hecho las huellas descubiertas en la ventana de la habitación de Nicolef, él quien había colocado en ella el atizador como cuerpo del delito, él, en fin, quien había cometido el crimen, fuera antes o después de la partida de Dimitri Nicolef, sobre el cual, gracias a las precauciones que había tomado, debían recaer los cargos de la justicia…? ¿No había allí una nueva pista que seguir que tal vez condujera al fin, si se procedía con prudencia?

Desde que la instrucción habíase apartado de Dimitri Nicolef, Kroff podía temer que su situación se complicara. Era preciso descubrir al autor del crimen, y era posible que la información judicial se dirigiera contra el.

Después del asesinato el posadero no había dejado su casa más que para comparecer ante el juez. Aunque en apariencia estaba completamente libre, sentíase vigilado muy de cerca por los agentes que día y noche rondaban su casa. La habitación del viajero y la de

Poch. estaban cerradas con llaves que estaban en poder del juez, y nadie había podido entrar en ellas. Las cosas hallábanse pues, en el mismo estado que el primer día.

Si Kroff repetía a todo el que le quería oír que el sumario seguía una falsa pista al abandonar la acusación que en los primeros momentos dirigióse contra Nicolef, si afirmaba que era el viajero el verdadero culpable, si no cesaba de hacerle cargos ante el juez, si estaba sostenido por los enemigos del profesor, si, por otra parte, los amigos de éste achacaban el crimen al posadero, la verdad era que la situación no tenía nada de clara y que había de dar lugar a las más violentas recriminaciones en tanto que el asesino no cayera convicto en manos de la justicia.

Vladimir Yanof y el doctor Hamine hablaban con frecuencia de esta situación.

Comprendían que lo único que cerraría la boca a los Johausen y sus partidarios sería, no solamente la prisión del autor del crimen, sino su publica condenación. Y en tanto que Nicolef parecía desligarse por completo del proceso, no querer ocuparse de él, no hacer nunca la menor alusión, sus amigos no cesaban de impulsar los trabajos del juzgado aportando cuantos informes podían recoger. Por otra parte, mostráronse tan afirmativos acusando al posadero que, bajo la presión de la opinión pública, el juez y el coronel Raguenof decidieron practicar un nuevo reconocimiento en el kabak de la Cruz Rota.

Este reconocimiento tuvo lugar el día 5 de mayo.

El juez Kerstorf, el mayor Verder, el cabo Eck, que partieron de Riga la víspera, llegaron al kabak de madrugada.

Los agentes de policía de vigilancia no tenían nada nuevo que comunicar.

Kroff, que esperaba aquella visita, se puso con solicitud a disposición de la justicia.

– Señor juez - dijo- , no ignoro que se ha querido comprometerme en este proceso, pero esta vez espero que partirá el señor juez completamente convencido de mi inocencia.

– Ya veremos - respondió el señor Kerstorf- . Vamos a empezar.

– ¿Por la habitación del viajero, de la cual tiene la llave el señor juez?

– No - contestó el magistrado.

– ¿Quiere usted inspeccionar la casa por completo? - preguntó Verder.

– Sí, mayor.

– Creo, señor Kerstorf, que si queda por encontrar algún nuevo indicio, será seguramente en la habitación que ocupó Nicolef.

Y esta observación probaba que el mayor no ponía en duda la culpabilidad del profesor y, por ende, la inocencia del ventero. Nada había podido modificar su opinión, apoyada sobre estos hechos: el asesino era el viajero, y el viajero era Dimitri Nicolef. Y no salía de ahí.

– Guíenos usted - ordenó el juez a Kroff.

Éste obedeció con una voluntad que abonaba en su favor.

Empezó el examen hecho por segunda vez por los agentes, bajo la dirección del cabo Eck, en presencia del juez y del mayor. Se exploró el jardín con el más minucioso cuidado: pudiera suceder que Kroff hubiera enterrado al pie de un árbol el producto del robo, en caso de haberlo él cometido.

Fueron inútiles las pesquisas.

En el armario del posadero no se encontraron más que un centenar de rublos en billetes de veinticinco, diez, cinco, tres y uno, es decir, todos de valor inferior a los que Poch llevaba en su cartera.

Y entonces el mayor Verder, llevando al juez aparte, le dijo:

– No olvide usted, señor Kerstorf, que desde el día del crimen Kroff no ha dejado la casa sin ser acompañado, pues los agentes llegaron aquella misma mañana.

– Ya lo sé contestó el juez- , pero antes de la llegada de los agentes, después de partir Nicolef, el posadero estuvo solo unas cuantas horas.

– En fin, ya ve usted, señor Kerstorf, que no hemos encontrado nada que le comprometa.

– Hasta ahora nada, efectivamente; pero no hemos concluido el reconocimiento. ¿Tiene usted las llaves de las dos habitaciones?

– Sí, señor Kerstorf.

Las llaves habían sido depositadas en la oficina de policía, y el mayor Verder las sacó del bolsillo.

Abrióse primero la puerta de la habitación que ocupó la víctima.

Esta habitación encontrábase en el mismo estado en que los agentes la dejaron en el primer reconocimiento de la justicia. Fue fácil comprobarlo en cuanto se abrió la ventana.

La cama estaba deshecha, la almohada manchada de sangre, el suelo enrojecido por un charco ya seco que se extendía hasta la puerta. Ningún nuevo indicio pudo observarse. El asesino no había dejado la huella de su paso.

Una vez cerrada la ventana, el juez, el mayor, Eck y sus hombres salieron.

– Visitemos la otra habitación - dijo el juez.

Primeramente fue examinada la puerta, que no ofrecía señal alguna exterior. Además, los agentes alojados en la venta afirmaron que nadie había intentado abrirla. Desde que estaban de servicio no habían dejado un instante la casa.

La habitación estaba sumida en una profunda oscuridad.

El cabo Eck abrió de par en par la ventana, y se pudo operar en plena luz.

Ningún cambio desde que el juzgado se personó allí por primera vez. En el fondo el lecho donde había dormido Dimitri Nicolef. Cerca del lecho, y a la altura de la cabeza, una grosera tabla que soportaba el candelero de hierro con una vela casi consumida. Una silla de paja en un rincón, un taburete en otro. A la derecha un armario, las puertas del cual estaban cerradas. En el fondo la chimenea, es decir, un hogar formado por dos piedras y un tubo que remontaba hasta el techo.

El lecho fue examinado, sin conseguir encontrar ningún indicio sospechoso. En el armario ninguna prenda de ropa, ningún papel; estaba vacío.

El atizador, depositado en un ángulo del hogar, fue objeto de minucioso examen.

Ciertamente que estaba torcido en un extremo, y había podido servir de palanca para forzar la ventana de la habitación de Poch; pero también pudiera haberse efectuado con otra cosa cualquiera, un simple bastón, dado el mal estado del cierre. En cuanto a las huellas que se observaron en las maderas de la ventana, patentes estaban todavía, ¿pero procedían del paso de un individuo al escalar la habitación? No se podía afirmarlo.

El juez volvió hacia el hogar.

– - ¿Había hecho fuego el viajero? - preguntó a Kroff.

– Seguramente, no.

– - ¿Y las cenizas se examinaron la primera vez?

– - Creo que no - - contestó el mayor.

– - Pues que se examinen.

Eck se inclinó, y en el rincón de la izquierda advirtió un papel a medio quemar, una especie de cuadrado del que no quedaba más que un ángulo, y que se confundía con las cenizas.

¡Qué sorpresa experimentaron los asistentes cuando se reconoció en este papel un resto de billete de banco! Sí, no había duda, uno de los billetes de Estado de la serie de cien rublos, cuyo número había sido consumido por la llama. ¿Y qué otra llama más que la de aquella vela colocada a la cabecera de la cama, puesto que el fuego no había sido encendido en la chimenea?

Además, aquel pedazo de papel tenía huellas de sangre.

No había duda; eran las manchas del asesino las que habían manchado aquel billete; él era quien lo había quemado, puesto que tenía la huella del delito… ¿Y de dónde iba a provenir este billete más que de la cartera del desgraciado Poch…? Pero de aquella incompleta incineración resultaba un cargo aplastante.

Ya no cabía duda alguna: la hipótesis de un malhechor extraño a la casa quedaba destruida.

Ante aquel hallazgo, ¿no quedaba de manifiesto que el asesino era el viajero que había ocupado aquella habitación y que tan de mañana salió de la venta?

El mayor y el cabo Eck dirigiéronse una mirada de inteligencia, como hombres cuya convicción estaba hecha desde hacía tiempo; mas como el señor Kerstorf se callaba, guardaron silencio. Pero Kroff no se pudo contener.

– ¿Qué le decía yo al señor juez? - - exclamó- . ¿Habrá ahora dudas sobre mi inocencia?

El señor Kerstorf guardó el trozo de billete, como pieza de convicción, y se limitó a responder

– Nuestro examen ha terminado, señores. Partamos inmediatamente.

Un cuarto de hora después el carruaje rodaba hacia Riga, en tanto que los agentes de policía continuaban custodiando el kabak de la Cruz Rota.

A primera hora del día siguiente el señor Johausen fue informado del nuevo registro y del hallazgo del billete quemado. Como el número había desaparecido, no se pudo comprobar si este billete pertenecía a la casa de banca. Pero siendo evidentemente de la serie de los que Poch conducía, no cabía duda de que había sido robado de su cartera.

Esta noticia extendióse rápidamente por Riga. Los amigos de Nicolef quedaron aterrados. El proceso iba a entrar en una segunda fase, o mejor dicho, retroceder a la primera. ¡Qué terribles pruebas esperaban a aquella familia, que ya se consideraba libre de quebrantos…!

Los partidarios de los Johausen manifestaban ruidosamente su triunfo. Según ellos, la prisión de Nicolef no tardaría en decretarse, y no podría escapar ante el jurado a la pena a que se había hecho acreedor por su espantoso crimen.

Vladimir fue puesto al corriente del caso por el doctor Hamine, y ambos resolvieron ocultárselo a Nicolef.

Pero bien pronto llegaron a sus oídos los nuevos cargos que se alzaban contra él.

Vladimir hubiera querido impedir que estos rumores llegasen hasta su prometida, pero no pudo evitarlo, y aquel mismo día la vio abismada en su dolor.

– ¡Mi padre es inocente…! ¡Mi padre es inocente…! - repetía la infeliz sin poder pronunciar otra frase.

– Sí, querida Ilka, lo es: nosotros descubriremos al culpable y confundiremos a todos los que le acusan… Yo me pregunto si no hay en todo esto alguna infame maquinación para perder al más honrado de los hombres.

Tenía razón este corazón generoso al razonar de esta suerte. No sabía hasta qué extremos puede llegar la venganza política. Sin embargo, ¿cómo poder combinar semejante infamia con probabilidad de éxito?

Lo que tenía que ocurrir sucedió.

Al mediodía Nicolef recibió aviso para que compareciera ante el juez, y Vladimir e Ilka no tuvieron más remedio que ponerle al corriente de lo que sucedía.

– ¡Todavía estamos así! - exclamó encogiéndose de hombros- . ¿Es que esto no va a concluir nunca?

– Algún nuevo indicio que se trata de obtener de ti, padre - le dijo la joven.

– ¿Quiere usted que le acompañe? - preguntó Vladimir.

– No, muchas gracias.

El profesor partió, y un cuarto de hora después estaba en presencia del señor Kerstorf.

El magistrado y su escribano estaban solos en aquel momento.

Después de una entrevista con el gobernador y el coronel Raguenof, habíase decidido que el profesor fuese sometido a un nuevo interrogatorio, y que su prisión quedara al arbitrio del juez.

El señor Kerstorf invitó a Nicolef a que se sentara, y con voz no exenta de emoción, le dijo:

– Señor Nicolef, se ha practicado un nuevo reconocimiento en la posada de la Cruz Rota. Los agentes han registrado la casa sin encontrar ningún nuevo indicio que pudiera ponernos sobre la pista del criminal. Pero en la habitación que ocupó usted la noche del 13 al 14 de abril hemos hallado esto.

Y presentó al profesor el trozo de billete.

– ¿Y qué es ese pedazo de papel? - preguntó Nicolef. - Es el resto de un billete quemado y arrojado en las cenizas del hogar.

– ¿Uno de los billetes robados de la cartera de Poch?

– Es lo verosímil, y seguramente que no le sorprenderá a usted si le digo que el hallazgo constituye un cargo contra usted.

– ¿Contra mí? - repuso el profesor con acento de desdeñosa ironía- . ¿De modo, señor juez, que no han cesado las sospechas contra mí y las declaraciones de Vladimir Yanof no me han justificado por completo?

El señor Kerstorf no contestó, mirando fijamente a Nicolef, cuya fisonomía denotaba el quebranto moral que habíanle producido los embates de que la fatalidad venía haciéndole objeto. Era indudable que sus sufrimientos iban a continuar, puesto que nuevas acusaciones se levantaban contra él.

Nicolef se pasó la mano por la frente, y dijo.:

– ¿De modo que ese fragmento de billete ha sido recogido en la chimenea de la habitación donde yo pasé la noche?

– Sí, señor Nicolef.

– ¿Y esa habitación quedó cerrada después del primer reconocimiento del juzgado?

– Cerrada con llave, y es seguro que no se ha: vuelto a abrir.

– ¿De suerte que nadie ha podido entrar en la habitación?

– Nadie.

Convenía, sin duda, al magistrado que se invirtieran los papeles, y se dejaba interrogar.

– Este billete estaba manchado de sangre - repuso Nicolef, después de examinarlo atentamente- , no ha sido quemado por completo, ¿y se le ha encontrado entre las cenizas?

– Sí, allí se ha recogido.

– Entonces, ¿cómo se escapó a las pesquisas del primer reconocimiento?

– No me lo explico, y me extraña, pero no cabe, duda de que allí estaba, puesto que nadie ha entrado en la habitación después de salir de ella nosotros.

– El hecho me sorprende tanto como a usted - dijo Nicolef, no sin cierta ironía. Y no debía decir que me sorprende, sino que me intranquiliza, puesto que, sin duda, es a mí a quien se acusa de haber quemado ese billete y haberlo arrojado en la chimenea.

– Sí, señor, a usted - dijo el juez.

– Y - repuso el profesor con acento cada vez más irónico- , como este billete formaba parte del fajo que encerraba la cartera de Poch, como éste ha sido robado después de darle muerte, no cabe duda de que el criminal es el viajero que ocupaba la habitación, y como quien la ocupaba era yo, yo soy el asesino.

– ¿Puede ponerse en duda? - preguntó el juez, que no perdía de vista a Nicolef.

– De ninguna manera, señor juez. Todo está encadenado…; la deducción es perfecta.

Únicamente que a su argumentación me va a usted a permitir que exponga la mía.

– Hable usted, señor Nicolef.

– Salí de la Cruz Rota a las cuatro de la mañana. ¿En aquel momento habíase cometido el crimen? Sí, si yo soy el autor; no, en caso de que otro lo sea. Pero poco importa. ¿Puede usted afirmar, señor juez, que el asesino no ha podido, después de mi partida, tomar todas las medidas de precaución para que las sospechas recayesen sobre el viajero, es decir, sobre mí, penetrar en aquella habitación, depositar el atizador, arrojar en el hogar uno de los billetes manchados de sangre, después de haberlo quemado de modo incompleto, arañar después el borde exterior de la ventana para que apareciera que yo la había franqueado para asesinar en su lecho al infeliz Poch?

– De lo que dice usted, señor Nicolef, resulta una acusación directa contra Kroff, el dueño de la venta de la Cruz Rota.

– ¡Contra Kroff o contra otro cualquiera…! Yo no soy quien tiene que descubrir al culpable, pero tengo el derecho de defenderme y me defiendo.

El señor Kerstorf estaba muy impresionado por la actitud de Nicolef. Lo que acababa de decirle habíaselo dicho él mismo anteriormente. No, él no podía creer culpable a un hombre de vida tan ejemplar… Pero el caso era que aunque sus sospechas iban enderezadas hacia Kroff, las pesquisas, los elementos de información nada habían arrojado contra el posadero. Así tuvo que hacerlo observar a Nicolef durante el interrogatorio, que se prolongó más de una hora.

– Señor juez - acabó por decir el profesor- , usted es quien ha de dilucidar sobre quién recaen los cargos más aplastantes, si sobre Kroff o sobre mí… Todo hombre justo que examine fríamente las cosas, no puede pronunciarse en contra mía. Por los motivos que ya conoce usted tuve que callar el objeto de mi viaje. Era el punto dudoso de mi causa, y ya está públicamente esclarecido. ¿El autor del crimen es el ventero? ¿Será acaso un malhechor desconocido? La justicia es la que tiene que contestar. Por lo que a mí respecta, me pronuncio por la culpabilidad de Kroff. Él sabía que Poch se dirigía a Revel para hacer entrega de fondos por cuenta de los banqueros Johausen, sabía que era portador de una suma considerable, sabía que yo partiría a las cuatro de la mañana, conocía, en fin, todo lo preciso para cometer el crimen y echar la responsabilidad sobre el viajero que durmiera allí aquella noche. Antes o después de mi partida asesinó al desgraciado. Luego entró en mi habitación y arrojó el resto de uno de los billetes en el hogar, disponiéndolo todo para hacer ver mi culpabilidad… Pues bien, si cree usted aún que soy el asesino de Poch, decrete mi prisión, lléveme ante el jurado; allí acusaré a Kroff. El debate se entablará entre los dos, y sabré a qué atenerme respecto a la justicia de los hombres si resulto condenado.

El profesor había puesto menos animación de la que pudiera suponerse al argumentar en defensa propia con razones que, según él, constituían su justificación. El señor Kerstorf no le había interrumpido, y cuando terminó diciendo:

– Ahora, ¿firmará usted el mandamiento de prisión?

– No, señor Nicolef - contestó el juez.

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