César Cascabel · Parte 2

CAPÍTULO III

HACIA EL FUERTE YUKÓN

manecía el día 26 de junio, cuando el Acarro de Cascabel «levó anclas», empleando una de las frases metafóricas, familiar a su comandante. Falta saber, para completar aquella metáfora por la frase del inmortal Prudhomme, si no llegaría a navegar sobre un volcán.

Esto no era imposible en sentido figurado: primero, porque las dificultades del camino serían físicamente grandes; después, porque los volcanes, extinguidos o no, no faltan sobre la costa septentrional del mar de

Behring.

La Belle Roulotte dejó, pues, la capital de Alaska en medio de las mil aclamaciones que acompañaron ruidosamente a su salida. Eran las de numerosos amigos, de quienes la familia había recogido los aplausos y también los rublos durante los pocos días pasados en las puertas de Sitka. La palabra «puerta» es más justa de lo que parece. En efecto, la ciudad está rodeada de una empalizada fuertemente construida que no permite la entrada más que por algunas aberturas, que sería difícil franquear sin permiso.

Indudablemente las autoridades rusas han debido hacer esto para prevenirse contra la afluencia de los indios kaluches, que vienen a instalarse lo más comúnmente entre las riberas del Stekin y del Tchilcat, en los alrededores de Nueva Arkángel. Allí se levantan sus chozas, que son de construcción muy rudimentaria; una puerta baja da entrada a una habitación circular, algunas veces dividida en dos departamentos, solamente iluminados por un agujero practicado en la parte superior, y que permite la salida de los humos del hogar. El conjunto de estas chozas forma como un arrabal de Sitka, un arrabal extramuros. Después de la puesta del sol ningún indio tiene el derecho de permanecer en la ciudad. Prohibición justa que necesitan las relaciones entre los pieles rojas y los rostros pálidos. Fuera de Sitka, la Belle Roulotte tuvo primeramente que atravesar una serie de estrechos pasos por medio de barcas dispuestas al objeto, a fin de ganar el fondo de un golfo sinuoso, terminado en punta, y llamado Lyan Canal.

A partir de este punto estaban en tierra firme.

El plan de viaje, o mejor el itinerario, había sido cuidadosamente estudiado por el señor Sergio y Juan sobre los mapas a gran escala que había sido fácil procurarse en «Gardens Club». Kayette, que conocía bien el país, había sido llamada para dar su opinión en esta circunstancia. Su viva inteligencia le había permitido comprender las indicaciones de la carta puesta ante sus ojos. Se expresaba en un lenguaje mitad indio, mitad ruso, y sus observaciones fueron muy útiles para la discusión. Se trataba de tomar, si no el camino más corto, al menos el más fácil para llegar a Port Clarence, situado sobre la ribera este del Estrecho.

Se convino, pues en que la Belle Roulotte siguiese las orillas del gran río Yukón hasta la altura del fuerte que ha tomado el nombre de esta corriente. Estaban casi a la mitad de camino, o sea a doscientas cincuenta leguas de Sitka. Así evitarían las dificultades de un camino a lo largo del litoral, en que la costa es en parte montañosa. Por el contrario, el valle del Yukón se desarrolla entre las complicadas cadenas del Oeste y las Montañas Rocosas, que separan Alaska del valle, del Mackenzie y del territorio de la Nueva Bretaña.

De ahí que algunos días después de su partida la familia Cascabel había visto desaparecer hacia el Sudoeste los perfiles desiguales de la costa que dominan a gran altura el monte Fairweather y el monte San Elías.

La distribución de las horas de marcha y de descanso, estudiada con cuidado, había sido seguida con todo rigor. No había que apresurarse por ganar el Estrecho de Behring y más valía ir piano para llegar sano. Lo importante era no cansar demasiado a los dos caballos, pues no podrían ser remplazados más que por un tiro de renos si se les desgraciaban, eventualidad que convenía evitar a todo trance.

Por ello se partía a las seis de la mañana; al mediodía se dedicaban dos horas al descanso, y vuelta a marchar hasta las seis de la tarde; después descanso durante toda la noche. Esto daba un recorrido medio de veinticinco a treinta kilómetros diarios.

De haber sido necesario, nada hubiese sido más fácil que el viajar de noche, porque, según la observación de papá Cascabel, el sol de Alaska no abusa del lecho.

– ¡Apenas se acuesta, se levanta! –decía una y otra vez–. ¡Veintitrés horas de luz, y, sin embargo, no se le paga más!

Ciertamente, en aquella época, es decir, alrededor del solsticio de verano, y en esta alta latitud, el sol desaparece a las once y diecisiete minutos de la noche, y reaparece a las once y cuarenta y nueve, o sea treinta y dos minutos de eclipse bajo el horizonte. Y hasta el crepúsculo, que continúa después de él, mezcla sin interrupción su claridad con la del nuevo amanecer.

En cuanto a la temperatura, era caliente, y, a veces, sofocante. En estas condiciones hubiera sido más que imprudente no hacer alto durante las horas ardientes del mediodía. Personas y animales sufrían sensiblemente estos calores excesivos.

¿Se creerá que, en el límite del círculo polar, el termómetro marca a veces treinta grados centígrados sobre cero? Pues es muy cierto.

Sin embargo, si el viaje se verificaba con seguridad y sin grandes dificultades, Cornelia, abrumada por estos insoportables calores, se quejaba, no sin razón.

– ¡Bien pronto echaréis de menos lo que ahora os parece tan difícil soportar! –le aseguró un día el señor Sergio.

– ¿Semejante calor? ¡Jamás! –exclamó ella.

– No digas tal, madre –añadió Juan–, sufrirás bien pronto los efectos del frío, más allá del estrecho de Behring, cuando atravesemos las estepas de Siberia.

– Estoy conforme en que así será, señor Sergio –respondió Cascabel–. Mas no por eso es menos cierto que ahora no podemos defendernos contra el calor, y, en cambio, ayudándonos con el fuego, nos será posible combatir el frío.

– Sin duda, amigo mío –replicó el ruso–; y eso tendréis que hacer durante algunos meses, porque el frío será terrible, no lo dudéis.

Después de una semana de haber caminado a través de los cañones (estrechas gargantas caprichosamente recortadas en medio de colinas de mediana altura) la Belle Roulotte vio desarrollarse delante de sí largas planicies entre los poco espesos bosques de este territorio.

Aquel día se costeó un pequeño lago, el lago de Dease, en donde nace el río Lewis, uno de los principales afluentes del Bajo Yukón.

Kayette lo reconoció y dijo:

– Sí, éste es el cargout, que va a desembocar en nuestro gran río.

Después hizo saber a Juan que, en lenguaje del país, la palabra cargout significa precisamente arroyo.

Durante este viaje, sin obstáculos ni fatigas, no descuidaban los artistas de la troupe Cascabel ensayar sus ejercicios, sostener la fuerza de sus músculos, la agilidad de sus miembros y la destreza de sus manos. A menos que el calor no lo impidiera, cada campamento se transformaba por la noche en un circo, que tenía por únicos espectadores al señor Sergio y a Kayette.

Los dos admiraban entonces las proezas de esta valerosa familia; la joven india con alguna sorpresa y el ruso con benevolencia.

Los esposos Cascabel levantaban pesos con los brazos extendidos, y jugaban con los balancines; Sandre se retorcía con las dislocaciones y contorsiones que constituían su especialidad; Napoleona se aventuraba en la cuerda tirante, entre dos caballetes, y desplegaba sus gracias de bailarina, mientras que Clou hacía gala de sí mismo ante un público absolutamente imaginario.

Con seguridad, Juan hubiera preferido permanecer con sus libros, instruirse conversando con el señor Sergio o instruir a Kayette que, gracias a él, hacía rápidos progresos en la lengua francesa; pero su padre exigía que no perdiese nada de su notable destreza de equilibrista, y por obediencia hacía voltear los vasos, anillos, bolas, cuchillos y bastones; aunque muy en otra cosa estaba pensando el pobre muchacho.

Una cosa que le había producido gran satisfacción era que el buen Cascabel había renunciado a su proyecto de hacer de Kayette una artista ambulante. Desde que la joven había sido adoptada por el señor Sergio, hombre rico e instruido, perteneciente a buena familia, su porvenir estaba asegurado, y en las mejores condiciones.

Como decimos, esto llenaba de satisfacción al bravo Juan, aunque por otra parte experimentaba un disgusto real, pensando que Kayette les dejaría cuando estuvieran en el estrecho de Behring. Y esto no sucedería si hubiera formado parte de la troupe en concepto de bailarina.

Pero Juan experimentaba por ella una amistad demasiado viva para no regocijarse pensando en que había sido adoptada por el señor Sergio. ¿Acaso él mismo no tenía sumo afán por cambiar de oficio? Obedeciendo a sus instintos más elevados, no se creía a propósito para aquella existencia de saltimbanqui; y ¡cuántas veces sobre las plazas públicas había sentido vergüenza de los aplausos que le valía su notable destreza!

Paseándose una tarde con el señor Sergio le confesó por completo sus aspiraciones y deseos. Le dijo lo que hubiera querido ser. de lo que se creía con legítima ambición. Quizá se vería obligado a continuar corriendo el mundo, a exhibirse en las fiestas de pueblo, a proseguir en este oficio de gimnasta y acróbata; quizá sus padres llegarían a vivir con algún desabrigo; tal vez acabaría él por adquirir alguna fortuna. Pero entonces sería demasiado tarde para entrar en una carrera más honrosa.

– No reniego de mi padre ni de mi madre, señor Sergio –concluyó–. ¡Oh, no! ¡Si lo hiciese sería un ingrato! ¡Todo lo que podían hacer, lo han hecho! ¡Han sido tan buenos para sus hijos! Sin embargo, siento que podría llegar a ser un hombre, y no estoy destinado más que a ser un pobre saltimbanqui.

– Te comprendo, amigo mío –le aseguró el ruso–. Pero permíteme que te diga que, sea cualquiera el oficio que se ejerza, ya es algo el haberlo ejercido honradamente. ¿Conoces tú gente más honrada que tu padre y tu madre?

– Claro que no.

– Pues bien, continúa estimándolos como los estimo yo mismo. Queriendo elevarte, das pruebas de tu noble condición. ¿Quién sabe el porvenir que te está reservado? ¡Ten valor, hijo mío, y cuenta con mi apoyo! ¡No olvidaré jamás lo que tu familia ha hecho por mí; no, jamás! Y algún día, si puedo...

Y mientras hablaba de este modo, Juan observaba que la frente del ruso se oscurecía, que su voz era menos segura. Parecía mirar el porvenir con ojos inquietos. Hubo un instante de silencio, que Juan interrumpió, diciendo:

– Una vez llegado a Port Clarence, ¿por qué no continuáis el viaje con nosotros, señor Sergio? Puesto que tenéis intención de volver a Rusia...

– Eso es imposible, Juan– respondió el señor Sergio–. No he acabado la exploración emprendida a través de los territorios del oeste de América.

– ¿Marchará Kayette con vos? –murmuró Juan.

Y lo dijo con una voz tan triste, que el señor Sergio no pudo oírle sin sentir profunda emoción.

– ¿No es necesario que me acompañe – repuso– habiéndome encargado de su porvenir?

– Así, pues, Kayette no se separaría de vos, señor Sergio, y en vuestro país...

– Hijo mío –manifestó el caballero–, mis proyectos no están definitivamente resueltos. Esto es todo lo que puedo decirte por el momento. Cuando esté en Port Clarence, veremos... Quizás haga a tu padre cierta proposición, y de ella dependerá sin duda todo...

Juan sintió renacer la excitación que ya había notado en las palabras del ruso. Esta vez no insistió, comprendiendo que quería mantenerse en su extremada reserva.

Pero después de esta entrevista, hubo más estrecha simpatía entre los dos. El señor Sergio había adivinado todo lo que existía de bueno, de justo, de elevado en este muchacho, tan recto, tan franco. Se ocupaba, pues, de instruirle, dirigiéndole hacia los estudios a que le encaminaban sus gustos. En cuanto a los esposos Cascabel, no debían más que felicitarse de lo que el señor Sergio hacía por su hijo.

Juan no se descuidaba tampoco en ejercer sus funciones de cazador. El señor Sergio, muy apasionado por este ejercicio, le acompañaba a menudo, y entre dos disparos, ¡cuántas cosas se pueden decir! Por otra parte, estas llanuras eran muy abundantes en caza.

Había liebres para alimentar toda una caravana, Y no solamente desde el punto de vista comestible tenían utilidad, sino que, como decía Cascabel, además de los guisos y asados que con ellas podían hacerse, llevaban encima, corriendo por la pradera, capotes, boas, manguitos y mantas.

– En efecto, amigo mío –confirmó el ruso–, y después de haber servido bajo una forma, servirán no menos ventajosamente bajo otra en vuestro guardarropía. Todo lo que se haga es poco para prevenirse contra los rigores del clima siberiano.

Se hacía, pues, gran provisión de estas pieles, economizando además las conservas para la época en que el invierno pusiera en fuga la caza de las comarcas polares.

Cuando los cazadores no traían ni perdices ni liebres, no desdeñaba Cornelia poner en el puchero un cuervo o un grajo, a la moda indiana, y la sopa tío dejaba por eso de ser excelente.

De vez en cuando, el señor Sergio o Juan sacaban de su morral un magnífico faisán, y fácilmente se comprenderá qué buen papel haría este guisado sobre ¿a mesa.

La Belle Roulotte no tenía, pues que temer la visita del hambre. Es verdad que no estaba todavía sino en la parte más fácil de su azaroso itinerario.

Una molestia, mejor un tormento, que no ha Día medio de evitar, eran las importunidades de los mosquitos. Papá Cascabel los encontraba muy desagradables ahora que no estaba en tierra inglesa. Y sin duda su desazón hubiera excedido a toda medida si las golondrinas no hubieran hecho de ellos un consumo extraordinario.

Pero estas golondrinas no tardarían en emigrar hacia el Sur, porque su estancia es de corta duración

El 9 de julio la Belle Roulotte llegó a la confluencia de dos corrientes, una tributaria de la otra Era el río Lewis que desemboca en el Yukón por una ancha abertura de su ribera izquierda.

Kayette hizo observar que este río. en la parte superior de su curso, recibe el nombre de río Peily. A partir de la embocadura del Lewis se dirige francamente hacia el Noroeste, antes de desviarse hacia el Oeste, para ir a verter sus aguas en un vasto estuario del mar de Behring.

En la confluencia del Lewis se levanta un puesto, el fuerte Selkirk, menos importante que el fuerte Yukón, situado a un centenar de leguas hacia abajo sobre la ribera derecha del río.

Desde la salida de Sitka, la joven india había hecho grandes servicios guiando a la troupe con pasmosa seguridad. Ya durante su vida nómada había recorrido estas llanuras que riega el gran río de Alaska. Interrogada por el señor Sergio acerca de su infancia había referido su vida tan penosa, cuando las tribus indgeletes se trasladaban de un punto a otro del valle del Yukón; después, la dispersión de la tribu y la desaparición de su familia. Y entonces, no teniendo ya parientes, se había visto obligada a abrazar el oficio de sirvienta en casa de algún funcionario o agente de Sitka. Más de una vez Juan le hizo volver a empezar su historia, y experimentaba siempre profunda emoción.

En los alrededores del fuerte Selkirk encontraron algunos de aquellos indios que viven errantes sobre las riberas del Yukón, particularmente los birch, nombre que Kayette traducía así: «Gentes del abedul.»

Realmente, existen gran número de estas especies de las altas latitudes en medio de los pinos Douglas y de los arces, de los que está sembrado el centro de Alaska.

El fuerte Selkirk, ocupado por algunos empleados de la Compañía ruso-americana, no es, a decir verdad, más que un depósito de peleterías; en él, los negociantes del litoral vienen a efectuar sus compras en épocas determinadas.

Estos empleados., gozosos por una visita que rompía la monotonía de su existencia, hicieron buena acogida al personal de la Belle Roulotte. Papá Cascabel resolvió descansar veinticuatro horas.

Se decidió también que el coche atravesase el río Yukón en este punto, con el fin de no tener que franquearlo más tarde, y quizás en condiciones menos favorables. En efecto, su cauce ganaba en anchura y su corriente en rapidez a medida que se desarrollaba hacia el Oeste.

El señor Sergio fue el que dio este consejo después de haber estudiado sobre el mapa el trazado del Yukón que cortaba el itinerario de Port Clarence.

Una barca transportó, pues, a la Belle Roulotte sobre la ribera derecha, con la ayuda de los agentes y de los indios avecindados alrededor del fuerte Selkirk, y que explotan las aguas del río, tan abundantes en pesca.

La llegada de la familia no les resultó del todo inútil, y a cambio de sus servicios pudieron recibir uno, cuya importancia apreciaron en lo mucho que valía.

El jefe de la tribu se encontraba gravemente enfermo; por lo menos así hubiera podido creerse. Ahora bien; no tenían más remedios ni más médico que el mago tradicional y los medicamentos mágicos usados entre los indígenas. Hacía algún tiempo que este jefe había sido acostado en la plaza del pueblo, donde ardía una gran hoguera noche y día. Los indios, reunidos a su alrededor, cantaban a coro una invocación al Gran Manitú, mientras que el mago ensayaba sus mejores sortilegios a fin de arrojar el mal espíritu introducido en el cuerpo del enfermo. Y para conseguirlo mejor, trataba de introducir dicho espíritu en su propia persona; pero éste, cada vez más terco, no quería abandonarle.

Afortunadamente, el señor Sergio, que tenía algunos conocimientos de medicina, pudo prestar al jefe indio los cuidados que su estado reclamaba.

Cuando el ruso le hubo examinado, diagnosticó sin trabajo la dolencia del augusto enfermo; y recurriendo al botiquín de viaje le administró un enérgico vomitivo, que todas las ceremonias practicadas por el mago no hubieran podido remplazar.

La verdad es que este jefe tenía una indigestión de primer orden, y las enormes cantidades de té que absorbía desde dos días antes no bastaban a combatirla.

No murió, pues, con gran satisfacción de su tribu, lo que privó a la familia Cascabel de asistir a las ceremonias que acompañan al entierro de un soberano.

Y aun la palabra entierro no es la más apropiada tratándose de funerales indios. Allí no se da tierra al cadáver; se le deja en el aire a algunos pies del suelo, y en el fondo del ataúd, y como para servirle en el otro mundo, se depositan su pipa, su arco, sus flechas, sus raquetas y las pieles más o menos preciosas con que se abrigaba en el invierno.

Y durante su eterno sueño, la brisa le mece como a un niño en su cuna.

Después de las veinticuatro horas pasadas en el fuerte Selkirk, la familia Cascabel marchó, con permiso de los indios y de los empleados, conservando un buen recuerdo de este primer descanso sobre la ribera del río. Subió la corriente del río Pelly por una especie de ribazo bastante pedregoso, y que el tiro pasó sin gran trabajo. Por último, el 27 de julio, diecisiete días después de haber abandonado el fuerte Selkirk, llegaron al fuerte Yukón.

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