Los quinientos millones de la begun

CAPÍTULO VIII

LA CAVERNA DEL DRAGÓN

El lector que siga los progresos de la suerte del joven alsaciano no quedará sorprendido, probablemente, al encontrarle perfectamente situado, al cabo de algunas semanas, en familiaridad con Herr Schultze. Ambos se habían hecho inseparables. Juntos hacían sus trabajos y sus comidas, daban sus paseos por el parque y fumaban en sus respectivas pipas, ante sendos bocks de cerveza. Jamás el ex profesor de Jena había encontrado un colaborador que estuviese tan de acuerdo con él, que le comprendiese, por decirlo así, con medias palabras y que supiese utilizar con tanta rapidez sus explicaciones teóricas.

No sólo poseía Marcelo un mérito trascendental en todas las ramas del oficio; era también el mejor compañero, el trabajador más asiduo y el inventor más modestamente fecundo.

Herr Schultze estaba encantado con él. Diez veces al día se decía, in petto:

«¡Qué hallazgo...! ¡Qué perla es este muchacho!»

La verdad es que Marcelo se había penetrado desde el primer momento del carácter de su terrible patrón. Había visto que su facultad primordial era el egoísmo, un egoísmo inmenso, omnívoro, que se manifestaba exteriormente en una vanidad feroz, y se consagraba con toda religiosidad a regularizar su conducta en todo instante y por encima de todo.

En pocos días el joven alsaciano se había adueñado de tal modo del manejo de aquel teclado, que había llegado a pulsar a Schultze como se pulsa un piano. Su táctica consistía, sencillamente, en poner de manifiesto, siempre que le era posible, su propio mérito, pero de manera que le quedase siempre al otro una ocasión para establecer su superioridad sobre él.

Por ejemplo: Acababa un dibujo, que había salido perfecto, menos en un detalle tan fácil de ver como de corregir y que el ex profesor señalaba inmediatamente con exaltación.

Cuando concebía una idea teórica, procuraba hacerla nacer en la conversación, de suerte que Herr Schultze pudiese creer haberla descubierto. Algunas veces, incluso, iba más lejos, diciendo, por ejemplo:

– He trazado el plano de ese buque de tajamar practicable que me encargó usted.

– ¿Yo? —preguntaba Herr Schultze, que no había pensado siquiera en semejante cosa.

– Sí... ¿Ya lo había usted olvidado...? Un tajamar desmontable, que deje en el blanco del enemigo un torpedo fusiforme, el cual deberá estallar después de transcurrido un intervalo de tres minutos...

– Lo había olvidado en absoluto... ¡Tengo tantas ideas en el cerebro...!

Y Herr Schultze se embolsaba conscientemente la paternidad del nuevo invento.

Después de todo, quizá sólo fuese hecha a medias esta maniobra. En el fondo, es probable que considerase a Marcelo más fuerte que él; pero, por una de esas misteriosas fermentaciones que se operan en los cerebros humanos, le ocurría que se contentaba cómodamente con «parecer» superior, y, sobre todo, con hacerle creer que lo era a su subordinado.

«¡Qué torpe está, a pesar de su inteligencia, esta mañana!», se decía, algunas veces en silencio, dejando al descubierto, en una muda carcajada, las treinta y dos «fichas de dominó» de sus mandíbulas.

Por otra parte, su vanidad encontraba bien pronto una escala de compensación: ¡Sólo él en el mundo podía realizar aquella especie de sueños industriales...! ¡Aquellos sueños sólo tenían valor por él y para él! Después de todo, Marcelo no era más que un engranaje del organismo que él, Schultze, había sabido crear, etcétera...

Con todo, no «desembuchaba», como suele decirse. Después de cinco meses de estancia en la Torre del Toro, Marcelo no sabía más de lo que sabía antes, acerca de los misterios del Bloque central. En verdad, sus sospechas se habían convertido casi en certidumbre. Cada vez estaba más convencido de que Stahlstadt ocultaba un secreto, y de que a Herr Schultze le guiaba otra finalidad bien distinta de la del lucro. La naturaleza de sus preocupaciones y la de su misma industria, hacían infinitamente verosímil la hipótesis de que habría inventado cualquier nueva máquina de guerra.

Pero la palabra del enigma continuaba siempre oscura...

Marcelo se dijo bien pronto que no la obtendría sino mediante una crisis, y, no viéndola llegar, se decidió a provocarla.

Era el 5 de setiembre por la tarde, después de la comida. Un año antes, por aquella misma fecha, había encontrado en el pozo Albrecht el cadáver de su amiguito Carl.

A lo lejos, el prolongado y rudo invierno de aquella Suiza americana cubría aún todo el campo con su manto blanco. Pero, en el parque de Stahlstdat, la temperatura era tan tibia como en junio, y la nieve, deshecha antes de tocar al suelo, se depositaba en forma de rocío, en vez de caer en copos.

– Estas salchichas con berzas están deliciosas, ¿no es verdad? —hizo observar Herr Schultze, a quien los millones de la Begún no habían hartado de su manjar favorito.

– Deliciosas —respondió Marcelo, que comía heroicamente todas las tardes, si bien había acabado por tomar horror a aquel plato.

Las intolerancias de su estómago terminaron por decidirle a intentar la prueba que estaba ideando.

– Yo me pregunto cómo los pueblos que no tienen salchichas, ni berzas, ni cerveza pueden tolerar la existencia —añadió Schultze, exhalando un suspiro.

– La vida debe constituir para ellos un prolongado suplicio —respondió Marcelo—. Verdaderamente, constituirá una prueba de humanitarismo el reunirlos a todos en el Vaterland...

– ¿Eh...? ¡Todo llegará, todo llegará! —exclamó el Rey del Acero—. Ya estamos aquí, instalados en el corazón de América... Que nos dejen tomar una isla o dos por los alrededores del Japón, y verá usted cómo sabremos hacernos dueños del globo...

El lacayo había llevado las pipas. Herr Schultze llenó la suya y la encendió. Marcelo había escogido con premeditación aquel momento cotidiano de completa beatitud.

– He de confesar —añadió, después de un instante de silencio— que no creo mucho en esa conquista...

– ¿Qué conquista? —preguntó Herr Schultze, que no estaba ya al tanto de la conversación.

– La conquista del mundo hecha por los alemanes.

El ex profesor de Jena creyó que había entendido mal.

– ¿No cree usted en la conquista del mundo hecha por los alemanes?

– No.

– ¡Ah, caramba, qué torpe es usted...! Me gustaría conocer los motivos de esa duda...

– Sencillamente, porque los artilleros franceses acabarían por hacerlo mejor y derrotarles a ustedes... Los suizos, mis compatriotas, que los conocen bien, tienen la idea fija de que un francés avisado vale por dos... Lo de 1870 es una lección que se volverá contra ellos. Nadie lo duda en mi país, y, si he de decirlo todo, ésa es la opinión de los hombres más entendidos en Inglaterra.

Marcelo profirió estas palabras con un tono frío, seco y tajante que duplicó, si era posible, el efecto que semejante blasfemia, dirigida al centro del blanco, debía producir en el Rey del Acero.

Herr Schultze quedó sofocado, rabioso, aniquilado. Le subió la sangre al rostro con tal violencia, que el joven temió haber llegado demasiado lejos. Viendo, no obstante, que su víctima, después de haberle faltado poco para ahogarse de rabia, no se moría en el acto, prosiguió:

– Sí; resulta enojoso comprobarlo, pero así es. Si nuestros rivales no hacen ruido, es porque están dedicados a la tarea... ¿Cree usted que no han aprendido nada, después de la guerra...? Mientras nosotros nos dedicamos estúpidamente a aumentar el peso de nuestros cañones, tenga usted por seguro que ellos se preparan de nuevo y nos sorprenderán en la primera ocasión que se les presente...

– ¡De nuevo! ¡De nuevo! —balbució Herr Schultze—. ¡Y nosotros también!

– ¡Ah, sí...! ¡Eso decimos...! Rehacemos en acero lo que nuestros antepasados hicieron en bronce, y eso es todo... Duplicamos el tamaño y el alcance de nuestras piezas...

– ¿Las duplicamos? —interrogó Herr Schultze, con una entonación que parecía significar:

«En realidad, hacemos más que duplicarlas...»

– En el fondo —continuó Marcelo—, no somos más que unos plagiarios... Mire: ¿quiere usted que le diga la verdad? Nos falta la facultad de la invención. No descubriremos nada, y los franceses, sí. ¡No le quepa a usted duda!

Herr Schultze había recobrado un poco de aparente calma. Sin embargo, le temblaban los labios, y la palidez que había sucedido a la rojez apoplética de su faz ponía bien de manifiesto los sentimientos que lo agitaban.

¿Podía llegarse a aquel grado de humillación? Llamarse Schultze, ser el dueño absoluto de la mejor fábrica y de la primera fundición de cañones del mundo, ver a sus pies a los reyes y los parlamentos, y oír que un ínfimo dibujante suizo le decía que le faltaba inventiva, que estaba por debajo de un artillero francés... Y eso, teniendo a su lado, detrás del espesor de un muro blindado, con qué confundir mil veces a aquel impúdico bellaco, cerrarle la boca y aniquilar sus estúpidos argumentos... ¡No; no era posible soportar semejante suplicio!

Herr Schultze se levantó con un movimiento tan brusco, que rompió la pipa. Luego, contemplando a Marcelo con una mirada llena de ironía y apretando los dientes, le dijo, o, más bien, le silbó estas palabras:

– Sígame usted, que voy a demostrarle que a mí, Herr Schultze, no me falta inventiva.

Marcelo había hecho un buen juego; pero había ganado, gracias a la sorpresa producida por un lenguaje tan audaz y tan inesperado; gracias a la violencia del despecho que había provocado la vanidad, la cual era superior en el ex profesor que la prudencia. Schultze estaba sediento de revelar su secreto, y, como a pesar suyo, penetrando en su gabinete de trabajo cuya puerta cerró con cuidado, fue derecho a su biblioteca y retiró un estante. Inmediatamente apareció en la pared una abertura que estaba oculta por una hilera de libros. Era la entrada de un estrecho pasadizo que, por una escalera de piedra, conducía al mismo pie de la Torre del Toro.

Allí, quedó abierta una puerta de roble con la ayuda de una llavecita que nunca abandonaba el patrón. Apareció una segunda puerta, cerrada por un candado silábico, de esos que sirven para las cajas de caudales. Herr Schultze formó la palabra correspondiente, y abrió el pasado batiente de hierro que, interiormente, estaba provisto de un aparato complicado, con máquinas explosivas, que Marcelo, sin duda por curiosidad profesional, hubiera querido examinar. Pero su guía no le dejó tiempo para ello.

Ambos se encontraban entonces ante una tercera puerta, sin cerradura aparente, que se abrió mediante un simple empujón, producido, por supuesto, según determinadas reglas.

Franqueado aquel triple atrincheramiento, Herr Schultze y su acompañante ¡ tuvieron que subir las doscientas gradas de una escalera de hierro, y llegaron a lo alto de la Torre del Toro, que dominaba toda la ciudad de Stahlstadt.

Sobre aquella torre de granito, cuya solidez podía ser puesta a toda prueba, aparecía una especie de casamata con varias troneras. En el centro de la casamata, aparecía un cañón de acero.

– ¡Mire! —dijo el profesor, que no había pronunciado una palabra en todo el trayecto.

Aquélla era la mayor pieza de sitio que había visto Marcelo. Debía pesar, por lo menos, trescientos mil kilogramos, y se cargaba por la culata. El diámetro de su boca medía metro y medio. Colocada en una cureña de acero y rodando sobre rieles al mismo metal, hubiera podido ser manejada por un niño: tan fáciles resultaban sus movimientos mediante un sistema de ruedas dentadas. Un resorte compensador, situado detrás de la cureña, tenía por objeto anular el retroceso, o, por lo menos, producir una reacción rigurosamente igual, y volver a colocar automáticamente la pieza, después de cada disparo, en su posición primitiva.

– ¿Y cuál es la potencia de perforación de esa pieza? —preguntó Marcelo, que no pudo por menos de admirar aquella máquina.

– A veinte mil metros, con un proyectil cargado, podemos horadar una plancha de cuarenta pulgadas con tanta facilidad como si se tratara de una rebanada de pan con mantequilla.

– ¿Cuál es su alcance?

– ¡Su alcance! —exclamó Schultze, entusiasmado—. ¡Ah...! ¡Diga usted ahora que nuestro genio imitador no ha hecho otra cosa que duplicar el alcance de los cañones actuales...! Pues bien; con este cañón, me encargo de hacer llegar un proyectil a diez leguas de distancia.

– ¡Diez leguas! —exclamó Marcelo—. ¡Diez leguas! ¿Qué clase de pólvora emplearía usted, entonces?

– ¡Oh...! ¡Ahora puedo decírselo todo! —respondió Herr Schultze, con una entonación particular—. Ya no tengo inconveniente en revelarle mis secretos... La pólvora corriente ha pasado ya a la historia... Lo que yo utilizo es el fulmicotón, cuyo poder expansivo es cuatro veces superior al de la pólvora ordinaria, poder que llego a quintuplicar aún añadiéndole las ocho décimas partes de su peso de nitrato de potasa...

– Pero ninguna pieza —hizo observar Marcelo—, aunque estuviese construida con el mejor acero del mundo, podría resistir la deflagración de ese piróxilo... Su cañón, después de tres, cuatro o cinco disparos, quedará deteriorado, y hasta inutilizado...

– Aunque no se pudiese hacer más que un disparo; con ese solo, bastaría...

– ¡Costaría muy caro!

– Un millón, que es el precio de coste de la pieza.

– ¡Un disparo de un millón!

– ¿Qué importa, si puede destruir a un millar de millones?

– ¡Un millar de millones! —exclamó Marcelo.

Sin embargo, se contuvo para no dejar escapar el horror unido a la admiración que le inspiraba aquel prodigioso agente de destrucción. Después, añadió;

– Desde luego que es una asombrosa y maravillosa pieza de artillería; pero, a pesar de todos sus méritos, justifica en absoluto mi tesis; es un perfeccionamiento de la imitación, y no una invención...

– ¿No es una invención? —preguntó Herr Schultze, encogiéndose de hombros—. ¡Le repito que ya no tengo secretos para usted...! ¡Venga!

El Rey del Acero y su acompañante, abandonando la casamata, volvieron a bajar al piso inferior, que se comunicaba con la plataforma por medio de montacargas hidráulicos. Allí se veía un cierto número de objetos alineados, de forma cilíndrica, que, a lo lejos, podían ser tomados por cañones desmontados.

– ¡Aquí están nuestros obuses! —dijo satisfecho Herr Schultze.

Esta vez, tuvo que reconocer Marcelo que aquellas máquinas no se parecían en nada a las que él conocía.

Eran enormes tubos de dos metros de largo y un metro y diez centímetros de diámetro, revestidos exteriormente con una envoltura de plomo, para que pudieran adaptarse al rayado de la pieza, cerrados por detrás con una plancha de acero claveteada, y por delante con una punta de acero ojival, provista de un botón de percusión.

¿Cuál era la naturaleza especial de aquellos obuses? Nada en su aspecto podía determinarlo. Sólo se presentía que debían contener en su interior algún explosivo terrible y que debía sobrepasar a todo cuanto en semejante materia se conocía hasta entonces.

– ¿No lo adivina usted? —preguntó Herr Schultze, al ver que Marcelo se había quedado silencioso.

– ¡A fe mía que no...! ¿Para qué se quiere un obús tan grande y tan pesado (al menos en apariencia)?

– La apariencia es engañosa —respondió Herr Schultze—, y el peso no difiere sensiblemente de lo que pesaría un obús ordinario del mismo calibre... ¡Vaya, hay que decírselo todo...! Es un obús-cohete de vidrio, revestido de madera de roble, cargado, a setenta y dos atmósferas de presión interior, de ácido carbónico líquido. La caída determina la explosión de la envoltura y la conversión del líquido en estado gaseoso... Consecuencia: un frío de cerca de cien grados bajo cero en toda la zona vecina, y, al mismo tiempo, la mezcla de un enorme volumen de gas ácido carbónico en el ambiente. Todo ser vivo que se encuentre dentro de un radio de treinta metros, partiendo del punto de la explosión, queda al mismo tiempo congelado y asfixiado. Digo a treinta metros, por adoptar una base de cálculo; pero la acción se extiende en realidad a una distancia mucho mayor, quizá a ciento o doscientos metros de radio. Circunstancia más ventajosa aún: como el gas ácido carbónico permanece durante mucho tiempo en las capas inferiores de la atmósfera, a causa de que su peso es superior al del aire, la zona dañada conserva sus propiedades sépticas durante varias horas después de la explosión, y todo ser que intente penetrar en aquélla perecerá infaliblemente. ¡Es un cañonazo de efecto a la vez instantáneo y duradero! De suerte que, con mi sistema, no hay heridos; sólo hay muertos.

Herr Schultze experimentaba un placer manifiesto en enumerar los méritos de su invención. Su buen humor había vuelto; estaba rojo de orgullo, y enseñaba todos sus dientes.

– Vea usted aquí —añadió— un número suficiente de bocas de fuego que bastarían para una ciudad sitiada. Supongamos una pieza por una hectárea de superficie, o sea, para una ciudad de mil hectáreas, cien baterías de diez piezas, convenientemente establecidas. Supongamos, además, que todas nuestras piezas están en posición, cada una con la puntería hecha, en una atmósfera tranquila y favorable, y, por último, que se da la señal general por medio de un hilo eléctrico. Al cabo de un minuto, no quedará un ser vivo en una superficie de mil hectáreas... ¡Un verdadero océano de ácido carbónico habrá sumergido a la ciudad! Sin embargo, ésta es una idea que se me ocurrió el año pasado, al leer el informe médico sobre la muerte accidental de un niño en el pozo Albrecht... Ya había tenido la primera inspiración en Napóles, cuando visité la Gruta del Perro4 . Pero era preciso que sucediese aquel hecho para que mi inteligencia cobrase el impulso definitivo... Se ha enterado usted bien, ¿no es cierto...? ¡Un océano artificial de ácido carbónico puro...! Por supuesto, una proporción de un quinto de ese gas basta para hacer el aire irrespirable...

Marcelo no pronunciaba una palabra. Había quedado verdaderamente reducido al silencio. Herr Schultze vio tan definitivo su triunfo, que no quiso abusar de él.

– Sólo un detalle me contraría —dijo.

– ¿Cuál? —preguntó Marcelo.

– Que no he conseguido suprimir el ruido de la explosión. Esto le presta a mi cañonazo mucha analogía con un cañonazo vulgar... Piense un poco en lo que supondría si llegase a obtener un cañonazo silencioso... ¡Una muerte súbita, acaecida sin ruido a cien mil hombres a la vez, en una noche agradable y serena...!

El ideal encantador que evocaba dejó pensativo a Herr Schultze, y acaso su ensimismamiento, que no era más que una inmersión profunda en un baño de amor propio, se hubiera prolongado por mucho tiempo, si Marcelo no le hubiese interrumpido con la siguiente observación:.

– ¡Muy bien, caballero, muy bien...! Pero mil cañones de esta clase cuestan mucho tiempo y dinero...

– ¿Dinero...? ¡Nadamos en él...! ¿Tiempo...? ¡El tiempo es nuestro...!

Y, en realidad, aquel germano, el último de su escuela, creía que era cierto lo que decía.

– Bien —pronunció Marcelo—. Su obús cargado de ácido carbónico no es absolutamente nuevo, puesto que se deriva de los proyectiles asfixiantes, conocidos desde hace muchos años... Sin embargo, puede ser eminentemente destructor; no lo niego... Sólo que...

– ¿Qué?

– Que resulta ligero con relación a su volumen, y jamás alcanzará más allá de la distancia de diez leguas...

– Sólo está hecho para alcanzar a dos leguas —respondió Herr Schultze, sonriendo—. Pero aquí tiene usted un proyectil de fundición —añadió, señalando a otro obús—. Este está cargado, y contiene cien cañoncitos simétricamente dispuestos, embutidos los unos en los otros, como los tubos de un anteojo, y que, después de haber sido lanzados como proyectiles, se convierten de nuevo en cañones, para vomitar a su vez pequeños obuses cargados de materias incendiarías... Es como si se lanzase al espacio una batería que pudiese llevar el incendio y la muerte a toda una ciudad, cubriéndola de una lluvia de fuego inextinguible... Puede tener el peso que se quiera, con el fin de que llegue a alcanzar a las

4 La Gruta del Perro, situada en los alrededores de Napóles, debe su nombre a la curiosa propiedad que posee su atmósfera de asfixiar a un perro o a un cuadrúpedo cualquiera, puesto en cuatro patas, sin causar mal alguno a un hombre puesto de pie. Esta propiedad se debe a una capa de gas ácido carbónico de cerca de sesenta centímetros, cuyo peso específico la mantiene a ras del suelo. (N. del A.) diez leguas de que he hablado... Y, dentro de poco, se hará la experiencia, de manera que los incrédulos podrán tocar los cien mil cadáveres que quedarán en tierra...

Las «fichas de dominó» brillaban en aquel momento con tan insoportable brillo en la boca de Herr Schultze, que Marcelo sintió el más violento deseo de romperle por lo menos una docena. Sin embargo, tuvo fuerzas para contenerse. ¡No estaba aún más que al comienzo de lo que debía escuchar!

En efecto; Herr Schultze continuó:

– Le he dicho que dentro de poco se intentará una prueba decisiva...

– ¿Cómo...? ¿Dónde? —exclamó Marcelo.

– ¿Cómo...? ¡Con uno de esos obuses, que franqueará la cadena de Cascade-Mounts, lanzado por mi cañón de la plataforma...! ¿Dónde...? En una ciudad de la que nos separan unas diez leguas, que no puede esperarse semejante trueno, y que, aunque lo esperase, no podría evitar sus fulminantes resultados... Estamos a 5 de setiembre... Pues bien; el 13, a las once y cuarenta de la noche, France-Ville desaparecerá del suelo americano... ;El incendio de Sodoma habrá encontrado su igual ..! ¡El profesor Schultze habrá desencadenado todo el fuego del cielo desde su torre...!

Esta vez, ante una declaración tan inesperada, toda la sangre de Marcelo afluyó al corazón. Afortunadamente, Herr Schultze no se dio cuenta de lo que le pasaba.

– ¡Ya ve usted! —continuó con la mayor naturalidad—. Aquí hacemos lo contrario de lo que hacen los inventores de France-Ville... Buscamos el secreto de abreviar la vida de los hombres, en tanto que ellos buscan el medio de alargarla... Pero su obra está condenada; porque es de la muerte, sembrada por nosotros, de donde debe nacer la vida... Sin embargo, toda tiene su finalidad en la naturaleza, y el doctor Sarrasin, al fundar una ciudad aislada, ha puesto sin darse cuenta, a mi alcance, el más magnífico campo de experiencias...

Marcelo no podía creer lo que acababa de oír.

– ¡Pero los habitantes de France-Ville no le han hecho a usted nada! —dijo, con una voz involuntariamente temblorosa, que llamó por un instante la atención del Rey del Acero—. Que yo sepa, no tiene usted ningún motivo para buscar pendencia con ellos...

– Querido —respondió Herr Schultze—: en el fondo de su cerebro (bien organizado en otras manifestaciones) hay un fondo de ideas célticas que le perjudicarían mucho si hubiese de vivir mucho tiempo... El derecho, el bien y el mal son cosas puramente relativas y por completo convencionales. Sólo son absolutas las grandes leyes naturales. La ley de concurrencia vital lo es del mismo modo que la de gravitación. Querer sustraerse a ella es una insensatez; acomodarse a ella y obrar en el sentido que nos indica, es razonable y bueno, y por eso destruiré la ciudad del doctor Sarrasin... Gracias a mi cañón, mis cincuenta mil alemanes acabarán fácilmente con los cien mil soñadores que constituyen allá un grupo condenado a perecer...

Comprendiendo la inutilidad de querer razonar con Herr Schultze no trató ya de convencerle.

Ambos abandonaron entonces la habitación de los obuses, cuyas puertas secretas fueron vueltas a cerrar, y bajaron de nuevo al comedor.

Con la mayor naturalidad del mundo, Herr Schultze se llevó el bock de cerveza a los labios, tocó un timbre, ordenó que le llevasen otra pipa para sustituir la que se había roto, y preguntó al lacayo:

– ¿Están ahí Arminio y Sigimer?

– Sí, señor.

– Diles que continúen al alcance de mi voz.

Cuando el doméstico hubo abandonado el comedor, el Rey del Acero, volviéndose hacia Marcelo, le miró frente a frente.

Éste no bajó los ojos ante aquella mirada, que había adquirido una dureza metálica.

– ¿De veras —dijo— ejecutará usted ese proyecto?

– De veras. Conozco la situación de France-Ville, con la precisión de cerca de una décima de segundo, en longitud y latitud, y el 13 de setiembre, a las once y cuarenta y cinco de la noche, habrá dejado de existir.

– Quizá debió usted de conservar ese plan absolutamente secreto.

– Querido —respondió Herr Schultze—: decididamente, usted no conoce la lógica; lo cual me induce a lamentar menos que haya usted de morir tan joven.

Al oír estas últimas palabras, Marcelo se puso en pie.

– ¿Cómo no ha comprendido usted —añadió fríamente Herr Schultze— que nunca hablo de mis proyectos sino a aquellos que nunca podrán revelarlos?

Volvió a sonar el timbre. Arminio y Sigimer —dos gigantes— aparecieron en la puerta de la estancia.

– Ha querido usted conocer mi secreto —dijo Herr Schultze—, y ya lo conoce usted... Ahora, no le queda más que morir.

Marcelo no respondió.

– Es usted demasiado inteligente —prosiguió Herr Schultze— para suponer que puedo dejarle vivir, ahora que sabe usted a qué atenerse acerca de mis proyectos... Sería una ligereza imperdonable, y sería ilógico... La grandeza de mi finalidad me prohibe comprometer su éxito por una consideración de valor relativo y tan nimio como la vida de un hombre, aun tratándose de un hombre como usted, querido, cuya buena organización cerebral estimo particularmente... Así, pues, lamento, en verdad, que un pequeño impulso de amor propio me haya llevado demasiado lejos, y me ponga ahora en la necesidad de suprimirle... Pero usted debe comprenderlo; ante mis intereses, a los cuales me he consagrado, no ha lugar a dar preferencia a los sentimientos... Ya puedo decírselo: por haber penetrado mi secreto es por lo que murió su antecesor, y no por la explosión de un saquito de dinamita... ¡La regla es absoluta, y es preciso que yo sea inflexible...! No puedo modificar nada.

Marcelo contemplaba a Herr Schultze. En el sonido de su voz y en la obstinación bestial de aquel calvo cráneo, comprendió que estaba perdido. Así, pues, ni siquiera se tomó la molestia de protestar.

– ¿Cuándo moriré, y de qué muerte? —preguntó.

– No se preocupe por ese detalle —respondió tranquilamente Herr Schultze—. Morirá usted, pero se le evitará todo sufrimiento... Cualquier mañana no volverá usted a despertar... Eso es todo.

A una señal del Rey del Acero, Marcelo se vio conducido y llevado a su habitación, cuya puerta quedó guardada por los gigantes.

¡Y cuando de nuevo se vio solo, pensó, temblando de angustia y de ira, en el doctor, en todos los suyos, en todos sus compatriotas, en todos aquellos a quienes amaba...!

– La muerte que me espera es lo de menos —se dijo—; pero el peligro que les amenaza, ¿cómo conjurarlo...?

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