El camino de Francia

Capítulo III

La señora Keller, nacida en 1747, tenía entonces cuarenta y cinco años. Natural de Saint-Sauflieu, como ya he dicho, pertenecía a una familia de pequeños propietarios. El señor y la señora Acloque, sus padres, de muy modesta posición, habían visto disminuir su pequeña fortuna año tras año por las necesidades de la vida. Murieron con poco tiempo de diferencia el uno del otro, hacia 1765. La joven quedó al cuidado de una vieja tía, cuya muerte no tardaría en dejarla sola en el mundo.

Fue en estas circunstancias cuando el señor Keller la pretendió; había venido a Picardía por su comercio. Lo ejerció incluso durante dieciocho meses en Amiens y sus alrededores, donde se ocupaba del transporte de mercancías. Era un hombre serio, de buena presencia, inteligente, activo. En aquella época, no sentíamos todavía por la gente de raza alemana la repulsión que habrían de inspirar más tarde los odios nacionales, alimentados por treinta años de guerra. El señor Keller gozaba de cierta fortuna, que no podía sino acrecentarse gracias a su celo y a su buen conocimiento de los negocios. Pidió, pues, a la señorita Acloque que consintiera en convertirse en su esposa.

La señorita Acloque vaciló, porque tendría que dejar Saint-Sauflieu, y su Picardía, a la que su corazón estaba unido. Y además, ¿no perdería con ese matrimonio su condición de francesa? Pero por entonces ya no poseía más bien que una casita, que sería necesario vender. ¿Qué sería de ella después de ese último sacrificio? Así que la señora Dufrenay, la vieja tía, sintiendo que su fin se acercaba, y temiendo la situación en que quedaría su sobrina, la apremiaba a decidirse.

La señorita Acloque consintió. La boda se celebró en Saint-Sauflieu. La señora Keller dejó Picardía unos meses más tarde, y siguió a su marido más allá de la frontera.

La señora Keller no tuvo nunca que arrepentirse de la elección que había hecho. Su marido fue bueno con ella, como ella lo fue con él. Siempre atento, se esforzaba por que no sintiera demasiado que había perdido su nacionalidad. Aquel matrimonio, todo de razón y de conveniencia, no conoció, pues, más que días felices —cosa que, poco frecuente en nuestros tiempos, ya lo era en aquella época.

Un año después, en Belzingen, donde residía la señora Keller, le nació un hijo. Ella quiso consagrarse por entero a la educación de ese niño, del que se hablará en nuestra historia.

Fue algún tiempo después del nacimiento de este hijo, hacia 1771, cuando mi hermana Irma, que tenía entonces diecinueve años, entró en casa de los Keller. La señora Keller la había conocido de niña, cuando ella misma no era más que una chiquilla. Nuestro padre había trabajado alguna vez para el señor Acloque. Su esposa y su hija se interesaban por su situación. De Grattepanche a Saint-Sauflieu no hay mucho trecho. La señorita Acloque se encontraba a menudo con mi hermana, la besaba, le hacía pequeños regalos, le había tomado cariño —cariño que un día había de reconocer la más pura devoción.

Por eso, cuando supo de la muerte de nuestro padre y de nuestra madre, que nos dejaban casi sin recursos, a la señora Keller se le ocurrió hacer venir a Irma, que ya se había colocado en casa de una persona de Saint-Sauflieu. A lo cual mi hermana accedió de buena gana, y de lo que nunca tuvo que arrepentirse.

Ya he dicho que el señor Keller era de sangre francesa por sus antepasados. He aquí cómo:

Poco más de un siglo antes, los Keller habitaban la parte francesa de Lorena. Eran hábiles comerciantes, en una posición de fortuna ya bastante desahogada. Y sin duda habrían prosperado, de no ser por el grave suceso que vino a trastornar el porvenir de algunos miles de familias que se contaban entre las más laboriosas de Francia.

Los Keller eran protestantes. Muy apegados a su religión, ningún interés habría podido convertirlos en renegados. Bien se vio cuando fue revocado el Edicto de Nantes, en 1685. Tuvieron, como tantos otros, que elegir entre abandonar el país o renegar de su fe. Como tantos otros, prefirieron el exilio.

Manufactureros, artesanos, obreros de toda clase, agricultores, salieron de Francia para ir a enriquecer a Inglaterra, los Países Bajos, Suiza, Alemania, y más particularmente Brandeburgo. Allí recibieron una acogida solícita del elector de Prusia, en Potsdam, en Berlín, en Magdeburgo, en Battin, en Fráncfort del Óder. Precisamente unos naturales de Metz, veinticinco mil según me han dicho, vinieron a fundar las florecientes colonias de Stettin y de Potsdam.

Los Keller abandonaron, pues, Lorena, no sin esperanza de volver, sin duda, después de haber tenido que malvender su negocio por una miseria.

¡Sí! Uno se dice que volverá al país cuando las circunstancias lo permitan. Pero, mientras tanto, uno se instala en el extranjero. Se establecen nuevas relaciones, se crean nuevos intereses. Los años pasan, ¡y uno se queda! Y eso ha ocurrido para muchos, en perjuicio de Francia.

En aquella época, Prusia, cuya fundación como reino data solo de 1701, no poseía en el Rin más que el ducado de Cléveris, el condado de la Marca y una parte de Güeldres.

Fue precisamente en esta última provincia, casi en los confines de los Países Bajos, donde los Keller vinieron a buscar refugio. Allí crearon establecimientos industriales, reanudaron su comercio interrumpido por la inicua y deplorable revocación del Edicto de Enrique IV. De generación en generación, se establecieron relaciones, e incluso alianzas, con sus nuevos compatriotas; las familias se mezclaron, de tal modo que aquellos antiguos franceses se convirtieron poco a poco en súbditos alemanes.

Hacia 1760, uno de los Keller dejó Güeldres para ir a establecerse en la pequeña ciudad de Belzingen, en medio de aquel círculo de la Alta Sajonia que comprendía una parte de Prusia. Este Keller prosperó en su negocio, lo que le permitió ofrecer a la señorita Acloque el desahogo que ya no podía hallar en Saint-Sauflieu. Fue en la propia Belzingen donde nació su hijo, prusiano de padre, aunque por su madre corría por sus venas sangre francesa.

Y lo digo con una emoción que todavía me hace latir el corazón: ¡era bien francés de alma, aquel bravo joven, en quien revivía el alma materna! La señora Keller lo había amamantado con su propia leche. Sus primeras palabras de niño las había balbuceado en francés. No había dicho «mama», sino «¡mamá!». Nuestra lengua fue la que oyó primero, la que habló después, pues era la que se empleaba más habitualmente en la casa de Belzingen, aunque la señora Keller y mi hermana Irma hubieran aprendido pronto a servirse de la lengua alemana.

La infancia del pequeño Jean fue, pues, mecida por las canciones de nuestro país. Su padre nunca pensó en oponerse a ello. Al contrario. ¿No era acaso la lengua de sus antepasados, esa lengua lorenesa, tan francesa, cuya pureza la vecindad de la frontera germánica no había alterado en absoluto?

Y no era solo de su leche que la señora Keller había alimentado a aquel niño, sino también de sus propias ideas, en todo lo que tocaba a Francia. Amaba profundamente su país de origen. Jamás había abandonado la esperanza de volver a él algún día. No ocultaba la felicidad que sería para ella volver a ver su vieja tierra picarda. El señor Keller no se oponía a ello. Sin duda, hecha su fortuna, habría dejado de buena gana Alemania para venir a instalarse en el país de su esposa. Pero le hacía falta trabajar aún algunos años, a fin de asegurar una situación conveniente a su esposa y a su hijo. Por desgracia, la muerte había venido a sorprenderlo apenas quince meses antes.

Tales fueron las cosas que mi hermana estaba contándome mientras la carretela rodaba hacia Belzingen. Ante todo, aquella muerte inesperada había tenido como resultado retrasar el regreso de la familia Keller a Francia, ¡y cuántas desgracias habían de seguirse de ello!

En efecto, cuando el señor Keller murió, estaba metido en un gran pleito con el Estado prusiano. Desde hacía dos o tres años, como contratista de suministros por cuenta del gobierno, había arriesgado en ese negocio, junto con toda su fortuna, fondos que le habían confiado. Con los primeros ingresos había podido reembolsar a sus socios, pero todavía estaba reclamando el saldo de la operación, que constituía casi todo su haber. Ahora bien, el pago de ese saldo no acababa nunca. Al señor Keller se le ponían trabas, se le desplumaba, como decimos nosotros, se le creaban toda clase de dificultades, y había tenido que recurrir a los jueces de Berlín.

El pleito se eternizaba, pues, en su duración. Ya se sabe, por lo demás, que no es bueno pleitear contra los gobiernos, sea cual sea el Estado. Los jueces prusianos mostraban una mala voluntad demasiado evidente. Sin embargo, el señor Keller había cumplido sus compromisos con perfecta buena fe, pues era un hombre honrado. Se trataba para él de veinte mil florines —una fortuna en aquella época—, y la pérdida de ese pleito sería su ruina.

Lo repito: de no haber sido por ese retraso, la situación tal vez se habría resuelto en Belzingen. Era, por lo demás, el resultado que perseguía la señora Keller desde la muerte de su marido, siendo su más vivo deseo volver a Francia, cosa que se comprende.

He aquí lo que me contó mi hermana. En cuanto a su posición, se adivina. Irma había criado al niño casi desde su nacimiento, sumando sus cuidados a los de la madre. Lo quería con verdadero amor maternal. Por eso no se la consideraba en la casa como una criada, sino como una compañera, una humilde y modesta amiga. Era de la familia, tratada como tal, entregada sin reservas a aquella buena gente. Si los Keller dejaban Alemania, sería para ella una gran alegría seguirlos. Si se quedaban en Belzingen, ella se quedaría con ellos.

– ¡Separarme de la señora Keller!... ¡Me parece que me moriría! —me dijo.

Comprendí que nada podría decidir a mi hermana a volver conmigo, puesto que su señora se veía obligada a quedarse en Belzingen hasta que se resolvieran sus asuntos. Y, sin embargo, verla en medio de aquel país, a punto de levantarse contra el nuestro, no dejaba de causarme grandes inquietudes. Y con razón, pues si estallaba la guerra, ¡no sería cosa pequeña!

Luego, cuando Irma acabó de darme estos informes sobre los Keller:

– ¿Vas a quedarte con nosotros todo tu permiso? —añadió.

– Sí, todo mi permiso, si puedo.

– Pues bien, Natalis, es posible que asistas pronto a una boda.

– ¿Quién se casa?... ¿El señor Jean?

– Sí.

– ¿Y con quién se casa?... ¿Con una alemana?

– No, Natalis, y eso es lo que nos alegra. Si su madre se casó con un alemán, es una francesa la que va a ser su esposa, a él.

– ¿Guapa?...

– Guapa como una custodia.

– Eso que me cuentas me alegra, Irma.

– ¡Y a nosotros también! —Pero tú, Natalis, ¿no piensas casarte?

– ¿Yo?

– ¿No has dejado allá...?

– Sí, Irma.

– ¿Y a quién?...

– ¡A la patria, hermana! ¿Y qué más necesita un soldado?

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