El conde de Chanteleine

V

Quimper en 1793.

Quimper había visto caer la primera cabeza bajo el hacha republicana, la de Alain Nedelec, y el clero bretón contó en esta ciudad a su primer mártir, el obispo Conan de Saint-Luc. Desde ese día, Quimper quedó entregada al arbitrio de los republicanos y del municipio.

Hay que decir que los bretones de las ciudades se distinguieron por su furor republicano; se lanzaron con arrojo al movimiento nacional; aquellas naturalezas enérgicas no conocían límite alguno ni en el bien ni en el mal; así, los primeros héroes del 10 de agosto, que invadieron las Tullerías y suspendieron al rey Luis XVI, fueron los federados de Brest, Morlaix y Quimper, levantados a la voz de la Asamblea Legislativa cuando el 11 de julio de 1792, ante la amenaza de Prusia, Piamonte y Austria coaligados contra Francia, esta declaró «la patria en peligro».

Tan bien apreciados fueron sus servicios, que el club bretón de París formó el núcleo del futuro club de los Jacobinos; y más tarde, la sección del faubourg Saint-Marceau tomó, en su honor, el título de sección del Finisterre.

Quimper, entre otras, fue una de las ciudades más agitadas, lo que no habría esperado nadie de aquella capital de provincia enterrada en el fondo de la Baja Bretaña. Los amigos de la constitución se fundaron allí y sesionaron en la antigua capilla de los Cordeleros. Los clubes se multiplicaron, y más tarde fue uno de ellos quien decretó que los lactantes abandonarían el pecho de su nodriza para venir a escuchar los gritos de ¡Viva la Montaña! y que los niños aprenderían a hablar balbuciendo la Declaración de los Derechos del Hombre.

Sin embargo, cuando los administradores de Quimper, con Kergariou a la cabeza, vieron el giro de los acontecimientos y hacia dónde iba la revolución, quisieron frenar el movimiento; prohibieron ciertos periódicos, como el Ami du peuple de Marat; la comuna de París envió entonces para hacerlos entrar en razón a un procónsul; pero a su llegada, los quimpereses lo encarcelaron en el fuerte del Toro, y protestaron aún más enérgicamente que los Girondinos de París contra los Montañeses de la Convención; enviaron incluso junto con Nantes doscientos voluntarios a París para respaldar su protesta a mano armada, lo que trajo consigo un decreto de acusación en masa contra las administraciones de Bretaña. Pero tras la muerte de Luis XVI, tras la ejecución de los Girondinos, cuando Francia se vio presa del vértigo y se instauró el régimen del Terror, los republicanos reaccionarios de Bretaña quedaron desbordados.

Sin embargo, si los habitantes de las ciudades se habían sumado al movimiento, los campos se distinguieron en primer lugar por su resistencia a la instalación de los curas juramentados; los expulsaron ignominiosamente; luego, cuando llegó la ley del reclutamiento, fue muy difícil contener a los campesinos del Finisterre, del Morbihan, del Loira Inferior y de las Costas del Norte. El general Canclaux apenas pudo domarlos con su ejército y las milicias municipales. Tuvo incluso que librar, el 19 de marzo, una batalla campal en Saint-Pol-de-Léon.

El comité de salud pública resolvió entonces actuar con la más extrema dureza tanto contra las ciudades como contra los campos. Envió dos delegados, Guermeur y Julien, que organizaron el sans-culotismo en Bretaña y sobre todo en Quimper.

Con ellos, aquellos procónsules traían la ley de los sospechosos de septiembre de 1793, aquella obra de Merlin de Douai, redactada en estos términos:

«Son reputados sospechosos:

«1.° Los que, ya por su conducta, ya por sus relaciones, por sus palabras o sus escritos, se hayan mostrado partidarios de la tiranía, del federalismo y enemigos de la libertad.

«2.° Los que no puedan justificar su modo de subsistencia y el cumplimiento de sus derechos cívicos.

«3.° Los que no hayan obtenido certificados de civismo.

«4.° Los funcionarios públicos, suspendidos o destituidos de sus funciones.

«5.° Los que fueran antes nobles, así como los maridos, esposas, padres, madres, hijos o hijas, hermanos o hermanas y agentes de emigrados que no hayan manifestado constantemente su adhesión a la revolución.»

Armados con esta ley, los delegados del comité de salud pública eran dueños del departamento. ¿Quién podía esperar escapar a esas medidas revolucionarias? No había persona que no cayera de un modo u otro bajo el golpe de aquellos terribles artículos. Las represalias se sucedieron sin tregua, y el Finisterre entero fue entregado al terror más extremo.

Guermeur y Julien iban acompañados de un subagente del comité, un personaje ínfimo que no era otro que ese Karval, ese maldito prometido a la venganza de Kernan.

Aquel miserable se había dado a conocer en París y llamado la atención en los clubes; se había infiltrado en las filas de los terroristas y acompañaba a los delegados en calidad de conocedor del departamento del Finisterre.

En realidad venía a ejercer sus más bajas venganzas contra el país que le había expulsado. Armado con la ley de los sospechosos, no le resultaba difícil alcanzar a la familia de Chanteleine.

Así, al día siguiente de su llegada a Quimper, se dispuso a actuar.

Ese Karval era un hombre de estatura mediana, portador de uno de esos semblantes ruines que el odio, la bajeza y la maldad van labrando poco a poco; cada nuevo vicio se le impregnaba y dejaba sus estigmas; no le faltaba inteligencia, pero al verle se adivinaba que debía de ser un cobarde. Como muchos de los héroes de la revolución, fue sanguinario por miedo, pero por miedo también se mantenía inflexible y nada podía enternecerle.

Al día siguiente de su llegada, el 14 de septiembre, fue a ver a Guermeur:

– Ciudadano —dijo—, necesito cien hombres de la milicia.

– ¿Para qué los quieres? —preguntó Guermeur.

– Tengo una ronda que hacer en mi tierra.

– ¿Dónde?

– Por el lado de Chanteleine, entre Plougastel y Pont-l'Abbé. ¡Conozco allí un nido de vendeanos!

– ¿Estás seguro de lo que dices?

– Seguro. Mañana te traigo al padre y a la madre.

– ¡No dejes escapar a los pequeños! —replicó riendo el feroz procónsul.

– ¡Tranquilo! Eso me conozco. Ya vacié nidos de mirlos antes, y quiero enseñarles a silbar el ¡Ça ira!

– ¡Pues ve! —dijo Guermeur firmando la orden que Karval pedía.

– ¡Salud y fraternidad! —dijo Karval al retirarse.

Al día siguiente partió con su destacamento, compuesto de los más desenfrenados de la ciudad; ese mismo día llegaba a Chanteleine.

Los campesinos, al ver a Karval, al que conocían bien, libraron un combate desesperado; comprendieron que había que vencer o morir, pero fueron vencidos después de haber intentado defender a su buena señora.

La condesa de Chanteleine, entre su hija, el abate Fermont y sus sirvientes, aguardaba con la más viva angustia el desenlace de la batalla.

Pronto lo conoció. Los milicianos de Quimper se apoderaron del castillo. Karval, a su cabeza, se lanzó a sus aposentos gritando:

– ¡Muerte a los nobles! ¡Muerte a los Blancos! ¡Muerte a los vendeanos!

La condesa, aterrada, quiso huir, pero no tuvo tiempo. Los desenfrenados llegaron hasta ella en la capilla del castillo, donde se había refugiado.

– ¡Arrestad a esa mujer y a su hija, mujer e hija de bandido! —exclamó Karval, ebrio de sangre y de júbilo—. Y a ese cleriguillo —añadió señalando al abate Fermont.

Marie se había desmayado en brazos de su madre, a la que le fue arrancada.

– ¿Y tu marido, el conde? —preguntó Karval con voz feroz.

La condesa le miró con altivez sin responder.

– ¿Y Kernan? —exclamó.

Igual silencio. Su rabia fue grande entonces al ver que aquellos dos hombres se le escapaban, y en su cólera golpeó a la condesa con un golpe mortal; la desgraciada mujer cayó lanzando una última mirada de angustia sobre su hija. Karval buscó, registró, pero en vano.

– Están en el ejército de los bandidos —exclamó—. ¡Bien! ¡Los encontraré!

Luego, dirigiéndose a sus hombres:

– Llevad a esa muchacha —dijo—, ¡ya es algo!

Marie, sin sentido, fue puesta junto al abate Fermont en medio de los campesinos arrestados; les ataron las manos, los encerraron como al ganado y los llevaron.

Al día siguiente, Karval conducía sus prisioneros a Guermeur.

– ¿Y el macho? —preguntó Guermeur riendo.

– ¡Volado! Pero tranquilo —respondió Karval con una sonrisa horrible—, lo atraparé.

Marie de Chanteleine y sus desdichados compañeros fueron arrojados en tropel a las prisiones de la ciudad; la joven no recobró el conocimiento más que entre los muros de su mazmorra.

Pero las prisiones acababan por resultar demasiado estrechas; así, se trabajó para vaciarlas, y el instrumento de muerte funcionó sin descanso en la plaza mayor de Quimper. Se llegó incluso a hablar de instalarlo en el pretorio del tribunal para ir más deprisa.

Se sabe cómo procedía, en aquellos tiempos de terror, la justicia revolucionaria, qué formalidades se cumplían y qué garantías rodeaban a los acusados.

El turno de la desgraciada joven no podía tardar en llegar.

Eso era lo que había sucedido durante aquellos dos meses en que el conde de Chanteleine había estado sin noticias de su esposa y su hija; eso era lo que escenas tan espantosas habían hecho de su castillo el teatro.

Entonces Kernan comprendió ese aire de satisfecha venganza que respiraba el semblante de Karval cuando, en medio de la refriega, le lanzó aquellas palabras terribles:

– ¡Te esperan en el castillo de Chanteleine!

Así, mientras caminaba sosteniendo a su señor que aquel desastre abatía, murmuraba:

– ¡Karval, seré despiadado! ¡Despiadado!

Eran cerca de las ocho cuando el conde y Kernan abandonaron el castillo; ni el hambre ni el cansancio pudieron detenerles ni un instante. Se lanzaron a campo traviesa, y por última vez, al volverse, el bretón divisó entre los árboles desnudos los muros del castillo de sus señores.

Entonces el fiel servidor guió al conde, casi loco de dolor; se encargó de tener valor e inteligencia para dos; para evitar todo mal encuentro, tomó por los caminos de travesía, y alcanzó pronto la carretera principal de Concarneau a Quimper, en el pueblo de Kerroland.

El conde y Kernan no se encontraban ya más que a dos leguas y media de Quimper, y al paso que llevaban, debían llegar antes de las diez de la mañana.

– ¿Dónde está?... ¿dónde está mi hija? —murmuraba el conde, que habría dado lástima a los corazones más endurecidos—. ¡Muerta, muerta!... ¡como su pobre madre!

Visiones lúgubres le asaltaban el espíritu; y tan espantosas, que para disiparlas se ponía a correr, como si la visión no estuviera en él mismo.

Kernan no le abandonaba; le seguía en sus saltos desatinados, y llegaba incluso a empujarle hacia los matorrales del camino cuando algún transeúnte aparecía a lo lejos en la ruta. Todo hombre se volvía peligroso en semejante circunstancia, y en el estado de agitación en que se encontraba, el conde habría podido delatarse él solo.

Ciertamente el bretón sufría tanto como su señor, pero al mismo tiempo meditaba proyectos de venganza en los que este no pensaba. Su dolor se mezclaba con una inmensa carga de cólera. Luego reflexionaba y se planteaba preguntas a las que no podía responder: ¿qué iba a hacer el conde en la ciudad?

Si su hija estaba encarcelada, ¿lograría recuperarla? La justicia revolucionaria nunca devolvía a su presa, y el propio conde sería arrestado al menor paso sospechoso.

Así pues, sin plan fijo, sin idea preconcebida, aquellos dos hombres avanzaban como a la ventura, empujados por una fuerza irresistible.

Según los cálculos de Kernan, antes de las diez llegaron a los arrabales de Quimper. Las calles estaban casi desiertas, pero a lo lejos podía oírse una especie de murmullo fúnebre. Toda la población parecía haberse concentrado hacia el centro de la ciudad. Kernan tomó pues resueltamente por las calles conteniendo a su señor, que repetía en voz baja:

– ¡Mi hija! ¡Mi criatura!

El padre sufría en él más todavía que el esposo, cuyo dolor carecía de remedio.

Tras diez minutos de marcha, el señor y el servidor llegaron a una de las calles que bordean la catedral; allí se encontraron a la cola de una numerosa concentración.

Había gente que vociferaba, que aullaba; otros, aterrorizados, se retiraban a sus casas cerrando puertas y ventanas. Se oían acentos de dolor mezclados con imprecaciones; había rostros aterrados junto a caras sanguinarias. Algo siniestro planeaba en el aire.

Pronto, en medio del ruido, se escucharon estas palabras:

– ¡Ya están, ya están!

Pero ni el conde ni Kernan pudieron ver lo que excitaba la curiosidad de la muchedumbre. A esas palabras, por otro lado, sucedieron de inmediato los prolongados gritos de:

– ¡Abajo los Blancos! ¡Abajo los aristócratas! ¡Viva la República!

Evidentemente algo espantoso estaba ocurriendo en la plaza vecina; al doblar la calle, todos los rostros estaban vueltos hacia un mismo punto, y la mayoría, hay que decirlo, reflejaban pasiones inhumanas, que venían a buscar en ese espectáculo su cruel satisfacción.

De vez en cuando se oían murmullos más violentos; en un momento dado, algo extraordinario pareció ocurrir en la plaza, pues las palabras:

– ¡No, nada de gracia! ¡Nada de gracia!, pronunciadas, aulladas más bien por quienes lo veían, refluían hasta las últimas filas de los espectadores.

El semblante del conde estaba bañado en un sudor frío.

– ¿Qué pasa? —se preguntaban quienes le rodeaban; y sin saberlo, por un instinto de ferocidad, exclamaban:

– ¡Nada de gracia! ¡Nada de gracia!

Kernan y el conde quisieron abrirse paso a cualquier precio entre la muchedumbre, pero no pudieron conseguirlo; por otro lado, pocos minutos después de su llegada, aquel espectáculo terminó, pues el populacho se echó a refluir de golpe; los brazos se agitaron, los rostros se volvieron, y las vocerías se fueron apagando poco a poco.

Entonces unos pregoneros se abrieron camino lanzando a la multitud los nombres de las víctimas.

– ¡Ejecución del 6 de nivoso del año II de la República! ¿Quién quiere la lista de los condenados?

El conde miró a Kernan con ojos extraviados.

– ¡Aquí, aquí! —continuaban los pregoneros—. ¡El cura Fermont!

El conde apretó la mano de Kernan hasta hacerle daño.

– ¡La señorita de Chanteleine!

– ¡Ah! —exclamó el conde lanzando un grito espantoso.

Pero Kernan le puso la mano en la boca, le recibió en sus brazos al desplomarse, y antes de que los testigos de la escena pudieran comprenderla, arrastró a su señor a una calle apartada.

Entre tanto, otros nombres eran arrojados a la muchedumbre, y este grito resonaba por todas partes:

– ¡Muerte a los aristócratas!... ¡Viva la República!

Telegramm

Aufgabeamt: World Wide Web · Ziel: an Bord der Nautilus

0 Wörter · Gebühr: 0 Kreuzer (Punkte werden zu STOP)