César Cascabel · Parte 3

CAPÍTULO II

ENTRE DOS CORRIENTES

inalmente, la Belle Roulotte había llegaF do a tierra firme. No tenía ya por qué temer que el campo de hielo se hundiese bajo su peso. Fácil es imaginarse cuánto debía apreciar la familia Cascabel la ventaja de sentir bajo sus pies un suelo inquebrantable.

La oscuridad era absoluta. Se tomaron las mismas disposiciones que la víspera para levantar el campamento a algunos centenares de pasos del islote Diomedes.

Después se ocuparon de los animales, y enseguida de las «gentes de talento», como decía César Cascabel.

El frío era relativamente moderado. La columna termométrica no indicaba más que cuatro grados bajo cero. Poco importaba, por otra parte. Durante aquella parada no se habría de temer un alza en la temperatura. Se esperaría a que la baja de ésta hubiese asegurado la congelación y solidificación del icefield. El invierno no podía tardar en presentarse con todo su rigor.

Era completamente de noche. El noble ruso dejó para la mañana siguiente la exploración que quería hacer en el islote. En primer lugar, se pensó en tomar las mejores disposiciones en cuanto se refería a los caballos, que necesitaban una buena alimentación y largo reposo, por hallarse verdaderamente extenuados.

Luego, cuando se sirvió la cena, cada cual se apresuró a despachar su parte, tal prisa tenían por tenderse en su camastro, después de tantas y tan rudas fatigas.

La Belle Roulotte quedó bien pronto sumergida en un profundo sueño, sin que Cornelia soñase aquella noche con deshielos ni abismos en los que se precipitaba su casa ambulante.

Al día siguiente, en cuanto la claridad fue suficiente, el señor Sergio, César Cascabel y los dos hijos de éste, marcharon a reconocer el estado del islote.

Lo que les sorprendió., desde luego, fue la increíble cantidad de focas, conocidas con el nombre de otarios de pelo, que se habían refugiado en él.

En efecto, en aquella porción del mar de Behring, limitada al Sur por el quincuagésimo grado de latitud septentrional, es en donde se encuentran dichos animales, tal vez en masas más considerables.

Si se examina detenidamente la carta de esta región, admira, con seguridad, la configuración que presentan las dos costas americana y asiática, y particularmente su semejanza. Opuesta la una a la otra, en ambas se dibuja claramente el mismo perfil: la tierra del Príncipe de Gales guarda simetría con la península de los Chukchis; el golfo de Norton con el golfo de Añadir; la extremidad de la península de Alaska se encorva como la península de Kamchatka, y el todo está cerrado por el rosario de las islas Aleutianas. Sin embargo, no puede deducirse de esto que América haya sido separada bruscamente de Asia por alguna convulsión de la época prehistórica, que hubiese abierto el estrecho de Behring, porque los ángulos salientes de un litoral no corresponden a los ángulos entrantes del otro.

En estos sitios se encuentran numerosas islas: la de San Lorenzo, ya citada, sobre el litoral americano; la de Karaginski, sobre el litoral asiático; no lejos de las playas de Kamchatka, la isla Behring, casi tocando a la isleta de Cuivre, y, a poca distancia de las riberas de Alaska, las islas Pribyloff. La semejanza de las costas es, pues, completa, por la idéntica disposición de los archipiélagos.

Ahora bien, las islas Pribyloff y la de Behring sirven más especialmente de residencia a las colonias de focas que frecuentan este mar. Pueden contarse por millones. Así es que los cazadores de profesión vienen, no solamente para capturar los otarios, sino también las nutrias de mar, muy numerosas aún no hace un siglo, pero que ahora son muy escasas a causa de su continua destrucción.

En cuanto a los otarios, nombre genérico bajo el que se comprenden los leones, vacas y osos de mar, se aglomeran en rebaños considerables, y parece que la raza no ha de extinguirse jamás.

Y, sin embargo, ¡qué caza se les da mientras dura la estación cálida! Sin tregua ni piedad, los cazadores los acosan hasta sus rookeries, especie de parques en donde se agrupan las familias. Los adultos, sobre todo, son atacados implacablemente, y la raza concluiría por desaparecer si no fuese por su fecundidad extraordinaria.

En efecto, desde el año 1867 hasta Í880, trescientos ochenta y ocho mil novecientos ochenta y dos otarios han sido destruidos nada más que en los reservados de la isla de Behring. En las islas Pribyloff, durante un siglo, los pescadores de Alaska han recogido la suma de tres millones quinientas mil pieles, y aún, anualmente, no suministran menos de cien mil.

¡Y cuántos no quedarán sobre las otras islas del mar de Behring!

El señor Sergio y sus compañeros podían juzgar por lo que veían en el islote de Diomedes.

Toda la playa desaparecía bajo un hormiguero de focas, apretadas las unas contra las otras, y no se veía nada que la alfombra de nieve sobre la que reposaban con toda seguridad.

Sin embargo, si las miraban, ellas se fijaban también en los visitantes del islote. Inmóviles, inquietas, quizás irritadas de aquella toma de posesión de su dominio, no intentaban huir, y a veces dejaban oír una especie de balido prolongado, en el que se adivinaba cierta cólera.

Luego, levantándose, agitaban vivamente sus patas, o más bien sus aletas, desplegadas en forma de abanico.

¡Ah! Si, como había deseado Sandre, aquellas focas hubiesen estado dotadas del uso de la palabra, ¡qué trueno de «papas» hubiera salido de sus bigotudos labios!

El señor Sergio y Juan no pensaban en dar caza a aquella legión de anfibios. Y, sin embargo, había allí «una fortuna de pieles vivas», según decía Cascabel.

Pero hubiera sido una matanza inútil y hasta peligrosa. Aquellos animales, temibles por su número, hubieran podido hacer muy peligrosa la situación de la Belle Roulotte, por lo cual el conde Narkin recomendó la mayor prudencia.

La presencia de aquellas focas sobre el islote Diomedes, ¿no contenía una indicación que convenía no despreciar? ¿No había motivo para preguntarse por qué aquellos animales se habían refugiado sobre aquel montón de rocas que no les ofrecía ningún recurso?

Con este motivo se suscitó una seria discusión, en la que tomaron parte el señor Sergio, César Cascabel y su hijo mayor. Se habían dirigido hacia la parte central del islote, mientras que las mujeres se ocupaban del mensaje, dejando a Clou y a Sandre al cuidado de los animales.

El noble ruso fue el que provocó la discusión, diciendo :

– Amigos míos, se trata de saber si no vale más abandonar el islote de Diomedes desde el momento en que los caballos hayan descansado, que prolongar en él nuestra parada...

– Señor Sergio –interrumpió César Cascabel–, pienso que no debemos dormirnos sobre esta roca, representando el papel de Robinsones... ¡Os lo confieso! Tengo prisa por sentir bajo mis talones un pedazo de la costa siberiana.

– Lo comprendo, padre –añadió Juan–, y, sin embargo, no conviene tampoco exponerse, como lo hemos hecho, lanzándonos a través del estrecho. Sin este islote, ¿qué hubiera sido de nosotros? Todavía quedan más de sesenta kilómetros hasta Numana...

– Pues bien, Juan, dando algunos buenos empujones, quizá podríamos recorrerlos en dos o tres etapas.

– Sería muy difícil –declaró Juan–, aun cuando lo permitiera el estado del icefield.

– Desde luego, Juan tiene razón –observó el señor Sergio–. Que tengamos prisa por atravesar el estrecho es natural, pero, puesto que la temperatura se ha dulcificado singularmente, me parece que no sería muy prudente abandonar la tierra firme. Hemos partido demasiado pronto de Port Clarence; procuremos no hacer lo mismo del islote de Diomedes. Lo cierto es que el estrecho no está completamente congelado en toda su extensión...

– Y de ahí vienen esos estallidos que aún oíamos ayer –añadió Juan–. Son debidos evidentemente a la insuficiente agregación de los hielos...

– Sí, ésa es una prueba –confirmó el noble ruso–; pero hay también otra...

– ¿Cuál? –preguntó Juan.

– Una que no me parece menos grave: la presencia de esos millares de focas, cuyo instinto ha empujado a invadir el islote Diomedes.

Sin duda después de haber abandonado los altos parajes de aquel mar, esos animales se dirigían hacia la isla de Behring o las islas Aleutianas, cuando han previsto alguna próxima conmoción. Habrán sentido la necesidad de retirarse del icefield. ¿Se prepara una dislocación por efecto de la temperatura, o es que va a producirse algún fenómeno submarino que destroce el campo de hielo? No lo sé. Pero si nosotros tenemos prisa por ganar la costa siberiana, estos anfibios no deben tener menos por alcanzar sus rookeries de las islas de Behring y de Pribyloff; y puesto que se han detenido en el islote Diomedes, es que habrán tenido serias razones para hacerlo.

– Entonces, ¿cuál es vuestra opinión, señor Sergio? –preguntó Cascabel.

– Mi opinión es que permanezcamos aquí, mientras las focas no nos hayan indicado, partiendo ellas, que podemos ponernos en camino sin peligro.

– ¡Diablo...! ¡Vaya un contratiempo endemoniado!

– No es tan grave, padre –respondió Juan–. ¡Quiera Dios que no tengamos que experimentarlos mayores!

– Además, este estado de cosas no puede ser duradero –continuó el ruso–. Por poco precoz que sea el invierno este año, pronto estaremos a fines de octubre, y aunque el termómetro no marque en este momento más que cero, puede bajar de un día para otro una veintena de grados. Si el viento llega a saltar al Norte, el icefield quedará tan sólido como un continente. Luego, mi opinión, por cierto muy meditada, es esperar, si no ocurre algo que nos obligue a partir.

Esto, por lo menos, era lo prudente, por lo cual se decidió que la Belle Roulotte permanecería sobre el islote Diomedes, mientras el paso del estrecho no quedase asegurado por un frío intenso.

Durante la jornada, el conde ruso y Juan visitaron en parte aquella base granítica que les ofrecía completa seguridad. El islote medía tres kilómetros de circunferencia. Aun en verano debía ser completamente árido. Un amontonamiento de rocas, nada más.

Sin embargo, hubiera bastado para recibir los pilares del famoso puente de Behring que reclamaba papá Cascabel, si algún día los ingenieros rusos y americanos pensaban en reunir los dos continentes, en contra de lo que con tanto aplauso ejecuta Lesseps.

Los visitantes ponían el mayor cuidado en no espantar a las focas. Y, sin embargo, era evidente que la presencia de seres humanos mantenía a aquellos animales en un singular estado de sobreexcitación. Había grandes machos que lanzaban roncos gritos, reuniendo en torno suyo a sus familias, muy numerosas en su mayor parte, porque son polígamos, y cuarenta r cincuenta adultos no reconocen más que un solo padre.

Aquellas disposiciones poco amigables no dejaron de preocupar al señor Sergio, sobre todo cuando observó cierta propensión en aquellos anfibios a dirigirse hacia el campamento. Aisladamente no eran de temer, sin duda; pero sería difícil, hasta imposible, resistir a tales masas si se les antojaba arrojar a los intrusos que no les dejaban la entera posesión del islote Diomedes. Juan quedó igualmente sorprendido de aquella particularidad, y el señor Sergio y él volvieron bastante alarmados.

El día terminó sin incidente, a no ser que la brisa, que soplaba del Sudeste, se convirtió en fuerte viento.

Seguramente se preparaba alguna violenta tempestad, quizás una de esas borrascas árticas cuya duración es de muchos días, lo que indicaba la extraordinaria depresión de la columna barométrica, que había bajado a 72 centímetros.

La noche se anunciaba bajo malos auspicios. Y, por añadidura, desde el momento en que todos se acomodaron en los departamentos de la Belle Roulotte, increíbles aullidos, de cuyo origen no podían dudar, aumentaron el estruendo de las ráfagas. Las focas se encontraban al lado del vehículo y comenzaban a abordarlo. Los caballos relinchaban de miedo, temiendo ser atacados por aquellas bandas, contra las cuales Wagram y Marengo ladraban con inútil rabia. Hubo necesidad de salir al exterior y aproximar a Vermout y Gladiador para velar por ellos.

Fueron cargadas las armas. Sin embargo, el conde recomendó no servirse de ellas sino en último extremo.

La noche estaba oscura. Se encendieron los faroles, pues no podía distinguirse nada en medio de aquellas tinieblas. Los haces de luz permitieron ver millares de focas alineadas alrededor de la Belle Roulotte, y sin duda alguna aguardaban la llegada del día para asaltarla.

– ¡Si nos atacan, toda resistencia será imposible, y corremos el riesgo de ser aplastados! – advirtió el señor Sergio.

– ¿Qué hacer, entonces...? –preguntó Juan.

– Hay que partir.

– ¿Cuándo?

– Al momento –respondió el señor Sergio.

Ante aquel peligro, seguramente muy grave, ¿tenía razón el ruso al querer abandonar el islote? Sí; era lo único que podía hacerse. Probablemente las focas no querían más que arrojar a los seres que se habían refugiado en su dominio, y no se encarnizarían en perseguirlos a través del icefield. En cuanto a dispersarlas por la fuerza, hubiera sido más que imprudente intentarlo.

¿Qué podían los revólveres y los fusiles contra aquellos millares de animales?

Se engancharon los caballos, las mujeres volvieron a subir a sus departamentos, y los hombres, dispuestos a la defensiva, se colocaron a cada lado del vehículo, que comenzó a bajar hacia el Oeste.

La noche era tan brumosa, que a duras penas los faroles permitían iluminar el campo a una veintena de pasos. La borrasca se desencadenaba con más furia. No nevaba, y los copos que revoloteaban por el aire eran los que el viento arrancaba de la superficie del icefield. ¡Y si siquiera la solidificación fuese completa! Pero no había nada de eso. Sentíase entreabrir los témpanos, en medio de estallidos prolongados. Se producían hendiduras, por las cuales el agua del mar saltaba como un surtidor.

El conde y sus compañeros marcharon así por espacio de una hora, temiendo a cada instante que el campo de hielo se abriese a sus pies. Se hacía imposible seguir una dirección determinada, y, sin embargo, Juan ensayaba mantenerla en lo posible por medio de la brújula. Felizmente, marchando hacia el Oeste, no era posible dejar atrás la costa siberiana, que se extendía a unos sesenta kilómetros, ocupando tres cuartos del horizonte, como hubiera sucedido con el islote Diomedes si se hubieran inclinado, bien al Norte o bien al Sur.

Pero era preciso llegar, y la primera condición era que la Belle Roulotte no se sumergiese en las profundidades del mar de Behring.

Sin embargo, aunque el mayor, no era éste el único peligro que había que temer. A cada momento el carruaje amenazaba volcar, cogido de costado por aquella ráfaga del Sudeste. Por prudencia fue preciso hacer bajar a Cornelia, Kayette y Napoleona. El señor Sergio, Cascabel, Juan, Sandre y Clou, agarrados a las ruedas, luchaban por retener al vehículo contra el viento.

Se comprende que poco camino debían hacer los caballos en estas condiciones, cuando sentían crujir el suelo bajo sus pies.

A cosa de las cinco y media de la mañana, que era el 26 de octubre, en medio de tinieblas tan profundas como las que bañan los espacios interestelares, la Belle Roulotte tuvo que detenerse. Los caballos no podían dar un paso más. La superficie del campo se agitaba, levantada por debajo por las olas que la borrasca arrojaba de los parajes infernales del mar de Behring.

– ¿Qué partido podemos tomar...? – preguntó Juan.

– ¡Hay que volver al islote! –exclamó Cornelia.

– ¡Ya no es posible! –respondió el señor Sergio.

– ¿Y por qué? –replicó César Cascabel–. Es preferible batirse con las focas que...

– Os repito que es imposible volver al islote. Habría que marchar contra la ráfaga, y nuestro carruaje no podría resistir... ¡Quedaría hecho pedazos si no huyese ante la tempestad...!

– ¡Con tal que no nos veamos obligados a abandonarlo...! –dijo Juan.

– ¡Abandonarlo! –exclamó César Cascabel–. ¿Y qué sería de nosotros sin la Belle Roulotte...?

– Haremos todo lo que sea posible para no llegar a ese caso –decidió el ruso–. Este carruaje es nuestra salvación, y es preciso conservarlo a toda costa.

– ¿De modo que no es posible volver atrás?

– preguntó Cascabel.

– ¡Imposible! ¡Hay que continuar adelante!

– manifestó el señor Sergio–. ¡Valor y sangre fría, y concluiremos por llegar a Numana!

Estas palabras dieron por resultado reanimar a todo el mundo. Era demasiado evidente que el viento impedía la vuelta al islote Diomedes. Soplaba del Sudeste con tal impetuosidad, que ni personas ni animales hubieran podido marchar contra él. La Belle Roulotte no podía ni aun quedar estacionada. Con sólo intentar resistir al desplazamiento del aire, hubiera perecido.

Una semiclaridad, pálida y brumosa, apareció a cosa de las diez. Las nubes, bajas y recortadas, parecían arrastrar jirones de vapores hacia el estrecho, que barrían furiosamente. Pedazos de nieve y agujas de hielo arrancadas del banco, volaban en el torbellino como una metralla de granizos. En condiciones tan penosas, apenas pudieron hacerse tres kilómetros de camino, en hora y media de marcha, porque había que evitar los charcos de agua y rodear los témpanos acumulados sobre el icefield. Por debajo, las sacudidas le imprimían rudas oscilaciones, una especie de balanceo que provocaba continuos estallidos. De repente, hacia las tres menos cuarto, se produjo una violenta sacudida. Una red de hendiduras estrelló el campo, irradiando en torno del vehículo... Una grieta de unos diez metros de diámetro se había abierto bajo los pies del tiro.

A un grito del noble ruso, sus compañeros se detuvieron a algunos pasos de aquella grieta.

– ¡Nuestros caballos...! ¡Nuestros caballos...!

– gritó Juan.... ¡Salvemos nuestros caballos...!

Era demasiado tarde. Habiendo cedido el hielo, los desgraciados animales acababan de desaparecer. Si no se hubiesen roto los tirantes, la Belle Roulotte hubiera sido igual, arrastrada a las profundidades del mar.

– ¡Nuestros pobres caballos! –exclamó, desesperado, César Cascabel.

¡Ay! Aquellos viejos amigos del saltimbanqui, que habían corrido el mundo con él; aquellos fieles compañeros que por tan largo tiempo habían compartido su nómada existencia, estaban sumergidos. Gruesas lágrimas llenaron los ojos de papá Cascabel, de Cornelia y de sus hijos...

– ¡Atrás! ¡Retrocedamos! –había gritado el conde ruso. Y agarrándose todos a las ruedas del carruaje, lograron, no sin trabajo, alejarlo de la grieta, que se ensanchaba con las oscilaciones del campo. Así anduvo hacia atrás cosa de unos seis metros, hasta quedar fuera del círculo de dislocación.

¿Qué hacer ahora? ¿Abandonar la Belle Roulotte en medio del estrecho para volver a buscarla con varios tiros de renos, después de haber llegado a Numana? Parecía que no había otro partido que tomar.

De pronto, Juan se puso a gritar:

– ¡Señor Sergio, señor Sergio! ¡Mirad...! ¡Derivamos...!

– ¿Derivamos...?

¡Era cierto!

A no dudar, un deshielo general acababa de poner en movimiento los témpanos entre las dos orillas del estrecho. Las sacudidas de la tempestad, unidas al alza de la temperatura, habían roto el campo, insuficientemente cimentado en su parte media.

A consecuencia del desplazamiento de los témpanos, de los cuales uno se había amontonado sobre el icefield, y los otros corridos por debajo, se abrieron anchos pasos hacia el Norte. Esto permitía al islote flotante que llevaba al vehículo, derivar bajo la fuerza del huracán.

Algunos icebergs, inmóviles eran otros tantos puntos de referencia para apreciar el sentido de la deriva.

La situación, ya tan inquietante por la pérdida del tiro, se había agravado extraordinariamente.

Ya no era posible llegar a Numana, ni aun después de haber abandonado el carruaje. No eran ya grietas que se hubieran podido rodear; eran múltiples pasos que no había medio alguno de poder franquear y cuya orientación cambiaba según los caprichos de las olas. Y luego, aquel témpano que arrastraba a la Belle Roulotte, y cuya marcha no podía guiarse, ¿cuánto tiempo resistiría al choque de las olas que venían a romperse sobre sus bordes?

¡No! ¡Nada era posible hacer! Querer dirigirse para alcanzar el litoral siberiano era empresa superior a fuerzas humanas. El bloque flotante marcharía así mientras no lo detuviese algún obstáculo; y ¡quién sabe si aquel obstáculo no serían los mismos hielos en los extremos límites del mar polar!

Hacia las dos de la tarde, en medio de la sombra que acrecentaban los crespones de bruma, la oscuridad era tal que detenía la vista en una radio muy corto.

Abrigados y vueltos hacia el Norte, el señor Sergio y sus compañeros permanecían silenciosos. ¿Qué hubieran podido decir, puesto que no tenían nada que intentar?

Cornelia, Kayette y Napoleona, envueltas en sus abrigos, se estrechaban las unas contra las otras.

El joven Sandre, más sorprendido que inquieto, silbaba una canción.

Clou se ocupaba en poner en orden los objetos dispersos por la sacudida en el interior de los departamentos.

Si el conde y Juan habían conservado toda su sangre fría, no sucedía lo mismo a César Cascabel, que se acusaba de haber metido a toda su familia en semejante aventura.

Sin embargo, importaba mucho darse cuenta exacta de la situación. No se habrá olvidado que dos corrientes se propagan en sentido inverso a través del estrecho de Behring. Una desciende hacia el Sur, la otra sube hacia el Norte. La primera es la corriente de Kamchatka; la segunda, la de Behring. Si el témpano cargado con el personal y material de la Belle Roulotte era agarrado por la primera, sería inevitablemente arrastrado hacia atrás, y existían probabilidades de que pudiese arribar a la costa siberiana. Si, por el contrario, era atraído por la segunda, sería rechazado hacia el mar Glacial, en donde ningún continente ni grupo de islas podrían detenerle.

Por desgracia, el huracán soplaba del Sur, a medida que iba aumentando en intensidad. En el fondo de aquel embudo formado por el estrecho, se producía una corriente de aire cuya violencia no podía imaginarse, al mismo tiempo que el viento se desviaba poco a poco de su primera dirección.

Esto es cuanto habían podido observar el señor Sergio y Juan, viendo que se escapaba toda probabilidad de ser cogidos por la corriente de Kamchatka. Referida a la brújula, la deriva inclinaba hacia el Norte.

¿Podía esperarse que el témpano fuese llevado hasta la península del Príncipe de

Gales, sobre la costa de Alaska, a la vista de

Port Clarence? Éste hubiera sido un desenla ce verdaderamente providencial.

Pero el estrecho desagua con un ángulo tan abierto entre el cabo Oriental y el cabo del Príncipe de Gales, que sería insensato abandonarse a aquella esperanza.

Entretanto, la estancia se hacía casi insostenible en la superficie del témpano, en donde nadie podía permanecer en pie: ¡tan terrible era la tormenta!

Juan, que quiso observar el estado del mar por su parte anterior, fue derribado, y, sin la intervención del conde, hubiera sido precipitado en las olas.

¡Qué noche pasaron aquellos desgraciados, puede decirse aquellos náufragos, porque estaban allí como los supervivientes de un naufragio!

¡Qué angustias a cada instante! Icebergs de masa considerable venían a veces a chocar contra el islote flotante, con tales sacudidas y tales estallidos, que amenazaban dislocarlo. Pesadas olas pasaban por su superficie, sumergiéndolo como si se hubiese hundido en el abismo. Todos estaban transidos bajo aquellas frías duchas que el viento pulverizaba por encima de sus cabezas. Sólo habrían podido evitarlas entrando en la Belle Roulotte; pero ésta oscilaba tanto bajo los golpes de la ráfaga, que ni el señor Sergio ni papá Cascabel se atrevían a aconsejarles que buscasen aquel refugio.

Interminables horas transcurrieron así. Entretanto, los pasos se hacían cada vez más anchos, la deriva se operaba con menos choques. ¿Se había separado el témpano de la porción más angosta del Estrecho, cuya abertura se extendía a algunas leguas de allí en el mar Glacial? ¿La corriente de Behring había triunfado por fin de la corriente de Kamchatka? En ese caso, si las costas de América no lo detenían, ¿no era de temer que fuese arrastrado hasta el pie del enorme icefield?

¡Cuánto tardaba en aparecer el día! El día, que permitiría reconocer exactamente la situación. Las pobres mujeres oraban. Su salvación no podía venir más que de Dios.

El día apareció por fin, era el 27 de octubre, sin que trajese consigo la calma de las conmociones atmosféricas. Por el contrario, parecía que la tempestad redoblaba su furia con la salida del sol.

El conde y Juan, con la brújula en la mano, interrogaron el horizonte. En vano buscaron tierra en la dirección del Este y Oeste.

El témpano, ¡era harto cierto!, había deri vado hacia el Norte, bajo la acción de la co rriente de Behring.

Como puede pensarse, aquella tempestad había causado a los habitantes de Port Clarence vivas inquietudes sobre la suerte de la familia Cascabel.

Pero, ¿cómo hubieran podido socorrerles, puesto que el deshielo impedía toda comunicación entre las dos orillas del estrecho...?

Lo mismo ocurrió en el puerto de Numana, donde los dos agentes rusos, que estaban ya hacía dos días, habían anunciado la partida de la Belle Roulotte.

En realidad, si alguna ansiedad experimentaron por los que conducía, no fue seguramente por simpatía.

Sabemos que esperaban al conde Narkin sobre la costa siberiana para apoderarse de su persona... y temían fuese probable que aquél hubiese perecido en el desastre que, sin duda, habría ocurrido a la familia Cascabel.

Tres días después no hubo lugar a duda, cuando la corriente arrojó los cadáveres de dos caballos en una pequeña ensenada del litoral.

Eran los de Vermout y Gladiador, que componían el único tiro de los saltimbanquis.

– ¡Diablo! –dijo uno de los agentes–. ¡Qué bien hemos hecho en atravesar el Estrecho antes que nuestro hombre!

– Sí –convino el otro–; pero ¡es una lástima haber perdido un negocio tan bonito!

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