X
MÁS DIFICULTADES EN LA TORMENTA
El aire corría a una velocidad de noventa millas por hora, soplando del Sudoeste, convirtiendo aquella tempestad en un huracán, cuyo viento terrible arroja hacia la costa a los buques, que no pueden resistir el terrible choque. La Pilgrim se hallaba en peligro. Pero, ¿qué podía hacerse para evitar la catástrofe? Dick se veía impotente para dominar el barco y aferrado a la barra, que a duras penas podía mantener, veía pasar las horas preso de la mayor angustia. Todos trabajaban bajo una terrible tensión. Durante la noche del 13 al 14 de marzo y mientras Dick, en un intervalo de apaciguamiento de la tormenta, se había dirigido a su camarote a instancias de la señora Weldon, para descansar, se produjo un nuevo incidente. Negoro se había acercado a Tom y a Bat que se hallaban a popa, como queriendo indicarles algo, pero padre e hijo no le contestaron. En un momento dado, el navío se movió de forma alarmante, cogido por una fuerte ola, y el portugués perdió el equilibrio y de no haberse agarrado a la bitácora, a buen seguro que hubiese sido barrido de la cubierta. Tom se alarmó, no por Negoro, con quien no simpatizaba ni poco ni mucho, sino porque temió que se hubiera roto la brújula, y lanzó un grito, que llegó a oídos de Dick, haciéndole precipitar fuera del camarote.
– ¿Qué sucede? -preguntó al llegar al lado de Tom.
-Negoro, que acaba de caerse encima de la brújula. El cocinero, que se había incorporado ya, tenía en la mano el pedazo de hierro magnético que unos momentos antes había recogido de debajo de la bitácora y que hizo desaparecer en un bolsillo sin que nadie se diese cuenta. Dick Sand se inclinó, inquieto, sobre la bitácora, que no había sufrido daño. Pero lo que el muchacho no pudo observar, es que después de que Negoro hubiera separado el pedazo de magnetita, la aguja había recuperado su posición normal, señalando otra vez con exactitud hacia el Norte magnético. ¿Tenía, pues, ahora el portugués algún interés en que la aguja marcase correctamente? Así era, en efecto, pues sus propósitos se veían favorecidos por aquellos vientos del Sudoeste.
– ¿Qué busca usted aquí? -preguntó Dick a Negoro, cuya caída parecía haber sido consecuencia del zarandeo del barco.
-Nada. No hay ningún reglamento que prohíba me acerque aquí.
-Con reglamento o sin él -exclamó enérgico Dick-, le prohíbo a usted que se acerque a este lugar.
– ¿Lo dice en serio? -inquirió con cinismo Negoro, acompañando sus palabras con un gesto amenazante. El joven capitán extrajo un revólver de su bolsillo y apuntando con él al portugués, le dijo:
-Recuerde bien que este revólver no se separa de mí y que al primer acto de insubordinación le levantaré la tapa de los sesos.
– ¿Quiere usted que arroje a ese tunante por la borda? -preguntó Hércules, acercándose. Negoro se vio perdido. -Todavía no -respondió Dick. Pero la mano del negro se había posado ya sobre un hombro del cocinero, que salió lanzado hacia el puente. -Me las pagarás, negro maldito -masculló Negoro. Después de aquel incidente, una cosa singular extrañó al grumete y es que el viento había cambiado. El navío conservaba la misma orientación, pero el viento y las olas, en lugar de asaltarle directamente por la popa, le empujaban ahora por la banda de babor, por lo que el grumete tuvo que desviarse un cuarto para continuar huyendo de la tempestad. ¿Qué había ido a buscar en aquel lugar el cocinero? ¿Podía tener alguna relación aquella caída de Negoro y la rotura de la primera brújula? ¿Podía tener Negoro algún interés en que el segundo compás quedase también inutilizado? Estas y muchas otras preguntas se hacía Dick, cuya atención se hallaba más despierta que nunca. El grumete había confiado aquel incidente a la señora Weldon, haciéndole partícipe asimismo de sus dudas, pero ella, aun participando hasta cierto punto de la desconfianza del muchacho, no veía motivo para que existiese una premeditación criminal en el portugués. A pesar de ello, Negoro fue vigilado con más atención, aunque no volvió a aventurarse a ir a la popa, siguiendo las órdenes del grumete. Además, Dingo fue trasladado a aquel lugar con carácter permanente y con seguridad éste era otro de los motivos poderosos que retenían a Negoro en la cocina. Durante toda la semana la tormenta no disminuyó de intensidad y la Pilgrim huía hacia el Nordeste con una velocidad no inferior a las 200 millas por día. Pero la tierra no aparecía por parte alguna. Dick Sand no podía suponer que se habían engañado con la brújula, cuyas indicaciones no podía comprobar. Solamente aquello podía justificar la ausencia de tierra. Por fin, un día, a eso de las ocho de la mañana, Hércules, que estaba de vigía a proa, gritó:
– ¡Tierra, tierra! Dick Sand se precipitó hacia el castillo. La costa, determinada por una alta cima, se manifestaba a unas diez millas, por babor. Era, seguramente, un promontorio de la costa americana, que entre un claro de las nubes, pudo verse con toda claridad. Sólo era cuestión de horas llegar a tierra. Entre la alegría general, Dick sentía cierto espanto, ya que en las condiciones en que se encontraba la Pilgrim, la tierra constituía un escollo con lo que ello comportaba. Al cabo de dos horas el navío se encontraba a la altura del promontorio. Negoro había aparecido en cubierta, contemplando con mucha atención la costa, y después de mover la cabeza, como si asintiera a una pregunta que se hubiera formulado a sí mismo, volvió a su puesto, no sin antes haber pronunciado una palabra que nadie pudo entender. La tempestad había remitido y el cielo iba aclarando, pudiendo distinguirse entonces una costa elevada, que seguramente podía corresponder a la cordillera andina. Transcurrieron otras dos horas y entonces Dick cogió su anteojo de larga vista y a través de él paseó su mirada por todo el horizonte oriental. Aquel promontorio que hacía poco se erguía por babor iba quedando atrás, tanto que a las dos de la tarde todo indicio de tierra se había desvanecido. Dick comprendió de qué se trataba y dirigiéndose al camarote donde se hallaba la señora Weldon con el pequeño Jack, Nan y el primo Benedicto, exclamó desalentado:
– ¡Una isla! ¡Sólo era una isla!
– ¿Qué isla, Dick? -inquirió la señora Wendon. El grumete salió un instante para regresar pronto con el mapa del barco.
-La tierra que hemos visto no puede ser más que este punto -dijo, marcando un puntito perdido en medio del Pacífico-. Se trata, sin duda, de la isla de Pascua, ya que no hay otra por estos parajes. Hizo una pausa, y desconcertado, continuó:
-Esta isla se halla a treinta y cinco grados de la costa americana, lo que quiere decir que estamos separados de ella por casi dos mil millas. No puedo entenderlo. No comprendo este retraso increíble. ¡No! Esta isla no puede ser otra que la Pascua y está a dos mil millas de tierra firme. Pero de pronto, la preocupación del grumete pareció desaparecer como por ensalmo, y declaró:
– ¡Es la isla de Pascua! Ahora sé a dónde nos traído el temporal y por poco que vaya amainando podremos llegar al continente americano. ¡Ya no estamos perdidos en el océano! Aquellas palabras del grumete tuvieron la virtud de devolver la tranquilidad a cuantos le escuchaban. La Pilgrim, bien orientada ahora, podría llegar por fin a su destino. Al día siguiente, 27 de marzo, la columna de mercurio subió en el barómetro en progresión continua, lo que indicaba que la tempestad decrecía rápidamente. Dick Sand se mostró más optimista ante aquella perspectiva.