Los quinientos millones de la begun

CAPÍTULO XVI

DOS FRANCESES CONTRA UNA CIUDAD

Cuando llegó a France-Ville la noticia de la desaparición de Schultze, la primera frase de Marcelo Bruckmann fue:

– ¿No se tratará de una estratagema?

Reflexionando, se dijo que, sin duda, los resultados de semejante estratagema habrían sido demasiado graves para Stahlstadt, y que, en buena lógica, la hipótesis era inadmisible. Pero se dijo también que el odio no razona, y que el odio exasperado de un hombre como Herr Schultze podía hacer capaz a éste, en un momento dado, de sacrificarlo todo en aras de su pasión... Fuese como fuese, era preciso estar alerta...

A instancias suyas, el Consejo de defensa redactó inmediatamente una proclama para exhortar a los habitantes a que estuviesen en guardia ante las falsas noticias propagadas por el enemigo con objeto de reducir su vigilancia.

Los trabajos y los ejercicios, activados con más ardor que nunca, acentuaron la réplica que France-Ville consideró conveniente dirigir a lo que podía no ser más que una maniobra de Herr Schultze; pero los, detalles, verdaderos o falsos, suministrados por los periódicos de San Francisco, de Chicago y de Nueva York, las consecuencias financieras y comerciales de la catástrofe de Stahlstadt y todo aquel conjunto de pruebas indeterminadas, sin valor por separado y poderosas por su acumulación, no dejaron lugar a dudas.

Una buena mañana, la ciudad del doctor despertó definitivamente salvada, como un durmiente que se libra de un mal sueño por el simple hecho de despertar. Sí; France-Ville estaba evidentemente fuera de peligro, sin haber tenido que verter una gota de sangre, y Marcelo, que había llegado a adquirir una convicción absoluta de ello, fue el que dio la noticia, utilizando todos los medios de publicidad de que disponía.

Entonces se produjo un movimiento unánime de animación y de júbilo, un anhelo de fiesta, un inmenso suspiro de consuelo... Se estrechaban las manos unos a otros, se felicitaban, se invitaban a comer... Las mujeres exhibían nuevos atavíos; los hombres se despedían momentáneamente de los ejercicios, de las maniobras y de los trabajos... Todo el mundo aparecía tranquilo, satisfecho, radiante... Hubiérase dicho que era aquélla una ciudad de convalecientes...

Pero el que estaba más contento de todos era, sin duda, el doctor Sarrasin. El buen hombre se consideraba responsable de la suerte de todos aquellos que, confiando en él, habían ido a establecerse en su territorio y a ponerse bajo su protección. Desde hacía un mes, el temor de haberles llevado a su perdición, cuando sólo deseaba su felicidad, no le había dejado un momento de reposo. Por fin, se había librado de tan terrible inquietud y respiraba tranquilo.

En cambio, el peligro común había unido más íntimamente a todos los ciudadanos. Todas las clases habían ido aproximándose cada vez más y se habían reconocido como hermanos, animados por sentimientos semejantes, movidos por los mismos intereses. Cada uno había sentido agitarse en su corazón a un nuevo ser. Para los habitantes de France-Ville había nacido ya la «patria». Habían temido, habían sufrido por ella, y habían comprendido cuánto la amaban...

Los resultados materiales de los preparativos de defensa fueron también ventajosos para la ciudad. Ésta había aprendido a conocer sus fuerzas, y ya no habría que improvisarlas. Todos estaban más seguros de sí. Para lo sucesivo, estarían dispuestos a todo.

Por último, nunca la suerte que podía esperarse de la obra realizada por el doctor Sarrasin se había mostrado tan brillante. Y, cosa rara, tampoco se mostró ingrata con Marcelo. Aunque la salvación de todos no se debía precisamente a su obra, se hicieron actos públicos de agradecimiento en favor del joven ingeniero, como organizador de la defensa, al que se debía el que la ciudad hubiera triunfado, si los proyectos de Herr Schultze hubieran sido puestos en ejecución.

Marcelo, sin embargo, no consideraba que su actuación hubiese terminado.

El misterio que rodeaba a Stahlstadt podía encerrar aún algún peligro. No quedaría satisfecho sino después de haber convertido en plena luz las tinieblas que envolvían aún a la Ciudad del Acero.

Determinó, pues, volver a Stahlstadt y no retroceder ante nada, hasta obtener la última palabra de sus últimos secretos.

El doctor Sarrasin procuró demostrarle que la empresa sería difícil y quizás estuviera erizada de peligros; que yendo allá iba a hacer una especie de descenso a los infiernos; que podía encontrar sabía Dios cuántos abismos abiertos a su paso... Herr Schultze, según él lo había descrito, no era un hombre que desapareciese impunemente para todos, sólo para sepultarse bajo las ruinas de todas sus esperanzas... Se tenía derecho a temerlo todo de la última idea de un personaje semejante... ¡Sólo podía recordar la terrible agonía del perro...!

– Precisamente, querido doctor, porque creo que todo cuanto usted se imagina es posible —les respondió Marcelo—, considero que mi deber consiste en ir a Stahlstadt... Es como una bomba, y a mí me corresponde arrancarle la mecha antes de que estalle... Ahora, le solicito su autorización para llevarme conmigo a Octavio...

– ¡Octavio! —exclamó el doctor.

– ¡Sí! Ahora es un buen muchacho, con el cual se puede contar, y yo le aseguro que este paseo le sentará bien.

– ¡Que Dios os proteja a ambos! —respondió, conmovido, el anciano, abrazando a Marcelo.

Al día siguiente, por la mañana, un coche, después de haber atravesado las aldeas abandonadas, dejaba a Marcelo y a Octavio a las puertas de Stahlstadt. Los dos llegaban bien equipados, bien armados y bien decididos a no volver sin haber esclarecido aquel sombrío misterio.

Iban el uno al lado del otro por el camino exterior que daba la vuelta a las fortificaciones, y, a decir verdad, lo que Marcelo había dudado con obstinación hasta aquel momento, se presentaba a la sazón ante él.

Era evidente que la fábrica estaba por completo inactiva.

Desde aquel camino que iba recorriendo con Octavio, bajo el cielo oscuro y sin una estrella, habría distinguido en otro tiempo la luz del gas, el relámpago encendido por la bayoneta de un centinela, mil señales de vida, a la sazón ausentes. Las ventanas iluminadas de los sectores se habrían mostrado como vidrieras resplandecientes... A la sazón, todo aparecía sombrío y mudo. Sólo la muerte parecía cernerse sobre la ciudad, cuyas altas chimeneas se levantaban en el horizonte, como esqueletos. Los pasos de Marcelo y de su acompañante resonaban en la calzada desierta. La impresión de soledad y desolación era tan grande, que Octavio no pudo por menos de decir:

– ¡Es singular...! ¡Nunca he oído un silencio semejante a éste...! ¡Diríase que estamos en un cementerio...!

Eran las siete cuando Marcelo y Octavio llegaron al borde del foso, frente a la puerta principal de Stahlstadt. Ningún ser viviente se manifestaba en lo alto de la muralla, y de los centinelas que en otro tiempo se erguían de distancia en distancia, semejantes a postes humanos, ya no quedaba la menor huella. El puente levadizo estaba levantado, abriendo ante la puerta un abismo de cinco a seis metros de ancho.

Se necesitaba más de una hora para conseguir amarrar el extremo de un cable a una de las vigas, arrojándolo con la mano. Después de muchos trabajos, sin embargo, Marcelo lo consiguió, y Octavio, suspendido de la cuerda, pudo subir a pulso hasta el dintel de la puerta. Marcelo le entregó entonces, una a una, todas las armas y las municiones. Luego emprendió, a su vez, el mismo camino.

Ya no quedaba más que trasladar el cable al otro lado de la muralla, hacer que descendiese toda la impedimenta como había subido, y, por último, dejarle deslizarse hacia abajo.

Los dos jóvenes se encontraron entonces en el camino de circunvalación que Marcelo recordaba haber seguido el primer día de su entrada en Stahlstadt. En todas partes se manifestaban la soledad y el silencio más completo. Ante ellos se elevaba, negra y muda, la mole imponente de los edificios, que, desde sus mil ventanas encristaladas, parecían contemplar a aquellos intrusos, como para decirles:

– ¿Adónde vais...? ¡No tenéis para qué intentar penetrar nuestros secretos...!

Marcelo y Octavio celebraron consejo.

– Lo mejor es atacar la puerta O, que ya conozco —dijo Marcelo.

Se dirigieron hacia el oeste, y bien pronto llegaron ante el arco monumental que ostentaba la letra O. Los dos macizos batientes de roble con grandes clavos de acero estaban cerrados. Marcelo se acercó a ellos y los golpeó varias veces con un pedrusco que recogió del suelo.

Sólo el eco le respondió.

– ¡Manos a la obra! —exclamó, dirigiéndose a Octavio.

Hubo de comenzar de nuevo el penoso trabajo de lanzar la amarra por encima de la puerta, con el fin de buscar un obstáculo donde pudiese engancharla sólidamente. Aquello era difícil; pero, por fin, Marcelo y Octavio consiguieron franquear la muralla y se encontraron en medio del sector O.

– ¡Bueno! —exclamó Octavio—. ¿Y a qué vienen tantos trabajos...? ¡Sí que hemos adelantado mucho! ¡Acabamos de trasponer un muro, y nos encontramos en presencia de otro...!

– ¡Silencio en las filas —respondió Marcelo—. Precisamente éste es mi antiguo taller... No estaría de más que volviera a verlo y cogiese de paso algunas herramientas que podrán hacernos mucha falta, sin olvidar tampoco unos saquitos de dinamita...

Se hallaban en la gran sala de colado, donde el joven alsaciano fue admitido cuando llegó a la fábrica. ¡Qué lúgubre estaba, a la sazón, con sus hornos apagados, sus raíles enmohecidos y sus grúas polvorientas, que levantaban en el aire sus grandes brazos impotentes...! Todo aquello ponía frío en el corazón, y Marcelo experimentaba la necesidad de divertirse...

– He aquí un taller que te interesará más adelante —dijo a Octavio, precediéndole por el camino que conducía a la cantina.

Octavio hizo un signo de aquiescencia, que se convirtió en un signo de satisfacción, cuando distinguió, alineados sobre una mesita de madera, todo un regimiento de frascos rojos, amarillos y verdes. Algunas conservas ponían de manifiesto también sus estuches de hojalata, grabados con las mejores marcas. Allí había con qué hacer una buena comida, cuya necesidad, además, se dejaba sentir. Fue servido, pues, el cubierto sobre el mostrador de estaño, y los dos jóvenes recobraron las fuerzas para continuar su expedición.

Mientras comía, Marcelo pensaba lo que había de hacer. Escalar la muralla del Bloque central, no había ni qué pensarlo. Aquella muralla era prodigiosamente alta y estaba aislada del resto de los edificios, sin un saliente en el que se pudiese enganchar una cuerda. Para encontrar la puerta —probablemente la única— habría sido preciso recorrer todos los sectores, y aquello no constituía una operación tan fácil... Quedaba el empleo de la dinamita, desde luego muy afortunado, pues parecía imposible que Herr Schultze hubiese desaparecido sin sembrar de trampas el terreno que abandonaba, sin oponer contraminas a las minas que los que pretendieran apoderarse de Stahlstadt no dejarían de establecer... Pero nada de aquello podía hacer retroceder a Marcelo.

Viendo repuesto a Octavio, Marcelo se dirigió con él hacia el extremo de la calle que formaba la parte central del sector, hasta llegar al pie de la gran muralla de piedra tallada.

– ¿Qué te parece, si hiciéramos una boca de mina ahí dentro? —preguntó.

– Será arduo, pero nosotros no somos unos holgazanes —respondió Octavio, dispuesto a intentarlo todo.

Comenzó el trabajo. Fue preciso descalzar la base de la muralla, introducir una palanca por el intersticio de las dos piedras, arrancar una, y, por último, con ayuda de un parahuso, efectuar el taladro de varios agujeros paralelos. A las diez, todo estaba terminado, los salchichones de dinamita estaban en su sitio y fue encendida la mecha.

Marcelo sabía que ésta duraría cinco minutos, y como había observado que la cantina, situada en un sótano, formaba una verdadera cueva abovedada, fue a refugiarse allí con Octavio.

De pronto, el edificio, y también la cueva, fueron sacudidos como por efecto de un temblor de tierra. Una detonación formidable, semejante a la de tres o cuatro baterías de cañón que disparasen a la vez, desgarró los aires, inmediatamente a continuación de la sacudida. Luego, al cabo de tres o cuatro segundos, cayó al suelo un alud de escombros que se desparramó en todos sentidos.

Durante algunos instantes, se oyó un trueno continuo de techos que se hundían, vigas que crujían y paredes que se derrumbaban, en medio de un estrépito de cristales rotos.

Por fin, cesó la horrible barahúnda. Octavio y Marcelo abandonaron entonces su escondite.

Aunque estaba muy acostumbrado a los prodigiosos efectos de las sustancias explosivas, Marcelo quedó maravillado de los resultados que había obtenido. La mitad del sector había volado, y los desmantelados muros de todos los talleres contiguos al Bloque central parecían los de una ciudad bombardeada. Por todas partes los escombros amontonados, los trozos de vidrio y el yeso cubrían el suelo, en tanto que las nubes de polvo bajaban con lentitud del cielo, a donde la explosión las había proyectado, y caían como un manto de nieve sobre todas aquellas ruinas.

Marcelo y Octavio corrieron hacia la muralla interior. Estaba destruida también en una extensión de quince a veinte metros, y, al otro lado de la brecha, el ex dibujante del Bloque central distinguió el patio, tan conocido por él, donde había pasado tantas horas monótonas.

Desde el momento en que aquel patio no estaba ya guardado, la reja de hierro que lo rodeaba no era infranqueable... Y bien pronto fue franqueada.

En todas partes se apreciaba el mismo silencio.

Marcelo pasó revista a los talleres donde, en otro tiempo, sus compañeros admiraban sus dibujos. En un rincón encontró de nuevo, medio bosquejado y unido a la tabla de dibujo, el diseño de una máquina de vapor que había comenzado, cuando una orden de Herr Schultze lo condujo al parque. En el salón de lectura volvió a ver los periódicos y los libros que le eran familiares.

Todas las cosas conservaban la fisonomía propia de una paralización, de una vida interrumpida bruscamente.

Los dos jóvenes llegaron al límite interior del Bloque central, y se encontraron al pie de la muralla que, en opinión de Marcelo, debía separarles del parque.

– ¿Acaso va a ser preciso que hagamos danzar otra vez los muñecos? —le preguntó Octavio.

– Quizá... Pero, para entrar, podríamos buscar una puerta a la que un simple petardo lanzara al aire.

Ambos comenzaron a dar vueltas alrededor del parque, a lo largo de la muralla. De vez en cuando se veían obligados a volver una esquina o a escalar una reja. Pero no perdían de vista el muro, y bien pronto fueron recompensados en sus trabajos: apareció una puertecita baja y desvencijada, que interrumpía la muralla.

En dos minutos, Octavio abrió un agujero con una barrena en la puerta de roble. Marcelo, aplicando un ojo a aquella abertura, reconoció, con viva satisfacción, que, al otro lado, se extendía el parque tropical, con su eterno verdor y su temperatura de primavera.

– Hagamos volar la puerta, y habremos llegado —dijo a su compañero.

– Emplear un petardo para este trozo de madera sería concederle demasiados honores.

Y empezó a atacar la poterna con un pico.

Apenas la había hecho tambalearse, cuando se oyó rechinar una cerradura y descorrerse dos cerrojos.

Se entreabrió la puerta, quedando retenida por dentro con una gruesa cadena.

– Wer da? (¿Quién es?) —dijo una voz ronca.

Telegramm

Aufgabeamt: World Wide Web · Ziel: an Bord der Nautilus

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