Las aventuras del capitán Hatteras. El desierto de hielo

CAPÍTULO XVI

LA ARCADIA BOREAL

L 20 de mayo fue el primer día del año E en que no hubo puesta de sol. El disco del astro no hizo más que tomar el extremo del horizonte, rozándolo apenas, y se levantó en seguida. Se entraba en el período de los días sin noche, de los días de veinticuatro horas. Al día siguiente el radiante astro apareció rodeado de un halo magnífico, círculo luminoso que brillaba con todos los colores del prisma. La aparición muy frecuente de semejantes fenómenos llamaba siempre la atención del doctor, el cual no dejaba nunca de anotar la fecha, las dimensiones y la apariencia. El que observó en aquel día presentaba, por su forma elíptica, disposiciones aún poco conocidas.

Pronto reaparecieron aves en gran número.

Bandadas de avutardas; ejércitos de gansos canadienses, o procedentes de las lejanas comarcas de la Florida o de Arkansas, cruzaban hacia el Norte con una rapidez asombrosa, teniendo la primavera debajo de sus alas. El doctor logró matar algunas, e igualmente tres o cuatro grullas precoces y hasta una cigüeña solitaria.

Las nieves, sin embargo, se licuaban en todas direcciones bajo la acción del sol; el agua salada, derramada sobre el icefield por las quebrajas y los agujeros de las rocas, aceleraba su descomposición, y el hielo, mezclado con el agua del mar, formaba una especie de fango sucio llamado slush por los navegantes árticos.

Dilatadas ciénagas se formaban en las sierras próximas a la bahía, y en el terreno descubierto parecía brotar como una producción de la primavera boreal.

El doctor renovó entonces sus plantaciones. No le faltaban semillas, y además le sorprendió la presencia de una especie de amapola que nació espontáneamente entre las piedras secas, pues no podía dejar de admirar aquella fuerza creadora de la naturaleza que tan pocas cosas necesitaba para manifestarse. Sembró berros, cuyos tiernos tallos, tres semanas después, habían ya adquirido cerca de una pulgada de longitud.

Los brezos empezaron también a manifestar tímidamente sus florecillas de un color de rosa dudoso y casi pálido, como si fuese un color que una mano inhábil hubiese aguado demasiado. En resumen, la flora de la Nueva América dejaba mucho que desear y, sin embargo, se veía con gusto aquella vegetación escasa y medrosa, única que podían vivificar los rayos debilitados del sol, último recuerdo de la Providencia que no había olvidado completamente aquellas comarcas lejanas.

Empezó al fin a hacer verdadero calor. El 15 de junio el doctor notó que el termómetro señalaba 57° sobre cero ( + 14° centígrados), y apenas podía dar crédito a sus ojos, pero tuvo que rendirse a la evidencia. El país se transformaba; innumerables y ruidosas cascadas caían de todas las cimas acariciadas por el sol; el hielo se dislocaba, y la gran cuestión del mar libre iba al fin a decidirse. Conmovía el aire el estrépito de los aludes que desde lo alto de las colinas se precipitaban a los valles y los chasquidos del icefield producían estampidos atronadores.

Se hizo una excursión hasta la isla Johnson, la cual no era realmente más que un islote sin importancia, árido y desierto; mas no por eso el viejo contramaestre se sentía menos satisfecho por haber dado él su nombre a aquellas peñas perdidas en el mar. Hasta intentó grabarlo en una roca, y por poco se desnuca al encaramarse por ella.

Durante sus paseos, Hatteras había reconocido cuidadosamente las tierras hasta más allá del cabo Washington. La licuación de las nieves modificaba sensiblemente la comarca apareciendo valles y cerros donde el vasto tapiz blanco del invierno parecía cubrir llanuras uniformes.

La casa y los almacenes amenazan derretirse, y era preciso repararlos instantáneamente.

Afortunadamente, las temperaturas de 57° son raras en aquellas latitudes, siendo su término medio superior, apenas, al punto de congelación.A mediados de junio, la lancha estaba ya muy adelantada y tomaba buen aspecto. Mientras Bell y Johnson se ocupaban en su construcción, se realizaron algunas cacerías que fueron asaz productivas. Hasta se mataron renos, que son animales que difícilmente dejan acercarse;

pero Altamont adoptó el método de los indios de su país, que consiste en arrastrarse por el suelo procurando figurar con el fusil y los brazos la cornamenta de uno de aquellos tímidos cuadrúpedos, única manera de acercarse a ellos y tirarles a boca jarro.

Pero la caza por excelencia, el toro almizclado, de que halló Parry numerosas manadas en la isla de Melville, no parecía que se hallase en las costas de la bahía Victoria. Se resolvió, por lo tanto, realizar una excursión lejana que, al mismo tiempo que para cazar tan precioso animal, sirviese para reconocer las tierras orientales. Verdad es que Hatteras no se proponía dirigirse al Polo por aquella parte del continente, pero el doctor deseaba adquirir una idea general del país. Se decidió, pues, encaminarse hacia el Este del Fuerte Providencia. Altamont contaba con cazar. Duck formó, naturalmente, parte del cuerpo expedicionario.

El lunes, 17 de junio, con un día hermoso, marcando el termómetro 41° (+5° centígrados), en una atmósfera tranquila y pura, los tres cazadores, armado cada cual con su correspondiente escopeta de dos cañones y un cuchillo de nieves, salieron de la Casa del Doctor, seguidos de Duck, a las seis de la mañana. Se dispusieron para una excursión que debía durar dos o tres días y se llevaron provisiones al efecto.

A las ocho de la mañana, Hatteras y sus dos compañeros habían salvado una distancia de unas 7 millas, sin haber visto ni un solo ser viviente que les hiciese gastar un grano de pólvora, y parecía por consiguiente que su expedición, desde el punto de vista venatorio, había de ser muy poco fructífera.

Aquel país nuevo ofrecía vastas llanuras que se perdían más allá del alcance de la vista.

Arroyos nacidos el día anterior serpenteaban por ellas en gran número, y dilatadas lagunas, inmóviles como estanques, reverberaban a los oblicuos rayos del sol. Las capas de hielo disuelto permitían ver un terreno perteneciente a la gran división de los sedimentarios, debidos a la acción de las aguas, que tan extendidos se hallan en la superficie del globo.

Veíase, sin embargo, algunas moles erráticas de una naturaleza muy diferente de la del suelo que cubrían, explicándose difícilmente su presencia. Pero los esquistos pizarrosos, los distintos productos de los terrenos calizos, abundaban considerablemente, y se encontraban, sobre todo, especies de cristales curiosos, transparentes, incoloros y dotados de la refracción particular del espejuelo o espato de Islandia. Pero el doctor, aunque no cazaba, no tenía tiempo de hacer observaciones geológicas. No podía ser sabio uno al trote, porque sus compañeros avanzaban rápidamente. Él, sin embargo, estudiaba el terreno, y hablaba más que un descosido, pues sin él hubiera reinado un silencio absoluto. Altamont no tenía ningún deseo de hablar al capitán, ni éste ningún deseo tampoco de hablar a Altamont.

A cosa de las diez de la mañana, los cazadores habían avanzado hacia el Este unas 12 millas. El mar se ocultaba debajo del horizonte.

El doctor propuso hacer un alto para almorzar, y se almorzó, en efecto, pero de prisa y corriendo. Al cabo de media hora, se emprendió de nuevo la marcha.

El terreno formaba nuevas pendientes, y algunas manchas de nieve, que se habían conservado por la exposición o por el declive de las rocas, le daban una apariencia vedijosa, como la de las olas en alta mar azotadas por una fresca brisa.

La comarca presentaba llanuras sin vegetación, que, al parecer, no habían sido nunca frecuentadas por ningún ser animado. – Decididamente –dijo Altamont al doctor–, no somos felices en nuestras cacerías. Convengo en que el país ofrece pocos recursos a los animales, pero los de las tierras boreales no tienen el derecho de manifestarse difíciles de contentar y podrían haber sido más complacientes.

– No desesperemos –respondió el doctor–.

La estación de verano empieza ahora, y pues Parry encontró tantos animales diversos en la isla de Melville, no hay ninguna razón para que a nosotros aquí nos falten.

– Sin embargo, nosotros nos hallamos más al Norte –respondió Hatteras.

– Sin duda, pero el Norte en esta cuestión no es más que una palabra. El polo del frío es lo que debemos considerar es decir, aquella inmensidad glacial en medio de la que hemos invernado con el Forward, pues, a medida que subimos, nos alejamos de la parte más fría del globo, y debemos, por tanto, encontrar más allá lo que más acá encontraron Perry Ross y otros navegantes.

– ¡En fin! –dijo Altamont lanzando un suspiro–. ¡Hasta ahora más parecemos viajeros que cazadores!

– Paciencia –respondió el doctor–. El país tiende a variar poco a poco, y me llevaré un solemne chasco si no encontramos caza en las hondonadas en que la vegetación haya encontrado algún medio de deslizarse.

– ¡Preciso es confesar –replicó el americano– que atravesamos una comarca tan inhabitada como inhabitable!

– ¡Oh! Eso de inhabitable es una palabra hueca –respondió el doctor–. Yo no creo que haya comarcas inhabitables. El hombre, a fuerza de sacrificios, gastando una generación tras otra y con todos los recursos de la ciencia agrícola, acabaría por fertilizar este país.

– ¿Lo creéis así? –dijo Altamont.

– No me cabe duda. Si corrieseis las comarcas célebres de los primeros días del mundo, los lugares donde estuvo Tebas, donde estuvo Nínive, donde estuvo Babilonia, aquellas villas fértiles de nuestros padres, os parecería imposible que el hombre haya podido jamás vivir en ellas, y hasta la atmósfera se ha viciado allí desde la desaparición de los seres humanos.

Una ley general de la naturaleza vuelve insalubres lo mismo las comarcas donde no hemos vivido nunca y las en que hemos dejado de vivir. Sabedlo: es el hombre mismo quien forma su país, con su presencia, con sus costumbres, con su industria, diré más, con su aliento. Él modifica poco a poco las exhalaciones del suelo, y las condiciones atmosféricas y sanea por lo mismo que respira. Estamos, pues, de acuerdo en que hay parajes inhabitados; pero no inhabitables.

Y mientras hablaban, convertidos en naturalistas, los cazadores seguían avanzando, y llegaron a una especie de valle muy despejado, en cuyo fondo serpenteaba un riachuelo casi deshelado, cuya exposición al Mediodía había determinado en sus orillas y hasta la mitad de la costa una especie de vegetación. La tierra manifestaba allí una verdadera intención de fertilizarse; no pedía más para producir que unas cuantas pulgadas de tierra vegetal. El doctor hizo observar estas tendencias manifiestas.

– Ahí lo tenéis –dijo–. ¿No podrían en rigor algunos colonos emprendedores establecerse en este valle? Con industria y perseverancia harían de él, no una campiña de las zonas templadas, no digo tanto, pero una cosa muy diferente de lo que es, un país aceptable. ¡Mirad! Si no me engaño, veo algunos habitantes de cuatro patas.

Los pícaros conocen los buenos sitios.

– ¡Toma! ¡Son liebres polares! –exclamó Altamont, amartillando la escopeta.

– ¡Aguardad! –exclamó el doctor–. ¡Aguardad, cazador furioso! Son unos pobres animales que no piensan en huir. Dejadles hacer; vienen hacia nosotros.

En efecto, tres o cuatro lebratos, retozando entre los matorrales y los nuevos musgos, avanzaban hacia los tres cazadores, cuya presencia no les inspiraba ningún recelo. Corrían inocentemente y con gracia, pero esta gracia no parecía suficiente para desarmar a Altamont.

Muy pronto pasaron entre las piernas del doctor, 3 éste les acarició con la mano diciendo:

– ¿Por qué hemos de recibir a tiros a los que vienen s buscar nuestras caricias? ¡La muerte de esos animalillos nos es inútil!

– Tenéis razón, doctor –respondió Hatteras–. Dejémosles que vivan.

– ¡Y esos ptarmigans que vuelan hacia nosotros! –exclamó Altamont–. ¡Esos caballeros que avanzan gravemente montados sobre sus largas zancas!

Una inmensa caterva de volatería salía al encuentro de los cazadores, no sospechando el peligro que Ja presencia del doctor acababa de conjurar. El mismo Duck, conteniéndose, estaba un poco asombrado.

Ofrecían un espectáculo curioso y patético aquellos hermosos animales que corrían, saltaban y revoloteaban sin desconfianza, que se posaban en los hombros del buen Clawbonny, que se echaban a sus pies, que mendigaban sus caricias, que hacían al parecer todo lo posible para recibir debidamente a sus huéspedes desconocidos. Las numerosas aves, lanzando alegres gritos, se llamaban unas a otras, y se las veía acudir de todos los puntos de la hondonada. El doctor parecía verdaderamente un hechicero. Los cazadores prosiguieron su camino a lo largo de los húmedos ribazos del riachuelo, seguidos de aquella familiar muchedumbre, y al llegar a una ribera que formaba el valle, percibieron un grupo de ocho o diez renos que pacían algunos líquenes medio sepultados por la nieve. Daba gusto ver aquellos animales graciosos y tranquilos, con sus ramosos mogotes que coronaban la cabeza de las hembras lo mismo que la de los machos. Su pelaje, que parecía lanar, abandonaba ya la blancura invernal para tomar el color pardo y ceniciento del verano. Tampoco aquellos renos parecían más ariscos y menos afectuosos que las liebres y las aves de aquella pacífica comarca. Tales debieron ser las relaciones de los primeros hombres con los primeros animales, en la infancia del mundo.

Los cazadores llegaron en medio del grupo sin que ninguno de los que lo componían diese un paso para huir, y eso no obstante, al doctor le costó un poco refrenar los instintos de Altamont, que no podía ver tranquilamente aquella magnífica caza sin que se le subiese a la cabeza una embriaguez de sangre. Hatteras miraba conmovido a aquellas apacibles criaturas que restregaban su hocico entre los vestidos del doctor, el amigo de todos los seres animales.

– ¿A qué hemos venido aquí? –decía Altamont–. ¿Hemos venido o no para cazar?

– ¡Para cazar el toro almizclado –respondió Clawbonny– y no otra cosa! No sabríamos qué hacer de los renos que cazásemos, pues nuestras provisiones son suficientes. Dejadnos gozar por tanto de este espectáculo conmovedor del hombre que se pone en cierta intimidad con estos animales sin inspirarles la menor desconfianza.

– Lo que prueba que no le han visto nunca – dijo Hatteras.

– Evidentemente –respondió el doctor1–. Y de vuestra observación se deduce que estos animales no son de procedencia americana.

– ¿Y por qué? –dijo Altamont.

– Si hubiesen nacido en tierras de la América septentrional, sabrían a qué atenerse respecto del mamífero bípedo y bímano que se llama hombre, y hubieran huido al vernos. No, no son de origen americano. Es probable que hayan venido del Norte, que sean oriundos de aquellas comarcas desconocidas de Asia donde no se han acercado nunca a nuestros semejantes, y que hayan atravesado los continentes próximos al polo. Así, pues, Altamont, no tenéis el derecho de reclamarlos como compatriotas.

– Lo que menos importa a un cazador – respondió Altamont– es la patria de los animales. La caza es siempre del país del que la mata.

– ¡Calmaos, valeroso Nemrod! ¡Calmaos! En cuanto a mí, antes de sembrar el espanto en esta población encantadora, renunciaría a volver a coger una escopeta en todos los días de mi vida. Ya lo veis, hasta el mismo Duck fraterniza con tan hermosos animales. Creedme, seamos buenos mientras podamos. La bondad es una fuerza.

– Bien, bien –replicó Altamont, que comprendía poco esta sensibilidad–. Pero yo quisiera veros sin más armas que vuestra bondad en medio de una manada de osos o de lobos.

– ¡Oh! Yo no pretendo dominar a las bestias feroces –replicó el doctor–, creo poco en los hechizos de Orfeo. Además, los osos y los lobos no nos saldrían afectuosamente al encuentro como estas liebres, perdices y renos.

– ¿Por qué no –respondió Altamont–, si no hubiesen visto nunca hombres?

– Porque son animales naturalmente feroces, y la ferocidad, como la maldad, engendra la sospecha, observación que puede hacerse en el hombre lo mismo que en los animales. Quien dice malvado, dice desconfiado, y el miedo es propio de los que lo inspiran.

Con esta leccioncilla de filosofía natural terminó la observación.

Todo el día se pasó en aquel valle que el doctor quiso llamar la Arcadia Boreal, a lo que sus compañeros no se opusieron en lo más mínimo, y, llegada la noche, después de una cena que no había costado la vida a ninguno de los habitantes de aquella comarca, los tres cazadores se durmieron en el hueco de una roca dispuesto expresamente para ofrecerles un cómodo abrigo.

Telegramm

Aufgabeamt: World Wide Web · Ziel: an Bord der Nautilus

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