Castillo de los carpatos

Capítulo IX

La familia de los condes de Télek, una de las más antiguas y de las más ilustres de Rumanía, ocupaba ya allí un rango considerable antes de que el país hubiese conquistado su independencia hacia comienzos del siglo XVI. Mezclado con todas las peripecias políticas que forman la historia de esas provincias, el nombre de esta familia se ha inscrito en ellas gloriosamente.

En la actualidad, menos favorecida que aquella famosa haya del castillo de los Cárpatos, a la que aún le quedaban tres ramas, la casa de Télek se veía reducida a una sola, la rama de los Télek de Krajowa, cuyo último retoño era aquel joven gentilhombre que acababa de llegar a la aldea de Werst.

Durante su infancia, Franz nunca había salido del castillo patrimonial, donde vivían el conde y la condesa de Télek. Los descendientes de esta familia gozaban de gran consideración y hacían un uso generoso de su fortuna. Llevando la vida holgada y fácil de la nobleza rural, apenas si abandonaban el dominio de Krajowa una vez al año, cuando sus asuntos los llamaban a la villa de ese nombre, aunque no distaba más que unas pocas millas.

Este género de existencia influyó necesariamente en la educación de su hijo único, y Franz debía resentirse largo tiempo del ambiente en que había transcurrido su juventud. No tuvo más preceptor que un viejo sacerdote italiano, que no pudo enseñarle sino lo que él mismo sabía, y no sabía gran cosa. Así, el niño, convertido en joven, no había adquirido sino conocimientos muy insuficientes en las ciencias, las artes y la literatura contemporánea. Cazar con pasión, correr noche y día por los bosques y las llanuras, perseguir ciervos o jabalíes, atacar, cuchillo en mano, a las fieras de las montañas: tales fueron los pasatiempos habituales del joven conde, quien, siendo muy valiente y muy resuelto, llevó a cabo verdaderas proezas en estos rudos ejercicios.

La condesa de Télek murió cuando su hijo apenas tenía quince años, y aún no había cumplido los veintiuno cuando el conde pereció en un accidente de caza.

El dolor del joven Franz fue extremo. Así como había llorado a su madre, lloró a su padre. Uno y otro acababan de serle arrebatados en pocos años. Toda su ternura, todo cuanto su corazón encerraba de impulsos afectuosos, se había concentrado hasta entonces en aquel amor filial, que puede bastar a las expansiones de la primera edad y de la adolescencia. Pero, cuando ese amor vino a faltarle, sin haber tenido nunca amigos, y muerto su preceptor, se encontró solo en el mundo.

El joven conde permaneció aún tres años en el castillo de Krajowa, del que no quería salir. Vivía allí sin buscar crearse ninguna relación exterior. Apenas fue una o dos veces a Bucarest, porque ciertos asuntos lo obligaban a ello. Por lo demás, no eran sino breves ausencias, pues tenía prisa por volver a su dominio.

Sin embargo, esta existencia no podía durar siempre, y Franz acabó por sentir la necesidad de ensanchar un horizonte que las montañas rumanas limitaban estrechamente, y de volar más allá.

El joven conde tenía unos veintitrés años cuando tomó la resolución de viajar. Su fortuna debía permitirle satisfacer ampliamente sus nuevos gustos. Un día, abandonó el castillo de Krajowa a sus viejos criados, y dejó el país valaco. Se llevó consigo a Rotzko, un antiguo soldado rumano, ya desde hacía diez años al servicio de la familia de Télek, el compañero de todas sus expediciones de caza. Era un hombre de valor y resolución, enteramente entregado a su amo.

La intención del joven conde era visitar Europa, deteniéndose unos meses en las capitales y las ciudades importantes del continente. Estimaba, no sin razón, que su instrucción, apenas esbozada en el castillo de Krajowa, podría completarse con las enseñanzas de un viaje, cuyo plan había preparado cuidadosamente.

Fue Italia lo que Franz de Télek quiso visitar primero, pues hablaba con bastante soltura la lengua italiana que el viejo sacerdote le había enseñado.

El atractivo de aquella tierra, tan rica en recuerdos y hacia la cual se sentía preferentemente atraído, fue tal que permaneció allí cuatro años. No dejaba Venecia sino por Florencia, ni Roma sino por Nápoles, volviendo sin cesar a aquellos centros artísticos de los que no podía arrancarse. Francia, Alemania, España, Rusia, Inglaterra, las vería más tarde, las estudiaría incluso con más provecho, le parecía, cuando la edad hubiese madurado sus ideas. Por el contrario, hace falta tener toda la efervescencia de la juventud para gustar el encanto de las grandes ciudades italianas.

Franz de Télek tenía veintisiete años cuando vino a Nápoles por última vez. No contaba pasar allí más que unos días, antes de dirigirse a Sicilia. Era mediante la exploración de la antigua Trinacria como quería concluir su viaje; luego, regresaría al castillo de Krajowa para tomarse allí un año de descanso.

Una circunstancia inesperada iba a cambiar no solo sus disposiciones, sino a decidir su vida y a modificar su curso.

Durante aquellos años vividos en Italia, si el joven conde había ganado escasamente en el terreno de las ciencias, para las que no se sentía ninguna aptitud, al menos el sentimiento de lo bello le había sido revelado como a un ciego la luz. Con el espíritu ampliamente abierto a los esplendores del arte, se entusiasmaba ante las obras maestras de la pintura cuando visitaba los museos de Nápoles, de Venecia, de Roma y de Florencia. Al mismo tiempo, los teatros le habían dado a conocer las obras líricas de aquella época, y se había apasionado por la interpretación de los grandes artistas.

Fue durante su última estancia en Nápoles, y en las circunstancias particulares que van a referirse, cuando un sentimiento de naturaleza más íntima, de penetración más intensa, se apoderó de su corazón.

Había por entonces en el teatro San Carlo una célebre cantante, cuya voz pura, cuyo método acabado, cuyo juego dramático, hacían la admiración de los dilettanti. Hasta entonces la Stilla nunca había buscado los aplausos del extranjero, y no cantaba otra música que la música italiana, que había recobrado el primer rango en el arte de la composición. El teatro Carignan de Turín, la Scala de Milán, el Fenice de Venecia, el teatro Alfieri de Florencia, el teatro Apolo de Roma, el San Carlo de Nápoles, la poseían por turnos, y sus triunfos no le dejaban ningún pesar por no haber aparecido todavía en los demás escenarios de Europa.

La Stilla, que entonces contaba veinticinco años, era una mujer de una belleza incomparable, con su larga cabellera de tonos dorados, sus ojos negros y profundos, en los que se encendían llamas, la pureza de sus rasgos, su cálida tez, su talle, que el cincel de un Praxíteles no habría podido formar más perfecto. Y de aquella mujer se desprendía una artista sublime, otra Malibrán, de quien también habría podido decir Musset:

¡Y tus cantos llevaban el dolor hasta los cielos!

Pero aquella voz que el más amado de los poetas celebró en sus estancias inmortales:

...esa voz del corazón que solo al corazón llega, esa voz era la de la Stilla en toda su inexpresable magnificencia.

Sin embargo, aquella gran artista, que reproducía con tal perfección los acentos de la ternura, los sentimientos más poderosos del alma, jamás, se decía, había sentido su corazón esos efectos. Nunca había amado, nunca sus ojos habían respondido a las mil miradas que la envolvían en escena. Parecía que no quisiera vivir sino en su arte y únicamente para su arte.

Desde la primera vez que vio a la Stilla, Franz experimentó los arrebatos irresistibles de un primer amor. Así, renunciando al proyecto que había formado de abandonar Italia tras visitar Sicilia, resolvió quedarse en Nápoles hasta el final de la temporada. Como si algún vínculo invisible, que no habría tenido fuerzas para romper, lo hubiese atado a la cantante, asistía a todas aquellas representaciones que el entusiasmo del público transformaba en verdaderos triunfos. Varias veces, incapaz de dominar su pasión, había intentado tener acceso hasta ella; pero la puerta de la Stilla permaneció implacablemente cerrada para él, como para tantos otros de sus fanáticos admiradores.

De ello se sigue que el joven conde fue pronto el más digno de lástima de los hombres. Sin pensar sino en la Stilla, sin vivir sino para verla y oírla, sin buscar crearse relaciones en el mundo al que lo llamaban su nombre y su fortuna, bajo esta tensión del corazón y del espíritu, su salud no tardó en verse seriamente comprometida. Y júzguese lo que habría sufrido si hubiera tenido un rival. Pero él lo sabía: nadie habría podido hacerle sombra, ni siquiera cierto personaje bastante extraño, cuyos rasgos y carácter las peripecias de esta historia exigen que demos a conocer.

Era un hombre de cincuenta a cincuenta y cinco años —así se suponía, al menos, en el último viaje de Franz de Télek a Nápoles—. Aquel ser poco comunicativo parecía afectar mantenerse al margen de esas convenciones sociales que aceptan las clases altas. No se sabía nada de su familia, de su posición, de su pasado. Se le encontraba hoy en Roma, mañana en Florencia, y, hay que decirlo, según que la Stilla estuviese en Florencia o en Roma. En realidad, solo se le conocía una pasión: oír a la prima donna de tan gran renombre, que ocupaba entonces el primer puesto en el arte del canto.

Si Franz de Télek no vivía ya sino para la Stilla desde el día en que la había visto en el teatro de Nápoles, hacía ya seis años que aquel excéntrico dilettante no vivía sino para oírla, y parecía que la voz de la cantante se hubiese vuelto necesaria para su vida como el aire que respiraba. Nunca había intentado encontrarla fuera de la escena, nunca se había presentado en su casa ni le había escrito. Pero, cada vez que la Stilla debía cantar, en cualquier teatro de Italia que fuese, se veía pasar ante el control a un hombre de elevada estatura, envuelto en un largo gabán oscuro, tocado con un ancho sombrero que le ocultaba el rostro. Este hombre se apresuraba a ocupar un asiento al fondo de un palco enrejado, alquilado de antemano para él. Permanecía allí encerrado, inmóvil y silencioso, durante toda la representación. Luego, en cuanto la Stilla había terminado su aria final, se marchaba furtivamente, y ningún otro cantante, ninguna otra cantante, habría podido retenerlo; ni siquiera los habría oído.

¿Quién era aquel espectador tan asiduo? La Stilla había tratado en vano de averiguarlo. Así, siendo de naturaleza muy impresionable, había acabado por asustarse de la presencia de aquel hombre extraño —temor irrazonado, aunque muy real en el fondo—. Aunque no podía verlo en el fondo de su palco, cuya reja jamás bajaba, sabía que estaba allí, sentía su mirada imperiosa fija en ella, que la turbaba hasta el punto de no oír ya ni los aplausos con que el público acogía su entrada en escena.

Se ha dicho que aquel personaje nunca se había presentado ante la Stilla. Pero si no había intentado conocer a la mujer —insistiremos particularmente en este punto—, todo cuanto pudiera recordarle a la artista había sido objeto de sus constantes atenciones. Así es como poseía el más hermoso de los retratos que el gran pintor Michel Gregorio hubiera hecho de la cantante, apasionada, vibrante, sublime, encarnada en uno de sus más bellos papeles, y aquel retrato, adquirido a peso de oro, valía el precio que por él había pagado su admirador.

Si aquel original estaba siempre solo cuando venía a ocupar su palco en las representaciones de la Stilla, si nunca salía de su casa sino para ir al teatro, no habría que concluir que viviese en un aislamiento absoluto. No: un compañero, no menos heteróclito que él, compartía su existencia.

Aquel individuo se llamaba Orfanik. ¿Qué edad tenía, de dónde venía, dónde había nacido? Nadie habría podido responder a estas tres preguntas. A oírlo —pues hablaba de buena gana—, era uno de esos sabios desconocidos, cuyo genio no ha podido abrirse camino, y que han tomado el mundo en aversión. Se suponía, no sin razón, que debía de ser algún pobre diablo de inventor al que sostenía largamente la bolsa del rico dilettante. Orfanik era de estatura mediana, flaco, enclenque, escuálido, con uno de esos rostros pálidos que, en el lenguaje antiguo, se calificaban de «cara de hambre». Como seña particular, llevaba un parche negro sobre el ojo derecho, que debía de haber perdido en algún experimento de física o de química, y, sobre la nariz, un par de gruesas gafas cuyo único cristal de miope servía a su ojo izquierdo, encendido con una mirada verdosa. Durante sus paseos solitarios, gesticulaba, como si conversara con algún ser invisible que lo escuchaba sin responderle jamás.

Estos dos tipos, el extraño melómano y el no menos extraño Orfanik, eran bien conocidos, al menos en la medida en que podían serlo, en aquellas ciudades de Italia adonde los llamaba regularmente la temporada teatral. Tenían el privilegio de excitar la curiosidad pública, y, aunque el admirador de la Stilla había rechazado siempre a los periodistas y sus indiscretas entrevistas, se había acabado por conocer su nombre y su nacionalidad. Aquel personaje era de origen rumano, y, cuando Franz de Télek preguntó cómo se llamaba, le respondieron: «El barón Rodolphe de Gortz.»

Así estaban las cosas en la época en que el joven conde acababa de llegar a Nápoles. Desde hacía dos meses, el teatro San Carlo no se vaciaba, y el éxito de la Stilla crecía cada noche. Nunca se había mostrado tan admirable en los diversos papeles de su repertorio, nunca había provocado ovaciones más entusiastas.

En cada una de aquellas representaciones, mientras Franz ocupaba su butaca de platea, el barón de Gortz, escondido en el fondo de su palco, se absorbía en aquel canto exquisito, se impregnaba de aquella voz penetrante, sin la cual parecía que no habría podido vivir.

Fue entonces cuando corrió un rumor por Nápoles —un rumor que el público se negaba a creer, pero que acabó por alarmar al mundo de los dilettanti—.

Se decía que, terminada la temporada, la Stilla iba a renunciar al teatro. ¡Cómo! ¿En plena posesión de su talento, en toda la plenitud de su belleza, en el apogeo de su carrera de artista, era posible que pensara en retirarse?

Por inverosímil que fuese, era verdad, y, sin que él lo sospechara, el barón de Gortz era en parte causa de aquella resolución.

Aquel espectador de aire misterioso, siempre presente, aunque invisible tras la reja de su palco, había acabado por provocar en la Stilla una emoción nerviosa y persistente, de la que ya no podía defenderse. Desde su entrada en escena, se sentía impresionada hasta tal punto que aquella turbación, muy visible para el público, había ido alterando poco a poco su salud. Abandonar Nápoles, huir a Roma, a Venecia, o a cualquier otra ciudad de la península, no habría bastado, ella lo sabía, para librarla de la presencia del barón de Gortz. Ni siquiera habría logrado escapar de él abandonando Italia por Alemania, Rusia o Francia. La seguiría a todas partes donde fuese a hacerse oír, y, para librarse de aquella obsesiva importunidad, el único medio era abandonar el teatro.

Ahora bien, desde hacía ya dos meses, antes de que el rumor de su retiro se hubiese difundido, Franz de Télek se había decidido a dar ante la cantante un paso cuyas consecuencias habrían de traer, por desgracia, la más irreparable de las catástrofes. Libre de su persona, dueño de una gran fortuna, había logrado que lo recibieran en casa de la Stilla, y le había ofrecido convertirse en condesa de Télek.

La Stilla no ignoraba, desde hacía tiempo, los sentimientos que inspiraba al joven conde. Se había dicho que era un gentilhombre al que cualquier mujer, aun de la más alta sociedad, habría sido feliz de confiar su dicha. Así, en la disposición de ánimo en que se hallaba, cuando Franz de Télek le ofreció su nombre, lo acogió con una simpatía que no trató de disimular. Fue con entera fe en sus sentimientos como consintió en convertirse en esposa del conde de Télek, y sin pesar por tener que abandonar la carrera dramática.

La noticia era, pues, cierta: la Stilla no volvería a aparecer en ningún teatro en cuanto terminara la temporada de San Carlo. Su matrimonio, del que ya se tenían algunas sospechas, se dio entonces por seguro.

Como se comprenderá, esto produjo un efecto prodigioso, no solo en el mundo artístico, sino también en la alta sociedad de Italia. Tras haberse negado a creer en la realización de aquel proyecto, hubo que rendirse a la evidencia. Celos y odios se levantaron entonces contra el joven conde, que arrebataba a su arte, a sus éxitos, a la idolatría de los dilettanti, a la más grande cantante de la época. De ello resultaron amenazas personales dirigidas a Franz de Télek —amenazas de las que el joven no se preocupó ni un instante.

Pero, si así fue entre el público, imagínese lo que debió de sentir el barón Rodolphe de Gortz al pensar que la Stilla iba a serle arrebatada, que perdería con ella todo cuanto lo ataba a la vida. Corrió el rumor de que intentó acabar con su vida. Lo cierto es que, a partir de aquel día, se dejó de ver a Orfanik recorrer las calles de Nápoles. Sin separarse ya del barón Rodolphe, llegó incluso a encerrarse varias veces con él en aquel palco de San Carlo que el barón ocupaba en cada representación —cosa que nunca le había sucedido, siendo, como tantos otros sabios, absolutamente refractario al encanto de la música.

Sin embargo, los días transcurrían, la emoción no se calmaba, e iba a llegar a su colmo la noche en que la Stilla hiciera su última aparición en el teatro. Era en el espléndido papel de Angélica, de Orlando, aquella obra maestra del maestro Arconati, en el que debía dar su adiós al público.

Aquella noche, el San Carlo resultó diez veces demasiado pequeño para contener a los espectadores que se apretujaban en sus puertas y de los cuales la mayor parte tuvo que quedarse en la plaza. Se temían manifestaciones contra el conde de Télek, si no mientras la Stilla estuviese en escena, al menos cuando el telón cayera sobre el quinto acto de la ópera.

El barón de Gortz había ocupado su palco, y, también esta vez, Orfanik se hallaba junto a él.

La Stilla apareció, más emocionada de lo que jamás lo había estado. Sin embargo, se rehízo, se entregó a su inspiración, cantó, con qué perfección, con qué incomparable talento, no podría expresarse. El entusiasmo indescriptible que suscitó entre los espectadores se elevó hasta el delirio.

Durante la representación, el joven conde había permanecido al fondo de los bastidores, impaciente, nervioso, febril, sin poder contenerse, maldiciendo la duración de las escenas, irritándose por los retrasos que provocaban los aplausos y las llamadas a escena. ¡Ah, cómo ansiaba arrancar de aquel teatro a la que iba a convertirse en condesa de Télek, y llevársela lejos, muy lejos, tan lejos que no fuese ya sino suya, solo suya!

Llegó aquella escena dramática en que muere la heroína de Orlando. Nunca la admirable música de Arconati pareció más penetrante, nunca la Stilla la interpretó con acentos más apasionados. Toda su alma parecía destilarse a través de sus labios... Y, sin embargo, se hubiera dicho que aquella voz, desgarrada por instantes, iba a quebrarse, ¡aquella voz que no debía volver a oírse!

En ese momento, la reja del palco del barón de Gortz bajó. Una cabeza extraña, de largos cabellos entrecanos, de ojos de fuego, se mostró; su rostro extático era de una palidez espantosa, y, desde el fondo de los bastidores, Franz lo vio de pleno en la luz, cosa que aún no le había sucedido.

La Stilla se dejaba entonces arrastrar por todo el ímpetu de aquella arrebatadora stretta del canto final... Acababa de repetir aquella frase de sentimiento sublime:

Innamorata, mio cuore, tremante, Voglio morire...

De pronto, se detiene...

El rostro del barón de Gortz la aterra... Un espanto inexplicable la paraliza... Se lleva rápidamente la mano a la boca, que se enrojece de sangre... Vacila... cae...

El público se ha puesto en pie, palpitante, enloquecido, en el colmo de la angustia...

Un grito escapa del palco del barón de Gortz...

Franz acaba de precipitarse sobre el escenario, toma a la Stilla entre sus brazos, la levanta... la mira... la llama:

– ¡Muerta!... ¡muerta!... —exclama—, ¡muerta!...

¡La Stilla ha muerto!... Un vaso se ha roto en su pecho... ¡Su canto se ha apagado con su último suspiro!

El joven conde fue trasladado a su hotel, en un estado tal que se temió por su razón. No pudo asistir a los funerales de la Stilla, que se celebraron en medio de una inmensa concurrencia de la población napolitana.

En el cementerio del Campo Santo Nuovo, donde la cantante fue inhumada, no se lee sino este nombre sobre un mármol blanco:

STILLA

La noche de los funerales, un hombre acudió al Campo Santo Nuovo. Allí, con los ojos extraviados, la cabeza inclinada, los labios apretados como si ya estuvieran sellados por la muerte, contempló largo rato el lugar donde la Stilla estaba sepultada. Parecía aguzar el oído, como si la voz de la gran artista fuese a escaparse una última vez de aquella tumba...

Era Rodolphe de Gortz.

Esa misma noche, el barón de Gortz, acompañado de Orfanik, abandonó Nápoles, y, desde su partida, nadie habría podido decir qué había sido de él.

Pero, al día siguiente, llegó una carta dirigida al joven conde.

Esta carta no contenía sino estas palabras de un laconismo amenazador:

«¡Fue usted quien la mató!... ¡Ay de usted, conde de Télek!

»RUDOLPHE DE GORTZ.»

Telegramm

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