Las aventuras del capitán Hatteras. El desierto de hielo

CAPÍTULO II

LAS PRIMERAS PALABRAS DE ALTA-

MONT ESPUÉS de anochecer, a cosa de las D ocho, el cielo quedó por algunos instantes despejado de sus brumas de nieve, y las constelaciones brillaron con un vivo resplandor en una atmósfera más fría.

Hatteras aprovechó aquella variación para ir a tomar la altura de algunas estrellas. Salió sin decir una palabra, llevándose los instrumentos. Quería determinar la posición y averiguar si el icefield seguía aún derivando.

A la media hora volvió, y se echó en un rincón de la casa, quedando abismado en una profunda inmovilidad que no debía de ser la del sueño.

Al día siguiente, cayó una nueva nevada muy abundante, por lo que el doctor se felicitó de haber emprendido sus pesquisas el día antes, pues una vasta cortina cubrió muy pronto el campo de hielo, y todos los vestigios de la explosión del Forward desaparecieron bajo una capa de nieve que no tenía menos de tres pies de espesor.

Durante aquel día no fue posible salir del albergue. Afortunadamente, la habitación era cómoda, o, al menos, lo parecía a aquellos viajeros molidos que no estaban en el caso de pedir gollerías. La estufa se conducía admirablemente, menos cuando algunas ráfagas violentas rechazaban el humo hacia el interior de la morada. Su calor, además de reconfortar sus ateridos miembros, permitíales preparar sendas tazas de té y café, que tomaban casi hirviendo, y cuya influencia es tan maravillosa en las bajas temperaturas.

Los náufragos, pues bien merecen este nombre, experimentaban un bienestar a que desde mucho tiempo no estaban acostumbrados, y así es que no pensaban más que en aquel instante presente, en aquel calor benéfico, en aquel reposo momentáneo, olvidando y desafiando casi el porvenir, que les amenazaba con una muerte tan próxima.

El americano sufría menos y volvía poco a poco a la vida. Abría los ojos, pero no hablaba, pues sus labios ostentaban las huellas del escorbuto y no podían formular un sonido. Oía, sin embargo, y se le puso al corriente de la situación. Meneó la cabeza dando gracias. Se veía salvado de un hundimiento en la nieve, y el doctor tuvo la discreción de no darle a conocer cuan corto era el aplazamiento que se había concedido a su muerte, pues dentro de quince días, o, todo lo más, tres semanas, los víveres habían de faltar absolutamente.

A cosa de mediodía, salió Hatteras de su inmovilidad, y se acercó al doctor, a John y a Bell.–Amigos míos –les dijo–, vamos a tomar juntos una resolución definitiva respecto de lo que nos queda por hacer. Pero antes quisiera que Johnson me dijese en qué circunstancias se ha consumado la traición que nos pierde.

– ¿Para qué queréis saberlo? –respondió el doctor–. El hecho es cierto, y no hay que pensar en ello.

– Al contrario –respondió Hatteras–, yo pienso en ello, pero, después de la narración de Johnson, lo olvidaré para siempre.

– Voy, pues, a decir lo que ha sucedido – respondió el contramaestre–. Yo he hecho cuanto he podido para impedir el crimen...

– No lo dudo, Johnson –interrumpió Hatteras–; y añadiré que los agitadores tenían el plan preconcebido desde mucho tiempo.

– Tal creo –dijo el doctor.

– Y yo lo mismo –repuso Johnson–, pues casi inmediatamente después de vuestra partida, capitán, al día siguiente de haberos marchado,

Shandon, enojado contra vos, Shandon, que se volvió malo, y sostenido además por los otros, tomó el mando del buque, a pesar de mi resistencia. Desde entonces, hizo cada cual lo que le dio la gana, y Shandon dejaba hacer, porque quería dar a entender a la tripulación que había pasado el tiempo de las fatigas y de las privaciones. Así, pues, cesaron todas las economías, se cargó la estufa de leña hasta la prodigalidad, pensando en darle a devorar el bergantín entero. Pusiéronse las provisiones a disposición de todos, y lo mismo los licores, y, de consiguiente, ya podéis figuraros el abuso que de ellos harían los que tan a pesar suyo se veían privados desde mucho tiempo de bebidas espirituosas. Así fueron siguiendo las cosas desde el 7 hasta el 15 de enero.

– Por lo visto –dijo Hatteras con voz grave–, fue Shandon el verdadero agitador, el jefe de la revuelta...

– Sí, capitán.

– Pues no hablemos más de él. Proseguid,

Johnson.

– Hacia el 24 ó 25 de enero se concibió el proyecto de abandonar el buque. Se resolvió ganar la costa occidental del mar de Baffin, y desde allí, con la lancha, ir en busca de los balleneros, o alcanzar los establecimientos groenlandeses de la costa oriental. Las provisiones eran abundantes, y los enfermos, sonriéndoles la esperanza del regreso a su patria, habían mejorado mucho. Empezaron, pues, los preparativos de marcha; se construyó un trineo a propósito para transportar los víveres, el combustible y la lancha; y de él debían tirar los hombres mismos. Los preparativos les ocuparon hasta el 15 de febrero. Yo ansiaba veros llegar, capitán, y, sin embargo, temía vuestra presencia. Vos no hubierais recelado de la tripulación, que hubiera preferido acabar con vos a permanecer a bordo. Aquello era una verdadera hambre de licencia. Yo les cogí a todos a solas uno tras otro; les hablé, les exhorté, procuré hacerles comprender los peligros de su expedición, y al mismo tiempo la cobarde felonía que cometían al abandonaros. Nada pude obtener de ellos, ni aun de los más sensatos. La partida se fijó para el 22 de febrero. Shandon estaba impaciente. Metieron en el trineo y en la lancha cuantas provisiones y licores pudieron embutir en ésta y en aquél; hicieron un considerable cargamento de leña, demoliendo al efecto la obra muerta de estribor hasta su línea de flotación. En fin, el día último fue un día de orgía; se pilló, se saqueó, y, en medio de su borrachera, Pen y otros dos o tres prendieron fuego al buque. Yo me batí con ellos; luché a brazo partido; pero me derribaron, me descalabraron, y después, los miserables, con Shandon a la cabeza, emprendieron su fuga hacia el Este y desaparecieron a mis miradas. Estaba solo;

¿qué podía hacer para atajar aquel incendio que se apoderaba del buque todo entero? El pozo estaba obstruido por el hielo y, por consiguiente, no tenía a mi disposición una gota de agua.

El Forward, por espacio de dos días, se retorció entre las llamas... Y ya sabéis todo lo demás.

Terminada esta narración, reinó en la casa de hielo un silencio bastante largo. El sombrío cuadro del incendio del buque, la pérdida de aquel bergantín tan precioso, se presentaron más vivamente a la imaginación de los náufragos, que se sintieron en presencia de lo imposible, y lo imposible era el regreso a Inglaterra.

No se atrevían a mirarse, temiendo el uno sorprender en el semblante del otro la expresión de una desesperación absoluta. No se oía más que la respiración precipitada del americano.

Hatteras tomó al fin la palabra.

– Johnson –dijo–, os doy gracias; habéis hecho todo lo posible para salvar mi buque, pero solo no podíais resistir. Repito que agradezco vuestros esfuerzos, y no hablemos más de la catástrofe. Reunamos nuestros esfuerzos para la salvación común. Somos aquí cuatro compañeros, cuatro amigos, y la vida de uno vale tanto como la del otro. Que cada cual manifieste, pues, su opinión acerca de lo que conviene hacer.

– Interrogadnos, Hatteras –respondió el doctor–, os somos enteramente adictos, y vuestras palabras saldrán del corazón. ¿Tenéis vos alguna idea?

– Yo solo no me atrevo a tener ninguna – dijo Hatteras con tristeza–. Mi opinión podrá parecer interesada. Quiero, pues, conocer antes la vuestra.

– Capitán –dijo Johnson–, antes de pronunciarnos en tan graves circunstancias, tengo que haceros una pregunta importante.

– Hablad, Johnson.

– Ayer fuisteis a determinar nuestra posición. ¿El campo de hielo ha derivado aún más, o se encuentra en el mismo sitio?

– No se ha movido –respondió Hatteras–.

Se encuentra, lo mismo que antes de nuestra partida, a los 80° 15' de latitud, 97° 35' de longitud. –¿Y a qué distancia –dijo Johnson– nos hallamos del mar que tenemos más cercano por la parte del Oeste?

– A unas 600 millas –respondió Hatteras.

– ¿Y este mar es...?

– El estrecho de Smith.

– ¿El mismo que pudimos haber pasado en abril último?

– El mismo.

– Bien, capitán, nuestra situación nos es ahora conocida, y podemos tomar una resolución con conocimiento de causa.

– Hablad, pues –dijo Hatteras, dejando caer su cabeza entre las manos.

Así podía oír a sus compañeros sin mirarles. –Veamos, Bell –dijo el doctor–, ¿cuál es, en vuestro concepto, el mejor partido que debe tomarse?

– No es necesario reflexionar mucho tiempo

– respondió el carpintero–. Es menester que, sin perder un día ni una hora, volvamos hacia el Sur o hacia el Oeste, y ganemos la costa más próxima, aunque tengamos que emplear dos meses en el viaje.

– No tenemos víveres más que para tres semanas –respondió Hatteras sin levantar la cabeza.

– Pues bien –repuso Johnson–, en tres semanas debemos recorrer el trayecto, puesto que no tenemos otro medio de salvación; aunque, para acercarnos a la costa, nos veamos obligados a arrastrarnos de rodillas, debemos partir y llegar en veinticinco días.

– Esa parte del continente boreal no es conocida –respondió Hatteras–. Podemos encontrar obstáculos, montañas, témpanos, que obstruyan completamente el camino.

– No veo en eso –respondió el doctor– una razón suficiente para no intentar el viaje. Sufriremos, y mucho, es evidente; tendremos que limitar nuestra alimentación a lo más estrictamente necesario; a no ser que los azares de la caza...

– No nos queda más que media libra de pólvora –respondió Hatteras.

– Veamos, Hatteras –repuso el doctor–, conozco todo el valor de vuestras objeciones y estoy muy lejos de mecerme en una vana esperanza. Pero creo leer en vuestro pensamiento.

¿Tenéis algún proyecto practicable?

– No –respondió el capitán después de algunos instantes de vacilación.

– Vos no dudéis de nuestro valor –añadió el doctor–, somos gente capaz de seguiros hasta el último extremo, ya lo sabéis; pero, ¿no es preciso en este momento renunciar a toda esperanza de remontarnos hasta el Polo? La traición ha frustrado vuestros planes; habéis podido luchar contra los obstáculos de la naturaleza y vencerlos, no contra la perfidia y debilidad de los hombres; habéis hecho cuanto humanamente era posible hacer, y estoy seguro de que habríais alcanzado el éxito apetecido; pero en la situación en que nos encontramos, ¿no estáis obligado a aplazar nuestros proyectos, y, para realizarlos otro día, tratar de volver a Inglaterra?

– Y bien, capitán, ¿qué decís? –preguntó Johnson a Hatteras, que permaneció largo tiempo sin responder.

El capitán levantó al fin la cabeza, y dijo con una voz que revelaba su embarazosa posición:–¿Estáis, pues, seguros de llegar hasta el estrecho, fatigados como estáis y casi sin alimentos? –No –respondió el doctor–; pero estamos seguros de que la costa no vendrá a nosotros, es menester que vayamos a buscarla. Acaso encontremos más al Sur tribus de esquimales con quienes podamos fácilmente entrar en relaciones. –Además –repuso Johnson–, ¿no podemos encontrar en el estrecho algún buque obligado a invernar?

– Y en caso necesario –respondió el doctor–, si el estrecho está obstruido, ¿no podremos, atravesándolo, alcanzar la costa occidental de Groenlandia, y desde allí, ya sea desde el cabo Prudhoe, ya sea desde el cabo York, llegar a algún establecimiento dinamarqués? ¡En fin,

Hatteras, nada de eso se encuentra en este campo de hielo! ¡El camino de Inglaterra está allí abajo, al Sur, y no aquí al Norte!

– Sí –dijo Bell–; el señor Clawbonny tiene razón, debemos partir, y partir sin tardanza.

Hasta ahora hemos olvidado demasiado nuestro país y las personas queridas que hemos dejado allí.

– ¿Es ésta vuestra opinión? –preguntó de nuevo Hatteras.

– Sí, capitán.

– ¿Y la vuestra, doctor?

– Sí, capitán.

Hatteras volvió a quedar silencioso; su rostro, a pesar suyo, reproducía todas sus agitaciones interiores. Con la decisión que iba a tomar se jugaba la suerte de toda su vida. Si retrocedía, se despedía para siempre de sus atrevidos designios, pues no podía renovar una cuarta tentativa del mismo género.

El doctor, viendo que callaba el capitán, volvió a tomar la palabra.

– Añadiré, Hatteras –dijo–, que no debemos perder un instante; carguemos cuanto antes el trineo con nuevas provisiones, y llevémonos toda la leña posible. Convengo en que un camino de 600 millas en las condiciones en que nos hallamos es largo, pero no impracticable.

Podemos, o, por mejor decir, debemos recorrer diariamente veinte millas, lo que en un mes nos permitiría llegar a la costa, es decir, hacia el 26 de marzo.

– Pero –dijo Hatteras– ¿no podemos aguardar algunos días?

– ¿Qué esperáis? –respondió Johnson.

– ¡Qué sé yo! ¿Quién puede prever el porvenir? ¡Algunos días más! ¡Los suficientes para reparar nuestras fuerzas agotadas! ¡Apenas habréis andado dos jornadas, caeréis rendidos de cansancio sin una casa de nieve en que acogeros!

– ¡Pero una muerte horrible nos aguarda aquí! –exclamó Bell.

– ¡Amigos míos –repuso Hatteras con una voz casi suplicante–, desesperáis antes de tiempo! Si os propusiese buscar hacia el Norte el camino de la salvación os negaríais a seguirme.

Y, sin embargo, ¿no existen acaso cerca del Polo tribus de esquimales lo mismo que en el estrecho de Smith? Un mar libre, cuya existencia es, sin embargo, segura, debe de bañar continentes. La naturaleza es lógica en todo lo que hace.

Pues bien, debemos creer que la vegetación recobra su imperio donde cesan los grandes fríos. ¿No es acaso una tierra prometida la que nos aguarda en el Norte, de la cual intentáis alejaros?

Hatteras, hablando, se animaba. Su imaginación sobreexcitada evocaba los cuadros encantadores de aquellas comarcas cuya existencia era más que problemática.

– ¡Un día más! –repetía–. ¡Una hora siquiera!

El doctor Clawbonny, con su carácter aventurero y su ardiente fantasía, se sentía conmover poco a poco, e iba a ceder; pero Johnson, más discreto y más frío, le llamó al camino de la razón y del deber.

– ¡Vamos, Bell! –dijo–. ¡Al trineo!

– ¡Vamos! –respondió Bell.

Los dos marinos se dirigieron a la abertura de la casa de nieve.

– ¡Oh! ¡Johnson! ¡Vos! ¡Vos! –exclamó Hatteras–. ¡Pues bien! ¡Partid! ¡Yo me quedaré, yo me quedaré!

– ¡Capitán! –dijo Johnson, deteniéndose a pesar suyo.

– ¡Os digo que me quedaré! ¡Partid! ¡Abandonadme como los otros! ¡Partid...! Ven, Duck, nos quedaremos los dos...!

El valiente perro se volvió junto a su amo ladrando. Johnson miró al doctor. Éste no sabía qué hacer. El mejor partido era calmar a Hatteras y sacrificar un día a sus ideas. El doctor iba a revolverse, cuando sintió que le tocaban el brazo.

Se volvió. El americano acababa de dejar sus mantas; se arrastraba por el suelo; se levantó al fin sobre sus rodillas, y de sus labios enfermos brotaron sonidos inarticulados.

El doctor, atónito, casi espantado, le miraba en silencio. Hatteras se acercó al americano y le examinó atentamente. Procuraba sorprender palabras que el desventurado no podía pronunciar. En fin, después de cinco minutos de esfuerzos, el enfermo dejó oír esta palabra:

– Porpoise.

– ¡El Porpoise! –exclamó el capitán.

El americano hizo una señal afirmativa.

– ¿En estos mares? –preguntó Hatteras con el corazón palpitante.

La misma señal del enfermo.

– ¿Hacia el Norte?

– ¡Sí! –indicó el desgraciado,

– ¿Y sabéis su posición?

– ¡Sí!

– ¿Exacta?

– ¡Sí! –siguió indicando Altamont.

Hubo un momento de silencio. Los espectadores de aquella imprevista escena estaban palpitantes.

– Oídme bien –dijo Hatteras al enfermo–;

nos interesa conocer la situación del buque.

Voy a contar en voz alta, y, cuando sea preciso, vos me detendréis haciéndome una seña.

El americano movió la cabeza en señal de aprobación.

– Veamos –dijo Hatteras–, se trata de grados de longitud. ¿Ciento cinco? No. ¿Ciento seis? ¿Ciento siete? ¿Ciento ocho? ¿Es al Oeste?

– Sí –indicó el americano.

– Continuemos. ¿Ciento nueve? ¿Ciento diez? ¿Ciento doce? ¿Ciento catorce? ¿Ciento dieciséis? ¿Ciento dieciocho? ¿Ciento diecinueve? ¿Ciento veinte...?

– Sí –respondió Altamont.

– Ciento veinte grados de longitud –dijo Hatteras–. ¿Y cuántos minutos? Cuento...

Hatteras empezó con el número uno. Al llegar al quince, Altamont le hizo señal de que no siguiese adelante.

– ¡Bueno! –dijo Hatteras–. Pasemos a la latitud. ¿Me entendéis? ¿Ochenta? ¿Ochenta y uno? ¿Ochenta y dos? ¿Ochenta y tres...?

El americano le detuvo con un gesto.

– ¡Bien! ¿Y los minutos? ¿Cinco? ¿Diez?

¿Quince? ¿Veinte? ¿Veinticinco? ¿Treinta?

¿Treinta y cinco...?

Nueva señal de Altamont, el cual se sonrió ligeramente.

– Así, pues –repuso Hatteras con voz grave–, el Porpoise se encuentra a los 120° y 15' de longitud y 83° 35' de latitud.

– ¡Sí...! –indicó el americano, cayendo sin movimiento en brazos del doctor.

Aquel esfuerzo le había quebrantado.

– Amigos míos –exclamó Hatteras–, ya veis que la salvación está en el Norte, siempre el Norte. ¡Nos salvaremos!

Pero después de estas primeras palabras de alegría, Hatteras se sintió súbitamente asaltado por una idea terrible. Se alteró su fisonomía, y sintió que le mordía el corazón el áspid de la envidia.

¡Otro, un americano, había llegado tres grados más allá que él en el camino del Polo!

¿Por qué? ¿Con qué objeto?

Telegramm

Aufgabeamt: World Wide Web · Ziel: an Bord der Nautilus

0 Wörter · Gebühr: 0 Kreuzer (Punkte werden zu STOP)